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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Muere Pauline Oliveros, pionera de la electrónica

La compositora, fallecida a los 84 años, es uno de los nombres claves de la música experimental del siglo XX

La compositora Pauline Oliveros.
La compositora, acordeonista y pensadora estadounidense Pauline Oliveros, nombre clave en la música experimental de la segunda mitad siglo XX y teórica de la “escucha profunda” (deep listening), murió el viernes a los 84 años.
Mujer de enorme influencia en generaciones posteriores, que tradujeron sus hallazgos al pop o la electrónica, hizo valer hasta el final el credo que condujo su existencia desde principios de los años 60. “Escucha todo el tiempo y sé consciente de cuando no lo estés haciendo”.
Fue en aquella década cuando Oliveros firmó una de las más brillantes páginas de la vanguardia de un siglo convulso como parte del San Francisco Tape Music Center, donde, como ella recordó en un reciente encuentro con este periódico,creció creativamente acostumbrada a “ser la única mujer en un entorno de hombres”. Aquel centro, que llegó a dirigir, fue fundado en 1962 por Morton Subotnick y Ramon Sender (hijo del exiliado autor español del mismo nombre). Oliveros coincidió en aquellos días con otros grandes de la música contemporánea como Terry Riley, Loren Rush o Steve Reich.
En “estudios de electrónica mucho más aparatosos que los de ahora” trabajó durante la plena efervescencia de la ciudad californiana con un puñado de osciladores, primitivos cacharros e inventos como el Buchla, uno de los primeros sintetizadores, creado en el centro. “No nos enteramos mucho de la revolución hippie hasta que los grupos de rock empezaron a visitarnos para conocer los avances tecnológicos que podían incorporar a su música”, dijo Oliveros a este diario.
La charla con EL PAÍS, una de las últimas entrevistas que concedió, se celebró a finales de octubre en Montreal en el marco de la Red Bull Music Academy, escuela itinerante de aspirantes a estrellas de la electrónica a la que fue invitada en su condición de pionera. Aquella semana ofreció un concierto en el planetario de la ciudad y repasó su trayectoria en una conferencia con público.
Al término de la entrevista, durante la que presumió de una memoria prodigiosa y de un humor despreocupado, se fue ayudada por su bastón y acompañada por la también artista Ione, su pareja desde hacía tres décadas, a buscar el coche que, conducido por esta última, las llevaría en una travesía de cuatro horas de vuelta a su casa en la parte septentrional del estado de Nueva York. Allí, una vez abandonada la docencia, se instaló a principios de los ochenta para convertirse en “una compositora freelance y por tanto eternamente arruinada”. “Es un paisaje demasiado bonito como para perdérselo”, dijo en Montreal para justificar, aunque la caída del sol amenazaba, su negativa a aceptar de Red Bull un transporte más cómodo.
Nacida en Houston (Texas) en 1932, fue su madre, profesora de piano de amplias miras, quien le compró con nueve años su primer acordeón; la niña había sucumbido a la moda del instrumento surgida tras el final de la Segunda Guerra Mundial por influencia de aquellos que volvieron del frente. “Mi recuerdo más vívido de la contienda es el de mi padre dejándonos solas en casa. Le reclutaron como guardacostas”.
A los 16, la joven decidió que quería ser compositora y con tal fin se fue a California. Rápidamente se hizo con un magnetófono y empezó a experimentar con cinta. Tras sus años en el San Francisco Tape Music Center aceptó a finales de los sesenta un puesto en la Universidad de San Diego, donde desarrolló sus teorías sobre la experiencia de escuchar.
Dos textos fundamentales para entender su estética datan de esa época. En el primero, The Poetics of Environmental Sound (la poética del sonido ambiental), escrito para una revista de musicología canadiense, Oliveros anota todos los sonidos que advierte en un dado espacio de tiempo. “Deseo el silencio, pero nunca se da”, escribió.
El segundo texto lo publicó The New York Times en 1970. Titulado No la llames mujer compositora, contiene reflexiones como esta: “Aún es cierto que a menos que sea excelente, la mujer en la música siempre estará subyugada”. Ambos artículos están reunidos en la colección de ensayos Software for People, aún sin traducción al español.
En los años ochenta, Oliveros abundó en su trabajo con el Expanded Instrument System, que propone un diálogo humano con las nuevas tecnologías, y alumbró la teoría del Deep Listening (escucha profunda), surgida tras una actuación en el interior de una enorme cisterna de uso militar que permitía una reverberación de 45 segundos. De aquella experiencia, registrada en disco en 1989, nació la banda del mismo nombre y el Deep Listening Institute, que aboga por la escucha atenta en un tiempo distraído.
Su obra temprana, recogida por Important Records en el cofre Reverberations: Tape and Electronic Music (1961-1970), ha sido objeto de una reivindicación en los últimos años. Su última aparición pública en Europa se dio en el festival holandés de música Le Guess Who? a mediados de este mes. La noticia del fallecimiento fue difundida por la flautista Claire Chase y confirmada por amigos cercanos en las redes sociales
TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/11/26/actualidad/1480176312_805832.html

viernes, 25 de noviembre de 2016

Muere el poeta Marcos Ana

Muere el poeta Marcos Ana Foto: JOSÉ AYMÁ
El poeta y activista Marcos Ana, el preso político que más tiempo estuvo ininterrumpido en las cárceles de la dictadura, fallece a los 96 años
La última vez que Marcos Ana habló para las páginas de este periódico dijo una frase que sintetizaba bien la fatiga y el entusiasmo que le daban contorno en estos últimos años: "Voy como un sonámbulo urgido por el mundo". Este jueves el poeta -y el preso político que más tiempo estuvo de forma ininterrumpida en la cárcel durante el franquismo- ha fallecido en Madrid a los 96 años de edad.
Durante esa entrevista tenía algo más de 90 años y aún miraba la vida con ansia de lente de aumento. Todo le parecía poco. Los escualos de la represión franquista le habían robado 23 años de vida en las cárceles de la dictadura por un delito de primerísima calidad: oponerse a ella desde la orilla del Partido Comunista. Marcos Ana se llamaba Fernando Macarro Castillo. Nació en un pueblo de Salamanca, San Vicente, en 1920. Descubrió la poesía en una celda en la que no había más lenguaje que el miedo. Y allí decidió llamarse Marcos (por su padre) y Ana (por su madre). Cansado de verla a ella de cárcel en cárcel, agotada, siguiendo los pasos del hijo.
Si algo podías decir después de un rato junto a este poeta y activista es que sudaba bondad. Algo difícil de escribir por cautela. Y quizá por pudor. Pero que en el caso de Marcos Ana era un distintivo de autenticidad sin fisuras. Era un hombre bueno. Magro y elegante. De elasticidad asombrosa y paso ágil. Se había acostumbrado al paso urgente al abandonar la última de las cárceles donde fue huésped del sobresalto. En el presidio de Porlier (Madrid) el dramaturgo Buero Vallejo le presentó a Miguel Hernández. Estuvo condenado a muerte en dos ocasiones. Una de ellas por confeccionar un periódico para informar a los presos. Le conmutaron cada una de las penas por 60 años de prisión. Aprendió a hacer del terror resistencia más que costumbre. «Al dejar la cárcel me convertí en un ciudadano de la Vía Láctea. No he parado de viajar. Empecé a hacer todo aquello que siempre quise, aunque mucho más tarde». Entró con 18 años y salió con 41, acusado del asesinato de tres personas, crímenes por los que antes ya habían fusilado a otros sospechosos. "Me dejaron libre por un decreto que obligaba a soltar a los presos que llevaran más de 20 años ininterrumpidos en prisión. Yo era el único". Regresó a la vida sin casa, sin sitio, sin dinero, desnortado y virgen. Con la libertad por descubrir.
Para entonces ya tenían el primer libro de poemas publicado, 'Poemas desde la cárcel', que un grupo de amigos mandó a imprimir en Brasil. Habían logrado sacar esa mercancía del presidio con mil piruetas. Era 1960. Aquel testimonio provocó una campaña internacional para su liberación. Firmaron, entre otros, Pablo Neruda y Rafael Alberti. Escribía en papeles de fumar donde, con paciencia amanuense, apuntaba versos mojando en tinta la punta de un alfiler. Marcos Ana era un nombre que sonaba ya en todos los frentes donde el antifranquismo se asentó.
Cuando le abrieron el cerrojo de la calle, le dio un vértigo de aire limpio al que tardó en acostumbrarse. La libertad es bella y, de golpe, puede resultar venenosa. Al mes se fue a París como un evangelista insurrecto. Y regresó definitivamente en 1976. En Francia fue un activísimo eslabón de la larga cadena de exiliados por sugerencia del franquismo. Allí se vinculó a la editorial Ruedo Ibérico, faro de costa de la resistencia española. Y comenzó a vivir.
Los últimos años de Fernando Macarro, Marcos Ana para la historia, fueron los de un hombre insaciable hacia las cosas del mundo: del entusiasmo a la protesta. Escribió unas memorias emocionantes más que emocionadas: 'Decidme cómo es un árbol' (editorial Umbriel). Almodóvar las quiso para el cine. Fibroso y noble, fue un comunata de los que aún levantaba el puño cerrado en plan trofeo democrático. Hasta no hace mucho iba por la vida con la prisa del superviviente, como un pura sangre de recuerdos sin un gramo de revancha en el galope.

Miguel Hernández: fin a las dudas que no cesan

Josefina Manresa escribiendo a máquina junto a Miguel Hernández, en 1937.
En la vida de algunos poetas muertos cristaliza en ocasiones un tópico invasivo y alrededor de ese cliché se organiza el eco de su leyenda. Miguel Hernández (1910-1942) es uno de esos nombres que soportan la malversación barata de demasiados detalles inexactos desde los que se le han levantado estatuas: poeta pobre, poeta pastor, poeta autodidacta. Y así, más su compromiso de izquierdas y su muerte inducida por tantos del bando propio y del contrario, se ha puesto en pie la carpintería de su rastro en el merchandising de la historia.
El profesor José Luis Ferris ha empeñado casi media vida en huronear por archivos donde se guardase algo relacionado con el poeta alicantino. En 2002 lanzó una biografía que pretendía revocar algunos de esos lugares comunes tan eficaces y arriesgó otras cuestiones que fijaban de manera más nítida la expedición vital del poeta: Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta. Fue un trabajo logrado, pero aún faltaba luz en varios rincones. Con el afán de aclarar aún más siguió registrando cada papel en el que figurase algo relacionado con este hombre, cadáver tunelado por la tubeculósis en la cárcel de Alicante. A los 31 años. Tres lustros después, Ferris ha deshecho el puzzle de aquel estudio y lo ha vuelto a montar con el mismo título, aunque ahora publicado por la Fundación José Manuel Lara.
«Contar la vida de Miguel Hernández siempre es una aventura; y lo es porque su perfil rompe moldes y derriba normas y estadísticas. Se ajusta a un caso verdaderamente excepcional como escritor y como hombre», dice el biógrafo. «También lo es porque detrás de la construcción de su relato biográfico hay una labor de rescate y desescombro, de distanciamiento de los lugares comunes que hicieron de él una bandera, un mártir y un triste poeta cabrero. He querido devolverlo a su estado natural, a su condición de militante apasionado de la vida, limpio de leyendas».
Entre ellas, que no era pobre sino humilde. Tampoco autodidacta, pues fue a la escuela más años (10) que la media de los niños de su calle. Y, además, tan sólo pastoreó en algún momento puntual de su juventud. Ferris arroja datos que desarman los tópicos y a la vez afina imprecisiones o dudas que quedaron colgando en su anterior trabajo. La primera de ellas tiene que ver con el mejor armado de los libros de Hernández, El rayo que no cesa. 29 poemas de amor que tenían por destinataria principal a la pintora Maruja Mallo, con la que Hernández mantuvo una relación de la que salió algo averiado. «El epistolario que publicó Gabriele Morelli entre el biógrafo italiano de Miguel, Dario Puccini, y Josefina Manresa, su mujer, aclara este punto que no quedaba áun claro del todo. Y es importante. Así como en las cartas de Aleixandre queda nítido no sólo la verdadera amistad entre ambos, también la admiración que Hernández profesó al premio Nobel y cómo la poderosa estructura de El rayo que no cesa fue un trabajo común en la ordenación de los poemas», acalara Ferris.
Pero en ese galope velocísimo que es la vida de Miguel Hernández, hecha de desvelos, «de herramientas y de manos», hubo un tiempo fatal y definitivo: la Guerra Civil. Enrolado en el ejército republicano, arriesgó la palabra y la vida. Y a él le arriesgaron la muerte. «Al acabar la guerra lo dejaron tirado. Cuando todo apuntaba ya al desastre no lo ayudaron como a otros. Pienso en Rafael Alberti y en María Teresa León, a los que se les puso un coche oficial del Gobierno de la República para trasladarlos a Elda, de donde partieron en uno de los cuatro aviones fletados que partieron hacia Orán. Los últimos que pudieron salir y donde a Miguel no le hicieron sitio, a pesar de que todos sabían el peligro que corría», subraya Ferris.
Tampoco es muy conocido que a la muerte de Lorca lo nombraron director de La Barraca. Y que de los Dos cuentos para Manolillo, escritos en rollos de papel higiénico en la cárcel y que aparecieron en una edición facsímil en 1988, las ilustraciones son del maestro Eusebio Oca y no del poeta. Y que éste conservó dos cuentos más que no le dio tiempo de ilustrar antes de la muerte de Hernández. Todo ya publicado.
«Creo que a partir de este trabajo la percepción que se puede tener del autor de Viento del pueblo es mucho más completa.El suyo es un órgano literario que no ha dejado de latir», ataja Ferris. Ni de generar chatarra sentimental. Eslóganes de camiseta.