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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 21 de diciembre de 2009

LUCEVAN vagh OWEN BERG (Tres poemas de: "Lentamente Humano..."

LUCEVAN vagh OWEN BERG
POR PILAR AGUARÓN EZPELETA

Esta imagen del poeta Lucevan vagh Owen Berg fue lograda por el talento creativo de la artista plástica y escritora española, Pilar Aguarón Ezpeleta.

 

Lo que puedes rescatar de ti, huye por si solo.


Alma, a ti te describo ahora:


A veces eres como el viento
asemejando a la piel
pero ausente.


Algo siempre te detecta,
te marca, te identifíca...


Algo único que
siempre te atrapa.


Y es que las heridas las
llevas tú.


Las costras del desierto te
las guardas incurablemente tú.


Alma, a ti no te describo;
tú sufres silenciosamente más
que yo y que todos los
cuerpos en los que asomas.


Si algo tuyo puedo describir...
es el dolor que no siento,
que no conosco en mí,
que no existe cuando
en pena lo llevas...


Cuando apenas puedes
sumergirlo, reducirlo
y mostrarme conscientemente
algunas minúsculas punzadas de
tu gran, gran carga.


Una dosis catastrófica para mí.


Alma, si algo tuyo
puedo describir...
me dejarías decir que es
tu voluntaria soledad suicida,
la que no te deja morir;
la que no me mata.


Que te acercas a la duda
como viento,
como flama...
escapando a todo acto de
imagen armada, fútil.


Alma, no puedo precisar
algo tuyo, para decir
qué es lo tuyo, mientras
te vas con mis heridas y
me quedo con
el fracaso de tu soledad,
en el intento de querer tocarte.


Alma, sólo puedo decir
con certeza,
que huyes del que
acaricia tus formas.


Alma, eres un miedo valiente,
con muchas emociones
imperceptibles.

 



Auto-efigie: Humanamente Humeante...


Soy lo negro contra lo negro
o lo opuesto de ello...
el revés,
el dorso,
la menor expresión que
contrasta en el día...
la menor expresión que
contrasta con la muerte...


O más exactamente
una lesión terrenal,
infinitamente...
loco en dos horas,
brutal en minutos.


O más tristemente...
con el saco fraternal,
henchido en dolor filosófico,
precisamente
insurrecto como la tarde
o los cambios del cielo,
en el punto,
en el medio...


O más claramente...
sin tiempo voraz
sin generación piadosa,
tenebrosamente
una complicación de lo
no exigible,
incógnito y palpado.


O más fúnebremente...
precipitado en los huesos
y ser letra alternativa al plexo,
intolerablemente
marchitado y vivo y breve...


Humanamente Humeante,
como una desagradable sombra
que te piensa,
alrededor durante y fijo.


Finalmente...
ingratísimo,
bajamente imperturbable,
elásticamente melancólico,
esplendorosamente difunto:
suspenso
doble
caviloso
fulgurante...


Polvo
Polvo
Polvo


¡Qué más da! ¡Polvo...!




Noción Ideática


Si yo fuera insecto...
tendría el espíritu de
un dinosaurio.


Si yo fuera un dinosaurio...
tendría el espíritu de
una montaña.


Si yo fuera una montaña...
tendría el espíritu de
los ríos.


Si yo fuera los ríos...
tendría el espíritu de
los mares.


Si yo fuera los mares...
tendría el espíritu de
todo el cielo.


Si yo fuera todo el cielo...
tendría el espíritu de
las nubes.


Si yo fuera las nubes...
tendría el espíritu de
todos los vientos.


Si yo fuera todos los vientos...
tendría el espíritu de
sólo una estrella.


Si yo fuera sólo una estrella...
tendría el espíritu de
un grillo.


Si yo fuera una estrella...
querría ser,
yo,
un insecto.


Si yo fuera un grillo...
querría ser la lluvia;
besar el cielo las nubes los vientos,
y las montañas
y los ríos
y los mares...


Caer a tierra y ventral
nacer en la semilla.


Ser un gran álamo para
contemplar espectador,
todo lo anhelado.


Y además...


La luna
los insectos
el dinosaurio que escribe
yo
el sol
y todo lo obviado.

© Lucevan vagh Owen Berg.

EN TIEMPOS DIFÍCILES POEMA DE HEBERTO PADILLA

Poema En Tiempos Difíciles de Heberto Padilla


A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que no contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
ésta es, sin duda, la prueba decisiva.

HEBERTO PADILLA EN WIKIPEDIA

Heberto Padilla

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Heberto Padilla (Puerta del Golpe, Pinar del Río, 20 de enero de 1932 - Alabama, Estados Unidos, 24 de septiembre de 2000) fue un poeta y activista cubano, perseguido por el régimen de Fidel Castro Ruz.

Contenido

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Biografía [editar]

Terminó la primera y segunda enseñanza en la provincia de Pinar del Río, estudió periodismo en la Universidad de la Habana y humanidades y lenguas en el extranjero. Sabía francés, inglés, alemán, ruso, italiano y griego. Como periodista fue corresponsal de Prensa Latina en Nueva York (1959) y la Unión Soviética (1962-1964), así como comentarista radial en Miami, ciudad en la que se desempeñó también como profe­sor de inglés (1956-1959). En 1959 se va Nueva York para trabajar como profesor y traductor de las Escuelas Berlitz, pero el mismo año regresó a Cuba para formar parte del periódico Revolución. Colaboró en la revista Unión, fue director de Cubartimpex, organismo encargado de seleccionar libros extranjeros (1964), representó al ministerio de Comercio Exterior en los países socialistas y escandinavos y regresó a Cuba en 1966, ya con una visión crítica del régimen que imperaba en su país.
Ese mismo año se convirtió en centro de una polémica cultural en las páginas de Juventud Rebelde, a pesar de lo cual obtuvo el Premio Nacional de Poesía por Fuera del juego, lo que motivó las protestas de la Unión de Escritores ya que el libro era considerado contrarrevolucionario. En 1967 comienza a trabajar en la Universidad de La Habana hasta que el 20 de marzo de 1971 es detenido a raíz del recital de poesía dado en la Unión de Escritores, donde leyó Provocaciones. Padilla fue arrestado junto con la poetisa Belkis Cuza Malé, su esposa desde 1967. Ambos fueron acusados por el Departamento de Seguridad del Estado de “actividades subversivas” contra el gobierno. Su encarcelamiento provocó una reacción en todo el mundo, con las consiguientes protestas de conocidísimos intelectuales entre los que figuraban Simone de Beauvoir, Margarite Duras, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Alberto Moravia, Octavio Paz, Juan Rulfo, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa y muchos otros. Después de 38 días de reclusión en Villa Marista, Padilla leyó en la Unión de Escritores su famosa Autocrítica. Su esposa logró salir con su hijo pequeño hacia Estados Unidos en 1979, y al año siguiente, gracias a la presión internacional, permitió a Padilla viajar también a ese país. Llegó a Nueva York, vía Montreal, el 16 de marzo de 1980. Como testimonian su esposa y el escritor Guillermo Cabrera Infante esta experiencia y el exilio cambiaron a Padilla, que enfermó espiritualmente y nunca pudo reponerse del todo.[1] Murió de un ataque al corazón a los 68 años, recostado en un sofá en Alabama.

Obras [editar]

Poesía [editar]

  • Las rosas audaces, 1949
  • El justo tiempo humano, 1962
  • Fuera del Juego, 1968
  • Provocaciones, 1973
  • El hombre junto al mar, 1981
  • Un puente, una casa de piedra, 1998

Narrativa [editar]

  • El buscavidas, 1963 (novela)
  • En mi jardín pastan los héroes, 1986 (novela)
  • La mala memoria, 1989 (ensayo autobiográfico)

Referencias [editar]

  1. [1] Heberto Padilla: el poeta que sigue sin soñar. BBC 29.09.2000

Enlaces externos [editar]

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miércoles, 16 de diciembre de 2009

LA POESÍA DE LAURA ANTILLANO Nota del Poeta Gregorio Ramos.


Laura Antillano (Caracas, 1950) . POETA. Narradora y poeta, crítico de arte y fotografía, articulista de prensa, tiene programas radiales, guionista: de cine y televisión. Licenciada en Letras por la Universidad del Zulia (1972). Fue profesora de literatura en LUZ y en la Universidad de Carabobo. Ha recibido diversos galardones, entre los que cabe destacar el del XXXII Concurso de Cuentos de El Nacional (1977) por «La luna no es pan de horno» (1988). Con Migaja se hace merecedora del Premio de la Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra, mención Poesía (2004). Entre sus libros se destacan: La bella época (1969), Las paredes del sueño (1981), Perfume de gardenia (1982), Solitaria solidaria (1990), Las aguas tenían reflejo de plata (2002), y las novelas para niños ¿Cenan los tigres la noche de navidad? (1990), Diana en tierra de Wayúu (1992) y Emilio en busca del Enmascarado de Plata (2004).
En su libro de poesía “Migaja”, publicado por Monte Avila Editores Latinoamericana se lee lo siguiente: es sin duda un libro de madurez vital y literaria. La voz lírica de Laura Antillano se configura como una íntima reflexión, parca, precisa. En sus versos se da cuenta de un trance que se atraviesa con fortaleza, «hueco sin huellas/ la fuerza/ es fiel a quien sabe izarla/ como bandera», y aun con alegría: «la herida/ asegura/ la permanencia/ de la estirpe/ menuda/ desde lo pequeño/ levantando el templo/ con alegría/ siempre / con alegría». Igualmente nos entrega imágenes de resguardo en las que la casa, el amor, «fondo de miel/ tus ojos», tienen un lugar primordial. El dolor, la herida, pero también lo afectivo, se entretejen en Migaja para configurar un hondo universo poético en clave femenina: «Alguien con luz,! hiere para reconfortar,/ para/ limpiar/ para acercarnos./ Lo que hiere con luz/ abrasa».


SELECCIÓN DE POEMAS



19


Escarbo

minuciosa

el matorral,

hallo

la infancia

indiscreta,

como atalaya.


4


Razón de
las palabras

hueco sin huellas
la fuerza

es fiel a quien sabe izarla
como bandera,

reposo
en estallido
descubro tus ojos
miel en calma,
acaso
el estanque
de heridas
sanadas.

Tiempo ha
costó
el principio:


sentado en este suelo
llorar
con
lo solo
entre canes
piel con piel,
quemar la gusanera,
tragar saliva en sangre,
tocando tierra,
estiércol.


5


Ahora
fondo de miel
tus ojos
me lo cuentan

dando
la
luz,
el agua clara,
lo
sereno.



10


La indigencia
te hace

la línea
te escribe
el indicativo,

recompensar
al hambriento,

extraviado
reconoces
el rumbo,

aquí la albahaca despierta en aromas
un terrón
un puñado de humedad


como la sangre de las
perras
en celo.


11


No a los encajes
a bordado de hilos de oro.

No al festín
a
despertar al alba
rodeada de lujos.

Intentas la mansedumbre,
dócil
retiras
la costra,
pús y puñado,
palpar la ignominia
atado al ramillete

para enfrentar la bestia.


14


Desbrozo
desgrano
el cuerpo ajeno,


retiro la empalizada
hecha de cañabrava.


Mendiga de mí,
carencia,
semejante a mí.


Postergo
lo posible,
sin estandarte.


Mitigo la sed.


Acepto la
revelación,
el tutelaje


como perro que escucha.




17


Quiero


Firme


Serena


Primitiva:


las migajas
del desasosiego




18


Indago


mi indigencia


en descalabro iluminado.


Desato


impúdica


lo diáfano,


entre la marejada.





NOTA: TOMADO DE SU LIBRO DE POESIA "MIGAJA"

martes, 8 de diciembre de 2009

lunes, 7 de diciembre de 2009

REINALDO ARENAS IN MEMORIAM.


 
arenas.jpg (55942 bytes)


REINALDO   ARENAS
"Esa tarde me fui para mi casa caminando, llegué al cuarto, y seguí escribiendo un poema. Era un poema largo que se titulaba "Morir en junio y con la lengua fuera". A los pocos días tuve que interrumpir mi poema, pues alguien me había entrado por la ventana del cuarto y me había robado la máquina de escribir. Fue un robo serio, porque para mí aquella máquina de escribir era no sólo la única pertenencia de valor que tenía en aquel cuarto, sino el objeto más preciado con el que yo podía contar. Sentarme a escribir era, y aún lo sigue siendo, algo extraordinario; yo me inspiraba (como un pianista) en el ritmo de aquellas teclas y ellas mismas me llevaban. Los párrafos se sucedían unos a otros como el oleaje del mar; una veces más intensos y otras menos; otras veces como ondas gigantescas que cubrían páginas y páginas sin llegar a un punto y aparte. Mi máquina era una Underwood vieja y de hierro, pero constituía para mí un instrumento mágico"
 

Reinaldo Arenas (Holguín, 1943 - Nueva York, 1990)
      Sin duda, la voz literaria más polémica y desgarrada de la literatura cubana del siglo XX. Lamentablemente para su autor, la obra de Arenas ha venido a ser reconocida sólo después de su muerte. Poseedor de una exquisita capacidad para narrar, su técnica literaria, su irreverencia y sus reflexiones, constituyen toda una riqueza para las letras hispanoamericanas. Sus tres rasgos malditos, como él mismo destacó --ser homosexual, no religioso y anticastrista-- retrasaron su reconocimiento internacional. Las circunstancias han hecho que sea conocido antes por su vida que por su obra, máxima y última versión del llamado realismo mágico. 
       Su obra quedó marcada por su vida. Quien ha leído su biografía, puede reconocer muchos pasajes de sus libros en los eventos de su azarosa existencia. 
       Su madre fue abandonada por su marido poco después del nacimiento de Reinaldo, y se vio obligada a volver a la granja de sus padres. El niño se educó en el seno de esa humilde familia campesina, en un ambiente de gran libertad y rodeado de un paisaje espectacular y hermoso. Casi no había cumplido los 13 años cuando ya escribía sus primeros poemas. Descubrió su pasión por la literatura al mismo tiempo que su homosexualidad. 
       Se unió a la Revolución antes de que triunfara, en 1958, y colaboró con ella durante un tiempo. En 1962 se instalaba en la capital cubana, emocionado y lleno de ilusión por el ambiente cosmopolita de la ciudad. Al año siguiente ingresó en el equipo de trabajo de la prestigiosa Biblioteca Nacional José Martí. Allí escribió y publicó su primera novela, Celestino antes del alba (1967), que sorprendería por su novedad. Sería su única obra publicada en Cuba.
      Al poco tiempo, la policía empezó a acosarle por sus ideas políticas y por sus vínculos con la floreciente subcultura homosexual de La Habana, entonces en plena elosión. A partir de entonces, Arenas fue perseguido de forma implacable. 
      En la década de los años 60, el régimen tomó durísimas medidas contra la homosexualidad y los artistas. Mientras muchos escritores eran acosados porque escribían textos que no siempre alababan al régimen, los homosexuales eran enviados directamente a campos de trabajo forzado. En una de estas prisiones, Reinaldo comenzó a escribir El mundo alucinante (1966), que muchos consideran su mejor novela. Esta obra recrea la vida de fray Servando Teresa de Mier, fraile mexicano que vivió en el siglo XVIII y que es encarcelado por sus ideas. La novela fue sacada clandestinamente de la isla y publicada en el extranjero, con lo que Arenas se ganó la total hostilidad del gobierno de Fidel Castro.
      En 1973 fue encausado por contrarrevolucionario al intentar huir de la prisión, donde había ingresado debido a una falsa acusación de abuso sexual. El intento de huida le convirtió en un fugitivo, hasta que fue capturado e internado en la prisión de El Morro, una cárcel para criminales comunes. Allí sufrió dos años de palizas, torturas y trabajos forzados (1974-1976) hasta que lograron arrancarle una autoinculpación. 
      Arenas fue un escritor compulsivo y a veces escribió en condiciones patéticas. Casi todas sus obras sufrieron diversos percances: fueron censuradas, editadas, escondidas y destruidas.
      Entre los mejores amigos de Arenas en la isla se encontraban Juan Abreu y sus hermanos José y Nicolás, todos ellos escritores que hoy viven exiliados (el primero en España y los otros dos en Estados Unidos). Gracias a Abreu y su familia, algunos de los escritos de Arenas se salvaron de la destrucción castrista, porque ellos los mantuvieron ocultos mientras el escritor estaba en prisión o prófugo. 
      Durante muchos años, el objetivo principal de Arenas fue escapar de la isla, lo cual finalmente logró en 1980 con el éxodo de Mariel. Vivió por breve tiempo en Miami, donde se reencontró con Juan Abreu. Fruto de la colaboración de ambos, surgió la revista literaria "Mariel" (1983-1987). 
      Durante sus once años de exilio Arenas elaboró casi toda su obra, compuesta por numerosos libros, entre novelas, cuentos, poemas y obras de teatro. Destaca la famosa "Pentagonía" (juego de palabras inventado por el propio Arenas compuesto por «pentalogía» o serie de cinco novelas y «agonía»). La Pentagonía está compuesta por las novelas Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas. Otra vez el mar, El color del verano y El asalto. 
      Arenas se trasladó a Nueva York, ciudad donde enfermó de sida en 1987. Tras el diagnóstico de la enfermedad, se obligó a sí mismo a concluir todas las obras que había pensado escribir.
      Se dice que su suicidio en 1990 no sorprendió a su íntimo círculo de amistades, ya que en diversas ocasiones había manifestado su horror por la tercera edad. Además, su larga agonía por el sida había empeorado las cosas. En la madrugada del 7 de diciembre ingirió gran cantidad de pastillas y falleció. 
      Su obra, traducida a numerosas lenguas, es extensa. Un resumen de las más importantes: Celestino antes del alba (La Habana, 1967), El mundo alucinante (1969), El palacio de las blanquísimas mofetas (1980), El Central (1981), Termina el desfile (1981), Otra vez el mar (1982), El asalto (1990), El portero (1990), Viaje a La Habana (1990), Final de un cuento (1991), El color del verano o nuevo 'jardín de las delicias' (Ediciones Universal, Miami, 1991; Tusquets, 1999), Arturo, la estrella más brillante, Adiós a mamá y su autobiografía póstuma Antes que anochezca (Tusquets, 1992).


Reinaldo Arenas (Cuba, 1943-1990)
El mundo alucinante (fragmento)
" El verano. Los pájaros derretidos en pleno vuelo, caen, como plomo hirviente, sobre las cabezas de los arriesgados transeúntes, matándolos al momento.
El verano. La isla, como un pez de metal alargado, centellea y lanza destellos y vapores ígneos que fulminan.
El verano. El mar ha comenzado a evaporarse, y una nube azulosa y candente cubre toda la ciudad.
El verano. La gente, dando voces estentóreas, corre hasta la laguna central, zambulléndose entre sus aguas caldeadas y empastándose con fango toda la piel, para que no se le desprenda el cuerpo.
El verano. Las mujeres, en el centro de la calle, empiezan a desnudarse, y echan a correr sobre los adoquines que sueltan chispas y espejean.
El verano. Yo, dentro del morro, brinco de un lado a otro. Me asomo entre la reja y miro al puerto hirviendo. Y me pongo a gritar que me lancen de cabeza al mar.
El verano. La fiebre del calor ha puesto de mala sangre a los carceleros que, molestos por mis gritos, entran a mi celda y me muelen a golpes. Pido a Dios que me conceda una prueba de su existencia mandándome la muerte. Pero dudo que me oiga. De estar Dios aquí se hubiera vuelto loco.
El verano. Las paredes de mi celda van cambiando de color, y de rosado pasan a rojo, y de rojo al rojo vino, y de rojo vino a negro brillante... el suelo empieza también a brillar como un espejo, y del techo se desprenden las primeras chispas. Solo dándole brincos me puedo sostener, pero en cuanto vuelvo a apoyar los pies siento que se me achicharran. Doy brincos. Doy brincos. Doy brincos.
El verano. Al fin el calor derrite los barrotes de mi celda, y salgo de este horno al rojo, dejando parte de mi cuerpo chamuscado entre los bordes de la ventana, donde el aceite derretido aun reverbera.
(…)
Pero las revoluciones no se hacen en las cárceles, si bien es cierto que generalmente allí es donde se engendran. Se necesita tanta acumulación de odio, tantos golpes de cimitarra y redobles de bofetadas, para al fin iniciar este interminable y ascendente proceso de derrumbe.
(…)
Las manos son lo mejor que indica el avance del tiempo.
Las manos, que antes de los veinte años empiezan a envejecer.
Las manos, que no se cansan de investigar ni darse por vencidas.
Las manos, que se alzan triunfantes y luego descienden derrotadas.
Las manos, que tocan las transparencias de la tierra.
Que se posan tímidas y breves.
Que no saben y presienten que no saben.
Que indican el límite del sueño.
Que planean la dimensión del futuro.
Estas manos, que conozco y sin embargo me confunden.
Estas manos, que me dijeron una vez: -tienta y escapa-.
Estas manos, que ya vuelven presurosas a la infancia.
Estas manos, que no se cansan de abofetear a las tinieblas.
Estas manos, que solamente han palpado cosas reales.
Estas manos, que ya casi no puedo dominar.
Estas manos, que la vejez ha vuelto de colores.
Estas manos, que marcan los límites del tiempo.
Que se levantan y de nuevo buscan el sitio.
Que señalan y quedan temblorosas.
Que saben que hay música aun entre sus dedos.
Estas manos, que ayudan ahora a sujetarse.
Estas manos, que se alargan y tocan el encuentro.
Estas manos, que me piden, cansadas, que ya muera. "

Antes que anochezca (fragmento)
" Oh Luna! Siempre estuviste a mi lado, alumbrándome en los momentos más terribles; desde mi infancia fuiste el misterio que velaste por mi terror, fuiste el consuelo en las noches mas desesperadas, fuiste mi propia madre, bañándome en un calor que ella tal vez nunca supo brindarme; en medio del bosque, en los lugares más tenebrosos, en el mar; allí estabas tu acompañándome; eras mi consuelo, siempre fuiste la que me orientaste en los momentos más difíciles. Mi gran diosa, mi verdadera diosa, que me has protegido de tantas calamidades; hacia ti en medio del mar; hacia ti junto a la costa; hacia ti entre las costas de mi isla desolada. Elevaba la mirada y te miraba; siempre la misma; en tu rostro veía una expresión de dolor, de amargura, de compasión hacia mí; tu hijo. Y ahora, súbitamente, luna, estallas en pedazos delante de mi cama. Ya estoy solo. Es de noche. "

The Parade Ends
" Paseos por las calles que revientan,
pues las cañerías ya no dan más
por entre edificios que hay que esquivar,
pues se nos vienen encima,
por entre hoscos rostros que nos escrutan y sentencian,
por entre establecimientos cerrados,
mercados cerrados,
cines cerrados,
parques cerrados,
cafeterías cerradas.
Exhibiendo a veces carteles (justificaciones) ya polvorientos,
CERRADO POR REFORMAS,
CERRADO POR REPARACIÓN.
¿Qué tipo de reparación?
¿Cuándo termina dicha reparación, dicha reforma?
¿Cuándo, por lo menos,
empezará?
Cerrado...cerrado...cerrado...
todo cerrado...
Llego, abro los innumerables candados, subo corriendo la improvisada escalera.
Ahí está, ella, aguardándome.
La descubro, retiro la lona y contemplo sus polvorientas y frías dimensiones.
Le quito el polvo y vuelvo a pasarle la mano.
Con pequeñas palmadas limpio su lomo, su base, sus costados.
Me siento, desesperado, feliz, a su lado, frente a ella,
paso las manos por su teclado, y, rápidamente, todo se pone en marcha.
El ta ta, el tintineo, la música comienza, poco a poco, ya más rápido
ahora, a toda velocidad.
Paredes, árboles, calles,
catedrales, rostros y playas,
celdas, mini celdas,
grandes celdas,
noche estrellada, pies
desnudos, pinares, nubes,
centenares, miles,
un millón de cotorras
taburetes y una enredadera.
Todo acude, todo llega, todos vienen.
Los muros se ensanchan, el techo desaparece y, naturalmente, flotas,
flotas, flotas arrancado, arrastrado,
elevado,
llevado, transportado, eternizado,
salvado, en aras, y,
por esa minúscula y constante cadencia,
por esa música,
por ese ta ta incesante. "

Mi amante el mar (fragmento)
" Sólo el afán de un náufrago podría
remontar este infierno que aborrezco.
Crece mi furia y ante mi furia crezco
y solo junto al mar espero el día. "

Autor: Reinaldo Arenas
Tusquets Editores, Barcelona, 2002 (378 págs.)
 

Reinaldo Arenas (Cuba, 1943-1990) es ya una leyenda en la literatura de finales del siglo XX, tanto por sus obras como por su trágica existencia que terminó por sus propias manos en Nueva York, víctima de Sida. Tusquets Editores presenta de nuevo esta obra, siguiendo la revisión hecha por el propio autor sobre el texto publicado en 1982.
Dividida en dos partes, Otra vez el mar tiene como protagonista a un joven matrimonio que obtiene permiso para pasar unos días en un lugar de veraneo. La narración transita mediante dos voces. La primera es la de la una mujer anónima, temerosa de perder a su marido, frustrada por la carga de la maternidad e incapaz de soportar la sociedad cubana bajo el sistema comunista. Sus pensamientos, entrelazados con lo cotidiano, revelan su tormento y el doloroso amor que siente por su marido, de quien sospecha que le es infiel, sobre todo cuando un hermoso y taciturno adolescente se instala con su locuaz madre en el apartamento contiguo. En la segunda parte es la voz de Héctor, su marido, poeta y revolucionario desencantado, la que de una forma alegórica nos habla de la historia cubana y de sí mismo. Arenas expresa así las frustraciones y la añoranza de la libertad de esos dos seres e ilumina, página a página, al lector en el laberinto de insatisfacciones y anhelos de la pareja.

Singing from the WellSinging from the Well by Reinaldo Arenas
This first novel in Arenas's "secret history of Cuba"-- a quintet he called the Pentagonia--is a powerful story of growing up in a world where nightmare has become reality, and fantasy provides the only escape.

"One of the most beautiful novels ever written about childhood, adolescence, and life in Cuba." --Carlos Fuentes


Farewell to the Sea : A Novel of CubaFarewell to the Sea : A Novel of Cuba by Reinaldo Arenas, Andrew Hurley (Translator)
A young Cuban couple gain permission to spend a week at a beach resort. They spend most of their time sitting by the ocean, silent in private thought. We get inside her head for the 7 days and then into his, receiving different perspectives and views on the vacation, and on their current lives. Arenas does a fantastic job of expressing both her and his frustrations at their station in life, and in the freedom they feel has deserted them. She laments the burden of motherhood and the loss of her personal sense of self. He laments his loss of freedom as the Castro government clamps harder down on writers and artists. Also, driving his frustration is his own frustration as a closet homosexual in a straight, macho world. Arenas does not overtly state his themes, but reveals them like one peeling an onion. There is layer after layer to discover.. and the underlying themes of the novel come across through reverie and daydreams.. hallucinations of the young couple as they stare at the water. It is this non-linear dual-narrative style of writing that is so effective as through their private thoughts, we start to understand the true essence of the lives of this young, but jaded young couple. -- Brett A. Davis
by Reinaldo Arenas, Andrew Hurley (Translator)
The final work from "one of the few truly great writers to come out of Latin America in this century" (Chicago Tribune)

Critics worldwide have praised Reinaldo Arenas's writing. His extraordinary memoir, Before Night Falls, was chosen by the editors of The New York Times Book Review as one of the fourteen "Best Books of 1993" and was hailed as "one of the most shattering testimonials ever written" by Mario Vargas Llosa. His fiction "reveals a profoundly original writer . . . Reading Arenas is like witnessing a bare consciousness in the process of assimilating the most universal, but powerful, human experiences and turning them into literature" (The New York Times Book Review).

The Color of Summer, Arenas's finest comic achievement, is the fourth novel in a quintet he called the Pentagonia. Although it is the penultimate chapter in his "secret history of Cuba," it was, in fact, the last book Arenas wrote before his death in 1990. (The final volume, The Assault, was written first and published in 1994.) A Rabelaisian tale of survival by wits and wit, The Color of Summer is ultimately a powerful and passionate story about the triumph of the human spirit over the forces of political and sexual repression

Arenas, Reinaldo (1943-1990)
Raised in extreme poverty in Cuba, as a young man Arenas committed himself to Fidel Castro's revolution but grew to despise the repressive politics that resulted, especially as they pertained to the persecutions of lesbians and gay men. After the publication of a novel in 1967 he was blacklisted by the government and smuggled his manuscripts abroad.
Upon leaving Cuba in 1980 he celebrated his freedom through publishing and public appearances but later became critical of Cuba's emigrant community and of American gay men. After being diagnosed with AIDS in 1987, Arenas exerted a tremendous effort to finish several of his works he considered to be important statements he had to make as a writer.
Arenas's work includes: Arturo, la Estrella Mas Brillante (The Brightest Star), Singing From the Well, Hallucinations, El Central and Antes que Anochezca (Before Night Falls) an autobiographical account of the harrowing conditions of life in Cuba as well as rundown of dozen's of his estimated 10,000 sexual encounters completed in 1990, shortly before he committed suicide.
Arenas's Major Published Works:

Celestino antes del alba (La Habana: Ediciones Unión, 1967), republished as Cantando en el pozo (Barcelona: Seix Barral, 1982), English translation by Andrew Hurley published as Singing from the Well (New York: Viking, 1987); El mundo alucinante, una novela de aventuras (Mexico: Editorial Diógenes, 1966), originally published in France as Le monde hallucinant (Paris: Editions Du Seuil, 1968), English translation by Gordon Brotherston published as Hallucinations: Being an Account of the Life and Adventures of Friar Servando Teresa de Mier (New York: Harper & Row, 1971); El palacio de las blanquísimas mofetas (Barcelona: Editorial Argos Vergara, 1983), first published in France as Le palais des trés blanches mouffettes (Paris: Editions Du Seuil, 1975), English translation by Andrew Hurley published as The Palace of the White Skunks (New York: Viking, 1990); El Central (Barcelona: Seix Barral, 1981); Termina el desfile (Barcelona: Seix Barral, 1981); Otra vez el mar (Barcelona: Editorial Argos Vergara, 1982), English translation by Andrew Hurley published as Farewell to the Sea, a Novel of Cuba (New York: Viking, 1986); Arturo, la estrella más brillante (Barcelona: Montesinos Editor, 1984), English translation by Andrew Hurley published as "The Brigthest Star" in Old Rosa: A Novel in Two Stories (New York: Grove Press, 1989); Necesidad de libertad (Mexico: Kosmos - Editorial, 1986); Persecución (cinco pieza de teatro experimental) (Miami, Ediciones Universal, 1986); La loma del angel (Barcelona: DADOR / ediciones, 1987), English translation by Alfred MacAdam published as Graveyard of the Angels (New York: Avon Books, 1987); Voluntad de vivir manifestándose (Madrid: Editorial Betania, 1989); El asalto (Miami: Ediciones Universal, 1990); Leprosorio (Trilogía poética) (Madrid: Editorial Betania, 1990); El portero (Miami: Ediciones Universal, 1990), English translation by Dolores M. Koch published as The Doorman (New York: Grove Press, 1991); Viaje a La Habana (Miami: Ediciones Universal, 1990); El color del verano o nuevo jardín de las delicias (Miami: Ediciones Universal, 1991); Final de un cuento (Diputación Provincial de Huelva: El Fantasma de la Glorieta, 1991); Antes que anochezca (Barcelona: Tusquets Editores, 1992).
Book of stories charts Reinaldo Arenas' hope, rage
By SUZANNE FERRISS
 

MONA AND OTHER TALES.
By Reinaldo Arenas.
 

LAST year the film Before Night Falls introduced American audiences to the life and career of Reinaldo Arenas, the writer who fled persecution in his native Cuba to live and write in exile in the United States.

Mona and Other Tales While the film, based on Arenas' memoir, stressed his poetry and a single novel, Hallucinations, he had a prolific career, publishing eight additional novels as well as plays, essays and three books of short stories. The 14 stories collected in Mona and Other Tales offer an accessible introduction to Arenas' fiction.
The collection includes stories written over the course of Arenas' writing life, from early experimental works written in Havana during what he called "the joyful sixties" to others written while imprisoned for "subversive" behavior -- homosexual and literary. The last were written in the 1980s, after Arenas' escape to Miami Beach, Fla., and then New York. Suffering with complications from AIDS, he committed suicide in 1990.
Inevitably, life in Cuba under Castro figures prominently in several stories. The Parade Begins (1965) focuses on a 14-year-old would-be revolutionary who, too young to fight, can only envision serving alongside the freedom fighters. In The Parade Ends, written 15 years later, disillusionment with the revolution is total, and Arenas invokes his own experiences to document Cuban oppression. The narrator plots to escape by raft, is caught and imprisoned, and writes as psychological relief:
In a thorough, delirious, and angry manner, I am incessantly letting out all my horror, my fury, my resentment, my hatred, my failure, our failure, our helplessness, all the humiliation, the mockery, the swindles, and lastly, simply all the beatings and kickings, the endless persecution. All, all of it. All that terror goes onto the paper, the blank page, which, once filled, is carefully hidden in the double ceiling of the loft, or inside dictionaries, or behind a cabinet: it is my revenge, my revenge.
Most of the stories situate Arenas as a participant in the astonishing period of literary creativity in Latin America from 1962 to 1970. In an essay that closes the volume, "The Joyful Sixties in Latin American Literature," Arenas singles out the extraordinary novels of Alejo Carpentier, Julio Cortazar, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Gabriel García Márquez and José Donoso. His own novel, Hallucinations, was smuggled out of Cuba and published in 1968 in France, where it was nominated for a Prix Medicis.
Like his contemporaries, Arenas experimented with magic realism. While many of the early stories seem more like exercises in experimentation than fully realized pieces of fiction, Mona represents Arenas working at the height of his form.
In this story about da Vinci's Mona Lisa, life and art gradually merge seamlessly. To reveal details of the plot would diminish its shocking -- but satisfying -- surprises. It is not the plot alone that charms, however, but the form. Arenas uses Borgesian devices such as invented translators and editors who comment on the text, undermining the narrator's authority and casting doubt on his fantastic tale.
Arenas combines his attachment to Cuba with magic realism in the final story, End of a Story. A Cuban immigrant, standing at the southernmost point on Key West, recounts a visit to New York with a friend, a new arrival. From the top of the Empire State Building, they look down on the city:
I leaned over. I saw the Hudson River widening, extending out of sight. The Hudson, I said, how huge! What an idiot! you said, and kept staring: the blue ocean was breaking against the Malecón. In spite of the height, you felt the crashing of the waves and the incomparable freshness of the sea breeze. This consciousness, divided between America and Cuba, meant that, in his words, Arenas led "double and even triple lives at the same time." A child of the "joyous sixties," he saw his dreams for a world without prejudice dashed in Cuba and abroad. Instead, speaking for his generation in 1988, he claimed, "We live on fury, indignation, rage, alienation, and the desperation of trying to hold on to a world that exists only in our hopes. We are nourished by the memory of an ocean at sunset, of a unique book that understands us, read in a park under a tree, of the scent exuded by our houseplants when we come into a home that no longer exists."
This ghostly existence, a fusion of exuberance and rage, speaks to us in his stories.
Suzanne Ferriss teaches literature at Nova Southeastern University in Fort Lauderdale, Fla.

Jaime Manrique
*read for DIVA TV an excerpt from his memoir
"A Sadness As Deep As The Sea" in EMINENT MARICONES
about the last days of the Cuban-born Reinaldo Arenas


"This plague -- AIDS -- is but a symptom of the sickness in our age."

Transcript:
Reinaldo lived on 44th Street between 8th and 9th Avenues. He had visited my apartment many times yet had never invited me into his home. So when Thomas Colchie phoned in December 1990 and asked me to check on Reinaldo, I thought I'd better get in touch with him right away. Too many friends had died before we had a chance to say things we wanted to say. I called him, and we made plans for me to stop by late that afternoon.
I climbed the steps of Reinaldo's building and rang his buzzer. The building was a walk-up, and Reinaldo's apartment was on the top floor, the sixth. At the top of the steep stairs I knocked on his door. I heard what sounded like a long fumbling with locks and chains, which even in Times Square seemed excessive. The door opened, and I almost gasped. Reinaldo's attractive features were hideously deformed: half his face looked swollen, purple, almost charred, as if it were about to fall off. He was in pajamas and slippers. I can't remember whether we shook hands or not or what we said at that moment. All I remember is that, once I was inside the apartment, he started putting on the chains and locks, as if he were afraid someone was going to break down the door.
We went through the kitchen into a small living room. Besides an old-fashioned sound system and a television set, I remember a primitive painting of the Cuban countryside. A table, two chairs, and a worn-out sofa completed the decor. Reinaldo sat on the sofa and I took a chair. I felt that if I sat too close to him, I would not be able to look him in the eye. Stacks of manuscripts lay on the table--thousands and thousands of sheets, and Reinaldo seemed like a shipwreck disappearing in a sea of paper. When I asked if they were copies of a manuscript he had just finished, he informed me that the three manuscripts on the table were a novel, a book of poems, and his autobiography, Before Night Falls.
Reinaldo spoke with enormous difficulty, his voice a frail rasp. "The novel, El color del verano, concludes my Pentagony. It's an irreverent book that makes fun of everything," he mused. "Leprosorio is a volume of poems. And Antes que anochezca," he pointed to the third pile, "is my autobiography. I dictated it into a tape recorder and an amanuensis transcribed it. It's going to make a lot of people mad."
It seemed to me absolutely protean the amount of writing he had managed to do, considering what a debilitating disease AIDS is. I said so.
"Writing those books kept me alive," he whispered. "Especially the autobiography. I didn't want to die until I had put the final touches. It's my revenge." He explained, "I have a sarcoma in my throat. It makes it hard for me to swallow solid foods or to speak. It's very painful."
"Then maybe you shouldn't talk. I'll do the talking," I offered, moving to the sofa.
"But I want to talk," he said curtly. "I need to talk."
I said, "Reinaldo, if there is anything you need, please don't hesitate to let me know. Whatever it is...cooking your meals, getting your medicines, going with you to the doctor, anything." I mentioned the the PEN American Center had a fund for writers and editors with AIDS and offered to contact them.
"Thanks so much, cariño," he said in the plaintive singsong in which he spoke. It was a sweet, caressing tone: melodious like a lazy samba but also mournful, weary, accepting of the hardships of life. This was a typically peasant trait. "There is a woman who comes to help three days a week. She does all my errands. Besides, Lazaro [Lazaro Carriles, his ex-lover who had remained his closest friend] comes by every day."
Just in case he wasn't aware, I mentioned other sources where he could go for help.
He snapped, "I don't like those men who serve as volunteer. I can't stand all that humility."
From where I sat I could see a bleached wintry sunset over the Hudson.
"But if you contact the PEN Club that would be good," he conceded. "I would like to get away from here before winter comes. My dream is to go to Puerto Rico and get a place at the beach so I can die by the sea."
To encourage him, I said, "Perhaps your health will improve. People sometimes..."
"Jaime," he cut me off, "I want to die. I don't want my health to improve...and then deteriorate again. I've been through too many hospitalizations already. After I was diagnosed with PCP [AIDS pneumonia], I asked Saint Virgilio Piñera," he said, referring to the deceased homosexual Cuban writer, " to give me three years to live so that I could complete my body of work." Reinaldo smiled, and his monstrous face showed some of his former handsomeness. "Saint Virilio granted me my request. I'm happy. I do wish, though, that I had lived to see Fidel kicked out of Cuba, but I guess it won't happen during my lifetime. Soon, I hope, his tyranny will end. I feel certain of that."
I knew better than to disagree with him when it came to discussing Fidel Castro. Once, in the mid-eighties, I had tried to tell him to put behind him his years of imprisonment and persecution, to forget Cuba, to accept this county as his new home and to live in the present. "You just don't understand, do you?" he had shouted, shaking with anger. "I feel like one of those Jews who were branded with a number by the Nazis; like a concentration camp survivor. There is no way on earth I can forget what I went through. It's my duty to remember. This," he roared, hitting his chest, "will not be over until Castro is dead. Or I am dead."
We talked for a while about the collapse of the communist states. The last thing I wanted was to upset him in any way, yet I had to defend my belief in socialism as the most humanistic form of government. So I spoke to that effect.
"On paper socialism is the ideal form of government," he said, not altogether surprising me. "It's just that it's never worked anywhere. Perhaps some day." Becoming thoughtful, almost as if talking to himself, he added, "Jaime, what a life I've had. Even before the revolution, it was bad enough the agony of being an intellectual queen in Cuba. What a sad an hypocritical world that was," he paused. "Finally, I leave that hell, and come here full of hopes. And this turns out to be another hell; the worship of money is as bad as the worst in Cuba. All these years, I've felt Manhattan was just another island-jail. A bigger jail with more distractions but a jail nonetheless. It just goes to show that there are more than two hells. I left one kind of hell behind and fell into another kind. I never thought I would live to see us plunge again into the dark ages. This plague -- AIDS -- is but a symptom of the sickness of our age."
As night fell, the neon of the billboards of midtown Manhattan and the lights of the skyscrapers provided the only illumination. We chatted in hushed tones, more intimately than we ever had before. I was aware of how precious the moment was to me, how I wanted to engrave it forever in my memory. When I got up to leave, Reinaldo had difficulty finding his slippers in the darkness, so I knelt on the floor and put them on his calloused, swollen, plum-colored feet. We went again through the kitchen, where he mentioned he would have broiled fish for dinner. Then he unchained the numerous locks, slowly, one by one. We didn't hug or shake hands as we parted -- as if neither of those gestures was appropriate.
"Call me any time, if you need anything," I said.
"You're such a dear," he said.
As I was about to take the first step down, I turned around. The door to the apartment was still open. In the rectangular darkness Reinaldo's shadowy shape was like a ghost who couldn't make up its mind whether to materialize or to vanish.
The following day Reinaldo called to ask me if I could get him some grass. He said he had heard it helped to control nausea after meals. I told him that I would try to get some. I called a couple of friends and mentioned Reinaldo's request. Bill Sullivan suggested that I contact the Gay Men's Health Crisis because he thought Reinaldo sounded suicidal. I dismissed this possiblilty. Because his wish was to die by the sea, I thought he would try to make it to Puerto Rico if he received the grant from PEN. The next day, around noon, Tom Colchie called to say the Reinaldo had taken his life the night before; that he had used pills and had washed them down with shots of Chivas Regal; that he had left letters -- one of them for the police, clarifying the circumstances of his death -- and another one for the Cuban exiles, urging them to continue their fight against Castro's rule. Reinaldo had died in the early hours of December 7, and his body had been found by the woman who came by to help with his chores. He was forty-seven.

DISCURSO DE LA PREMIO NOBEL DE LITERATURA HERTA MÜLER.

DISCURSO DE LA PREMIO NOBEL DE LITERATURA HERTA MÜLLER






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Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

¿TIENES UN PAÑUELO? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.
Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro.
Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto.
La primera vez me insultó de pie y se marchó.
La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes, pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el impermeable y se marchó.
La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.
Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre: ¿tienes un pañuelo? ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta la jubilación.
Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar. Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho. A casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.
Una amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo: No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo, incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me castigaban porque yo los protegía.
Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa, en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho, un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas semanas eternas, hasta que me despidieron.
En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón, PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO, e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA, OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta. Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo.
Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:
A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.
A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.
En el centro, los pañuelos de niño, para mí.
Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se viera.
Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas: resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima (Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba enseguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer reposo mortuorio.
A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco. Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las almas de los muertos: Figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas, guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro de la noche.
Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar en la casa y le dio un plato de sopa. Y cuando la nariz de Oskar empezó a gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al mendigo. Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?
Desde que me enteré de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN PAÑUELO? válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? ni siquiera con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a través de tantos campos de trabajos forzados?
Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo fuera de batista en todo tiempo y lugar.
Oskar Pastior guardó en la maleta el pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? – su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a la esperanza y al miedo, muere.
Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:
Aquí bailan puntos dice Bea
entras en un vaso de leche de tallo largo
ropa interior blanca tina de zinc gris verde
contra reembolso se corresponden
casi todos los materiales
mira aquí
yo soy el viaje en tren y
la cereza en la jabonera
nunca hables con hombres extraños ni
acerca de la Central

Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo: encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con pañuelo.
Con un pañuelo termina también otra historia:
El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus estudios Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas, pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses después regresó a casa para casarse.
Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era: permiso por boda.
Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria, una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día. Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.
Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo decidí no tocar la trompeta.
Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto. Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la espalda con un pañuelo.
Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el círculo vicioso de las palabras al escribir. Reaccionaba ante el miedo a la muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras, hasta que aparecía algo que no había conocido antes. Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras, que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es cierto y todo es verdad.
Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me protegía. Sentía:
Cada palabra en el rostro
sabe algo del círculo vicioso
y no lo dice

El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.
Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera, y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren, porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse.
Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.
Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo?, le pregunté. Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de los pañuelos de hombre, grandes.
Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria, se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué palabras para formularlo:
Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón
en el alma inservible como un colador
pero el propietario preguntó:
¿quién se acaba imponiendo?
yo dije: salvar el pellejo
él gritó: el pellejo es
sólo una mancha de la batista ofendida
sin juicio.

Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN PAÑUELO?
Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano.

Traducido por Juan José del Solar Bardelli

Tomado de: www.elpais.com  /  Madrid: 7 de diciembre de 2009.