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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


viernes, 23 de octubre de 2009

BANES Un fragmento del libro de relatos testimoniales La Piel de la Memoria.

BANES

A quienes tengan la paciencia de leerme, les pido, por favor, no esperen encontrar en esta breve y apretada descripción de ese pueblito perdido entre lomas y serranías, al cual sus primeros pobladores llamaron La Ensenada y que luego cambiaron a Banes - - supongo que en honor al cacique taíno Baní- - un riguroso estudio de la génesis del lugar, su historia o más bien su lugar dentro de la Historia y demás pormenores. Dejo esa tarea en manos de verdaderos eruditos. En este caso en manos de historiadores.

No puedo dejar de recomendar al magnífico estudio que hiciera el señor Alfredo Dumois. Estoy convencido que nadie mejor que él puede dar una descripción histórica con tanto rigor, ya que el mismo Sr. Dumois es un miembro de esa familia fundacional del pueblo que trajo tanta prosperidad a la región.

Mi percepción de Banes es totalmente subjetiva y en el presente relato me propongo, tal vez sin lograrlo plenamente, una descripción del entorno físico y emocional que me vio crecer “entre patos y gallinas”.

Mis primeros recuerdos de ese paradisíaco y mágico lugar es que siempre llovía. Sobre todo en las tardes o a las primeras horas de la noche. Al levantarme en la mañana era verdaderamente delicioso para mis sentidos percibir ese olor a tierra mojada que describo en uno de mis poemas.

Lo paradójico era que aunque lloviese en las tardecitas o a las primeras horas de la noche,
los mediodías eran brillantemente soleados. Apenas contaba con unos cinco o seis años y me gustaba deambular entre mayales y cardones recorriendo el pequeño espacio de la finquita que papá le rentaba a los Silva y que a mi corta edad se me hacía enorme.

En las mañanitas se respiraba siempre un fuerte olor a azucenas y a nardos. Eran las floristas que recorrían la Carretera de Veguitas con unas enormes canastas sobre la cabeza y obligadamente llegaban hasta casa, pues mi madre siempre les compraba gladiolos y azucenas.

Luego llegaban los carboneros y los plataneros a vender su carga y a desayunar, pues como he relatado en otra parte de mi libro, mi papá había instalado un puestecito de desayunos enfrente de la modesta vivienda.

Otra de las imágenes que conservo en la memoria y que no me va a arrancar ni siquiera el Alzheimer es la un sujeto a quien cariñosamente le llamábamos Negro Hidalgo y vendía pollos. Como yo siempre fui muy sensible -- hipersensible casi -- y odiaba la crueldad en el tratamiento que se les da a los animales, recuerdo que Negro Hidalgo traía a los pollos colgando con la cabeza al suelo y lo peor era que no los alimentaba, ni siquiera les daba a beber agua. Esa imagen me resultaba repugnante y muy temprano comprendí que el mundo no es un lugar amable.

Otro incidente relacionado también con mi repugnancia a la crueldad contra los animales y que arranca de mi primera infancia se trata de cuando sufrí un ataque de sarampión y en mi convalecencia

mi madre mató un pollito que yo había cuidado con mucho cariño y lo frió para que lo comiera. Una vez que supe la verdad me negué a comer y estuve llorando días.

La mayoría de los chicos de mi edad esperaban con ansias la Navidad, sobre todo para recibir regalos. No niego que a mí también me agradaba esa tan esperada ocasión, pero me ponía triste escuchar los chillidos de los cerdos cuando eran sacrificados. Ingeniosamente me metía los deditos en los oídos y de esta forma trataba de acallar los lastimosos chillidos de muerte. Esa costumbre aún la conservo.

Pasando a temas más agradables diré que pasear por las estrechas callejuelas del pueblo, la mayoría de ellas aún no se encontraban asfaltadas, era una fiesta para el olfato, pues dondequiera se respiraba los más exquisitos aromas florales. Todavía llevo prendido de la nariz el olor del galán de noche, de los jazmines y de las más variadas rosas. Toda vivienda, por más humilde que fuese tenía su pequeño jardín y los olores se desparramaban por todas partes.

En esa piel de la memoria Banes está grabado indeleblemente como el mágico Jedefriff maletiano.
Es un recóndito espacio donde me interno muy a menudo a reflexionar sobre tantas cosas y son tantos los recuerdos que me asaltan que me obligan a escribir las más deshilvanadas líneas como ejercicio catársico y al final saco fuerzas de mi interior y vuelvo a la realidad un poco más equilibrado.

Recorrer las calles del pueblito de la mano de mi padre para visitar a su hermana Ernestina era todo un acontecimiento esperado ansiosamente por mí durante días. Mi tía vivía en el Barrio Americano o La Compañía, como también llamaban los banenses a esos predios.

Después de visitar a tía Ernestina papá me llevaba a los almacenes de La United Fruit Company -- La Compañía -- a comprar fruta enlatada y otros artículos. No olvido los melocotones californianos en almíbar EL MONTE que todavía disfruto y unas galletitas María de marca SIRE, de las cuales nunca he vuelto a saber nada.

Había un detalle muy curioso en nuestro paseo que no quiero omitir porque tal vez algún banense que me lea lo recuerde.

A unos pasos del viejo almacén se encontraba la estación ferroviaria de los Dumois. Hasta allí no llegaban los trenes porque pienso que las vías no soportaban mucho peso u otro detalle técnico que ignoro y sólo circulaban los gas-cars o gascares como les llamábamos usualmente. Bueno, justo en la estación ferroviaria se ponía un hombre cada tarde a vender naranjas. Usaba un ingenioso artilugio que nunca volví ver en toda mi vida.

Era una especie de maquinita de hierro con dos pinchos para sostener o agarrar la naranja y luego le daba vueltas a una manigueta e iba pelando la naranja en espiral.
Al final cuando te entregaba la naranja esta tenía la forma, más o menos, de un trompo.
El señor cobraba un medio -- cinco centavos -- por un par de naranjas. Creo que no he vuelto a disfrutar unas naranjas tan dulces y tan perfectamente peladas como las que vendía aquel señor.


De regreso a casa era una parada obligada llegarnos al Café de Los Chinos a merendar. Aunque yo más bien prefería La Gibareña de Pepito Aguilera. Allí se me iban los ojos contemplando las exquisiteces que mostraba Pepito en sus vidrieras refrigeradas.
Uno de mis dulces favoritos -- en México decimos pan dulce-- era el Brazo Gitano o el Cake de Frutas, acompañándolos de un refresco ORANGE CRUSH, que ya ni se ven.

A pesar de estar envuelto Banes en una atmósfera típicamente bucólica. No hay que olvidar que en un tiempo le llamaron Villa de Los Pinos. Al recorrer sus calles, estrechas pero muy limpias, casi siempre se escuchaba la algarabía de los muchachos que entraban o salían de las escuelas, tornándose así en pequeño pueblo un poco bullicioso.
Además los claxon o fotutos de los primitivos autos que transitaban aquellas calles contribuían también a ese ambiente bullicioso del cual hablo.

La gente era amable y hospitalaria. Como pueblo pequeño todo el mundo se conocía. Cuando sucedía una desgracia todo el mundo se volvía solidario. A cada funeral que se celebrase, ya sea en la funeraria del señor Blasco a quien no sé por qué razón le llamaban La Chorra o en la privacidad de una casa mortuoria no había un solo banense que no acudiese a mostrar sus respetos a los deudos de la persona fallecida.

Hoy esa costumbre ha desaparecido y en cuanto a la hospitalidad y la amabilidad que caracterizaban a los banenses, lamentablemente, también va desapareciendo.



© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales La Piel de la Memoria.

Bibliografía a consultar sobre los orígenes de Banes:


A Name, A Family, And a Town
In 1999, Alfred M. Dumois wrote a book, A Name, A Family, And a Town

Taken from the forward:
A Name, A Family, And a Town is a historical narrative of the saga of seven generations of the Dumois family, spanning from the French Revolution, circa 1789, to the present. And of the town of Banes, which they founded in north central Oriente Province on the Island of Cuba; its history, its people, and the memories of one who lived there.

This outstanding French-Cuban family, well known in the business circles of New York and Oriente, Cuba in the late 1800s and early 1900s, created a formidable fruit empire.



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