mostrar detalles 17:05 (Hace 10 minutos)
POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 30 de noviembre de 2009

ACTUALIZACIÓN DE LA REVISTA DE GENERALIDADES CULTURALES NUEVO MUNDO MUNDOS NUEVOS.

Revista electrónica Nuevo Mundo Mundos Nuevos
http://nuevomundo.revues.org


------------------------------

-------------------------------------------------------------------------
ACTUALIZACION Nuevo Mundo Mundos Nuevos noviembre 2009 - Contenido

DEBATES
- " La sociedad civil y el primer peronismo. El fomentismo de Bahía Blanca y su lugar dentro de la “comunidad organizada” "  José Marcilese
- " El sermón como instrumento de intermediación cultural. Sermones del federalismo cordobés, 1815-1852 "  Valentina Ayrolo
- " La política llamada del “buen tratamiento”: reformismo criollo y reacción esclavista en Cuba (1789-1845) "  Karim Ghorbal


Dossier " Esclavitud y resistencia en las Américas "
" La política llamada del “buen tratamiento”: reformismo criollo y reacción esclavista en Cuba (1789-1845) "  Karim Ghorbal

Dossier " Representaciones urbanas e identidades femeninas en América Latina (de fines del siglo XIX a principios del siglo XXI) "
-  Presentación evolutiva del dossier “Representaciones urbanas e identidades femeninas en América Latina (de fines del siglo XIX a principios del siglo XXI)”. Eje tres: “Escrituras de mujeres e itinerarios urbanos” "  Claudia Darrigrandi, María Lucía Puppo et Graciela Queirolo
- Entre tradición e innovación. Representaciones femeninas en otra modernidad periférica (Rosario, 1922-1924) "  Moira Cristiá
" Revistas feministas en Chile y Argentina : escrituras de y para mujeres en los años de entreguerras "  Claudia Montero Miranda
- " Buenos Aires, la ciudad de la infancia y los deseos en La casa del ángel (1955) de Beatriz Guido "  Natalia Cisterna Jara
- " Identidad a Contrapelo : Subjetividad femenina y espacios urbanos en el diario de Carolina Maria de Jesus (São Paulo, 1950-1960) "  Mariela Méndez
-  " Presentación evolutiva del dossier “ Representaciones urbanas e identidades femeninas en América Latina (de fines del siglo XIX a principios del siglo XXI) ”. Eje cuatro “ Ciudades literarias: los inicios del siglo XXI ” "  Claudia Darrigrandi, María Lucía Puppo et Graciela Queirolo
- " El pasado no pasa, pesa, o Bolaño y Donoso unidos, jamás serán vencidos (Chile: antes-después de la dictadura) "  Gilda del Carmen Luongo Morales
-" Protagonismo villero: la nueva fisonomía de una Buenos Aires marginal en la segunda mitad del siglo XX "  María Gabriela Muñiz
" Algunas palabras de cierre. Epílogo al Dossier “Representaciones urbanas e identidades femeninas en América Latina (de fines del siglo XIX a principios del siglo XXI)” "  Natalia Cisterna

Dossier " Historizar los cuerpos y las violencias. América Latina, siglos XVII-XXI "
-  " Presentación evolutiva del Dossier “Historizar los cuerpos y las violencias. América Latina, siglos XVII-XXI”. Tercera entrega "  María José Correa Gómez et Romané Landaeta Sepúlveda
-  " Elitismo, violencia y degeneración física en los diagnósticos de las derechas argentina y chilena (1880 – 1945) "  Daniel Lvovich et Ernesto Bohoslavsky
- " Sin puerto para el sueño americano. Políticas de exclusión, inmigración y tracoma en Argentina (1908-1930) "  María Silvia Di Liscia et Melisa Fernández Marrón
- " Violencias ejercidas en los cuerpos enajenados : encierro terapéutico y privación de derechos civiles. Chile central (1850-1870) "  María José Correa Gómez
- " Henry de La Vaulx en Patagonia (1896 – 1897) : la historicidad escindida de la antropología colonial y la captura de corpus y cuerpos "  Julio Esteban Vezub
- " “Dos en uno y cada uno en dos” : La imagen del cuerpo monstruoso en la teratología del siglo XIX en México "  Oliva López Sánchez


CUESTIONES DEL TIEMPO PRESENTE
- " La sombra de las víctimas oscurece el busto de los héroes. "  Luc Capdevila


RESENAS
" María de los Ángeles Meriño Fuentes, Una vuelta necesaria a mayo de 1912, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales (colección Pinos Nuevos), 2007, 157 p., mapas, índice general y bibliografía. "  Antonio Santamaría García
-  " Newton Briones Montoro, Esperanzas y desilusiones. Una historia de los años 30, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2008, 406 p., índices general y onomástico, apéndice documental y bibliografía y fuentes. "  Antonio Santamaría García" Ignacio Telesca, Tras los Expulsos. Cambios demográficos y territoriales en el Paraguay después de la expulsión de los jesuitas, Asunción (Paraguay), Universidad Católica “Nuestra Señora de la Asunción”/Biblioteca de Estudios Paraguayo "  Luc Capdevila
- " Emma de Ramón A., Luis Martínez T., Pablo Muñoz A., Karin Pereira C., Guía de Fondos del Archivo Nacional Histórico. Instituciones coloniales y republicanas, Santiago de Chile, Archivo Nacional Histórico de Chile/DIBAM, CIDBA, Producciones "  María Eugenia Albornoz Vásquez
-  " Jacqueline Vassallo, Mujeres delincuentes. Una mirada de género en la Córdoba del siglo XVIII, Córdoba, Argentina, Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba, 2006, 600 p. "  María Eugenia Albornoz Vásquez
-  " Chantal Cramaussel, Poblar la frontera. La provincia de Santa Bárbara en la Nueva Vizcaya durante los siglos XVI y XVII, Zamora, El Colegio de Michoacán, 2007, 479 p. "  Christophe Giudicelli
-  " Cristóbal de Acuña, Nuevo descubrimiento del Gran río de las Amazonas, Madrid, Universidad de Navarra -Iberoamericana- Vervuert, 2009, estudio, edición y notas de Ignacio Arellano, José M. Díez Borque y Gonzalo Santonja, 181 p. "  Frédérique Langue
- " Margaret Ewalt, Peripheral Wonders. Nature, Knowledge, and Enlightenment in the Eighteenth-Century Orinoco, Lewisburg, Bucknell University Press, 2008, 258 p. "  Frédérique Langue
-  " Ursula Camba Ludlow, Imaginarios ambiguos, realidades contradictorias: conductas y representaciones de los negros y mulatos novohispanos. Siglos XVI y XVII, México D.F., COLMEX, 2008, 227 p. "  María Eugenia Albornoz Vásquez
- " Pilar Calveiro, Pouvoir et disparition. Les camps de concentration en Argentine, Paris, La fabrique éditions, 2006, 221 p. "  Humberto Cucchetti
- " Dominique Goncalvès, Le planteur et le roi. L’aristocratie havanaise et la couronne d’Espagne (1763-1838), Madrid, Casa de Velázquez, 2008, 460 p. "  Federica Morelli
-  " A propos de : Serge Gruzinski, Quelle heure est-il là-bas ? Amérique et islam à l’orée des Temps modernes, Paris, Editions du Seuil, 2008, 227 p., coll. L’univers historique ; Patrick Boucheron, Léonard et Machiavel, Lagrasse, E "  Aude Argouse
-  " Clara Kriger, Cine y Peronismo. El estado en escena, Buenos Aires, Siglo XXI editores, 2009, 270 p. "  Moira Cristiá
- " Benedict Anderson, Les bannières de la révolte. Anarchisme, littérature et imaginaire anticolonial. La naissance d’une autre mondialisation, Paris, La Découverte, 2009, 261 p. "  Elisabeth Burgos
- " Máximo Badaró, Militares o ciudadanos. La formación de los oficiales del Ejército Argentino, Buenos Aires, Ed. Prometeo, 2009, 363 p. "  Moira Cristiá
" Claudia Feld y Jessica Stites Mor (Comp.), El pasado que miramos. Memoria e imagen ante la historia reciente, Buenos Aires, Ed. Paidós, 2009, 384 p. "  Moira Cristiá
- " Bartolomé Clavero, Geografía jurídica de América latina. Pueblos indígenas entre constituciones mestizas, México, Siglo XXI, 2008, 292 p. "  Aude Argouse
-" Benedict Anderson, Les bannières de la révolte. Anarchisme, littérature et imaginaire anticolonial. La naissance d'une autre mondialisation, Paris, La Découverte, 2009, 261 p. "  Elizabeth Burgos
- " Carlos Agudelo, Capucine Boidin, Livio Sansone (coord), Autour de l’ « Atlantique noir » . Une polyphonie de perspectives, Paris, Editions de l’IHEAL, 2009, 222 p. "  Carmen Bernand
- " João Paulo G. Pimenta, Brasil y las independencias de Hispanoamérica, Castelló de la Plana, Publicaciones de la Universitat Jaume I, 2007, 149 p. "  Gabriel Entin
- " Bastien Bosa & Eric Wittersheim (eds.), Luttes autochtones, trajectoires postcoloniales.(Amériques, Pacifique), Paris, Editions Karthala, 2009, 268 p., coll. Les terrains du siècle. "  Aude Argouse

COLOQUIO
Coloquio " Des catégories et de leurs usages dans la construction sociale d’un groupe de référence : "race", "ethnie" et "communauté" aux Amériques (Mascipo) "
-  " Comments on « Comparative Perspectives: Latinos, the Census and Race in the United States » "  Chantal Caillavet
- Prêt à publier
" Commentaries on Clara Rodriguez’ "Comparative Perspectives : Latinos, the Census and Race in the United States” "  Jean-François Véran
- " Comments to Lara Loveman’s Article : Whiteness in latin America as Seen Through Official Statistics (1870-1930) "  Carmen Salazar-Soler
- " Comments on Mara Loveman, “Whiteness in Latin America as Seen Through Official Statistics (1870-1930)” "  James Cohen
-  " Races, ethnies et communautés : la Guyane et Saint-Domingue en miroir "  Marie-José Jolivet
- " Commentaires sur « Racialiser la société : un projet et un échec. Autopsie du cas domingois » de Dominique Rodgers "  Federica Morelli (
- " La mise au point d’une machine infernale ? "  Armelle Enders
-  " Comparative remarks on Peter Fry's paper from the Colombian case "  Anne-Marie Losonczy
-  " Commentaries on Charles Hale’s « Racial Eruptions : The Awkward Place of Blackness in Indian Centered Spaces of Mestizaje » "  Elisabeth Cunin
- " Commentaires sur le texte de Charles Hale « Racial Eruptions: The Awkward Place of Blackness in Indian Centered Spaces of Mestizaje » "  Elisabeth Cunin
- " Commentaries on Charles Hale’s “Racial eruptions: the awkward place of blackness in Indian-centered spaces of mestizaje” "  Daniel Sabbagh

" Journée d’Étude - Séminaire « Usages politiques du passé » IEP-Master HRI / IDA-Rennes / EHESS-Mascipo- (VIe Journée d’Histoire des sensibilités) / Programme ANR Indiens dans la Guerre du Chaco " 
- " Las márgenes de los pueblos de indios. Agregados, arrendatarios y soldados en el Tucumán colonial. Siglos XVIII y XIX. "  Judith Farberman
- " Calchaquí ou le syndrome de Ferdinandea "  Christophe Giudicelli

Coloquio  Los actores locales de la nación, siglos XVII-XXI. Análisis interdisciplinarios. (Tlaxcala)
- "Del actor a la red: análisis de redes e interdisciplinaridad "  Michel Bertrand

Coloquio  Conflits dans le monde hispanique. Hétérodoxies, déviances et dissidences (Grenoble)
- " Un cas particulier de dissidence nobiliaire : la figure de don Juan Manuel dans les chroniques du règne d’Alphonse XI de Castille (1312-1350) "  Alice Carette


WEBSELECCION AL DIA
- " Memórias Reveladas. Centro de Refêrencia das Lutas Políticas no Brasil (1964-1985) "  Luc Capdevila
-  " Project on the Engraved Sources of Spanish Colonial Art (PESSCA) "  Agustina Rodríguez Romero
-  " Crimen y sociedad en la Argentina "  Moira Cristiá (
- " Cultura visual en la Red "  Moira Cristiá
-  " Recensements du Canada de 1665 à 1871 "  Louis-Pascal Rousseau
- " Blog « Generación Y », Yoani Sánchez, La Havane, Cuba "  Romy Sánchez Villar

MEMORIAS DEL AMERICANISMO
- " La historia realista, al otro lado del mar "  Eduardo Flores Clair


IMAGENES EN MOVIMIENTO
" Alrededor de La Nana, de S. Silva (Chile, 2009) :
- " Disciplinamientos femeninos y soledades del trabajo doméstico en un hogar de Santiago de Chile "  Romané Landaeta Sepúlveda
- " Reflexiones sobre poderes femeninos, cuerpos y sensibilidades en un hogar chileno "  María Eugenia Albornoz Vásquez
- " La Nana o Chile, país « al borde » de la reconciliación "  Aude Argouse
-  “La Nana”, y la evolución de una sujeción atávica al empleo remunerado "  Manuel Gárate
-  " “La Nana : devenir subjetivo entre mujeres pobres” "  Gilda del Carmen Luongo Morales


MATERIALES DE SEMINARIOS
-  " Lévi-Strauss et les deux Amériques II- L’Amérique du Nord, ou l’adieu au primitivisme "  Emmanuel Désveaux


GUIA DEL INVESTIGADOR AMERICANISTA
- " Guide du chercheur américaniste : l’Amérique latine dans les bibliothèques et centres d’archives de Paris et d’Île de France "  Aude Argouse et Mona Huerta

domingo, 29 de noviembre de 2009

Poeta venezolano Rafael Cárdenas llamó a Latinoamérica a defender la democracia.

Poeta venezolano Rafael Cárdenas llamó a Latinoamérica a defender la democracia

AFP PHOTO/Ivan Garcia
Latinoamérica debe cuidar su democracia para evitar que algún “caudillo de nuevo cuño” la destruya y se erija en dictador, advirtió el poeta venezolano Rafael Cárdenas, al recibir este sábado el máximo premio de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, en México.
“Cuiden a su democracia, aunque sea deficiente, casi nunca está mal, así evitarán que algún caudillo de nuevo cuño llegue al poder, la destruya y se erija en dictador, la democracia es mejorable la dictadura no”, sentenció el poeta venezolano, que vivió exiliado en los años cincuenta en Trinidad y Tobago por su militancia comunista, ante miles de espectadores que lo ovacionaron.
En su discurso, Cárdenas reivindicó el papel de la poesía que “dentro y fuera de la historia, más allá de todo confinamiento ideológico, rechaza los anarquismos, ama la justicia, pero quiere que no socave la libertad, por su talante cordial esta reñida con todo tipo de violencia”.
Cárdenas recibió el premio de literatura en lenguas romances de la FIL, dotado con 150.000 dólares, y que se otorga desde 1991.
Hasta 2006 el galardón se llamó Juan Rulfo y ha sido ganado entre otros por el chileno Nicanor Parra (1991) y los españoles Juan Marsé (1997) y Juan Goytisolo (2006). En 2008 fue recibido por el portugués Antonio Lobo Antunes.
La entrega del premio a Cárdenas marcó el comienzo formal de la XXIII Feria en la que participan 500 autores, 1.900 editoriales y 40 países, y que se espera sea visitada por 600.000 personas antes de su cierre el 5 de diciembre.
Vía © 1994-2009 Agence France-Presse

sábado, 28 de noviembre de 2009

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ A LA SOMBRA DEL PATRIARCA POR ENRIQUE KRAUZE.





GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. A LA SOMBRA DEL PATRIARCA
POR ENRIQUE KRAUZE


La fascinación de Gabriel García Márquez por el poder y su amistad con Fidel Castro son de sobra conocidas. Pero ¿cuáles son sus motivaciones? En este ensayo, escrito a propósito de la recién publicada biografía “oficial” del escritor colombiano, Krauze descubre algunas claves de ese misterio. Todo dictador, desde Creonte en adelante, es una víctima.

Gabriel García Márquez

1

Muchos años después, frente a la redacción de sus memorias, Gabriel García Márquez había de recordar la tarde remota en que su abuelo le puso en el regazo un diccionario y le dijo: “Este libro no sólo lo sabe todo, sino que es el único que nunca se equivoca.” “¿Cuántas palabras tiene?”, le preguntó el niño. “Todas.”

En cualquier lugar del mundo, si un abuelo regala a su pequeño nieto un diccionario le está dando el instrumento del saber. Pero Colombia no era cualquier lugar: era una república de gramáticos. Durante la juventud del abuelo, el coronel Nicolás Márquez Mejía (1864-1936), no menos de cuatro presidentes de la república, un vicepresidente y otros magistrados –todos del bando conservador– habían publicado compendios, tratados (en prosa y verso) sobre la ortología, ortografía, filología, lexicografía, prosodia y gramática del idioma castellano. Malcolm Deas, el historiador oxoniense especialista en Colombia que ha estudiado el singular fenómeno, aduce que la obsesiva preocupación por el idioma que revelaba el cultivo de estas ciencias (“sus practicantes –acota Deas– insistían en llamarlas ‘ciencias’”) tenía su origen en una vocación de continuidad con el tronco cultural español. Al hacer suya “la eternidad de España en el idioma” buscaban asegurar, por decirlo así, el monopolio legítimo de sus tradiciones, su historia, sus autores clásicos, sus raíces latinas. Esta apropiación, precedida por la fundación en 1871 de la Academia Colombiana de la Lengua correspondiente a la Española (la primera en América), fue una de las sorprendentes claves en la larga hegemonía conservadora en la historia política de Colombia (1886-1930).1

El abuelo de García Márquez, figura de sus primeras novelas (La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba), no fue ajeno a esta historia político-gramatical. El coronel Márquez Mejía había militado en las filas del legendario general liberal Rafael Uribe Uribe (1859-1914), uno de los pocos caudillos de la historia colombiana, y cuya trayectoria inspiró a su vez el personaje del coronel Aureliano Buendía. Incansable e infortunado combatiente de tres guerras civiles, abogado, pedagogo, librero, periodista, diplomático, Uribe Uribe había sido también, previsiblemente, un esforzado gramático. Era la forma cívica de disputar el poder a los conservadores. Aprovechó una de sus estancias en prisión para traducir a Herbert Spencer y escribir un Diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones de lenguaje (1887) que tuvo, al parecer, regular suerte. En 1896 se batió solo en el Parlamento contra sesenta senadores conservadores. A fin de cuentas, la aplastante mayoría no le dejó otro camino que darle –según su propia frase– “la palabra a los cañones”. Uribe Uribe fue el protagonista central en la sangrienta “Guerra de los mil días” (1899-1902), al cabo de la cual se firmó la “Paz de Neerlandia”. Atestiguó la escena el coronel Márquez, quien años después solía recibir a su antiguo jefe en la casa familiar de Aracataca, cercana a esos hechos. Uribe Uribe fue asesinado en 1914. Dos décadas después, su lugarteniente regalaba a su nieto mayor no un sable ni una pistola sino un diccionario. En cualquier parte, un instrumento del saber. En Colombia, un instrumento del poder.

El poder le llegaría en efecto, por la vía de las letras, pero ni en sus más desaforados sueños pudo imaginar el coronel Márquez el prodigioso ars combinatoria que aquel nieto suyo –a quien apodaba “mi pequeño Napoleón”– aplicaría a aquel diccionario “de casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos” que “Gabito” comenzaba a leer “por orden alfabético y sin entenderlo apenas”. Premio Nobel de Literatura en 1982, sus principales novelas –traducidas universalmente– fueron celebradas en su momento por V.S. Pritchett, John Leonard y Thomas Pynchon, entre muchos otros. A lo largo y ancho del mundo circulan profusamente sus ficciones, con su extraordinario poder fabulador, su encanto poético y una prosa tan flexible y rica que por momentos parece contener, en efecto, todas las palabras del diccionario. Su obra ha sido objeto de estudios, seminarios, óperas, conciertos, representaciones teatrales, adaptaciones cinematográficas y sitios de internet. Su hogar natal es destino de peregrinajes literarios. En Cartagena de Indias, el puerto amurallado donde el joven periodista García Márquez pasó años de severas privaciones, los taxistas señalan la “Casa del Premio”, una de las que posee “Gabo” en varias ciudades del mundo. El cariñoso apodo no es casual: refleja la simpatía popular que ha sabido concitar alrededor suyo.

En 1996 García Márquez saldó viejas cuentas de la historia colombiana y encabezó una pequeña revolución contra los diccionarios. Para escándalo de las academias de la lengua, la Real Academia Española y las correspondientes en América, reunidas en Zacatecas, el célebre autor –como un amo y señor de “la eternidad de España en el idioma”– se pronunció por ¡la abolición de la ortografía! El desplante era la victoria final del radicalismo liberal colombiano frente a la hegemonía de los gramáticos y latinistas conservadores. Los fantasmas del general Uribe Uribe y el coronel Márquez sonreían complacidos. Y Fidel Castro sonreía también. Aunque decía compartir la “teoría escandalosa, probablemente sacrílega para academias y doctores en letras, sobre la relatividad de las palabras del idioma”, celebraba que, en su cumpleaños setenta, García Márquez le hubiera dado el más “fascinante” de los regalos, una “verdadera joya”: un diccionario.

“Escribo para que mis amigos me quieran”, ha dicho repetidamente. Uno de sus grandes amigos es precisamente Fidel Castro. No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración, fidelidad, servicios mutuos y convivencia personal al de Fidel y “Gabo”. Ya viejo, enfermo y necesitado de ayuda, Rubén Darío, el gran poeta nicaragüense que influyó mucho en García Márquez, aceptó los mimos del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera y aun escribió para él poemas laudatorios. Las razones políticas de Fidel son tan evidentes como las de Estrada Cabrera: se miden en dividendos de legitimidad. Pero a García Márquez, que no tiene los apremios económicos de Darío, ¿qué razones lo mueven?

Ahora, gracias a la voluminosa biografía del profesor inglés Gerald Martin, Gabriel García Márquez / A Life,2 al menos los orígenes psicológicos de esa relación comienzan a aflorar. Tratándose de una biografía explícitamente oficial o “tolerada”, no es un mérito menor de Martin haberlos rastreado. Se remontan a la casa familiar de Aracataca y, en particular, al vínculo de “Gabito” con su patriarca personal, el coronel Márquez. Ahí está la semilla de su fascinación frente al poder: cifrada, elusiva, pero mágicamente real, como la historia de un diccionario que pasó del coronel al comandante, por las manos del escritor.



“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, escribe García Márquez en el epígrafe de sus memorias. Así ha recordado, reelaborado y contado de varias maneras un episodio trágico en la vida de su abuelo. Ocurrió en 1908, en la ciudad de Barrancas. García Márquez lo refiere en Vivir para contarla (único tomo publicado de sus memorias) como un “duelo”, un “trance de honor” en el que el coronel no tuvo más remedio que enfrentar a un amigo y lugarteniente suyo. Era “un gigante dieciséis años menor que él”, casado y padre de dos hijos, y se llamaba Medardo Pacheco. La querella –en esta versión– se había originado debido a “un comentario infame” sobre la madre de Medardo, “atribuido” al abuelo. Este habría dado “satisfacciones públicas” que no lograron atenuar el vociferante encono del hijo. A su vez, el coronel también se sintió “herido en su honor”, por lo que habría desafiado a Medardo a muerte “sin fecha fija”, habría tomado seis meses en arreglar sus asuntos para asegurar la vida de su familia y, finalmente, habría ido a encontrar el destino. “Ambos estaban armados”, precisa García Márquez. Medardo cayó muerto.

Una versión anterior (1971), recogida en una entrevista con Mario Vargas Llosa, omite el duelo: “Él en alguna ocasión tuvo que matar a un hombre, siendo muy joven [...] Parece que había alguien que lo molestaba mucho y lo desafiaba, pero él no le hacía caso hasta que llegó a ser tan difícil la situación que, sencillamente, le pegó un tiro.” Según García Márquez, el pueblo justificó los hechos al grado inverosímil de hacer que uno de los hermanos del muerto durmiera “en la puerta de la casa, ante el cuarto de mi abuelo, para evitar que la familia viniera a vengarlo”.

“No sabes lo que pesa un muerto”, repetía el abuelo, descargando su conciencia con “Gabito”, que escuchaba absorto sus historias guerreras y que ha subrayado la importancia de ese episodio en su vida: “Fue el primer caso de la vida real que me revolvió los instintos de escritor y aún no he podido conjurarlo.” Justamente para conjurarlo, optó por recrearlo “no como se vivió sino como se recuerda para contarlo”. Quizá la primera elaboración literaria del episodio fue el guión de la película Tiempo de morir (1965) del cineasta mexicano Arturo Ripstein. Luego de purgar años de prisión, un hombre llamado Juan Sáyago vuelve al pueblo donde mató a otro, Raúl Trueba, tras una carrera de caballos. Sáyago busca reconstruir su casa y recobrar al amor que dejó, pero los hijos del difunto, convencidos de que la muerte había sido artera, lo han esperado todo ese tiempo para vengarse. El guión disculpa al protagonista: “Sáyago no mata a un hombre desarmado”; no lo mató “a la mala”; “lo mató de frente, como a los hombres”. Finalmente, Sáyago no tiene más remedio que matar de frente a uno de los hijos de Trueba y a su vez es muerto –de espaldas, a la mala y desarmado– por el otro.

En Cien años de soledad la escena aparece también, trasformada en una reyerta de gallos tras la cual Aureliano Buendía ordena al insolente Prudencio Aguilar ir a armarse para estar en igualdad de condiciones. Sólo así puede matarlo con un certero lanzazo. Como el coronel Márquez en la vida real, el primer Aureliano emprende con su familia un éxodo que lo llevará a fundar un nuevo pueblo: el Aracataca real, el mágico Macondo. Pero los horizontes nuevos no disipan la desgracia. Ambos personajes, el real y el imaginario, viven atenazados por el “remordimiento siniestro”. Pero ambos se resisten también al arrepentimiento y repiten: “Volvería a hacerlo.”

Tras entrevistar a descendientes de testigos presenciales y recoger la memoria colectiva, Gerald Martin reconstruye una versión diametralmente distinta. “No hubo nada remotamente heroico en ello.” La madre de Medardo era la amante despechada del jactancioso coronel; el hijo agraviado quiso lavar su honor; Márquez (nada joven, tenía 44 años) escogió “la hora, el lugar y la manera de la última confrontación” y lo mató a la mala: Medardo estaba desarmado. En la Gaceta Departamental de Magdalena de noviembre de ese año, que Martin consultó, se menciona la prisión del coronel por “homicidio”. Tras una estancia en la cárcel, como sus avatares literarios, no regresó a Barrancas (donde seguramente hubiera recibido el trato que se dio a Juan Sáyago) sino que emprendió el viaje fundacional a Aracataca en espera de que la nueva bonanza del banano le trajera la prosperidad y el olvido.

El vínculo entre el abuelo y el nieto –recogido en detalle por Martin– explica la necesidad de crear aquella ficción original y aferrarse a ella. “Siempre estábamos juntos”, recuerda en sus memorias García Márquez, que lo imitaba hasta en el vestir. En la casa “los únicos hombres éramos mi abuelo y yo”. Alejado en su primera infancia de sus padres y rodeado de un tropel de “mujeres evangélicas” (abuela, tías, criadas indígenas), “el abuelo era para mí la seguridad completa. Sólo con él desaparecía la zozobra y me sentía con los pies sobre la tierra y bien establecido en la vida real”. “Encallado en la nostalgia” de aquel abuelo rechoncho y tuerto, con sus espejuelos negros, el que festejaba el “cumpleaños” de su nieto cada mes, el que celebraba sus precoces talentos de fabulista y le hacía recontar las películas luego de ir juntos al cine, el que lo llevó a conocer el hielo, García Márquez vivió un piadoso e indulgente sentimentalismo hacia aquella figura originaria del poder. Tenía ocho años cuando el abuelo murió. “Algo de mí había muerto con él”, escribió en sus memorias. Y alguna vez comentó que, desde entonces, “nada importante le había sucedido”. En opinión de Martin, no exageraba: “Uno de los impulsos más poderosos en la vida futura de García Márquez fue el deseo de reinsertarse en el mundo de su abuelo”, lo cual implicaba heredar “las memorias del viejo, su filosofía de vida y su moralidad política”, una moralidad política que cabía en una sola frase: “Volvería a hacerlo.”



Otro elemento central en la conciencia política de García Márquez es el antiimperialismo. Se formó con hechos reales y reelaboraciones literarias en torno a la United Fruit Company. Tanto en Cien años de soledad como en Vivir para contarla, el enclave no es una mera Company town (con sus plantaciones, ferrocarriles, telégrafos, puertos, hospitales y flotas) sino una “maldición bíblica”, un vendaval de la historia cuya “inspiración mesiánica” removió la esperanza de miles de personas (entre ellas los abuelos de García Márquez) para luego desmadrar las aguas del paraíso original, violar su quietud, exprimir y envilecer a su gente y abandonar todo a su suerte. Al partir, aquella “plaga” había dejado tras de sí sólo la “hojarasca” con “los desperdicios de los desperdicios que nos había traído”. En el arranque de sus memorias, al recordar su vuelta al origen con su madre a mediados de siglo, García Márquez evocaría su paisaje infantil como un apartheid caribeño: la “ciudad prohibida”, “privada”, de los gringos, con sus “lentos prados azules con pavorreales y codornices, las residencias de techos rojos y ventanas alambradas y mesitas plegables para comer, entre palmeras y rosales polvorientos [...] Eran apariciones instantáneas de un mundo remoto e inverosímil que nos estaba vedado a los mortales”.

¿Hechos históricos o buenas historias? ¿Realidad vivida o reelaborada para ser contada? Martin deja de lado que el gran animador del cultivo del banano fue el mismísimo general Uribe Uribe (profesor de economía, propulsor de la agricultura de exportación alentada por el Estado). El legendario guerrero poseía, además, una de las mayores plantaciones de café en Antioquia. Martin, en cambio, consigna que su lugarteniente Márquez fue uno de los primeros beneficiarios de ese proyecto de inversión. Su buena casa en Aracataca no tenía alberca ni cancha de tenis, pero era de cemento, contaba con varias habitaciones y era una de las más amplias del pueblo. Como recolector de impuestos para la Hacienda Municipal, “el ingreso del coronel dependía fuertemente del bienestar financiero, la intoxicación física y la resultante promiscuidad sexual de la muy despreciada ‘hojarasca’. No podemos saber qué tan diligentemente cumplía Nicolás con su deber, pero el sistema no dejaba mucho espacio para la probidad personal”. El coronel –desliza Martin en una nota– regenteaba establecimientos llamados “academias”, “donde con toda libertad se disponía de alcohol y sexo” y por donde debieron transitar esas “putas inverosímiles” que serían inspiración temprana de los cuentos y novelas de su nieto hasta su última novela, Memoria de mis putas tristes.

Arrastrado por la fuerza de la versión “recordada”, a Martin se le escapa la ambigüedad de la familia ante la Compañía, actitud de amor-odio frente a los yanquis típica del Caribe. A la Compañía se le reclamaba su abandono, no su existencia. En sus memorias García Márquez consigna que su madre Luisa Santiaga (personificación de Úrsula en la célebre novela) “añoraba la época de oro de la Compañía bananera”, sus tiempos de “niña rica”, sus clases de clavicordio, de baile y de idioma inglés. Y él mismo confesaba extrañar a su bella maestra en la escuela Montessori y las expediciones a la tienda de la Compañía con su abuelo. Lo cierto, en definitiva, es que la Compañía bananera trajo consigo mucho más que hojarasca. Como explica Catherine C. LeGrand,3 aquel fue un crisol de cosmopolitismo y localismo, de “oro verde” y brujería, de plumas Parker, Vick VapoRub, Quaker Oats, pasta Colgate y autos Chevrolet o Ford (como el que aparece en una fotografía familiar en el libro de Martin), con pociones mágicas y medicina homeopática (como la que practicaba Eligio, el errático, impecune, desbraguetado y ausente padre de “Gabito”), de libros de rosacruces y misales católicos, de masones y teósofos, de historias diabólicas e inventos modernos, de artesanos y profesionistas, de personajes enraizados por siglos en tierra costeña y tipos venidos de Italia, España, Siria y Líbano. La madre hubiera querido que ese “falso esplendor” durara para siempre. Por eso, según las memorias, al ver de nuevo la plaza de la masacre le dice a su hijo: “Ahí fue donde se acabó el mundo.” El mundo era su mundo. El paraíso no preexistía a la Compañía. El paraíso era el mundo creado con la llegada de la Compañía, una alquimia tropical que García Márquez recrearía en sus primeras novelas y, admirablemente, en Cien años de soledad.

Tras el recuerdo del apartheid venía el del apocalipsis. Y sin duda lo fue. En 1928 y a instancias de la United Fruit, las tropas federales abrieron fuego contra una concentración de obreros huelguistas en la estación de La Ciénega, muy cercana a Aracataca, donde Gabriel García Márquez (nacido el 6 de marzo de 1927) vivía con sus abuelos. Hubo cientos de muertos. La matanza –recreada hiperbólicamente en Cien años de soledad– desacreditó al régimen conservador y abrió paso a partir de 1930 a una serie de gobiernos liberales, cuyas importantes reformas sociales encontraron oposición en los conservadores, que adoptaron posiciones cada vez más reaccionarias. Para las elecciones de 1946, el partido liberal en el poder se escindió en dos candidaturas, la moderada de Gabriel Turbay y la radical de un carismático líder llamado Jorge Eliécer Gaitán. En sus populares arengas antiimperialistas Gaitán hacía continua referencia a la masacre de 1928, que había investigado y denunciado como parlamentario en aquel año. De pronto, en el marco de la Novena Conferencia Panamericana que tenía lugar en Bogotá, el 9 de abril de 1948, Gaitán fue asesinado. El estudiante de derecho Gabriel García Márquez vivió de cerca aquel episodio conocido como el “Bogotazo”. Fue –como para Castro, que también estaba allí– su “Damasco político”: reabrió el agravio de 1928, ahondó su odio al imperialismo estadounidense y despertó sus simpatías por el comunismo.



Además de esas dos reelaboraciones autobiográficas y literarias –la angelical del coronel y la demoníaca de la compañía bananera–, en la conciencia política del escritor cristalizó desde muy joven un descrédito de la democracia representativa y los valores republicanos. Martin parece compartirlo: “Colombia es un curioso país en el que los dos partidos políticos han sido enemigos abiertos y acérrimos durante casi dos siglos y, sin embargo, se han unido tácitamente para asegurar que la gente carezca siempre de una genuina representación.” Esa idea de Colombia como una república simulada tampoco corresponde enteramente a la realidad. Según Malcolm Deas, desde muy temprano en el siglo XIX, en los lugares más apartados la gente en Colombia ha vivido alerta a la política nacional, participando en elecciones periódicas, limpias y competitivas, con una división de poderes real y, al menos en el siglo XX, leyes y libertades no despreciables. Salvo el efímero episodio del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), los colombianos no han admitido golpes de Estado ni dictaduras. Quizá no sea exagerado afirmar que ningún otro país de la región (ni siquiera Costa Rica, Chile, Uruguay o Venezuela en la segunda mitad del siglo XX, antes del arribo de Hugo Chávez) ha ensayado más tenazmente la democracia, a pesar de lo cual la violencia parece una segunda naturaleza.

La razón principal de la violencia fue la discordia entre liberales y conservadores, querella de valores políticos, económicos, sociales y sobre todo educativos y religiosos, presente en los países hispanoamericanos desde el siglo XIX. A pesar de su vocación democrática y republicana, Colombia falló en encontrar una fórmula de estabilidad y arrastró el conflicto hasta extenuarse. La tradición legalista y formal de los gramáticos en el poder se rompía una y otra vez por la vía de las armas. “En Colombia –sentenció el presidente Rafael Núñez, a fines del siglo XIX– hemos organizado la anarquía.”

Esa incapacidad para la concordia estalló una vez más en el “Bogotazo” de 1948, plantando en el joven García Márquez una convicción de hierro sobre la futilidad de las ideologías liberales o conservadoras. Como el coronel Aureliano Buendía, terminó por pensar que “la única diferencia actual entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores a misa de ocho”. Quizá desde entonces coincidió con el famoso dictamen de Simón Bolívar escrito en 1826 a su compañero y rival, el “legalista” Santander: “estoy penetrado hasta dentro de mis huesos que solamente un hábil despotismo puede regir a la América”.

Un déspota hábil, un patriarca bueno, un nuevo Uribe Uribe pacificador y antiimperialista: ese sería su elemental ideario político. Para cumplirlo, su camino sería largo y difícil. Y su instrumento, como quería el abuelo, no serían los cañones sino las palabras.

II

Gabriel García Márquez / A Life es la historia oficial de esa saga literaria y política. Se divide en tres secciones. La primera, centrada en Colombia desde 1899 hasta 1955, compite de algún modo con Vivir para contarla pero refresca con datos nuevos los orígenes familiares, perfila a cada personaje del mágico gineceo de Aracataca, reconstruye con detalle la vida estudiantil en el prestigiado colegio de San José, toca las pocas alegrías y muchas miserias de la familia nuclear de García Márquez (cada año enriquecida y empobrecida con la llegada de un nuevo hermanito) y, sobre todo, las peripecias de un muchacho muy pobre en diversas ciudades (Cartagena, Barranquilla, Bogotá), rodeado de amigos periodistas y preceptores literarios, empeñado apasionadamente en perseguir un destino de escritor así fuera vendiendo enciclopedias en abonos o adaptando radionovelas. Extrañamente, Martin elude casi por completo el contexto cultural en que creció García Márquez (la impronta abierta y alegre del Caribe, con su extraordinaria liberalidad, su sensualidad carnavalesca, su “bardolatría”, su musicalidad, su gusto por la broma estrafalaria, la magia negra y la muerte fácil);4 sobrevalora la riqueza y complejidad de su formación literaria (en realidad, buenas lecturas de Darío y el Siglo de Oro español, bastante de Faulkner y Hemingway, algo de Kafka, poco del “escabroso” Freud, menos del “farragoso” Mann) y apenas se ocupa de sus artículos periodísticos.

Aunque casi no hay cartas ni documentos de archivos privados o públicos en el libro, Martin –conocido por el clan García Márquez como el “Tío Jéral”, según dice en su prólogo– entrevistó durante diecisiete años a más de quinientas personas, familiares, amigos, colegas, editores, biógrafos, hagiógrafos y académicos proclives en su mayoría al escritor. El efecto de esos testimonios puede ser literariamente eficaz pero biográficamente dudoso. Algunos irrecusables, como el de Plinio Apuleyo Mendoza, confirman la agotadora pobreza del joven escritor, pero ¿vivió en realidad en un cuarto de tres metros cuadrados? ¿Se habituó “a un virtual olvido de sus propias necesidades corporales”? Y en otros lances, ¿se acostó de verdad con la mujer de un militar que al descubrirlo en el acto lo perdonó por gratitud a su padre homeópata? ¿Escribió La hojarasca, su primera novela sobre Macondo, inspirado por aquel viaje con su madre a Aracataca? Y ese viaje (tan parecido, como sugiere Martin en una nota, al comienzo de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo que fue decisiva para el tono de Cien años de soledad), ¿ocurrió realmente en 1950 y fue tan crucial para su obra como sugieren las memorias? Una carta no recogida por Martin, fechada en marzo de 1952 y publicada en Textos costeños (primer tomo de su obra periodística), parece responder negativamente:


Acabo de regresar de Aracataca. Sigue siendo una aldea polvorienta, llena de silencio y de muertos. Desapacible; quizá en demasía, con sus viejos coroneles muriéndose en el traspatio, bajo la última mata de banano, y una impresionante cantidad de vírgenes de sesenta años, oxidadas, sudando los últimos vestigios del sexo bajo el sopor de las dos de la tarde. En esta ocasión me aventuré a ir, pero creo que no vuelva solo, mucho menos después de que haya salido La hojarasca y a los viejos coroneles les dé por desenfundar sus chopos para hacerme una guerra civil personal y exclusiva.


La segunda sección abarca la trayectoria de “Gabo”, desde su vagabundeo por Europa con residencia en París (1955-1957), su matrimonio (1958) con Mercedes –su sagaz y paciente novia de juventud– y sus avatares en Nueva York como periodista de Prensa Latina (la agencia cubana de noticias creada tras el triunfo de Castro), hasta el año de 1961, en que se estableció definitivamente en México, el hospitalario país (felizmente autoritario, antiimperialista y ordenado, en aquel entonces) donde nacieron sus dos hijos, Rodrigo y Gonzalo, y donde ganó por primera vez un ingreso razonable y seguro en un par de agencias de publicidad americanas (Walter Thompson y McCann Erickson), dirigió con éxito dos revistas comerciales (La Familia y Sucesos para Todos), probó suerte en el cine, publicó El coronel no tiene quien le escriba (1961), refrendó viejas amistades (en particular, Álvaro Mutis) e hizo muchas otras, no menos generosas y perdurables (por ejemplo, la de Carlos Fuentes), compró coche y casa propia, matriculó a sus hijos en el American School, se empavoreció ante el writer’s block, temió ser víctima de una “buena situación” y finalmente, a los cuarenta años, sorprendió a generaciones de lectores con la aparición en 1967 de Cien años de soledad.

“Todos tienen tres vidas, una vida pública, una vida privada y una vida secreta”, advirtió García Márquez a su biógrafo. Fuera de la notable revelación sobre el abuelo, el libro de Martin sólo desentraña un episodio de la “vida secreta” de García Márquez: su relación en París –prematrimonial, por supuesto– con una española, aspirante a actriz. Aunque tormentoso y desventurado, aquel amor fue importante no sólo en sí mismo sino como inspiración de El coronel no tiene quien le escriba y de un cuento perturbador: “El rastro de tu sangre en la nieve”. Pero otros aspectos de su “vida secreta” permanecen en la penumbra. ¿Por qué truncó súbitamente su relación con Prensa Latina? Sólo los archivos cubanos, si algún día se abren, podrían arrojar luz. ¿Cuál fue la trama de su largo noviazgo epistolar con Mercedes? Imposible saberlo: ambos dicen haber quemado sus cartas. ¿Cómo evolucionó su vínculo con sus colegas? Salvo las cartas cruzadas con su entonces amigo Plinio Apuleyo Mendoza y alguna más, los archivos literarios a la mano no fueron consultados.

El recuento de la “vida privada” del escritor bohemio, cantante y bailarín deambulando por Europa contiene anécdotas conmovedoras. ¿Es verdad que “coleccionaba botellas y periódicos viejos y que un día tuvo que mendigar en el metro”? Lo cierto, como apuntó Apuleyo Mendoza, es que García Márquez parecía totalmente desinteresado en la experiencia de Europa, vivía ensimismado en sus proyectos. Según Martin, “es sorprendente cuánto de Europa del Este y del Oeste alcanzó a ver”, pero el propio García Márquez lo corrigió: “Sólo vagué por dos años, sólo atendí a mis emociones, a mi mundo interior.”

En cuanto a la “vida pública”, Martin sí se ocupa del periodista García Márquez –en esa época reportero estrella de El Espectador– aventurándose por la Europa del Este (Alemania Oriental, urss, Polonia, Hungría). Señala, por ejemplo, su extraña fascinación ante la figura embalsamada de Stalin: “Es un hombre –escribió García Márquez– de una inteligencia tranquila, un buen amigo, con un cierto sentido del humor [...] nada me impresionó tanto como la fineza de sus manos, de uñas delgadas y transparentes. Son manos de mujer.” De ningún modo se parecía al personaje “sin corazón que Nikita Jruschov había denunciado con diatriba implacable”. Martin advierte también la “intoxicación” que le produce la proximidad física de János Kádár, el hombre que reprimió la sublevación húngara, cuyos actos se empeña en justificar. Al enterarse del fusilamiento del líder Imre Nagy, García Márquez lo critica, no en términos morales sino por ser una “estupidez política”. “Quizá no debería sorprendernos –dice Martin, en uno de los pocos momentos de atrevimiento crítico– que el hombre que lo escribió, alguien que en ese momento cree firmemente en la existencia de hombres ‘adecuados’ e ‘inadecuados’ para cada situación, y que con bastante sangre fría antepone la política a la moralidad, eventualmente haya apoyado a un líder ‘irremplazable’ como Castro en las buenas y en las malas.”

Las páginas dedicadas a la gestación de Cien años de soledad son francamente emocionantes, pero las conclusiones parecen exageradas:

Un espejo en el que su propio continente por fin se reconoce a sí mismo, y que funda así una tradición. Si fue Borges quien proveyó el encuadre (como un tardío hermano Lumière), fue García Márquez quien ofrece el primer gran retrato colectivo. De este modo los latinoamericanos no sólo se reconocen a sí mismos sino que también serían reconocidos en todos lados, universalmente.

El entusiasmo con que todos leímos entonces aquella obra ya clásica llevó, en efecto, a considerarla una especie de Biblia (como sostenía Fuentes) o al menos un “Amadís de América” (frase de Vargas Llosa), pero lo cierto es que aquel mundo no podía ser el espejo de toda Latinoamérica. Dos elementos esenciales le faltaban, al menos: la dimensión indígena y la religiosidad católica. Era, en todo caso, un espejo alucinante del Caribe (que no es poco). La crítica, sin embargo, no fue unánimemente elogiosa. Jorge Luis Borges comentó: “Cien años de soledad está bien, pero le sobran veinte o treinta.” Y Octavio Paz la trató con severidad:

La prosa de García Márquez es esencialmente académica, es un compromiso entre el periodismo y la fantasía. Poesía aguada. Es un continuador de una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter.5

A lo largo del libro, Martin tiende a omitir estas críticas literarias o a descartar a los futuros críticos de su castrismo (Guillermo Cabrera Infante y Mario Vargas Llosa) atribuyéndoles un equivocado sesgo ideológico, motivos de amargura y una oscura envidia hacia el autor de la novela que, según Martin, “es el eje de la literatura latinoamericana del siglo XX, la única novela canónica e histórica a escala mundial del continente”. El biógrafo convertido en secretario de actas del Juicio Final.

Lo cierto es que a partir de la tercera sección del libro, “Celebridad y política: 1967-2005”, Martin pierde la distancia. Si bien continúa registrando animadamente las circunstancias en que fueron creadas las novelas subsiguientes (las viejas obsesiones sobre el poder plasmadas en El otoño del patriarca, el recuerdo de un episodio real atestiguado en Sincé por Mercedes en Crónica de una muerte anunciada, el idilio de los padres en El amor en los tiempos del cólera), Martin no se separa del libreto oficial de García Márquez. El libro adopta el tono de un reportaje de sociales. La “vida privada” al servicio de la “vida pública”: página tras página, un alud de cenas, comidas, entrevistas, declaraciones, bromas, viajes turísticos, hoteles, restaurantes, teatros, fiestas de cumpleaños, fiestas de Navidad, veladas bohemias; desfile de reyes, príncipes, presidentes, actrices y actores, artistas, autores, gente de la “avant-garde”; diez páginas dignas de ¡Hola! dedicadas a la ceremonia del Premio Nobel. Hasta los más fervorosos fans de “Gabo” podrían encontrar fatigosos estos pasajes sobre la larga marcha de García Márquez hacia el sitial que Martin, en su epílogo, llama “Inmortalidad: el nuevo Cervantes”.

García Márquez dice haber salido de ese laberinto poniendo la fama al servicio de un fin más alto y noble: la Revolución cubana. Pero el desarrollo de su obra ofrece elementos suficientes para explicaciones menos piadosas.


III

En el principio fue la representación del poder: en las novelas cortas, luego en Cien años de soledad (con su coroneles poderosos, pero siempre viejos y solitarios, desesperanzados “más allá de la gloria y de la nostalgia de la gloria”) y finalmente en El otoño del patriarca (1975), la obra favorita de García Márquez. Esta novela se trataba, según explicó en 1981 a Plinio Apuleyo Mendoza, de un “poema sobre la soledad del poder”. El tema lo apasionaba: “siempre he creído que el poder absoluto es la realización más alta y compleja del ser humano”. Pero había también una dimensión secreta: “es un libro de confesión”.6 Martin terminó por creer esta hipótesis rousseauniana: en ese libro –asegura– predomina un afán moral de “autocrítica”. El patriarca ambicioso, lascivo, repugnante, cruel y solitario, sobre todo solitario, sería el propio García Márquez, “un famosísimo escritor que se siente terriblemente incómodo con su fama” y busca liberarse mediante una confesión autobiográfica.

El otoño del patriarca no fue la primera novela del siglo XX escrita en castellano sobre dictadores tropicales. Ramón del Valle-Inclán había escrito Tirano Banderas (1926) y Miguel Ángel Asturias (Premio Nobel en 1967) había publicado en 1946 El Señor Presidente. Por otra parte, según cuenta Augusto Monterroso, a principios de 1968 varios narradores latinoamericanos (Monterroso menciona a Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar, Donoso, Roa Bastos, Alejo Carpentier, pero no a García Márquez) planearon publicar un libro sobre los dictadores de sus respectivos países. El proyecto no se llevó a cabo. “Me dio miedo terminar ‘comprendiéndolo’ y ‘teniéndole lástima’”, argumentó Monterroso, que debía recrear a Somoza.7 Con esos antecedentes, parecería que García Márquez acometió la redacción final de su novela del dictador más por espíritu de competencia que de contrición. Llevaba años rumiándola, tenía extensos borradores, él le “enseñaría” a Asturias “cómo escribir una verdadera novela de dictadores”. A Asturias y a sus propios amigos.

Si algo prueba la relectura de El otoño del patriarca es que la dictadura se ajusta a las necesidades expresivas del realismo mágico. Los desplantes y arbitrariedades de un dictador, su utilización del poder como expresión personal, la embriaguez dionisíaca de su fuerza son variantes naturales de lo real-maravilloso. El patriarca “sólo sabía manifestar sus anhelos más íntimos con los símbolos visibles de su poder descomunal”. Pretendía ser un taumaturgo, modificar las fuerzas de la naturaleza y el curso del tiempo, torcer la realidad. En cierto modo recuerda a Calígula, de Albert Camus: “Heme aquí el único ser libre en todo el Imperio romano. Regocíjense: por fin les ha venido un emperador para enseñarles la libertad [...] Yo vivo, asesino, ejerzo el poder delirante del destructor, al lado del cual el del creador parece una caricatura.”

Aquellos excesos forman parte de la memoria y la realidad de estos países. Algo sabía de esa “iconografía heredada” Alejandro Rossi. Nada proclive al realismo mágico en su aspecto más “adolescente y elemental” que, por momentos, aparecía en El otoño del patriarca, Rossi elogió las “imágenes intensas y hermosamente trabajadas”, las “minucias y el arte” de la prosa y los “ritmos muchas veces perfectos” de la obra, pero objetó su sustancia:


La incorporación de tantos elementos familiares convierte al libro en un elaborado y brillante ejercicio que, sin embargo, no modifica nuestra visión histórica y psicológica de la dictadura. El otoño del patriarca explora estéticamente una visión sobada y exhausta de nosotros mismos. Las habilidades e indudables proezas estilísticas de García Márquez casi nunca transforman los materiales de fondo, que permanecen en el subsuelo de la novela intocados por el chisporroteo literario. En este sentido es un libro barroco [...] Una cerrada red lingüística que en ocasiones ahoga, aunque con modales impecables, a la materia narrativa.8

Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia. El lugar estelar de su conciencia lo ocupan sus tragedias íntimas: la abnegación por su madre, la crónica de su lujuria y sus “amores contrariados”. Casi pareciera que el dictador no tiene vida pública, sólo pasiones privadas. Inversamente, los personajes que lo rodean carecen de un espacio propio: todo lo que piensan, dicen y hacen es vida pública porque está en función del dictador. En una historia en la que el eje fundamental es el yo lírico y sentimental de un déspota, lo demás (la Historia, la política, los muertos) queda reducido a un escenario para el despliegue de ese yo. Las víctimas son de utilería.

Si García Márquez se acerca al déspota no es para exponer o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir compasión por un pobre diablo, viejo y solitario. El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad. Un caso extremo: después de violar a una mujer, ella lo consuela. Otro más: la casa de retiro para los dictadores caídos en desgracia, que dedican las tardes de su exilio al dominó. La nostalgia les asegura la impunidad. La misma novela que desdibuja la realidad del poder y deshumaniza a las víctimas convierte la dictadura en un melodrama y humaniza al dictador.

En El otoño del patriarca, cuya prosa es un torrente incontenible que cruza tiempos, continentes y personajes, la narrativa misma se vuelve autocrática. El libro abre con un párrafo de 87 páginas, tortura al lector (por momentos deliciosa) que García Márquez justificó diciendo: “es un lujo que puede darse el autor de Cien años de soledad”. En el texto sólo hay espacio para la conciencia del dictador. Todo sucede en, para, desde la percepción del patriarca. Él es el narrador omnisciente y el autor de un país. Las demás conciencias son secundarias, derivadas o inexistentes. “Consagrado a la dicha mesiánica de pensar para nosotros [...] era el único de nosotros que conocía el tamaño real de nuestro destino”; “habíamos terminado por no entender cómo seríamos sin él”; “Él solo era la patria” (y la novela).

Las diferencias con El Señor Presidente (novela más bien surrealista: poética, política, revolucionaria) son muchas, pero acaso la central es que en la obra de Asturias no se escucha sólo la voz del tirano: se escucha a “los mendigos” callejeros, y hablan personajes civiles y militares con una vida propia que evoluciona, se indigna, se autocritica. En El otoño del patriarca las víctimas son parte del escenario, nunca participantes activas del relato. Sus sufrimientos se registran de paso, no se recrean. En El Señor Presidente sus voces se escuchan, y las experiencias de la prisión y la tortura se recogen. Al referir los abusos, la corrupción y la arbitrariedad del poder, el tono no es sólo inequívocamente crítico sino despreciativo. No hay concesión a la impunidad.

“El aspecto político del libro es mucho más complejo de lo que parece y no estoy preparado para explicarlo”, dijo García Márquez al concluir la obra. Martin sí se sintió preparado para descodificarlo: el “escritor solitario” (olvidemos por un momento el índice de celebridades que frecuentaba) vio su propia imagen en el espejo y “decidió ser mejor y hacer las cosas mejor ahora que la fama le había mostrado la verdad”. Ese ascenso moral consistió en poner su fama al servicio de una causa (la Revolución cubana) encabezada por un hombre que, paradójicamente, resultaría con los años muy semejante al patriarca de la novela.

¿Inspiración rousseauniana o pacto con el diablo? “En esta obra, con su implacable y absoluto cinismo acerca de los seres humanos, del poder y de sus efectos –dice Martin–, nos vemos obligados a considerar que el poder está ahí para ser usado y que ‘alguien tiene que hacerlo’.” A partir de esa visión “maquiavélica” de la historia –el adjetivo y el razonamiento son del mismo Martin– el biógrafo cree entender por qué García Márquez “buscaría de inmediato una relación con Fidel Castro, un libertador socialista, el político latinoamericano con mayor potencial para convertirse en la más querida de todas las figuras autoritarias del continente”.

Tal vez El otoño del patriarca representó la definitiva conjuración literaria del episodio del abuelo, una novela en la que la palabra “tirano” se suaviza dulcemente en “patriarca”, un patriarca que dicta la novela entera: sin resquicios, ni puntos, ni comas, ni aire para que nadie respire sino él. Una novela donde el fantasma de Medardo Pacheco, esa víctima de utilería con todo y su madre despechada, su mujer y sus dos hijos espectrales, desaparecen para toda la eternidad. Desaparecen y, sobre todo, no se escuchan, callan. Después de representar al patriarca en la literatura, era hora de buscarlo en la vida real. Martin lo confirma: era “Fidel Castro, representación de su propio abuelo, el único hombre a quien García Márquez no podía, no pretendería y ni siquiera querría, vencer”. De Macondo a La Habana, un milagro de realismo mágico.



En su vastísima obra periodística García Márquez no practicó tanto el realismo mágico como el realismo socialista. Su producción abarca no menos de ocho gruesos libros que van de 1948 a 1991 y no han sido traducidos al inglés. Martin los hojea apenas, lo cual es una omisión lamentable en su biografía, dirigida sobre todo al público de habla inglesa. La primera serie es importante para penetrar un poco en los secretos de su “gimnasia esencial”, su “carpintería literaria”. La segunda (1955-1957) tiene mayor contenido político, corresponde a sus reportajes sobre Europa y América, y reciben del biógrafo un poco más de atención; pero los reportajes políticos decisivos, escritos entre 1974 y 1995, reunidos en Por la libre, y Notas de prensa (1980-1984) –mil páginas en total–, merecen a Martin sólo comentarios mínimos, casi siempre laudatorios.

Tres despachos que Martin considera “memorables”, pero no glosa siquiera, fueron escritos por García Márquez tras una larga estancia en la isla en 1975 y se titularon “Cuba de cabo a rabo”. Los publicó en agosto-septiembre de ese año la revista Alternativa, que fundó en Bogotá en 1974. ¡Y vaya que eran memorables! Sabrosos, como todos los suyos, declaraban una profesión absoluta de fe en la Revolución encarnada en la heroica figura del comandante (a quien García Márquez, a pesar de permanecer tres meses en la isla, no conocía aún): “Cada cubano parece pensar que si un día no quedara nadie más en Cuba, él solo, bajo la dirección de Fidel Castro, podría seguir adelante con la Revolución hasta llevarla a su término feliz. Para mí, sin más vueltas, esta comprobación ha sido la experiencia más emocionante y decisiva de toda mi vida.”

Lo fue, al grado de que en 34 años García Márquez no se ha apartado públicamente de esa visión epifánica. ¿Qué vio, que cualquiera podía ver? Logros tangibles en los servicios de salud y educación (aunque no se preguntó si para alcanzarlos era necesario el mantenimiento de un régimen totalitario). ¿Qué no vio? La presencia de la urss, salvo como generosa proveedora de petróleo. ¿Qué dijo no haber visto? “Privilegios individuales” (aunque la familia Castro se había adueñado de la isla como patrimonio personal), “represión policial y discriminación de ninguna índole” (aunque desde 1965 se habían creado los campos de concentración para homosexuales, antisociales, religiosos y disidentes, llamados eufemísticamente Unidades Militares de Ayuda a la Producción o umap). ¿Qué sí vio, finalmente? Lo que quería ver: a cinco millones de cubanos pertenecientes a los Comités de Defensa Revolucionaria no como los ojos y el garrote de la Revolución sino como su espontánea, multitudinaria y “verdadera fuerza” o, más claramente –en palabras de Fidel Castro, citadas con elogio por el propio García Márquez–, “un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria para que todo el mundo sepa quién es y qué hace el vecino que vive en la manzana”. Vio multitud de “artículos alimenticios e industriales en los almacenes de venta libre” y profetizó que “en 1980 Cuba sería el primer país desarrollado de América Latina”. Vio “escuelas para todos”, restaurantes “tan buenos como los mejores de Europa”. Vio “la instauración del poder popular mediante el voto universal y secreto desde la edad de dieciséis años”. Vio a un viejo de 94 años embebido en sus lecturas “maldecir al capitalismo por todos los libros que dejó de leer”.

Pero sobre todo vio a Fidel. Vio “el sistema de comunicación casi telepática” que había establecido con la gente. “Su mirada delataba la debilidad recóndita de su corazón infantil [...] ha sobrevivido intacto a la corrosión insidiosa y feroz del poder cotidiano, a su pesadumbre secreta [...] ha dispuesto todo un sistema defensivo contra el culto a la personalidad.” Por eso, y por su “inteligencia política, su instinto y honradez, su capacidad de trabajo casi animal, su identificación profunda y confianza absoluta en la sabiduría de las masas”, había logrado suscitar el “codiciado y esquivo” sueño de todo gobernante: “el cariño”.

Aquellas virtudes se sustentaban, según García Márquez, en la “facultad primordial y menos reconocida” de Fidel: su “genio de reportero”. Todos los grandes hechos de la Revolución, sus antecedentes, detalles, significación, perspectiva histórica, estaban “consignados en los discursos de Fidel Castro. Gracias a esos inmensos reportajes hablados, el pueblo cubano es uno de los mejores informados del mundo sobre la realidad propia”. Esos discursos-reportajes, admitía García Márquez, “no habían resuelto los problemas de la libertad de expresión y la democracia revolucionaria”. La ley que prohibía toda obra creativa opuesta a los principios de la Revolución le parecía “alarmante” pero no, desde luego, por su limitación a la libertad sino por su futilidad: “cualquier escritor que ceda a la temeridad de escribir un libro contra ella, no tiene por qué tropezar con una piedra constitucional [...] la Revolución será ya bastante madura para digerirlo”. La prensa cubana le parecía todavía deficiente en información y sentido crítico, pero se podía “pronosticar” que sería “democrática, alegre y original” porque estaría fincada en “una nueva democracia real [...] un poder popular concebido como una estructura piramidal que garantiza a la base el control constante e inmediato de sus dirigentes”. “No me lo crea a mí, qué carajo. Vayan a verlo”, concluía García Márquez.

Años más tarde, en una entrevista para The New York Times, Alan Riding le preguntó ¿por qué, si viajaba tanto a La Habana, no se establecía allí?: “Sería muy difícil para mí llegar ahora y adaptarme a las condiciones. Extrañaría demasiadas cosas. No podría vivir con la falta de información.”

Otro texto ilustrativo del periodismo político de García Márquez fue “Vietnam por dentro”, que Martin no menciona en su libro. Un año antes de publicarlo, en diciembre de 1978, García Márquez había fundado “Habeas, Fundación para los Derechos Humanos de las Américas” con el objetivo de “activar la liberación efectiva de los prisioneros. Más que poner en evidencia a los verdugos, procurará hasta donde le sea posible clarificar la suerte de los desaparecidos y allanar a los exiliados los caminos de regreso a su tierra. En síntesis –y a diferencia de otras organizaciones igualmente necesarias– Habeas tendrá un mayor interés inmediato en ayudar a los oprimidos que en condenar a los opresores”. En ese espíritu, era de esperarse que la tragedia de los boat people que huían desesperadamente de Vietnam, llamara su atención, como llamó la de Sartre y muchos otros simpatizantes del régimen vietnamita.

En una nota titulada “Relato donde no se escucha a un náufrago”9 a Gabriel Zaid le extrañó que en aquel viaje, que el propio García Márquez llamó “minucioso”, el fundador de Habeas no hablara más que con una de las partes, no escuchara más que la verdad oficial. “Algo equivalente –dijo Zaid– a que, en 1968, para satisfacer su conciencia sobre el 2 de octubre, no hubiera escuchado, entre tantas verdades contrapuestas, más que la verdad de Díaz Ordaz, sus secretarios de gobernación y defensa.” En la crónica de García Márquez, en efecto, se escucha a un magistrado del Tribunal Popular de Ho Chi Minh, se escucha a un “alto dirigente”, se escucha al secretario de Relaciones Exteriores del Partido Comunista, se escucha al alcalde de Cholón, se escucha al ministro del Exterior y, desde luego, se escucha al primer ministro Phan Van Dong, que con “lucidez apacible [...] me recibió con mi familia a una hora en que la mayoría de los jefes de Estado no han acabado de despertar: las seis de la mañana”. En “casi un mes” de estancia, el grupo tuvo ocasión de acudir a “fiestas culturales” donde “hermosas doncellas que tocaban el laúd de dieciséis cuerdas, cantaban aires plañideros en memoria de los muertos en combate”, pero no tuvo tiempo para escuchar a los refugiados, ni para entrevistarlos, ofrecerles ayuda, allanar su suerte, ofrecerles caminos. “Su drama –escribió García Márquez– se convirtió para mí en un interés secundario frente a la realidad tremenda del país.” Esa “realidad tremenda” era la historia de la guerra contra el imperialismo yanqui y el peligro de una nueva guerra contra China. En ese contexto, lo que a García Márquez le parecía verdaderamente grave era que Vietnam “había perdido la guerra de la información”. Para el fundador de Habeas, la desgracia importante no era que los centenares de miles de fugitivos se ahogaran, padecieran hambre, enfermedades, saqueos, violaciones, asesinatos. La desgracia era que el mundo lo supiera. García Márquez lamentaba que los vietnamitas (es decir, los vietnamitas importantes, los que entrevistó) no hayan “previsto a tiempo ni calculado [sic] el tamaño enorme de la campaña internacional por los refugiados”.

Aquellos tres “memorables despachos” sobre Cuba y su texto sobre Vietnam repetían la pauta de sus remotos textos sobre Hungría e ilustraban un cartabón característico de todo su periodismo político, de entonces y después: escuchar sólo la versión de los poderosos, contrarrestar (escamotear, atenuar, distorsionar, falsear, omitir) toda información que pudiera “hacer el juego al imperialismo”. Por eso –concluía Zaid– “el estilo es heroico, de realismo socialista, no de realismo mágico”.

IV

A pesar de aquellos “despachos memorables” de 1975, Fidel Castro comentó a Régis Debray que aún no estaba convencido de la “firmeza revolucionaria” del colombiano. No ignoraba la negativa de García Márquez a apoyar al poeta cubano Heberto Padilla en el famoso episodio de sus “confesiones”, eco tropical de los juicios de Moscú que determinó el rompimiento de buena parte de los intelectuales latinoamericanos con el régimen. Pero la reticencia persistía.

García Márquez tuvo que conformarse con entrevistar al hombre fuerte de Panamá, Omar Torrijos, dictador caribeño de segunda fila pero fiel lector que opinaba así de El otoño del patriarca: “Es verdad, somos nosotros, así somos.” “El comentario –dijo García Márquez– me dejó atónito y feliz.” “Rápidamente –escribe Martin– los dos hombres construyeron una amistad basada en una profunda atracción emocional que evidentemente, con el tiempo, se volvió en una especie de love affaire.”

En 1976 García Márquez volvió a Cuba, y tras esperar durante un mes (como su legendario coronel) en el Hotel Nacional una llamada del comandante, el encuentro –esperado por el escritor durante casi dos décadas– se produjo. Una vez aceptado por Castro, y bajo su supervisión personal, escribió “Operación Carlota: Cuba en Angola”, reportaje que le valió el premio de la International Press Organization. Mario Vargas Llosa (que había escrito y publicado una tesis doctoral sobre Cien años de soledad) lo llamó “lacayo” de Castro. Dos años después García Márquez declaró que su adhesión a la vía cubana tenía un sentido similar a la del catolicismo: “una Comunión con los Santos”.

Martin dedica algunos pasajes a describir la creciente convivencia social entre el comandante y el escritor a partir de 1980. “La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura”, aseguraba García Márquez en 1981. No sólo la literatura los unía. “Comenzaron a vacacionar anualmente juntos en la residencia de Castro en Cayo Largo, donde, algunas veces solos, otras con invitados, navegaban en su lancha rápida o en su crucero Acuaramas. Mercedes –precisa Martin– disfrutaba particularmente estas ocasiones porque Fidel sabía tratar a las mujeres, siempre atento y con una galantería a la vieja usanza que era al mismo tiempo placentera y halagadora.” También nos instruye sobre las habilidades culinarias de Castro y la afición de “Gabo” al caviar y de Castro al bacalao. Para la ceremonia del Nobel, Castro envió a su amigo un barco con cargamento de ron y de vuelta alojó a la familia en la casa de protocolo número seis, que se convertiría en su hogar habanero, donde “abrumaba” a sus huéspedes como Régis Debray con botellas de Veuve Clicquot. “No hay ninguna contradicción entre ser rico y ser revolucionario –declaraba García Márquez– siempre que se sea sincero como revolucionario y no se sea sincero como rico.”

En esta vena, no de realismo socialista sino de realismo socialité, Martin hubiera podido extraer mucho jugo del libro Gabo y Fidel de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli (que sólo menciona en la bibliografía). Allí se recoge el testimonio de Miguel Barnet, poeta cubano amigo de García Márquez y presidente de la Fundación Fernando Ortiz. Barnet hace la crónica de las fiestas en la “mansión de Siboney”, describiendo incluso la vestimenta de “Gabo”, el anfitrión. Fidel y “Gabo” –dice Barnet– “son verdaderos especialistas en cultura culinaria, y saben apreciar los buenos platos y los buenos vinos. Gabo es ‘el gran sibarita’, por su afición a los dulces, el bacalao, los mariscos y la comida en general”. Por otra parte, Manuel Vázquez Montalbán, escritor español amigo de Castro, recogió este testimonio del “gran Smith”, quizás el mejor cocinero cubano: “Gabo es un gran admirador de mi cocina y me ha prometido un prólogo para el libro de mis vivencias, que está casi concluido.” En ese libro, cada uno de los platos se asocia a un personaje relevante para quien fue pensado. El de “Gabo” es “Langosta a lo Macondo”, y el de Fidel Castro, un “Consomé de tortuga”.10

Por esos días, la cartilla de racionamiento cubana (vigente desde marzo de 1962) contenía, al mes y por persona, las siguientes delicias: siete libras de arroz y treinta onzas de frijoles, cinco libras de azúcar, media libra de aceite, cuatrocientos gramos de pastas, diez huevos, una libra de pollo congelado, media libra de picadillo condimentado (de pollo), a los que se pueden sumar como alternativa en el apartado de “productos cárnicos” pescado, mortadela o salchichas.

A cambio de sus mimos al escritor, Castro obtuvo beneficios permanentes. En El otoño del patriarca el protagonista despreciaba a los hombres de letras: “tienen fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo.” Pero García Márquez, ya con casa en la isla, servía para mucho. En diciembre de 1986 estableció en San Antonio de los Baños una academia de cine: la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano. (Años antes había promovido varios proyectos fílmicos, entre ellos un nueva versión de Tiempo de morir, nueva vindicación del abuelo, esta vez a todo color, que exhibió en 1984 la televisión colombiana.) La nueva institución –financiada por García Márquez– era importante para el régimen porque en Latinoamérica la cultura era y es una fuente decisiva de legitimidad. Entre sus visitantes estarían Robert Redford, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola. La academia, en suma, fue una decisión sagaz, y excitante:

El cine era cordial, colectivo, proactivo, juvenil; el cine era sexy y era divertido. Rodeado de mujeres jóvenes y atractivas y de hombres energéticos, ambiciosos pero deferentes, García Márquez gozaba cada minuto. Estaba en su elemento.


Tiene razón Martin: “su elemento”. Lo que no advierte es el sentido biográfico de lo que narra. Todo parecía, en efecto, una reconstrucción perfecta del paraíso macondiano anterior a la hojarasca, con la ventaja de que ahora era García Márquez quien habitaba del otro lado, del lado “americano”. Para los cubanos comunes y corrientes su mansión de Siboney, sus comilonas, la champaña, los mariscos, las maravillosas pastas preparadas por Castro y los paseos en yate eran –como escribió García Márquez sobre la “ciudad prohibida” de los yanquis en Aracataca– “apariciones instantáneas de un mundo remoto e inverosímil que nos estaba vedado a los mortales”. Pero ningún paraíso es perfecto. Martin alude sin detallar a cierto malicious gossip que circulaba sobre el comportamiento del escritor en la academia, cosas “que no eran del todo propias de un hombre de sesenta años de edad”.

Pero lo mejor de todo era poder caminar una vez más de la mano del patriarca. En 1988 García Márquez publicó un perfil del “caudillo” (llamándolo así) para el prólogo de Habla Fidel, libro del italiano Gianni Minà. Allí vertió el más amplio homenaje literario a su héroe (“Tal vez no es consciente del poder que impone su presencia, que parece ocupar de inmediato todo el ámbito, a pesar de que no es tan alto ni tan corpulento como parece a primera vista”). Ese mismo año, residiendo en La Habana, García Márquez avanzaba en la redacción de un libro sobre el destierro y la muerte de Simón Bolívar: El general en su laberinto. Martin sugiere que al describir a Bolívar se inspiraba en rasgos de Castro, y viceversa.

1989 había empezado mal, con las reverberaciones de una carta pública firmada en diciembre del año anterior por varios escritores de renombre internacional cuya exigencia era que Castro siguiera los pasos de Pinochet y se atreviera a someter su régimen a un plebiscito. Para García Márquez (que en los setenta había expresado su desdén frente a las instituciones, leyes y libertades de la democracia “burguesa” y en diciembre de 1981 se había burlado de los “lagrimones de cocodrilo” de “los antisoviéticos y anticomunistas de siempre” tras la represión del sindicato Solidaridad en Polonia), la carta representaba un capítulo más del ascenso de “la derecha”, propiciado por el Papa Juan Pablo II, Thatcher, Reagan y el propio Gorbachov (a quien García Márquez había advertido del peligro de rendirse ante el Imperio). Martin escribe sobre los firmantes: “Los nombres estadounidenses no son particularmente impresionantes, más allá de Susan Sontag; ni tampoco los latinoamericanos (no estaba Carlos Fuentes ni Augusto Roa Bastos, etc.).” Entre los autores americanos que no impresionaron a Martin estaban Saul Bellow, Elie Wiesel y David Rieff; entre los latinoamericanos, Reinaldo Arenas (que redactó el documento), Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Octavio Paz; entre los europeos, Juan Goytisolo, Federico Fellini, Eugène Ionesco, Czesław Miłosz y Camilo José Cela. Pero se entiende. En la óptica del biógrafo y del biografiado, “1989 sería el año del apocalipsis”.




Aún más grave para el prestigio de Cuba fue el sonado juicio contra el general de división Arnaldo Ochoa y los hermanos Antonio (Tony) y Patricio de la Guardia, bajo el cargo de narcotraficantes y traidores a la Revolución. El oscuro episodio –al que Martin dedica un par de párrafos– salió a la luz pública en junio de 1989. Según el periodista Andrés Oppenheimer,11 el movimiento de droga a través de Cuba comenzó en 1986 y tuvo la bendición tácita de Fidel, hasta que los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron una operación comprometida. Castro aprovechó entonces el momento para matar cuatro pájaros de un tiro: podía deshacerse de un enemigo potencial de peso que lo criticaba (Ochoa era uno de los comandantes supremos de la intervención en Angola, veterano de las incursiones en Venezuela, Etiopía, Yemen y Nicaragua, reconocido oficialmente como “Héroe de la Revolución”) mezclando su juicio con el de los hermanos De la Guardia, ambos amigos de Fidel y adscritos al Ministerio del Interior a cargo de otro implicado, el general de división José Abrantes. A Tony de la Guardia, su “protegido”, Fidel le había encomendado múltiples operaciones de inteligencia (como el depósito en Suiza de sesenta millones de dólares que obtuvieron los Montoneros de Argentina en 1975, producto del pago de un secuestro). Es difícil creer que el nuevo trabajo –ordenado expresamente por Abrantes– no contara, como todo en la isla, con su bendición. Pero el fin justificó los medios.

Gabriel García Márquez era amigo íntimo de Antonio de la Guardia, personaje digno de una película de acción y pintor aficionado de quien tenía un cuadro en su casa habanera. Ese mismo año de 1989 “Gabo” le había dedicado El general en su laberinto: “Para Tony, que siembra el bien.” El 9 de julio, a punto de conocerse el veredicto final, Castro visitó a García Márquez. Oppenheimer reconstruye fragmentos de la larga charla: “Si los ejecutan –habría dicho García Márquez– nadie en la tierra creerá que no fuiste tú quien impartió la orden.” Más noche, el escritor recibió a Ileana de la Guardia (hija de Tony) y su esposo Jorge Massetti (el hijo del finado guerrillero Jorge Ricardo Massetti, viejo amigo y jefe de García Márquez en Prensa Latina). Llegaban para rogarle que intercediera por la vida de su amigo. “Gabo” soltó frases como “Fidel estaría loco si tuviera que autorizar las ejecuciones”, les dio esperanzas, les pidió tranquilizarse y les aconsejó abstenerse de acudir a organismos de defensa de los derechos humanos. Pasaron cuatro días. Finalmente, la ejecución de Ochoa y Antonio se llevó a cabo el 13 de julio de 1989. Patricio fue condenado a treinta años de prisión. Abrantes a veinte, pero murió de un ataque cardiaco en 1991.

Aunque abandonó Cuba antes de la ejecución, según testimonio recogido por la propia Ileana, García Márquez asistió “a una parte del juicio, junto con Fidel y Raúl, detrás del ‘gran espejo’ del recinto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas”. Ya en París, en las Fiestas del Bicentenario de la Revolución francesa, comentó a Mitterrand que todo había sido “un problema entre militares”. Públicamente declaró tener “muy buena información” sobre la justificación del cargo de “traición” y observó que, dada la situación, Fidel no tenía alternativa.

Pocos meses antes de los hechos, al escribir las últimas páginas de El general en su laberinto, García Márquez había recreado a Bolívar delirando en sueños al recordar su orden de fusilamiento al bravo general Manuel Piar, mulato invencible contra los españoles y héroe de las masas. “Fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria.” Al remate del capítulo, García Márquez pone en la boca de Bolívar las palabras de su abuelo, el coronel Márquez: “Volvería a hacerlo.”

“Ya no publico un libro si antes no lo lee el comandante”, había declarado García Márquez. Por eso, sobre el pasaje específico de Bolívar y Piar, Martin se pregunta: “¿Recordaba Castro el pasaje mientras tramaba su decisión?” Claro que lo recordaba. Pero dada la “muy buena información” que siempre ha dicho tener García Márquez sobre Cuba, y dada su cercanía con De la Guardia, las preguntas interesantes no atañen al comandante sino al escritor: ¿Ignoraba García Márquez las encomiendas secretas de su amigo Tony? ¿Consideraba acaso, al escribir su novela, la posibilidad de que sus amigos fueran capturados bajo el cargo de una supuesta “traición”?

Un ciclo muy antiguo de complicidad se cerró con esa ejecución. Había comenzado con una ejecución en el círculo íntimo del niño García Márquez (la cometida por su abuelo contra su amigo y lugarteniente Medardo, hijo de su amante) y terminaba con otra ejecución en su círculo íntimo (la cometida por el comandante en la persona de su amigo Tony, “que sembraba el bien”). Así, el escritor que adoptó desde muy joven la “moralidad política” de su abuelo, el “que con bastante sangre fría antepone la política a la moralidad”, el que vio a Castro como la “representación de su propio abuelo, el único hombre a quien no podía, no pretendería y ni siquiera querría, vencer”, había tenido que probar su teoría en carne propia. Y había aceptado el veredicto del poder.

Nunca sabremos si Castro le recordó a García Márquez el pasaje sobre la ejecución de Piar. La escena, en todo caso, le regalaba a Fidel la legitimación de la literatura. “Cualquier escritor que adopta el punto de vista totalitario –dijo George Orwell–, que consiente la falsificación de la realidad y las persecuciones, se destruye a sí mismo en ese instante.” ¿Qué pensaría Orwell de un escritor que no sólo adopta el punto de vista totalitario sino que, literalmente, lo propone?



La amistad y las langostas continúan veinte años después. Panegirista, consejero áulico, agente de prensa, representante plenipotenciario, jefe de relaciones públicas en el extranjero, todo eso ha sido García Márquez para Castro. En 1996 cenó con el presidente Clinton para buscar el necesario acercamiento con Cuba: “Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara, no quedaría ningún problema pendiente.” Tras el 9/11 escribió una larga carta a Bush: “¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino?” Las cosas han marchado siempre bien, salvo en algunos momentos, como en 2003, cuando un movimiento de conciencia más importante y universal que la democracia pareció interponerse entre los dos amigos: los Derechos Humanos. En marzo de ese año, en una acción fulminante, Castro reeditó los juicios de Moscú contra 78 disidentes condenándolos a penas de entre doce y veintisiete años de cárcel. (Uno de ellos fue acusado de poseer “una grabadora Sony”.) Acto seguido, ordenó matar en caliente a tres muchachos que querían huir del paraíso en un lanchón. Ante el crimen, José Saramago declaró (luego se desdijo) que “hasta allí llegaba” su relación con Castro, pero Susan Sontag fue más lejos y, en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, confrontó a García Márquez: “Es el gran escritor de este país y lo admiro mucho, pero es imperdonable que no se haya pronunciado frente a las últimas medidas del régimen cubano.”

En respuesta, García Márquez pareció marcar vagamente sus distancias: “En cuanto a la pena de muerte, no tengo nada que añadir a lo que he dicho en privado y en público desde que tengo memoria: estoy en contra de ella en cualquier circunstancia, motivo o lugar.” Pero casi de inmediato tomó distancia... de su distancia: “Algunos medios de comunicación –entre ellos la CNN– están manipulando y tergiversando mi respuesta a Susan Sontag, para que parezca contraria a la Revolución cubana.” Para remachar, reiteró un viejo argumento suyo, justificatorio de su relación personal con Castro: “No podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y conspiradores, que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años.”

¿“Absoluto silencio” o complicidad absoluta? ¿Por qué los habría ayudado García Márquez a salir de Cuba si no es porque consideraba injusto su encarcelamiento? Y si lo consideraba injusto (tanto como para abogar por ellos), ¿por qué siguió (y sigue) respaldando públicamente a un régimen que comete esas injusticias? ¿No hubiera sido más valioso denunciar públicamente el injusto encarcelamiento de esos “presos, disidentes y conspiradores” y así contribuir a acabar con el sistema de prisiones políticas cubano?

Gabriel García Márquez no es un escritor de torre de marfil: ha declarado estar orgulloso de su oficio de periodista, promueve el periodismo en una academia en Colombia y ha dicho que el reportaje es un género literario que “puede ser no sólo igual a la vida sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia –sagrada e inviolable– de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma”. ¿Cómo conciliar esta declaración de la moral periodística con su propio ocultamiento de la verdad en Cuba, a pesar de tener acceso privilegiado a la información interna?

Por lo que hace al juicio de la posteridad, es un tanto prematuro afirmar que García Márquez es el “nuevo Cervantes”. Pero en términos morales no hay comparación. Héroe de guerra contra los turcos, herido y mutilado en batalla, náufrago y preso en Argel por cinco años, Cervantes vivió sus ideales, dificultades y pobreza con una moralidad quijotesca, y la suprema libertad de tomar sus derrotas con humor. Esa grandeza de espíritu no se ha visto en las complicidades de García Márquez con la opresión y la dictadura. No es Cervantes.

La obra de García Márquez sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió. Pero sería un acto de justicia poética el que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se deslindara de Fidel Castro y pusiera su prestigio al servicio de los boat people cubanos. Aunque tal vez sea imposible. Esas cosas inverosímiles sólo pasan en las novelas de García Márquez. ~

 _____________________

1. Malcolm Deas, Del poder y la gramática, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1993.

2. Este libro se publicará próximamente en editorial Debate con el título Gabriel García Márquez / Un mago, traducción de Eugenia Vázquez Nacarino.

3. “Living in Macondo: Economy and Culture in a United Fruit Company Banana Enclave in Colombia”, en Gilbert M. Joseph, Catherine C. Legrand y Ricardo D. Salvatore (eds.), Close Encounters of Empire / Writing the Cultural History of U.S.-Latin American Relations, Duke University Press, 1998.

4. Quien mejor ha estudiado esta etapa es Pedro Sorela en su biografía El otro García Márquez / Los años difíciles (Madrid, Mondadori, 1988, 334 pp.).

5. Octavio Paz, “Sólo a dos voces”, entrevista de Julián Ríos (1973), Obras completas, tomo 15, p. 673.

6. Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba / Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, México, La Oveja Negra/Editorial Diana, 1982, pp. 87-91.

7. Augusto Monterroso, “Novelas sobre dictadores”, en La palabra mágica, México, Era, 1983, pp. 50-52.

8 En Plural, núm. 48, septiembre de 1975.

9. En Vuelta, núm. 41, abril de 1980.

10. Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli, Gabo y Fidel / El paisaje de una amistad, Madrid, Espasa, 2004, pp. 221-224.

11. Andrés Oppenheimer, La hora final de Castro / La historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba, Buenos Aires, Javier Vergara, 1992. Citado en Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli, op. cit., pp. 275-289.



HASTA LOS DIENTES Poeta. Norma Segades Manias (Santa Fe- Argentina)




HASTA LOS DIENTES - Poeta: Norma Segades Manias (Santa Fe -Argentina)

Uno no puede,
siempre,
andar gritando al mundo a voz en cuello
todo lo que te quiere.

Uno no puede,
a veces,
olvidar el idioma en que la vida
anda sacrificando mariposas
bajo nuestras promesas de Septiembre.

Por eso son forzosos los crepúsculos,
cuando el cielo en silencio nos desteje
sus ovillos de noche estremecida
por un filo acechante de jazmines
y rosales silvestres.

Por eso son vitales las caricias,
la risa al viento,
el beso que sucede
y nos exilia de la hipocresía,
de los negros olvidos,
de la lluvia
con que el odio desnuda la intemperie...
y nos enciende huecos de panales
y nos amarra al borde de la luna
como gaviotas a lejanos muelles.

Por eso,
en ocasiones,
suelen ser perentorias las miradas
que escrutan la tibieza de las pieles.
Esas que acaso trenzan la ternura
en la semilla pura de tu vientre
para ejercer el cielo o el abismo,
las del reloj de sangre,
las que engendran
la magia prodigiosa de los duendes.

Por eso,
¿de qué sirven las palabras?
¿no es hermoso
ir armados de amor hasta los dientes,
sin más desvelo que morder la sombra
en la hondura ritual de tu relieve?
sabiendo que a pesar de todo esto,
uno nunca ha podido,
uno no puede
andar gritando al mundo
a voz en cuello
todo lo que te quiere.


Biografía: Norma Segades - Manias

Santa Fe, Capital, Argentina
Autora de 15 libros de poemas editados, su obra ha obtenido reconocimientos en el orden municipal, provincial, nacional e internacional.
Algunos de sus títulos fueron publicados por Editoriales de Santa Fe, Buenos Aires, México y España.
Ex directora de Gaceta Literaria de Santa Fe, durante dos períodos consecutivos desempeñó la presidencia de la Asociación de Escritores de su provincia.
En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”.
En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”.
En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de su ciudad".
En 2009, la Asociación Latinoamericana de Poetas (ASOLAPO) la condecora con la Medalla al Mérito "José Saramago y Jaime Sabines" como reconocimiento a su trascendente labor cultural a través de Gaceta Virtual y la importancia y valor de su obra poética.
Actualmente dirige la revista cultural "Gaceta Virtual", "Editorial Alebrijes" y el Movimiento Internacional de Escritoras "Los puños de la paloma"

miércoles, 25 de noviembre de 2009

MI DIMESIÓN DESCONOCIDA Javier Monroy, poeta peruano.


La esperanza es un buen desayuno pero una mala cena.
Sir Francis Bacon

Escena recurrente y recurrida. Este viejo ralenti no tiene cuándo acabar. Me pasa desde hace años. Coordenadas, planos y elementos repetidos hasta la saciedad. Siempre que estoy en la pecé, a mitad de madrugada algo me compele a buscar viejos videos. O no tan viejos. O cualquier filmación. Y siempre veo gente muerta. No muerta en ese momento. Pero sé que se evaporaron poco o mucho después de esas grabaciones. Gente que aparece haciendo piruetas con su perro en el patio trasero. Gente que baila en algún festival. Gente famosa que deja el alma en películas inmortales. Gente de la calle en marchas contra la autoridad. Gente jugando fútbol profesional. O en cintas de pieles extremas. Sea lo que sea que ello quiera decir. Personas que aparecían en concursos de tevé, en comerciales, transfigurando canciones en ruidos de ducha. Seres como yo, intrascendentes, terrenales, gregarios. Que fueron portadas de diarios respetados o en esos de cincuenta céntimos. Ahora todos están muertos. Por enfermedad, atropellados, accidentados, en homicidios, en desastres innaturales, suicidas. O por lo que se te ocurra. Apagadas las risas, los abrazos, el llanto, los gritos, los jadeos, los discursos, las imposturas. Silenciadas las ansias. Callados los raptos. Extinguidos los poderes.

Prosigo mirando decenas de cintas de esa gente ahora difunta. Y quisiera advertirles, alertarlos, o por lo menos anunciarles lo que está por ocurrir en sus vidas. Estiro mi mano hacia el monitor. Contrasto esos cuerpos en dinamismos diagonales. Y les hablo y los miro. Les suplico me respondan. Pero no pueden oírme. No me ven. O no quieren. Y allí siguen haciendo lo suyo. Mientras yo me arranco los pelos ante la impotencia.

En esa inflexión sigo, cuando veo a mamá aproximarse. Me escondo detrás del estante frente a la pecé, pues no le gusta que pase malanoche pegado al aparato. Ella arrastra y mantiene esa expresión de pena que hace tiempo le noto. Además, siempre que se acerca presenta la misma señal de desconcierto. No de temor, de incertidumbre. Mira a todos lados. Pronuncia mi nombre. Se toma el pecho con ambas manos. Baja la mirada al reloj. Le planta encima el pulgar izquierdo. Acaricia ese sitio. Luego la invade una nostalgia patológica, de inexplicable contención. De saudade.

Apaga la pecé. La desconecta. Yo detrás de ella, agachado en el librero, me irrito calladamente y espero que regrese a la cama para seguir con mi amada neurosis.

Pero, a diferencia de otras ocasiones, en medio de esa luz tenue -como cuando ves que se cierran las puertas a una antigua esperanza-, se voltea hacia mí. Me resigno a ser descubierto. Me larga sus manos atacadas de temblores oxidados. Cierro los ojos. De pronto siento el áspero contacto de unos dedos flacos y arrugados. Un débil sonido a papel grueso o cartulina. Y un fuerte olor a tinta de una seca viscosidad.

Me invade una tranquilidad extrañamente esperada. Me veo atrapado en una foto de tono sepia. La escucho balbucear ‘hijo querido, te veo allí, lleno de vida, con tanta glorias esperándote. Cuánto quisiera advertirte, alertarte, o por lo menos anunciarte lo que está por ocurrir en nuestras vidas. Pero no puedes oírme. No me ves. O no quieres. Y yo sigo muriendo, contigo, cada noche.

Esta vez una lágrima furtiva estalla desde lo alto en el centro de mi pecho acartonado. Quiero arrojar mis manos desde esa fotografía esclavizante para consolarla. Pero una camisa de fuerza me contiene. Dejo de luchar, mientras otra fe se me escapa por el hoyo negro de la memoria. Todo está bien. Vuelvo a dormirme, en ese portarretrato, allí en el estante de libros.

LA CALLE (esta calle) ® Javier Monroy Poeta peruano.



A solas soy alguien. En la calle nadie.
Gabriel Celaya

ahi yaces ciudadana anonima de todos
en esa pista atacada de dermatitis deformantes
lectora inconsulta de periodicos de ayer
clavados en la faz arrollada
de tu excorpus sin cristi
atrayente de miradas culposas de visceralidad
objeto de deseos torcidos de buitres y gusanos paramilitares
absortas como pirañas psicodelicas
(que-solo-pasan-para-ver-y-mirar-sin-ver)

la calle es un utero estrangulado por falopios traidores
los caminantes somos fetos ectopicos expulsados contranatura
o nuestras quince semanas arrancadas por un forceps dentado con modales de matarife

pero la calle es un agora sabia de violencias neuroticas
es un kindergarten de enanos confiscados por el tiempo a hechiceros a contrato
un circo de tres pistas para cielo-purgatorio-infierno de circulos inversos/reversos/traversos

y alli sigues
barriendote los lobulos las luces multicolores
las sirenas escleroticas arrancadas al mar obsceno
mientras celas los horarios del juez de turno
recuerdas las mañas impias de domesticos aceleradores de particulas
aleccionadas en tu transito programado
miras de reojo atravesado al campeon pedestre de maratones no autorizadas

alli viene el docto voyeaur oficial
te planta preguntas documentadas en la pereza
del dia perdido
mascando chicles inelegantes en cada sopor
succionado a otros testigos

y cruzas gratitudes grabadas a fuego en tus piernas molidas
con palpitares soplados al oido al magistrado en apuro
nadie ha de oirte menos de escucharte

no te iras sola le dices
que el mundo ha de ser menos justo contigo fuera de el
le lanzas al viento el periodico consumido
que nubla la vision de otros manejantes
y a diez metros de ti cae otro excorpus sin cristi
el frio es menos
la atencion tambien

(los neumaticos dibujan ahora frescos retratos en vuestra sangre adherida)

y entonces te arrepientes
y la calle vuelve a tragarse nuestras ansias
y sus sentidos
y tu historia