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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


domingo, 1 de noviembre de 2009

Desde George Orwell a Heberto Padilla: La retórica y el eufemismo de las revoluciones.


Desde George Orwell a Heberto Padilla:
La retórica y el eufemismo de las revoluciones

Más allá del caso cubano, hay ciertos procedimientos retóricos de las Revoluciones, o de los giros autoritarios en un sentido amplio, que parecen incidir en los "pendulazos" conocidos de la intelectualidad que las vive o testimonia.

JAIME COLLYER

"El pueblo quiere el bien", decía Robespierre, "pero no siempre lo ve". Atribulado por esa carencia presunta de su rebaño, resolvió enmendarla por su cuenta y riesgo, con el Terror como inspiración y la guillotina como su instrumento preferido. Condorcet se opuso -entre otros muchos adherentes a la Revolución en su fase inicial- al dictum del líder jacobino, transformándose en un caso ilustrativo y precoz, pero luego muy habitual, de la denominada "disidencia contrarrevolucionaria", con todas sus paradojas a cuestas: mientras redactaba, oculto y en la clandestinidad, su obra capital, el "Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano", en la cual afirmaba que el progreso humano era "indefinido" y la Revolución una forma de consagrarlo, las huestes jacobinas lo rastreaban por París para rebanarle el cuello con el arma tangible del progreso.

¿De dónde surge esa relación conflictiva de los escritores con el poder y, casi ineludiblemente, con las revoluciones? ¿Será en efecto tan conflictiva, o, más bien, que la resonancia alcanzada por los más renombrados de entre esos disidentes (Orwell y Solzhenitsyn, Kundera y Padilla, y hasta el propio Neruda en el caso cubano) la ha exacerbado a niveles míticos, ocultando sus propias vacilaciones e ingenuidades, el fervor irreflexivo y ambiguo de esos compañeros de viaje arrepentidos sobre la marcha? No es un tema sencillo, ni la respuesta una sola, pero la casuística, los ejemplos conocidos y tan ilustrativos, sugiere algunas constantes.

Compañeros de viaje cuestionados

Es evidente que el giro revolucionario suscita, en sus promisorios inicios, la adhesión más o menos incondicional de los intelectuales y escritores que pululan en su entorno. Todos fuimos, en torno al segundo tercio del siglo veinte, acólitos de esa parroquia, devotos seguidores de su escolástica peculiar y sus métodos insurgentes. Hay quien dice que el bolchevismo juvenil es una enfermedad incurable, que no se le pasa a uno jamás, que sólo queda en estado larvario -cuando sobrevienen la decepción y/o la represión- y agazapado dentro de uno, a la espera de su hora propicia. Aun cuando tiendo a coincidir con el diagnóstico, o es mi caso particular, hay a la vez ejemplos muy nítidos en contrario. Arthur Koestler, que adhirió al Partido Comunista Alemán en 1931, resumió bien esa peripecia oscilante, desde su entusiasmo inaugural al crudo desencanto que lo invadió luego: "Llegué al comunismo en busca de un manantial de agua fresca. Me alejé de él como quien huye de una ciénaga infestada de cadáveres". La metáfora acuática parece acertada: el giro revolucionario es una suerte de marea incontenible y convocante que todo lo arrastra consigo, las lealtades y oportunismos por igual, las ansias personales de gloria y a la vez la sed de justicia, un tsunami por derecho propio. Un Diluvio Universal donde sobrevive el Arca residual de los escogidos, el carro de la historia que avanza inmisericorde e incluye, casi siempre, a los intelectuales. A los escritores y su pluma, dispuesta a sumarse incluso al mensaje oficial.

Suele ocurrir, por ende, que esos mismos intelectuales sean, en la primera hora, los más ardientes defensores del nuevo orden revolucionario. Su propia agenda coincide en alguna medida con la del establishment partidista. El mismo Koestler no se desembarcó del Arca sino hasta que presenció en la Unión Soviética algún juicio temprano a un militante bolchevique de menor cuantía, en claro anticipo de los llamados "procesos de Moscú", esa infamia escenificada por Stalin a fines de los años treinta para descabezar a la totalidad del partido Bolchevique, con confesiones inducidas bajo cuerda, como se estila hoy en Guantánamo.

En "El cero y el infinito", su novela más lograda, Arthur Koestler abunda en tales procedimientos y refiere la defenestración de Rubashov, un apparatchik soviético que ha participado, antes de su caída, en varias instancias represivas y en el papel del victimario, hasta que le llega su turno. "La verdad es sólo aquello que es útil para la humanidad; lo falso, aquello que le hace daño", dictamina Gletkin, uno de los comisarios ahora encargado de interrogarlo y adosarle acusaciones falsas. El instrumento, en última instancia, de su condena y ejecución.

El eufemismo por delante

Es esta simplificación extrema de la verdad histórica, y de la verdad a secas, lo que posiblemente tienta a los intelectuales en su acercamiento temprano al proceso revolucionario. El caso cubano es, en tal sentido, paradigmático: muchos de los disidentes finales y más destacados (como Cabrera Infante o Heberto Padilla) fueron afines a la Revolución en su hora inicial. Al punto que muchos de ellos firmaron, en el 66, la conocida carta en la cual se le enrostraban a Neruda sus desviaciones del auténtico credo revolucionario, a raíz de la visita que el poeta chileno hizo por entonces a los Estados Unidos, invitado por el Pen Club de Nueva York. La reacción del propio Neruda es igualmente ilustrativa: a contar de allí, se negó a dar nuevamente la mano a ninguno de los firmantes de la carta, aunque nunca rompió de manera explícita con el régimen cubano, a la espera -dicen sus biógrafos- de un desagravio que nunca llegó.El llamado "caso Neruda" sugiere de algún modo, o resume, lo que fue el pendulazo de la intelectualidad de la época ante la Revolución Cubana, una hueste filocastrista en un inicio y "desencantada" luego del proceso. Pareciera que el autor de turno, enfrentado a la marea que lo convoca, se suma a ella mientras el establishment revolucionario lo incluya en la tarima, adhesión que asume, en ocasiones, un perfil grotesco. Para muestra, los varios poemas en que el propio Neruda exaltaba al compañero Stalin o hasta su "Canción de gesta", un panegírico sin dobleces del proceso cubano, que luego excluyó él mismo de alguna edición argentina de sus Obras Completas (aunque algunos atribuyen dicha exclusión al temor de que la dictadura argentina de turno secuestrara la edición). El problema es que el nuevo orden revolucionario (valga, de aquí en más, la paradoja) suele tener su propia agenda. Hoy se sabe que la famosa carta contra Neruda fue, en buena medida, un correctivo que el régimen cubano decidió aplicar al PC chileno de la época, por su línea tan renuente a las nuevas tácticas insurgentes, y que el chivo expiatorio escogido para la maniobra fue el propio Neruda. Nada personal, digamos: la verdad depende de su propia utilidad.

Más allá de esas "exigencias revolucionarias" y la coyuntura, de todo eso que legitima los procedimientos de sanción al intelectual cuando se aparta (o parece que se aparta) de la fila, las Revoluciones exhiben su propia discrecionalidad al respecto. Se dice, por ejemplo, que a Lezama Lima el propio Fidel resolvió dejarlo en paz ("Al gordo no me lo toquen") y hubo, desde luego, gran condescendencia para con eso que llegó a denominarse los "intelectuales orgánicos" de la Revolución, como fue el caso de Cintio Vitier, poeta católico que legitimó el proceso desde su perspectiva tan personal, fundiendo en una amalgama extraña catolicismo y marxismo.

Hay ciertos procedimientos retóricos de las Revoluciones, o de los giros autoritarios en un sentido amplio, que parecen incidir en los pendulazos conocidos de la intelectualidad que las vive o testimonia. El citado Koestler fue quien más claramente llamó la atención contra esas tácticas, denunciando al eufemismo y la retórica ambigua como los grandes adversarios de la libertad en nuestra era contemporánea. Cuando, por ejemplo, se habla de "solución final" en lugar de genocidio o de "apremios ilegítimos" para designar la práctica más bien procaz de arrancarle las uñas a la gente.

George Orwell representa, en esta misma vena, un paradigma singular del disidente. Nunca renunció a su condición de "hombre de izquierda", pero arremete sin ambages contra el estalinismo y los totalitarismos de su tiempo, que considera una deformación del ideario original. No en vano, él mismo acuñó en su obra novelística, y en sus diarios, términos como el de "Guerra Fría" (es, en rigor, el primero que emplea dicha noción en la historia), como el de "Gran Hermano" o el del "doble discurso".

Hay en los hombres de letras, por su propia obsesión con el lenguaje y su oficio, cierta propensión inicial a confiar más de la cuenta en la fraseología revolucionaria, de ahí sus entusiasmos precoces con los giros históricos que sugieren la "nueva era", el "hombre nuevo". La gran ironía es que esa misma propensión los lleva luego a desconfiar de la eufemística que suele ornamentar a tales procesos. En virtud de la cual, a poco andar, los buenos propósitos del comienzo se transforman en meros rótulos encubridores de la represión o los novedosos privilegios surgidos en palacio. Es, con seguridad, lo que sucedió con la Revolución Cubana. Por unos años, bastantes años, casi pareció que el nuevo discurso revolucionario conseguiría aunar voluntades en toda América Latina, desplazar a la mentira y la explotación neocolonial, restablecer una ética redentora de los despojados y una estética nueva, comprometida con la innovación vanguardista y el cambio histórico. La impostura procesal contra Heberto Padilla, los micrófonos que Edwards detectara en sus oficinas de Encargado de Negocios en La Habana, la retórica oficial que aún considera a la diáspora reciente de intelectuales como "traidores" y "apátridas", terminaron por opacar, con la desazón de sus comensales hoy ausentes, la fiesta del comienzo. Un escenario en que la verdad, ese factor tan huidizo siempre, parece depender una vez más -como decía el personaje de Koestler- de su utilidad antes que de los hechos.

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