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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


miércoles, 25 de noviembre de 2009

MI DIMESIÓN DESCONOCIDA Javier Monroy, poeta peruano.


La esperanza es un buen desayuno pero una mala cena.
Sir Francis Bacon

Escena recurrente y recurrida. Este viejo ralenti no tiene cuándo acabar. Me pasa desde hace años. Coordenadas, planos y elementos repetidos hasta la saciedad. Siempre que estoy en la pecé, a mitad de madrugada algo me compele a buscar viejos videos. O no tan viejos. O cualquier filmación. Y siempre veo gente muerta. No muerta en ese momento. Pero sé que se evaporaron poco o mucho después de esas grabaciones. Gente que aparece haciendo piruetas con su perro en el patio trasero. Gente que baila en algún festival. Gente famosa que deja el alma en películas inmortales. Gente de la calle en marchas contra la autoridad. Gente jugando fútbol profesional. O en cintas de pieles extremas. Sea lo que sea que ello quiera decir. Personas que aparecían en concursos de tevé, en comerciales, transfigurando canciones en ruidos de ducha. Seres como yo, intrascendentes, terrenales, gregarios. Que fueron portadas de diarios respetados o en esos de cincuenta céntimos. Ahora todos están muertos. Por enfermedad, atropellados, accidentados, en homicidios, en desastres innaturales, suicidas. O por lo que se te ocurra. Apagadas las risas, los abrazos, el llanto, los gritos, los jadeos, los discursos, las imposturas. Silenciadas las ansias. Callados los raptos. Extinguidos los poderes.

Prosigo mirando decenas de cintas de esa gente ahora difunta. Y quisiera advertirles, alertarlos, o por lo menos anunciarles lo que está por ocurrir en sus vidas. Estiro mi mano hacia el monitor. Contrasto esos cuerpos en dinamismos diagonales. Y les hablo y los miro. Les suplico me respondan. Pero no pueden oírme. No me ven. O no quieren. Y allí siguen haciendo lo suyo. Mientras yo me arranco los pelos ante la impotencia.

En esa inflexión sigo, cuando veo a mamá aproximarse. Me escondo detrás del estante frente a la pecé, pues no le gusta que pase malanoche pegado al aparato. Ella arrastra y mantiene esa expresión de pena que hace tiempo le noto. Además, siempre que se acerca presenta la misma señal de desconcierto. No de temor, de incertidumbre. Mira a todos lados. Pronuncia mi nombre. Se toma el pecho con ambas manos. Baja la mirada al reloj. Le planta encima el pulgar izquierdo. Acaricia ese sitio. Luego la invade una nostalgia patológica, de inexplicable contención. De saudade.

Apaga la pecé. La desconecta. Yo detrás de ella, agachado en el librero, me irrito calladamente y espero que regrese a la cama para seguir con mi amada neurosis.

Pero, a diferencia de otras ocasiones, en medio de esa luz tenue -como cuando ves que se cierran las puertas a una antigua esperanza-, se voltea hacia mí. Me resigno a ser descubierto. Me larga sus manos atacadas de temblores oxidados. Cierro los ojos. De pronto siento el áspero contacto de unos dedos flacos y arrugados. Un débil sonido a papel grueso o cartulina. Y un fuerte olor a tinta de una seca viscosidad.

Me invade una tranquilidad extrañamente esperada. Me veo atrapado en una foto de tono sepia. La escucho balbucear ‘hijo querido, te veo allí, lleno de vida, con tanta glorias esperándote. Cuánto quisiera advertirte, alertarte, o por lo menos anunciarte lo que está por ocurrir en nuestras vidas. Pero no puedes oírme. No me ves. O no quieres. Y yo sigo muriendo, contigo, cada noche.

Esta vez una lágrima furtiva estalla desde lo alto en el centro de mi pecho acartonado. Quiero arrojar mis manos desde esa fotografía esclavizante para consolarla. Pero una camisa de fuerza me contiene. Dejo de luchar, mientras otra fe se me escapa por el hoyo negro de la memoria. Todo está bien. Vuelvo a dormirme, en ese portarretrato, allí en el estante de libros.

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