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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 16 de noviembre de 2009

DOS POEMAS DE JAVIER MONROY: PAIN KILLERS Y EL DÍA QUE MURIÓ MICHAEL JACKSON.

PAIN KILLERS (?) ®

* Publicado por JAVIER MONROY C el noviembre 16, 2009 a las 7:11am
* Ver mi blog

'Quien sabe de dolor, todo lo sabe'.
Dante Alighieri

who do you think you are to say that pain can be killed?

only the deads are able to end a war
and the war’s started just the minute we pop up over the world
then our timelife passes on triying to compensate our painful childhood
and when thinking mission’s accomplished
a slept memoire messes it up all over again
and you and me are on the run as always

when finally you convince yourself that there are no other demons around
everyday-war kills you as only war can do
and the last glance over the earth
will be you reading these inextricable lines

so just keep on cheating on yourself
while expecting the death to take you away

(she always smiles at us
our only chance is to smile her back)

Etiquetas: 1WHO, 2DO, 3YOU, 4THINK, 5YOU, 6ARE


EL DÍA QUE MURIÓ MICHAEL JACKSON ®

* Publicado por JAVIER MONROY C el noviembre 16, 2009 a las 6:34am
* Ver mi blog

El suicidio es una bancarrota fraudulenta.
Pierre Joseph Proudhon

1. Ingredientes

Una botella de coca cola llena de pisco sour casero. Treinta pastillas de lexotán de 3 miligramos. Una galonera de bencina, otra de kerosene. Una tablilla de asbesto y un clavo medio oxidado. Un discman y un cd con versiones raras de ‘Goldberg variations’, de Bach. Una almohadilla con la foto grabada de la actriz más bella que él había visto: Catherine Deneuve. Una imagen del niño Jesús de Praga, atornillada a una madera rugosa y desvencijada, tan antigüa como él. Y más cerca de su cuerpo ebrio, con exactitud, de su corazón, la vedette de la madrugada: una magnum 357, con proyectiles 541 x 364, que a él le gustaba llamar ‘full metal jacket’, como la película de Stanley Kubrick.

2. Atmósfera

Llevaba veintisiete horas sin dormir en aquel hostal tres estrellas, sin agua caliente, de colchones embichados y aroma a leches rancias. Se mantenía a punta de tiros de polvo blanco, sorbos chorreados de pisco sour y masturbadas neuróticas descifrando pornos repetidas hasta que los ojos le sangraban. Afuera, los carros cumplían su rutina chapucera: claxons, derrapes, avances a tumbos, pitazos policíacos, mamás preocupadas, gritos destemplados de los llenadores de buses, oficinistas apurados, y algún borracho escupiendo boleros caducos. Todo según la hora. Ál otro lado del pasillo, tacones cercanos se mezclaban con los cuarteleros nerviosos, que repartían tiempos entre tareas ridículas y voyerismos alertas. El yeso que caía del piso superior con cada fornicada ajena a veces combinaba con la sustancia de los paquetillos entreabiertos, que le daban fuerzas y le chupaban la vida cada diez minutos.

3. Archivo

Era la tercera vez que se encerraba para acabar de una vez con todo. Nunca había podido redondear una faena: se había divorciado tres años después del enlace. Nunca tuvo hijos. Duraba poco en sus trabajos, pues su genio y sus actos eran motivo de envidias y rencores; cuando no era él quien los abandonaba. No terminó nunca ninguna de la tres carreras que había comenzado en otra tantas universidades. Iniciaba libro tras libro y se quedaba entre las páginas 43 y 50. No importaba si fuera ensayo, poesía o tutorial. Había perdido los pocos amigos que consiguió, pues nadie soportaba sus bipolaridades, complejos de superioridad ni remilgos afectuosos, sobre todo cuando estaba pasado de lo que fuere. Ni siquiera las terapias, que con esfuerzo lograba pagar, pudieron resarcirlo de un pasado intragable, de un estigma inusual, de una marca maldita, como la bestia que lo dominaba. Sólo quería, por primera vez, tener la dignidad del control sobre su vida. Aunque fuera para acabar con ella. Cuentas saldadas, le decían.

4. Consigna

Era pasado el mediodía cuando decidió liquidar todo. La estrategia estaba definida. Escribiría con el clavo sobre el asbesto “no investiguen, fui yo mismo”. Y, al reverso, “alumnos que aún me idolatran, luego de que mi cuerpo sea cremado, procúrense un puñado de mis cenizas, mézclenlas con coca y -en conciliábulo-, aspírenme hasta el fondo”. luego, apoyaría la cabeza sobre la Denevue desacrada. besaría la imagen del Niño de Praga, que lo acompañó desde la cuna. Se embutiría las pastillas en tres turnos de diez cada uno, con largos tragos del elixir peruano-universal. Y al compás de Bach, encendería el sendero de combustible desde el televisor hasta su cama. Cuando el fuego le sonriera, acabaría su dotación ansiolítica y, para no fallar de nuevo, pondría el cañón de la mágnum dentro de su boca cansada, hasta oir el espanto entrar en su mente.

5. Alteración

Todo iba bien, hasta que un zapping final del monitor de catorce pulgadas le reveló algo fuera de programa: acaban de confirmar el deceso de Jacko, su amado Michael Jackson. Su viejo cómplice de ‘I’ll be there’ y ‘Smooth criminal’. ¿Cómo alguien inmortal podía morir? La muerte estaba reservada para perdedores, para falaces y sofistas, para autómatas, para buscadores de fes plásticas; para él, no para Él. No para dioses creadores, no para conquistadores del alma y el cuerpo, no para sepultureros del dolor. Algo andaba mal y él no podía irse sin saber qué.

6. Desenlace

Y cuando escuchó que había indicios de un posible asesinato, se propuso hacer su propia indagación –la vida de Jacko había sido siempre su obsesión, por ser algo similar a la propia- y escribiría sobre ello, aunque se le fuera el resto de vida que él mismo se había prestado. Total, así como siempre había un París, siempre habría una nueva ocasión para nadar en el Estígio. La partida podía esperar. Otra vez.

Etiquetas: HISTORIA, MUERTE, SALVAMENTO, VERBO

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