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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 15 de febrero de 2010

CALIDOSCOPIO UN CUENTO DE FÉLIX ANESIO
















Calidoscopio

A Julia Betancourt



"Soy una historia/ Una memoria que se inventa..."
Octavio Paz-


I



Con sus vibrantes y cadenciosos colores, la polymita picta provoca una peculiar sensación de vértigo. Ellas son las eternas caracolas que solía entresacar de las cálidas arenas, con mis pequeños y tenues dedos, en Bahía de Mata, Baracoa, donde los torrentes de aire recrean prodigiosos suspiros. Al contemplar los laberintos verdeamarillos impresos en las conchas, el vértigo sobrecogía mi alma. Indiferente a las olas que bañaban mi cuerpo, sumergiéndome en aquel raudal de azules, me tornaba en otra ola, una y otra vez.
Desde la orilla, mi padre me miraba sonriente, como recono-ciendo un mutuo sentimiento de complicidad. Junto a él estaba su amigo, el ingeniero Víctor Milanov, quien nos acompañaba en los habituales paseos por la costa los fines de semana. “Mira Isidro,” le dijo, “esta situación no va a cambiar en mucho tiempo, y sabes tan bien como yo, que deberías marcharte cuanto antes; no veo otra opción.”
“¿Sabes lo que un colega manifestaba en la oficina, justamente ayer?” le preguntó mi padre. “Decía, con evidente inquietud, que esta isla no era más que una ilusión, una falacia. ¿Puedes comprender?” dijo pensativo, mirando hacia el mar, luego hacia mí, y finalmente a los inquisitivos ojos de Milanov, “muy pocos de nosotros van quedando, y aún creo con vehemencia, que no debemos privar a esta generosa tierra de sus frutos… ”
“¿Y el niño? ...¿Ves como juega con esas pequeñas conchas, como si hallara algo especial en ellas que nosotros no percibimos?” Ambos me observaban con evidente preocupación reflejada en sus rostros, aún salpicados de arena. Mientras, yo dibujaba insistentemente con mis dedos, las impecables formas y colores de las polymitas. Tomé una al azar y la elevé hacia el vasto cielo, ocultando al sol; en ese instante, fue revelada ante mis ojos, la fugaz e indeleble visión de un espléndido calidoscopio. Sí, mi deseo yacía en permanente inmanencia: transmutarme en la matizada concha. Quizás, algún día, un niño al verme cuidaría de mí, colocándome a la sombra bienhechora de un hicaco…
“Seamos discretos,” dijo mi padre, “no hablemos de estos temas delante del niño.” Víctor casi susurró: “Apenas tiene siete años.” “Sí, pero no olvides que los niños aquí maduran antes.”
Más tarde, ya de regreso a la ciudad, cenábamos en casa de Milanov: “Si nos marchamos, sería por la única razón, de que el niño no tenga que padecer ulteriores agonías; aunque sé que para mí, la nostalgia será interminable... Sí Milanov, te juro que estoy preparado, lo he estado pensando desde hace ya mucho tiempo, pero me ha faltado el coraje suficiente para partir —pege ese aviao, cantaba Chico Buarque en la radio—; para tomar ese avión, que nos lleve inexorablemente, hacia un rincón menos tumultuoso de este mundo.” Vaciaban los vasos de ron, hablaban y hablaban, mientras el humo del tabaco creaba una niebla alucinante en derredor. Yo, abstraído, sólo podía pensar en las caraco-las…, nada más. Me sentía como un tonto solitario sin la polymita. Mis pensamientos volaban arremolinados, como pájaros perdidos en medio de una tormenta; escapaban lejos, donde ya no podía asir una sola idea lógica. Ambos continuaban la plática, envueltos en las pequeñas volutas de humo que teñían el cálido aire del comedor. Súbitamente, recordé haber puesto una concha en mi bolsillo y al tomarla…





II


No hay polymitas aquí. Busqué, imploré a la arena y a las olas; escudriñé en todos los recodos. Nada. Tenía siete años y sólo sentía pesar, desilusión. Aquí en Miami las conchas —por causa de un mar extraño y negligente— están descoloridas, desparejas, rotas; no ameritan su con-templación. ¿Por qué fui privado de su belleza?
Mi padre sólo me hablaba durante la noche. Yo sentía una pro-funda tristeza... A escasos meses de nuestra llegada, casi estuve murien-do de fiebre. El médico diagnosticó neumonía. Ciertamente, creo que conocía la razón de mi deplorable estado de salud... Tuve que perma-necer en reposo por varios días, días que me parecieron interminables. Desde mi cama, a través de la puerta entreabierta, observaba calla-damente a mi padre. A veces, sentado en su sillón, envuelto en la pe-numbra de nuestra pequeña sala, absorto en sus pensamientos, hablaba mecánicamente para sí: “Milanov, extraño tantas cosas: el simposio so-bre los filmes de Joseph Losey en el Cinema Astral, el sabor del café, nuestras conversaciones, los rostros de los amigos…, todo.”
Algún tiempo después, por fin, llegó a saber de Milanov mediante una breve llamada telefónica. Este había regresado a Bulgaria, y una desventurada noche, agentes de la policía política registraron su casa. Cartas, papeles y algunos libros censurados hallados en su habitacíón, lo comprometían: fueron considerados evidencia suficiente, para encarce-larlo por el delito de conspiración.
Esta noticia lo hizo estallar de indignación. Se tornó aún más distante, irritable y sombrío; sus silencios parecían interminables. Así transcurrieron sus días y sus noches en lo adelante. Yo lo miraba compasivo, tratando de capturar alguna efímera mirada suya, y me preguntaba: ¿Era mi padre culpable del destino de Milanov?


III


Había cumplido diez años: escuela, casa, y el pequeño parque “Bahía de Cochinos” ocupaban mis jornadas. En la mañana, esperaba por el omnibus escolar; en la tarde, ya de regreso a casa, comía, hacía la tarea, leía sobre los siboneyes, veía alguna televisión y ocasionalmente bajaba las escaleras del complejo de apartamentos. Ya en la Avenida 57, cruzaba la calle y entraba en el desolado parque… Así pasaban mis días.
Fue durante este tiempo, que una tarde plomiza, al salir de la escuela en el detestable ómnibus amarillo, el chofer, no sin imprudencia, hizo un brusco giro hacia la izquierda, sin percatarse de un camión que se aproximaba en sentido contrario, a toda velocidad. El impacto fue de cierta consideración. Ambos choferes discutían acaloradamente en me-dio de la calle; algunos niños dentro del ómnibus gemían; otros lloraban atemorizados. Las sirenas de los carros de la policía se escuchaban con mayor intensidad, al acercarse al lugar del accidente... En medio de la confusión, logré escabullirme por la puerta trasera de emergencia. La razón me dictaba que los choferes no podrían continuar su labor, hasta tanto fuera aclarado el asunto…
Caminé por las calles de Miami, desorientado, desconociendo el camino más corto de regreso a casa. Inconscientemente, entré en un mo-desto centro comercial. Me paré frente a una tienda nombrada Arte y Artesanía Hispano-Americana. En la vidriera, se exhibían cuadros, cerámicas, y otros objetos decorativos. Les eché una ojeada por varios segundos; cerré mis ojos al sentir un trueno distante; algunas gotas de lluvia cayeron sobre mi frente, y rodaron por mis mejillas. Humedecí el dedo índice y comencé a trazar sobre el cristal, una espiral. Con los ojos aún cerrados continué el trazo, hasta llegar finalmente a su centro. Al abrir mis ojos aletargados, percibí detrás, hacia el fondo, un cuadro multicolor: era la polymita. Las curvas de la espiral trazada por mi dedo, coincidían exactamente con los contornos de la concha dibujada en el cuadro. Entré a la tienda emocionado… Era obra de un artista naïf, cuya firma resultaba ilegible. Luego de un breve, pero intenso regateo con el dueño del establecimiento, logré adquirirlo por sólo unos dólares.
La oscuridad comenzaba a tender su velo sobre la ciudad, cuan-do por fin llegué a casa. Parado rígidamente en el umbral de nuestro pequeño apartamento —entre el ruido habitual de los vecinos— toqué a la puerta tres veces, suavemente, y esperé… Mi padre abrió la puerta de manera brusca. “¿Dónde, dónde rayos has estado?” dijo casi sin aliento. “¿Cómo has podido…?” “¡Dáme una explicación!” Yo permanecía en silencio. De repente, sus ojos cayeron sobre el cuadro que sostenía fuer-temente en mis manos. Su semblante comenzó a manifestar un incipiente sosiego. Entreabrió ligeramente la boca, me miró a los ojos, alzó la mano… e hizo un gesto, como si quisiera verificar la realidad de la pintura. Su rostro se iluminó. Continuamos mirándonos el uno al otro, luego al cuadro…, el uno al otro…, al cuadro.
Emocionados, entablamos —por primera vez en mucho tiem-po— una verdadera y animada conversación, que rompía definitivamente
nuestra lastimosa parquedad y la aparente apatía de antes. Sonriente, posó su mano sobre mi hombro, reconfortándome. Yo respiré profun-damente…

IV


Han pasado varios años desde su muerte. Sé que él hubiera estado orgulloso y feliz, al ver concluída mi tesis doctoral en Malacología, la cual presenté ayer con éxito en la Universidad de Miami.
A mi lado se encuentra sentado Víctor Milanov, quien ha sido mi tutor y mentor durante su ausencia. El me observa mientras escribo mis memorias infantiles, y me atrevo a preguntarle: “¿Milanov, crees que alguna vez podamos regresar a la tierra de las eternas caracolas?” Me miró detenidamente a los ojos, y su respuesta no fue más que una tenue y enigmática sonrisa...



CURICULUM:
Felix Anesio, autor cubano, de Guantánamo. Fecha de nacimiento 26 Abril de 1950. Profesión--Ingeniero geólogo. Obras Publicadas: 1- La crónica "Una Ciudad Cinematográfica" (2000), publicada en la revista Alba de la diócesis Gtmo-Baracoa; 2- Libro de relatos cortos "Crónicas Aldeanas" (2009), que se encuentra actualmente a la venta en la Libreria Universal, en la Moderna Poesía, y en Zu Galería, de la ciudad de Miami; 3- Cuento "Miami Beach Blues" publicado por Art at St. John's para el musical "Wish You Were Here: Miami Beach The Musical"; 4- Actualmente, en proceso de edición el libro de cuentos en ingles, titulado "A Tale of Two Villages"; 5- Actualmente trabajando en la novela "Criaturas de Dios", previsto terminarse en el verano del 2010.
El libro "Crónicas Aldeanas" es parte del fondo "Cuban Heritage Collection" de la Universidad de Miami, y en el sistema de bibliotecas públicas del condado Miami-Dade.





 
FÉLIX ANESIO

2 comentarios:

  1. Gracias Rene por tu contribucion al arte y la literatura.

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  2. Excelente historia sobre el sentido de la pertenecia y la perdida de las pequnias--grandes--cosas que enaltecen la vida. Gracias Felix Anesio!

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