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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


viernes, 12 de febrero de 2010

HEBERTO PADILLA: Dentro del Juego. Tomado de CUBA NUESTRA

CubaNuestra
Polémica


Heberto Padilla: Dentro del Juego


Heberto Padilla es mucho más que un poeta. Es un mito aún por descubrir. Es una tesis para la vida que ha quedado postergada entre sus textos. Un hombre de su tiempo que a pesar de los avatares, siempre estuvo "dentro del juego" de los destinos capitales de su época y su generación.

El novelista chileno Jorge Edwards lo describe como un hombre nervioso, eufórico e incisivo; Pío E. Serrano habla de su generosa humanidad, su conversación reflexiva y coherente; según el poeta Raúl Rivero, era un loco fuera de tiempo porque ahora todo el mundo está de acuerdo con él. Nedda G. de Anhalt dice que Padilla encarna la dialéctica de su propia poesía: pletórica de fibra, brío y, a la vez, irónica, analítica e intrépida. Y todos coinciden en que para este hombre no había razón mayor que los versos.

Mundano por naturaleza, controversial por excelencia, enorme en toda su magnitud poética, Heberto Padilla dejó a la inmortalidad una exquisita obra literaria que está más allá de cualquier conjetura. Desde Las rosas audaces, su primer poemario a los 17 años en 1949, pasando por El justo tiempo humano en 1962, Fuera de juego en 1968, Provocaciones en 1973, El hombre junto al mar en 1981, Un puente, una casa de piedra en1998; sus dos novelas El buscavidas de 1963 y En mi jardín pastan los héroes en 1986 y su ensayo autobiográfico La mala memoria en 1989, Heberto Padilla estableció un contundente compromiso con su tiempo real, dándole al hombre el lugar que le correspondía en el propio contexto de las circunstancias.

Durante la entrevista que le hiciera Cristian Huneeus en el invierno habanero de 1971, Padilla dejó clara su posición respecto al mensaje de su poesía. «Existe un mundo al cual hay que persuadir de alguna manera, llevar por el camino que nos interesa. Pero también existe un mundo al que hay que decirle cómo es ese camino» Y eso fue lo que se propuso siempre, decir sus verdades, sus inquietudes, sus pronósticos del futuro.

Eso lo convirtió, de la noche a la mañana, de virtuoso intelectual en apestado social, en hereje ideológico, en paria. Su poemario Fuera de juego, premiado en el Concurso Julián del Casals de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por un jurado internacional en 1968, lo transformó, a los 36 años, de poeta en traidor a un proceso político del cual evidentemente se había desilusionado.

Heberto vivió su propio calvario entre 1968 y 1971 que colapsó con el histórico mea culpas que le impusieron sus inquisidores en un angosto salón de actos repleto de aterrados artistas e intelectuales cubanos, el 17 de abril de 1971. Nadie levantó su mano o su voz a favor del poeta en desgracia, nadie dentro de la isla tomó partido con su desventura. Solo el silencio y la complicidad más íntima, fueron compañeros de viaje hasta su muerte muchos años después.

“El Caso Padilla”, como ha dado en llamarse este primer atisbo de disidencia intelectual después de la Revolución cubana, plantea públicamente la intransigencia oficialista contra cualquier opinión adversa. Corren tiempos en una Europa socialista donde los intelectuales comienzan a manifestarse abiertamente contra los sistemas totalitarios. Eugueni Evtushenko y Alexander Solzhenitsin lo hacen en la Unión Soviética, Eda Kristova, Jan Patovka y Václav
Havel en Checoslovaquia y la Primavera de Praga sucumbe ante las bayonetas soviéticas.

Justo en ese fatídico año de 1968, comienza la peor crisis para un Heberto Padilla que después de haber viajado la mitad de mundo, de formar parte del Consejo Ejecutivo del Ministerio de Comercio Exterior, haber representado a Prensa Latina en New York, Londres y Moscú y ser galardonado por un jurado internacional de poesía, se convierte en una pieza de caza para los francotiradores ideológicos de una Revolución Socialista que no admite críticas.

La repercusión internacional no se hizo esperar. Más de cien importantes voces se unieron en protesta a tamaña vejación. Jean-Paul Sartre, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Jorge Semprum, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Hans Magnus Enzenberger, Carlos Fuentes y Susan Sontang entre otros tantos intelectuales protestaron enérgicamente por el arresto del poeta y marcó el temprano alejamiento de muchos de ellos con el totalitarismo cubano.

Después vino un exilio forzado, su condición de conferencista itinerante, como lo recuerda la escritora Zoe Valdés, sus aulas de Literatura Latinoamericana en diferentes universidades norteamericanas y españolas, sus constantes recorridos entre New York, Texas y Miami, donde entremezclaba en extraña alquimia a sus mejores afectos y su pasión eterna: la poesía.

Se cumplirán seis años de su muerte el 25 de septiembre. Su corazón, demasiado débil por los golpes de la vida y por las lejanías de una tierra que se le hacía imprescindible en medio de sus silencios solitarios en Auburn State University en Alabama. Unos estudiantes de su clase de Literatura Latinoamericana lo encontraron muerto, en su cama, pero con el rostro sereno, como quien abandona la vida complacido con su paso por ella. Una existencia que seguirá en la memoria de todos, «…en mangas de camisa, -según cuenta Jorge Edwards- fumándose un tabaco enorme, bebiendo un extraseco a la roca y hablando con asombro, con burla, con lucidez implacable, de la Historia, con mayúsculas.»

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