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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


jueves, 18 de febrero de 2010

TODO ESTÁ BIEN EN EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES. CARMEN KARÍN ALDREY. TOMADO DE SU BLOG SOLIGREGARIO.

Todo está bien en el mejor de los mundos posibles



Carmen Karin Aldrey, Planetas de la Mente (2009) Técnica mixta sobre lienzo



“Todo está bien en el mejor de los mundos posibles”-Moliere-

Después de tanto afán por tocar las nubes no entendía qué hacía allí, exprimida como una naranja. Adaptarse no había sido lo peor, sino aceptarlo. Recordaba que asumiendo había vivido los mejores momentos de su vida, pero el hastío se afianzaba con la edad y ya no aparecían las brújulas como en las épocas de la Gran Ciudad. Por supuesto, desde el pueblo todo era grande. Ella pensaba que la culpa la había tenido aquél regalo de cumpleaños en donde varios girasoles la abofetearon con su belleza.

-Tan lindos… y decir que es obra de un alucinado…

Pensándolo bien, no fueron los únicos responsables, también ese libro dedicado a un niño adulto que encaramado en planetas lejanos, la había conducido lentamente a la comprensión de los misterios humanos.

-Yo creo que tu problema ha sido el escozor, Teresita, y los guaguanchos…
Con las voces internas podía dialogar a sus anchas, las otras quedaban flotando, inmersas en vacíos sin sustancia y avasalladas por los ruidos urbanos, como esos ecos que viajan entre paredes sólidas o acantilados.

El caso es que estaba allí y no lo entendía muy bien. Reconoce que aquellas noches en Empedrado y Monserrate cortaron su cordón umbilical de cuajo y la hicieron tomar decisiones peregrinas el resto de su vida. Todavía podía ver al Teniente Lázaro mirándole a los ojos sin pestañar, caminando hacia ella con la mano izquierda en el bolsillo y su pistola de culata de carey resplandeciendo en la oscuridad. No hay peor espectáculo que un militar armado, irradia fuerza bruta, autoridad, y cuando trasciende a símbolo esa imagen se apodera del subconsciente de un país. Entonces es cuando dan ganas de correr, de ser irreverente. Lo sentía por aquellos, los asimilados y resignados, y lo sentía por ella misma, más que por todos, puesto que auto-compadeciéndose reconocía lo inútil de la desolación.

Estaba allí, ¿pero en dónde? No importaba el lugar, eso era lo de menos, lo esencial era su ánimo, ese que va a todas partes con el ser y sólo cambia luego de atravesar etapas necesarias. Miraba a ese otro mar estancado como un lago, muy parecido a ella. Adivinaba su boca encontrada con el océano y el eterno escapar de las olas a otros mares cubiertos por las sombras y la melancolía. No sabía si había aprendido a conocerse, envejecer no era una garantía, conocía gentes de todas partes que nunca maduraron, que siempre cometieron los mismos errores, y quizás era la vida misma con sus parámetros desconocidos la que actuaba subjetivamente dentro de cada cual creando espejismos.

Cuando recordó que fue obligada a condenarse en primera persona del plural, le vino la fiebre del Yo, otro mal que sólo se curaría amando. Por eso cuando llegaban las desilusiones retomaba con fuerza el ego y se escondía, ya no entre los cerezos, pero lejos de la cotidianeidad abrumadora y de las tertulias frívolas, un poco erigiéndose victimaria de sus propios antagonismos. Si la vida no fuera tan complicada, Teresita hubiera sobrevivido. Vivir no es sobrevivir de ningún modo.

Las nubes no eran de papel, así que se fue acostumbrando a las caídas súbitas. Las peores eran aquellas del abrir los ojos y confirmar que los cambios habían sido inevitables, un poco asombrarse del estar en un sitio diferente cada vez y no recordar en qué momento dio el primer paso para que esto sucediera, de modo que muy bien podía despertar en el Sahara como en Key West, siempre acompañada por su propia sombra o alguna que otra sayuela estampada. Qué horrible, se decía, no entender el por qué de las migraciones, el peso exagerado de su equipaje lleno de escombros intelectuales, zapatos de marca y escrituras musicales embarradas de tinta china.
Era asombroso vivir sin la memoria del presente, todo se reducía a los cataclismos del ayer, las volátiles imágenes de su infancia, los tormentos de su adolescencia que yacían muertos-vivos en una mochila que siempre se encasquetaba en cada escapada.

Recogiendo las miserias atravesaba la frugalidad con su estenotipia mental, acaparaba los versos que imaginaba escribiendo y que nunca lograba recordar al llegar a su destino, puesto que todos los caminos conducían a la Gran Ciudad y sólo allí era posible hacer uso eficiente de su maquinaria interpretativa. La locuacidad vendría mucho después, cuando empezó a marchitar y ya no le importaban la dirección de sus pasos ni las huellas de esas otras vivencias compartidas con entidades pasajeras.

Es cierto, estaba allí y veía que las gaviotas eran más gordas, que los delfines se dejaban tocar, que las estrellas eran menos o quizás más lejanas, que el neón subía y bajaba por doquier alumbrando calles tan largas como las vías del tren, y lo mejor, que ella no era notada y se unía a una muchedumbre ansiosa por desaparecer entre ordenadores, ensaladas multicolores, baños perfumados o experiencias afrodisíacas. Cada cual a lo suyo, se decía con satisfacción, nadie advierte mi caminado de botas ortopédicas, mi pelado de Juana de Arco, mis ojos de buscar otros ojos, nadie me critica ni me alaba, nadie me aplaude o me censura. Eso argumentaba llena de pasión, aunque la soledad sólo es fructífera si tienes cosas que decir, como sucedió con ella al final, pero sí supo de otros que no superaron el tedio de los monólogos y terminaron absorbidos por la nada. Estaba allí, así de simple, pero nunca se arrepintió de ser parte de una diáspora que herida buscaba su asiento, su trono, su mar, aunque nunca fueran repetibles y la nostalgia de sábanas almidonadas la despertara por las noches interrumpiendo sus sueños y sus pesadillas.

Carmen Karin Aldrey
De su libro inédito “Teresa o las Huellas” © 2002

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