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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


miércoles, 31 de marzo de 2010


TRES POEMAS (INÉDITOS) DE BELKIS CUZA MALÉ TOMADO DEL BLOG DE EFORY ATOCHA , CON AUTORIZACIÓN DE LA PROPIA BELKIS PARA NUESTROS LECTORES.

miércoles 9 de julio de 2008

Tres poemas de Belkis Cuza Malé

----Tres poemas (inéditos) de Belkis Cuza Malé.
-----
-----La canción de Sylvia Plath

Con mucho amor,
con miedo a borrarte del mapa de los vivos,
he limpiado tu libro de poemas,
como una enfermera que curase una profunda herida.
Te he recuperado de aquel hùmedo y viejo sótano,
¿te acuerdas?,
donde te dejé al cuidado de una amiga,
antes de nuestro viaje a España.
No podía llevarte conmigo:
estaba toda esa carga de seres muertos y vivos
que uno arrastra de un sitio a otro del cuarto, en las maletas,
de una desdicha a otra felicidad incumplida.
Te quedaste allí, junto a los demonios de la casa,
en aquel frío, viejo y húmedo sótano,
vociferando tu amenaza de siempre:
"I am only thirty.
And like the cat I have nine times to die".Te recuperé llena de moho, con grandes manchas
en el rostro,
un tulipán en cada cuenca de los ojos,
una muñeca cosida a tu vientre,
pero tenías el corazón radiante.
Nada te alegra más que ver la luz,
y el sótano de mi amiga es una cueva,
un cementerio de voces arrancadas de cuajo como las lilas,
y tú, llena de ideas geniales sobre la muerte,
sòlo quieres disputarle la sombra
a las pequeñas llamas del infierno.
Abril de 1989
---
---
-------------La heredera

Los herederos de Miss Holland,
de Pyne St.,
se han desecho de sus pertenencias:
una gran tetera de terracota,
una lámpara de aceite,
una huevera ligeramente desportillada,
un salero de porcelana amarilla, sin tapón,
una cajita de metal con un paisaje
que imita a Watteau y a la felicidad,
una bandeja pequeña de plata
donde alguien grabó con sus uñas
(y sospecho que con su sangre)
el nombre Scotland;
un cazo para calentar la salsa del pudding,
un tazón hondo de porcelana china
pintado con flores del Inferno;
una muñequita verde, en cera, reminiscencia
del tulipán,
que se salvó de alguna quema de brujas.
Una cajita de rapé Helme, el mejor.

Yo soy ahora la única heredera de Miss Holland,
pues del latón de la basura
rescaté su precioso legado.

Princeton, mayo 13, 1985
------- -------
------------------Maniquí
La envidio,
ella usa un vestido de dos piezas de Chanel,
una cartera de Gucci,
unos zapatos de Ferragamo.
La boca ríe con rojo de Estée Lauder
y Elizabeth Arden le delinea los ojos desafiantes.
De Ralph Lauren es el tatuaje de la piel,
y de Geoffrey Beene, las piernas.
Huela a Paloma Picasso, a agua de coco y a verbena,
no usa sostén,
pero el bikini es un diseño de Valentino.
Para el sol, cristales oscuros de la Loren.
Y a la hora de la verdad
nada como su Rolex con brillantes.
Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior
sobre hermosos brocados persas.
Si no me quisiera tanto a mí misma
me gustaría ser ella,
la dama fea del perrito.

Abril de 1991


(Estos poemas son del libro inédito, Los poemas de la mujer de Lot)
Belkis Cuza Malé, poeta, escritora, periodista y pintora cubana. Dirige Linden Lane Magazine y La Casa Azul. La otra mejilla, poemas, fue publicado en 2007 por Ediciones ZV Lunáticas. Reside en Fort Worth, Texas.
www.lacasaazul.org (web site de LCA)

UN "VIEJO" POST DE BELKIS, EN SU BLOG BELKISCUZAMALE.BLOGSPOT.COM QUE PARA MÍ Y PARA MUCHOS DE MIS LECTORES ES NUEVO.

The Way We Were: Eramos tan felices...

(A 38 años del Caso Padilla)

Belkis Cuza Malé


Boceto de Juana Borrero (1877-1896) para el cuadro ¨Nacimiento de Venus¨

Como vivo en un presente eterno, olvido contar los años. Pero alguien me habló esta mañana del Caso Padilla y de pronto recordé. SÍ, han pasado 38 años.
Entonces fui y busqué una foto de Heberto Padilla, una de ésas--creo que del fotógrafo francés Pierre Golendorf--, donde está con la misma ropa con que se vistió a toda prisa en presencia de los policías que vinieron a arrestarnos el 20 de marzo de 1971. Porque Heberto estaba durmiendo cuando la Seguridad del Estado tocó a la puerta fingiendo ser el hombre del telegrama. Dormía desnudo, lo recuerdo bien, pues el apartamento era un horno si el viejo aparato de aire acondicionado no funcionaba a todo dar.
Allí está todavía en la foto, con aquel jean color crema que le había regalado el poeta mexicano Efrain Huerta, y una camisa de cuadritos, donde prevalecía el amarillo. Aparece rodeado de nuestros libros, de la máquina de escribir y de algunos afiches, como aquel del fotógrafo norteamericano Lee Lockwood, y otro, una reproducción de un Roualt, que ponían una nota de color en el pequeño apartamento que dentro de su modestia quería ser también hogar de escritores.
Nunca he entendido la forma en que lo describió Jorge Edwards en su libro Persona Non Grata. Porque mal que bien, nuestro apartamento de entonces, en la calle O y Humboldt, a una cuadra de la Rampa, era un sitio amable,como digo, lleno de libros y cuadros, de fotos. Nada de lujos, claro. Tenía una habitación que transformamos en estudio, con un sofá cama (conseguido tras la gestión de Luis Santiago, un amigo inolvidable), y las paredes estaban cubiertas de libros y cuadros. La salita la había transformado en una cocina comedor, y al costado estaba el cuarto de mi hija, con una ventana.
Por extraños designios de la vida, las cuatro sillas de mimbre del comedor pertenecieron al dramaturgo Julio Matas, que había vivido en el edificio antes de marcharse de Cuba. A la vecina que heredó su apartamento le cambié aquellas hermosas sillas de mimbre por algo que no recuerdo.
En este mismo edificio, pero en un piso más alto, vivía la actriz Ingrid González, primero con su ex, el crítico Rine Leal, y luego frequentado por los maridos subsiguientes de Ingrid, incluyendo a Reinaldo Arenas, Noel Nicola y Joaquín Ordoqui García Buchaca. Este último solía visitarnos y compartir incluso algún que otro pato congelado que había *robado* del freezer de sus padres. El viejo Joaquín Ordoqui y su esposa, la García Buchaca, permanecían bajo arresto domiciliario en una finca de los alrededores de La Habana. Así que Joaquinito, el único que podía entrar y salir de aquel sitio, se aficionó a la conversación filosófica con Heberto, pero nunca tocamos el tema de sus padres, óbviamente prohibido, pues hubiera sido una descortesía de nuestra parte. Por mucho que me mataba la curiosidad, jamás abrí mi boca con preguntas indiscretas.
El edificio tenía fama, es decir, mala fama --y hasta un indecente nombrete--, cuando en 1967, y tras una peripecia que pudiera ser tema para una novela, me mudé allí. Habíamos recorrido La Habana y el Marianao de entonces, en el viejo automóvil del escritor Antonio Benitez Rojo, en busca del apartamento menos malo que se ajustara a lo único que me ofrecían. Yo preferí aquel que estaba cerca de la Rampa, y que aunque no tenía refrigerador (otra odisea para luego conseguirlo), ni balcón a la calle, y se accedía al primer piso por una escalera siempre a oscuras, una vez que cerraba mi puerta lo invadía la luz maravillosa que entraba por la ventana. Eso era suficiente para mí.
No podía quejarme. En 1966, divorciada, y en la calle y sin llavín, como decimos, aquel sitio se transformó pronto en un hogar para mí y mi hija. Y luego para Heberto.
Cuando entré por primera vez, no se habían borrado las huellas de los antiguos moradores, sus vibraciones. Pronto, la vecina chismosa se encargó de informarme que Caridad, que así se llamaba la inquilina anterior, se había marchado a Estados Unidos, tras haber estado en prisión. Nunca supe el nombre completo de Caridad, pero aquella manzana y otras ofrendas religiosas que encontré en un rincón, presumían que buscó la protección de los dioses africanos, seguramente con la esperanza de que se le abrieran todos los caminos.
No sé si Caridad fue feliz allí o no, pero a nuestro modo, Heberto Padilla y yo lo fuimos, amándonos, viviendo intensamente y recibiendo a amigos (ahuyentando también a unos cuantos espías e informantes de la Seguridad del Estado). Allí escribió Heberto Fuera del juego, y yo, Juego de damas. Sí, fuimos felices en O y Humboldt, aunque como Caridad, terminásemos en una celda de la Seguridad del Estado.
Al cabo de 38 años sólo deseo recordar los momentos eternos: el amor, y la luz marina que se colaba por la ventana.

viernes, 19 de marzo de 2010

PROTOCOLOS DE UN POETA. UN NUEVO POEMA INÉDITO DE LUCEVAN vagh OWEN BERG.

Levantarse tarde sin
saber qué hacer primero,
esperando la voluntad del
cuerpo.

Lavarse los dientes
con jabón.

Observar el celeste cielo de madrugada…
(7 u 8 de la mañana, clareando)
y ver cómo el sol
trata de resplandecer condensando las
pocas hilachas de nubes
haciendo del ambiente un
frio soportable y acogedor.

Levantar la cara a las alturas y,
a ojos cerrados, percibir esas
nubes respirándolas hasta lo hondo.

Intentar preparar el desayuno,
uno decente si se puede explicar
con anís o manzanilla,
sin el pan diario de cada día que
no suele haber.

Y creer pisar estrellas haciéndolas
tronar con cada paso por una torpeza…
por el cúmulo de azúcar que
cayó al piso.

Derramar las ideas con
sólo levantarse, acopiar las
ideas con sólo levantarse,
o acostarse esperando que
sea el principio de
un buen día,
diferente como este.


 L. v. O. B.




jueves, 18 de marzo de 2010

Marzo 16 de 1980: Una nueva vida BELKIS CUZA MALÉ Tomado del blog de Belkis, con su autorización.

Wednesday, March 17, 2010


Marzo 16 de 1980: Una nueva vida
Belkis Cuza Malé
En marzo 8 de 1980, Heberto --todavía en Cuba--, me llamó a New Jersey para decirme que había sido citado a las oficinas de Fidel Castro y éste lo había autorizado a abandonar el país. Al día siguiente, recibí una llamada de Jan Kalinski, asistente del Senador Edward Kennedy, para darme la noticia de la salida de Heberto, gestionada por el Senador. Una hora más tarde volvió a sonar el teléfono y era Gabriel García Márquez quien, tras casi seis meses de silencio, volvía ahora para darme la noticia. No quise ser descortés y preferí que pensara que sí, que era el primero en comunicarme la decisión de Fidel Castro.
Faltaba un mes para que se cumpliera el año de mi llegada a Estados Unidos, de la mano de Ernesto --entonces de 6 años--, con la misión de mover cielo y tierra a fin de lograr la salida de Heberto. Cabría decir liberación, pues después de nuestra detención en marzo 20 de 1971 permanecía en una especie de arresto domiciliario. Y aunque a mí se me había mantenido hipotéticamente en la redacción de La Gaceta de Cuba, no podía ni tener acceso a las pruebas de galera del magazine, ni publicar nada. Me limitaba a llegar a las dos de la tarde, firmar el libro de entrada y sentarme en aquella mesa redonda de la redacción. Pero en vez de contemplar las telarañas del techo, me dispuse a estudiar botánica, en un libro que había pertenecido a la biblioteca de Gelats (antiguo dueño de la mansión). El libro había pasado a engrosar los volúmenes de la biblioteca de la UNEAC, que celosamente dirigía el crítico y antiguo editor de Origenes y Ciclón, José Rodríguez Feo. Cuando ya aprendí todo lo que me interesaba sobre botánica, me dediqué a la costura, ante los ojos asombrados de mis compañeros de redacción. Me convertí en una especie de Penélope, confeccionando aquella sobrecama de parches en forma de rosas, que de algún modo me relajaba los nervios. Luego, como vi que el jardín de Gelats estaba perdiendo brillo y no aparecía un empleado que se ocupase, me ofrecí para crear uno pequeño a un costado de la mansión. La casa de al lado, una edificación de estilo clásico, de alto puntal y manpostería, había sido reparada y convertida en lo que luego se conoció como *la casa de los plásticos*, con taller de grabado y almacén de materiales de pintura, al frente del cual estaba el inolvidable Raúl. Hombre bueno y afable, había trabajado gran parte de su vida como doméstico en la casa de los millonarios Fallas, a media cuadra de allí.
Con el paso de los días mi jardín fue tomando forma, y llegué a sentirme casi feliz realizando una labor de jardinería que levantaba a mi alrededor murmullos de aprobación. No era raro verme incluso rodeada de escritores extranjeros que visitaban la UNEAC. De seguro no podían sospechar que aquella muchacha estaba condenada a la no existencia, como había sucedido en China con otra escritora vetada y enviada a trabajar a la cafetería de la sociedad de escritores. Esa historia me sugirió el título de mi libro Diario de una escritora con jardín (aún inédito), que recoge nuestras actividades en la provincia de Matanzas en 1970. A Heberto y a mí nos habían enviado, junto con otros, a la zona de Limonar, con el fin de participar como escritores en la zafra de los diez millones. El central, de Reinaldo Arenas, fue escrito también en esa etapa, como testimonio de aquel absurdo maratón.
Pero ahora, apenas con el anuncio de la primavera en New Jersey, mi cuerpo estaba dando señales de agotamiento físico y mental y mis defensas disminuyendo. Creo que estuve a punto de una neumonía o algo así, pero me resistía a sentirme enferma. En Miami estaban mis padres, que aunque pobres, nos habían protegído a Ernesto y a mí, y dado refugio y apoyo en aquella casita del Northwest de la ciudad que los vio llegar si un centavo en julio de 1966.
Con la amenaza -- por parte de los diplomáticos cubanos en Washington-- de que debería abandonar Miami si quería que Heberto fuera autorizado a viajar, nos marchamos Ernesto y yo en aquel ómnibus de la Greyhound. El viaje entre Miami y la ciudad de New York duraba 31 horas, pues a cada seis entraba a insospechados pueblos, para cambiar de chofer. No sólo dejaba atrás a mis padres y su protección, sino mi trabajo como redactora de la revista Fascinación, que dirigía Mercedes Cortázar. Nunca he podido saber por qué motivos aquella empresa me exigió que me sometiera a un detector de mentiras como requisito para obtener el puesto. Supongo que formaba parte de la paranoia que se vivía allí, donde la vigilancia interna ponía en duda hasta la privacidad de los baños.
Pero yo necesitaba un salario y aquel sitio, mal que bien, me lo proporcionaba, al igual que la posibilidad de escribir aunque fuese un periodismo de salón de belleza.
En la estación del Port Authority de New York nos estaban esperando mi amiga de infancia y vecina, Elkes Arjona, Elga, su hermana y una amiga que manejó hasta la ciudad, pues ellas no se atrevían. A casa de la familia Arjona fuimos a vivir Ernesto y yo. Elkes, Elga y Borjita, la madre, formaban el pequeño núcleo familiar. Las tres estaban íntimamente ligadas a mí, como sucede en Cuba con nuestros vecinos de toda la vida. Eran parte de esa familia mayor que son las amistades íntimas, además de vernos a diario, los domingos solíamos ir al cine, a la tanda del mediodía, único sitio al que mi padre me permitía salir con mis amigas. Al cabo de esas dos horas tenía que regresar a casa, pues ni pensar en contradecir su rígida disciplina.
Siempre recordaré aquella maravillosa mañana de noviembre a primera hora, en que Borjita nos despertó para que viésemos por primera vez la nieve. !Qué espectáculo de tarjeta postal!
Durante los meses que viví en su casa, me las arreglé para conseguir un trabajo como administradora en una tienda de ropas de la calle Elizabeth Avenue. El dueño era un cubano que vivía en Union City y cada semana venía a recoger el dinero que se hiciese, que a veces no era suficiente ni para cubrir los gastos. Nadie sospechaba que siendo yo cubana estuviera prácticamente indocumentada. Había entrado a Estados Unidos con visa de turista por seis meses, y hacía rato que mi estatus había cambiado. Me encontraba sin opciones, pues no podía pedir asilo político, porque hubiera echado por tierra todos mis esfuerzos para sacar a Heberto de Cuba, y la represión contra él y mi hija serían mayor. Porque en La Habana se había quedado María Josefina, entonces de 13 años, a quien su padre (mi primer esposo) no autorizaba a reunirse conmigo. Ya saben el chantaje de la patria postestad compartida, que sólo sirve para ejercer presión sobre los que intenten abandonar el país.
Cada día, Nélida Sánchez, una cubana que vivía cerca, y que pronto se convertiría en la madrina de Ernesto, lo recogía en su automovil para llevarlo a la escuela. Porque era imposible para él hacer el recorrido a pie, con tanto frío y a veces nieve. Pero yo no tenía más remedio, a pesar de la lluvia o la nieve, que caminar a diario hasta la tienda de Elizabeth Avenue, y luego en la tarde, Elga y Elkes me recogían a la salida del trabajo.
Miro ahora al pasado y contemplo con estupor mi vida de entonces, llena de febril actividad, a pesar de los obstáculos. No sólo no tenía dinero, sino que mi conocimiento del inglés era rudimentario y aún sin poder escribirlo y hablarlo con corrección, nada me impidió ponerme en contacto con algunas personalidades de este país, como el propio Robert Silvers, director de The New York Review of Books, el más prestigioso magazine literario de entonces, donde Heberto mismo había publicado algunos poemas estando todavía en La Habana. Tanto Robert (Bob) Silvers como Susan Sontag habían visitado Cuba poco antes del proscripto Premio Julían del Casal otorgado a Heberto en 1968. Recuerdo que nos reunimos con ellos en el Hotel Nacional, en animada charla. De ese primer contacto surgiría años más tarde la solidaridad con Heberto, tanto de Silvers, como de Susan Sontag. Y gracias a ellos, y a otros amigos intelectuales, fueron posible las gestiones con el Senador Kennedy, y las del propio Bernard Malamud, entonces Presidente del Pen Club Internacional y quien le escribió directamente a Fidel Castro.
Mientras, en el tenebroso fondo, se movían las figuras de los funcionarios de la Misión de Cuba ante las Naciones Unidas. Y en especial la de Jesús Arboleya, un personaje que entonces era una especie de agregado cultural de Cuba, cosa que legalmente no era posible, al no existir relaciones diplomáticas entre ambos países. De todas formas, a pesar de ser diplomático ante las Naciones Unidas, Estados Unidos no le permitía traspasar el perímetro territorial establecido por el Departamento de Estado.
A Arboleya lo había conocido en ese primer viaje que hicimos Martha Padilla (la hermana de Heberto) y yo a la ciudad de New York, para entrevistarnos con él, según me pidió en llamada teléfonica a la casa de mis padres. El gobierno cubano quería conversar conmigo sobre *mis planes*, y yo no perdí tiempo en complacerlos.
A la entrada del edificio de la Misión cubana, nos encontramos un espectáculo único: la policía neoyorquina custodiaba el sitio, y el frente estaba acordonado con una cinta amarilla en señal de peligro. Todavía se veían cristales rotos y otras averías, pues un día antes había explotado allí una bomba casera, obra, decían, de la organización anticastrista Omega 7.
Como la situación en la Misión era caótica, en cuanto Arboleya bajó a recibirnos, nos ofreció cruzar la calle y conversar en un pequeño restaurante italiano que había al frente. Durante la conversación llegamos al punto crucial cuando le oí la propuesta que el gobierno cubano me hacía: que yo regresara a Cuba y de este modo volveríamos todos juntos. Es decir, Heberto, mis hijos y yo.
No sé cómo, pero me oí contestándole con una especie de evidente alegría, pues por primera vez estaba ejerciendo mi libertad de expresión frente a un individuo que representaba al régimen represivo de mi país. "Mire, puede usted decirle al gobierno cubano que yo no regreso a Cuba. Que aquí me quedaré esperando por Heberto*. Funcionario al fin y al cabo, instruido en la obediciencia, no me contradijo, sino que se ofreció a llevarnos de vuelta a Elizabeth, a la casa de las Arjona, donde también nos alojamos durante esos días. Fue realmente un riesgo, lo confieso, pues hubiéramos podido ser secuestradas. Al menos yo, cuyo estatus legal de entonces les permitía cualquier cosa. Pero Martha, que residía en Miami desde antes de 1959, era ciudadana americana.
Ese contacto sistemático, que continuó por teléfono cuando ya habíamos regresado a Miami, y que no dejó de existir hasta la salida de Heberto, me permitió conocer ciertas actitudes de otros cubanos residentes en este país y que ejercían como profesores en cátedras universitarias. O eran simples escritores y artistas.
Con la falsa promesa de que me ayudaría a encontrar una plaza como profesora asistente en un departamento de español de alguna universidad, Arboleya me entregó entonces una lista de 87 profesores y escritores cubanos del exilio que según él mantenían contacto regular con su oficina. Es decir, con él, un alto funcionario de la inteligencia cubana. Y recuerdo muy en especial su recomendación de que no dejara de llamar a uno de ellos, que vivía en Connecticut, porque luego este individuo se quejaba de estar siendo marginado.
A la par de esta conexión oficial con el gobierno de Cuba, yo arañaba cielo y tierra para encontrar a los personajes adecuados que pudiesen tocar con éxito a la puerta de Fidel Castro y solicitarle la merced de dejar salir del país al poeta Heberto Padilla. Sin embargo, aunque sostuve varias conversaciones telefónicas con el escritor Gabriel García Márquez --a veces de más de una hora--, no dejaba de sorprenderme cuando le oía expresarse como un comunista de partido, atacando a Estados Unidos. Pero mis esperanzas estaban puestas en el Senador Kennedy y su gestión directa con Fidel Castro. Nada de esto lo sabía Arboleya quien cada vez que me llamaba (ya no lo vi más en persona) era para mentirme y darme falsas esperanzas.
García Márquez me había dicho, en un tono que intentaba ser convincente, que si yo le enviaba un telegrama a Fidel Castro, señalando que él me lo había pedido, no pasaría ni un mes en que se produjese la salida a Heberto. Entre las indiscreciones cometidas por el Premio Nobel estaba la de comentarme que él había hablado mucho con los altos jefes de la Seguridad Cubana intentando persuadirlos de la conveniencia de dejar ir a Heberto. Y aclaraba que había algunos en la Seguridad que se oponían.
Pero pasaron los meses y Heberto seguía en La Habana. Hasta ese inolvidable mes de marzo. Siempre marzo. La llamada de García Márquez a la casa de las Arjona no dejaba dudas de que ahora el viaje de Heberto era inminente, sólo que no sería directamente a Estados Unidos, sino a Madrid. Yo, por supuesto, no estaba en condiciones de irme a Madrid, y por eso le expliqué por teléfono que mi estancia en New Jersey era precisamente debido a que el gobierno cubano me había exigido que saliera de Miami para que la llegada de Heberto se produjese. De modo que le insistí en que hablara esto con las autoridades de la Isla. García Márquez me volvió a llamar en un par de horas para informarme que Heberto saldría hacia Canada, cosa que también me inquietó. ¿Cómo iba yo a trasladarme a Canada, sin recursos y con un niño pequeño?
Al asistente del Senador Kennedy le expuse mi preocupación y me afirmó que Heberto sólo estaría de paso y que él lo iba a ir a recoger al aeropuerto de Montreal y le llevaría un abrigo.
A New York llegaron los hijos de Heberto, y Martha, la hermana, con su hija Marthica. Nos alojamos todos en un hotel cerca del aeropuerto La Guardia, donde por orden del Senador Kennedy teníamos reservadas habitaciones para una estancia de tres días. Estaba planeada una comparecencia pública de Kennedy, dándole la bienvenida al poeta. En esos días Kennedy aspiraba a la Presidencia y estaba en plena campaña electoral.
Creo que más que el tiempo transcurrido, las tensiones para lograr la salida de Heberto, y el sufrimiento por todo lo que rodeaba entonces nuestras vidas contribuyo a que en su momento yo borrase de mi mente muchos detalles desagradables. En medio de la alegría del momento, yo estaba muy triste. Sabía que sólo había conseguido una victoria parcial, pues mi hija permanecería de rehén en la isla (y sí, no me equivoqué, estuvo diesiocho años, hasta que pudo abandonar Cuba en 1997).
Por ejemplo, intento recordar ese primer momento en que volví a ver a Heberto tras su llegada de Montreal, y no puedo. Sólo lo recuerdo horas después, ya cambiado de ropa, con un traje negro muy elegante que le había traido su hija Giselle. Y recuerdo también cierto pequeño alboroto cuando se presentaron en nuestra habitación los agentes del FBI que acompañaban a Kennedy. LLegaron primero e inspeccionaron a vuelo de pájaro la estancia y a los pocos minutos se apareció el Senador, quien tras saludar efusivamente a Heberto, nos invitó a que lo acompañásemos al salón donde iba a producirse su encuentro con la prensa.
Yo estaba desde hace días sintiéndome mal, muy acatarrada, y sin fuerzas. Lo peor era que en medio de mi batalla por lograr la salida de Heberto, no me había preparado para ese momento, y como no disponía de mucho dinero (pues todo se iba en pagar llamadas a Cuba y a otros sitios) no tenía ninguna ropa presentable. Sólo aquel abrigo negro largo de nylon enguatado, con el que había estrenado una visita a la ciudad de New York, invitada por los escritores Helen y José Yglesias. Ahora, con el comienzo de la primavera, necesitaba ropa adecuada. Nélida, que además de llevar y recoger a Ernesto de la escuela, se había convertido en mi amiga, resolvió el problema. Le pidió prestado un abrigo de temporada y un vestivo, a una amiga suya urugüaya. El vestido era lindo, y el abrigo también, pero ninguna de las dos prendas eran lo suficientemente fuertes para la nevada que inesperadamente cayó el 16 de marzo de 1980, día de la llegada de Heberto. El viento helado terminó por empeorarme, y durante ese tiempo que estuvimos en el hotel no pude levantarme de la cama.
Con los ojos achurrados y tiritando, bajé al salón donde el Senador Kennedy le daba la bienvenida a Heberto. Todavía me parecía mentira. De ese día son las fotos con Kennedy, en el hotel. Al día siguiente el The New York Times publicaría una extensa crónica sobre Heberto Padilla y su salida de Cuba tras gestiones directas del Senador Kennedy con Fidel Castro.
Comenzaba una nueva vida para nosotros. Pero llena también de nuevas luchas y confrontaciones con los que no querían aceptar, incluso aquí en Estados Unidos, a este poeta que les había aguado la fiesta. Cuba era una tiranía espantosa que terminaba por devorar a sus propios hijos. Pero como el título del famoso documental, nadie escuchaba.
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Nota: gracias a Reinaldo García Ramos por el recorte del The New York Times.

lunes, 15 de marzo de 2010

El poeta Dalit Rafael Escorcia Marchena, es un ser que un once de septiembre de 1956, en la ciudad de Barranquilla, vino al mundo sin un destino reprogramado, pero la naturaleza lo ha ido dotando de una sensibilidad capaz de hacer posible la construcción de un universo, desde la palabra, con la única y verdadera intensión de sentirse útil a la humanidad. Desde esa perspectiva, se encontró con la docencia, en un medio donde no es nada fácil la convivencia (zona marginal de la ciudad), sin embargo, halló en la poesía un instrumento, que a lucha de afinarlo, y a golpes de ensayos, de errores y aciertos, ha ido forjando un armónico discurso, que aquel que lo escucha se queda pensando: “¿Por qué sus cuentos y versos, se han ido dilatado en el tiempo su entrega a los ojos y oídos ávidos de sentir sus mundos y cantos?”. Mas, cabe la posibilidad que muy pronto su obra brote y se riegue hasta por los espacios más recónditos de la geografía universal.

Actualmente, vivo del la docencia aportando mis ideas a nuevas generaciones en la Institución Educativa Distrital Inmaculada Concepción-Barranquilla, Región Caribe-Colombia.







LAS MALDICIONES CREADAS
(La mata de sábila)
Esa tarde, la mata de sábila cayó, del dintel de la puerta, en el piso; comenzó a destilar un líquido bilioso. La abuela palideció, sus facciones se crisparon preocupantes como si aquello fuera símbolo de una desgracia. ¿Agüeros? Se sobresaltó; sintió esa voz y recordó a la vecina Eulalia, a ella también se le había caído su mata… y lo mismo le pasó a doña Petra la semana anterior. A la primera, el marido se le accidentó en el trabajo, a los dos días del funesto acontecimiento. Y a la otra el negocio comenzó a quebrársele, nadie le compraba ni nadie le pagaba.
“Qué me iría a pasar a mí”, pensaba la abuela, rascándose la cabeza. Toda la noche la invadió una terrible preocupación, las pesadillas se turnaban sin descanso hasta la llegada de la madrugada. Sin embargo, estaba segura: ser viuda y no tener negocio alguno… pero le temía a la muerte. Entonces, decidió ir temprano, sin rodeo, a la casa de un indio que vivía en el barrio San Isidro, rodeado de siete gatos negros y un olor a brebaje emparentado con el sudor en el ambiente de un cuarto.
Al llegar la casa estaba llena de caras largas y compungidas; aquello daba la impresión de ser una de las antesalas del purgatorio. Ella tenía que esperar su turno, pero eso no le preocupó… si lograba averiguar lo sucedido saldría de allí satisfecha, se dijo, con los nervios en su lugar, dispuesta a seguir dando la batalla. Pero la cabeza le daba vueltas. En barajaba nombres como si estos fueran naipes. Intentaba recordar los agravios y males cometidos, sin justificar lo ocurrido por aquellos. El nieto la veía, por ratos, hundirse en sus cavilaciones, mientras él seguía jugando, entre las bancas, con sus bolitas de uñitas.
Al fin… le correspondió su turno. Entró. Al trasponer la puerta chocó su nariz con olores acres a hierbas, brebajes y sudor. Su mirada se posó en la imponencia del indio alumbrada por la luz lacia de tres candelabros y la sombra gigante proyectada en una de las paredes mugrienta y escarchada. Los gatos… esos animales misteriosos, saltaban de un lugar a otro, sin control, pasando de las sillas a la mesa y viceversa, armando un estropicio; esas criaturas no se estaban quietas, siempre intranquilas, husmeando, como celosos guardianes, cada rincón del cuarto.
Afuera se sentía la brisa de marzo azotar las paredes, y adentro seguían las llamas de los candelabros como sin nada ocurriera. De vez en cuando, se filtraba el ruido de la calle, de los autos y la música de las cantinas alusivas al carnaval. Los ruidos iban y venían, se agolpaban en los rincones y hacían más misterioso el lugar. El indio se puso de píe y caminó hacía la abuela, la tomó de las manos y lanzó un grito que acalló todos los ruidos. Los gatos saltaron y se posaron a sus píes, y las velas de los candelabros se avivaron aún más.
El nieto recordaba: “No era la primera vez que la vieja me traía a estas cosas… pero siempre, Yo hallaba algo nuevo y extraño, era un mundo muy misterioso para mí. Yo me entretenía jugando con mis bolitas de uñitas hasta la hora de entrar a la consulta; era mi rutina. Y luego partíamos, yo preguntándole acerca de las cosas que veía y ella regañándome, dándome de vez en cuando mis coscorrones.”
Allí le mostrarían, en un vaso con agua, el rostro de su enemiga o enemigo tal vez riéndose… Al salir, no podía creer lo que sus ojos habían visto; cómo sospechar de esa señora, si era como si fuera su hermana, además era como alma de Dios. Mas el indio se lo había dicho… y no sólo eso… le había mostrado el rostro… entonces por qué no creerlo. Y pensó: “En esta vida no hay que fiarse de nadie”. Y cargada de hierba y brebajes, dispuesta a seguir ciegamente las instrucciones del indio, se enrumbó hacia la casa llevando de la mano al nieto que sorprendido le preguntaba por esto y por aquello… temeroso de la reacción de la abuela.
A los ocho días, la abuela volvió llevando todo lo que el misterioso hombre le había pedido. Para ello, le tocó vender hasta la última prenda que había heredado de la abuela Encarna. Y salió de nuevo cargada de frascos con líquidos ambarinos y hierbas verdes y secas, con una sonrisa maléfica en su rostro… que hasta me causo curiosidad la forma como, cada día, la vieja se iba pareciendo a uno de los gatos del indio.
El nieto recordaba: “Llegaba a la casa y se encerraba en un cuarto y comenzaba a saltar de una silla a la mesa, y de ésta a la butaca, se asemejaba a una pantera herida. Nunca me dejó entrar y presenciar su ritual; pero yo me las ingeniaba para observarla por una rendija, que cuidadosamente, descubrí en la puerta. Así pasó un mes. No volvimos más al barrio San Isidro, ni la escuche hablar del brujo, ni de su mata de sábila, mucho menos de los gatos… Ese día, cuando volvió a mencionarme el tema, hasta a mí se me había olvidado que la vecina Eulalia tenía más de un mes de muerta; y todos los vecinos, con mirada acusadora, observaban a la abuela, cuando los dos nos sentábamos de tarde en tarde a esperar que llegara mi madre del trabajo. Ella simplemente me dijo: “-Ese maldito indio nos estafó a todos, ese no fue el rostro que me mostró, pero yo si tenía mis sospechas sobre esa vieja cancleca”. Y soltó una terrible y estruendosa carcajada de satisfacción. Así quería justificar su maquiavélica equivocación. Pobre abuela. Hoy está recluida en un manicomio”.
El nieto guardó la fotografía de la abuela en el fondo del baúl. La madre entro al cuarto llevando en sus manos una brillante herradura que había comprado en el mercado para colgarla detrás de la puerta de la calle, porque alguien le había dicho que era sinónimo de buena suerte. El miró a la madre con desconfianza y salió rápidamente del cuarto donde la vieja guardaba sus secretos.



LAS MALDICIONES CREADAS
(La Herradura)
El joven no se sorprendió… Al regresar del ejército, sus ojos buscaban con ansiedad el cuarto que había sellado su mamá, desde aquel día que se supo que su abuela jamás volvería a la casa. Y él, no se sorprendió; porque ya, en una carta, ella le había contado, que por consejos de un curandero que visitó, en el barrio Abajo, se había desprendido de muchos chécheres y amuletos que su abuela, con mucha cautela, conservó por mucho tiempo como herencia recibida de la abuela Encarna. Los guardaba desde aquellos años en que se le había caído su mata de sábila del dintel de la puerta de la calle.
Pero, él, al cerrar la puerta, detrás de sí, tampoco se mostró tranquilo. Sus ojos se dieron con la herradura que su mamá había guardado hacía bastante tiempo en aquel cuarto… y lo más curioso: estaba clavada en el mismo lugar donde, alguna vez, estuvo colgada aquella mata de sábila que se pudrió y cayó al piso, derramando aquel líquido bilioso, que esa vez, le dio tanto miedo. No obstante, ya él no era un niño, contaba ahora con veinte años; además, se vio aún más tranquilo, porque era más difícil que ese amuleto cayera al piso desparramado.
Y volvieron a su memoria aquellos momentos vividos con su abuela Dioclesiana, en la casa del indio y sus gatos, en el barrio San Isidro. Recordó también todas aquellas desgracias que habían golpeado a la familia, la muerte misteriosa de algunas de sus vecinas y la enfermedad demencial de la vieja.
Estaba en ese estado meditativo cuando vio entrar a la madre con una vela encendida, y los ojos llorosos. Se le acercó y le preguntó por el motivo de su llanto, y ella lo miró a los ojos y le respondió, muy despacio: “Son cosas de la vida, hijo…” y salió, sin terminar la expresión, por la puerta falsa, hacia el patio. Entonces, él sintió que algo del pasado seguía colgado, ya no detrás de la puerta como la herradura sino en su conciencia.
Se dijo: “de ahora en adelante, me dedicaré a buscar y a encontrar todos los misterios y enigmas que se guardan en cada rincón de esta casa”. Esa noche, intentó conciliar el sueño; pero, como en las anteriores, volvió a sumirse en aquellas pesadillas, donde él era perseguido por aquel indio, cuyo rostro jamás olvidaría, quien montaba en un caballo que sólo mostraba tres herraduras en sus patas… y era seguido por esos malditos gatos. Entonces, corrió tanto que cayó rendido en el patio de aquella casa, de sus recuerdos, en el barrio San Isidro. Y el caballo y los gatos pasaron raudos sobre él; fue tanto su miedo que despertó sobresaltado. Y la madre lo contemplaba, sorprendida, parada al píe de su cama, y observando como el sudor empapaba su rostro. Ella le preguntó: _“¿De nuevo las pesadillas?”_.Él no la quiso angustiar, y le dijo que no era nada, que eso era normal; que le había contado un Psicólogo adscrito al batallón, que eso siempre ocurría cuando se regresaba del ejército o cuando se había estado en combate.
Se levantó. Caminó por el cuarto, se llevó la mano al rostro y se sintió sucio. Se acercó al espejo que tenía colgado en la pared del fondo. Y al verse en él, halló el rostro de aquel indio fantasmagórico; inmediatamente, llamó a la madre y le preguntó: _ “¿Madre, a quién me parezco yo? Y ella, sin ningún titubeo, le respondió: _ “A tu padre. ¿Por qué?”_. Entonces él, mirándola compasivamente, le dijo: _ “Ya sé el misterio de mis sueños y pesadillas… y el origen de esa bendita herradura”_. La madre, lo miró de reojo, apagó la vela y salió del cuarto cerrando la puerta detrás de sí.
Todo volvió al silencio, pero él se sintió vigilado por catorce chispas de fuego que se movían como luciérnagas en la oscuridad del cuarto. Metió la mano debajo de su almohada y sus dedos tocaron un objeto duro, en forma curvada, envuelto en una cinta de seda. Y nuevamente, concilió su sueño, con la certeza de haber atado su historia a aquel amuleto… Una emblemática parte, de ese caballo, que únicamente había podido ver en sus malogrados sueños.
Muy al fondo del patio, escuchó la voz de la madre que le preguntaba a su tía si le había encontrado la oración de San Judas. Volvió a cerrar los ojos. Era consciente que mañana era lunes y le tocaba salir a buscar en forma urgente un trabajo. Y como estaba la situación, necesitaba más que suerte. Escuchó otra vez, pero muy lejanas, las voces de la madre y su tía. Sin embargo, ya su sueño iba cabalgando sobre su enigmático caballo… y sus tres herraduras relucientes levantaban el polvorín de la calle principal del pueblo.

LAS MALDICIONES CREADAS
(María Leyendo Las Cartas)
“Buscar tu realidad en el fondo de mis fantasías me ha costado tantos dolores de cabeza, que hoy, temo por este juego de palabras que me han conducido al fondo del fracaso… Sin embargo, siento que tu realidad me ha transportado por un doloroso camino, y suspiro y pienso que lo que yo soñaba, para ti, era simplemente una pérdida de tiempo. Entonces, me enredé; fui al precipicio, y en el fondo de ese abismo, hoy me encuentro…”
Ella escuchó mi voz. Abrió los ojos, se detuvo a mirarme. Sentí fastidio. Sus reclamos me sacaron de mis pensamientos, me trajeron a la realidad. Que lástima, ya me faltaba poco para cuadrar mi cuento, esa canción que estaba componiendo teniendo como apoyo la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Por eso pienso: “nada me ha sido fácil”. Tú te llevas, cada vez que puedes, esos felices momentos. Cierro nuevamente los ojos e intento olvidarme de tu voz, pero ella no me deja, se cuelga de mis oídos. Vuelvo y abro los ojos. Me da miedo. Siento que algo turbio me invade. Entonces opto por levantarme de la cama y dejarla sola, mascando su rabia, consumiendo mi espacio y mi tiempo, negando mi fantasía con su realidad. Me siento torpe, porque ella, con gritos, espera que yo regrese. Pero ya he tomado mi decisión. O la mato y me suicido, o me suicido y dejo que ella se consuma en su propio veneno.
La lluvia se me vino encima. Fue tan silenciosa que no la sentí llegar. Hay veces que me fastidian las gotas, pero esta vez no; me siento como cuando era niño, que corría por las calles llenas de charcos y me metía en cuanto chorro encontraba a mi paso. Los demás niños también hacían lo mismo. Hoy siento que las aguas de lluvia me fastidian, me dan fobia, y presiento que me puedo enfermar. Por eso decido ocultarme en cualquier alar. A veces llevo paraguas, pero en esta ocasión lo he olvidado. Hasta creo que fue buena idea, sino hubiera sido así, no sé qué me hubiera pasado.
Ella seguía sentada en la cama, aspiraba el humo de su cigarrillo, lo veía disolverse en las cuatro paredes de ese cuartucho de malas pulgas que, por sus consejos, él había tomado en arriendo la noche anterior…
Sé que no me ama. Nunca lo ha hecho, sólo me usa como un objeto de sus pasiones sexuales. Presiento que él es un miserable pero, en el fondo, siento que más miserable soy yo, que me he dejado llevar por su juego. Sé que algún día Emiro tomará la determinación correcta y yo estaré allí para ayudarle… Realmente, son largos años de espera, tiempo en que lo he visto hundirse en su mierda. Esa retórica banal de resentido contra todo el mundo. Ya nadie lo mira; pasa sobre él como si fuera un cero a la izquierda, eso es lo que más le disgusta, lo pone de mal genio. Ahora, me ha dejado esperándolo, mientras va al retrete y se descarga de todo ese peso físico que lleva en sus entrañas y el peso de su conciencia que lo agobia y no lo deja dormir. Tengo la certeza que algún día no saldrá del baño… y allí estaré yo para ser la primera en ver su espectáculo final: su última presentación en público. No sé qué tiempo real tendré que pasar a su lado antes que se cumpla mi presentimiento. Ahora sólo me queda esperar… y esperare.
Ahí debe estar sentada en el borde de la cama, como quien hace la maldita lectura del tarot. No puede quedarse sola un segundo, está tan metida en ese mundo de las cartas que ya se las sabe de memoria, y juega con ellas aunque éstas las esconda en el lugar más remoto, como en este instante. Me la imagino cuadrándolas, de tal forma, que su lectura será escatológica y su presentimiento se ajuste a mi realidad. Ya sé lo que me va a decir, si es que salgo de aquí… si es que esta maldita depresión no me conduce derechito al “batraciao” que guardo en mi bolsillo. ¿Cómo haré para entender a María? Siempre vive criticándome, pero cuando yo me deprimo, me consuela y corre a buscar el dinero para comprarme el vicio. Sé que ella quiere que yo me muera, por eso hace eso. Está tan segura de mi muerte, como yo lo estoy, de sus malvadas intenciones.
Lo he visto perderse. Sé que todo lo comienza y termina con un mal pensamiento. Ya estoy cansada de sus ataques de grandeza, de sus locuras. Pero no lo dejo porque no sé cómo va a reaccionar cuando se halle solo. Estoy segura que volverá a tomar las calles. Se hundirá cada vez más en sus heces, y entonces si será difícil volverlo a la realidad. Estoy plenamente segura que, Emiro, ya no es más de ahí. Cuando yo le leí las cartas por primera vez, le mostré un camino promisorio, podía llegar lejos con la nueva trova; en verdad no me creyó, pensó que eran vainas mías, que la gitana que me enseño me había estafado. De pronto en ese momento tenía razón, pero con el tiempo yo aprendí, y de allá a acá, todo lo que le he dicho le ha salido cierto. Sin embargo, no me atrevo confesarle la verdad sobre lo que vi ayer en la última carta que le leí. En verdad me duele… pero le mentí; y le mentí porque sé que no resistiría la verdad de esa carta. Si fuera yo, también me pasaría lo mismo, desearía haberme equivocado. Pero esa carta no falla. Sólo estoy esperando ese momento, tal vez su impotencia viril y esta llovizna, en pleno mes de mayo, sean la señal. Pero no puedo asegurar nada porque él con su miedo me ha escondido las cartas.
Él, en cuclillas y lleno de resentimientos, se miraba entre las piernas; veía su órgano, flácido, colgar como un ser desfallecido. Lo tomó entre sus manos e intentó reanimarlo, pero no reaccionaba. Se llevó las manos a la cabeza… sintió que el mundo se le venía encima; maldijo el día que se había tropezado con María, y juró vengarse de ella, por todos los conjuros que le había hecho. Se puso de píe y le lanzó una mirada triste y nostálgica a su encogido pene.
Es María, con sus cartas, la única responsable de todas mis desgracias. Desde que ella aprendió ese arte, y dejó a un lado el canto, la vida se me volvió un ocho… yo siempre se lo dije: “ve, María, no sigas desafiando lo arcano, es mejor vivir la vida sin estar retando los misterios que nos guarda el futuro y lo tuyo, sinceramente, es la música… nos podemos llenar de plata, y eso lo sé yo sin utilizar esas porquerías de cartas”. Entonces, ella me daba media vuelta, se reía, y se iba cantando: “¡La vida nos da sorpresa, sorpresa nos da la vida! ¡Ay, Dios...! ¡Pedro Navaja, ladrón de esquina, al que a hierro mata a hierro termina!”. Mientras la veía perderse detrás de la cortina que dividía el cuartucho, y yo me quedaba sumido en el silencio, maquinando la forma de deshacerme de ese maldito maleficio. Y tomé la firme decisión de terminar con ella. Abrí la puerta y me lance a la calle, como un perro “picao” de mal de rabia.
María, se había quedado dormitada. No sintió el ruido de la puerta cuando Emiro salió hacía la calle. Soñó con él cuando apenas tenían semanas de haberse conocido. Lo vio con su sombrero cubano, vestido de guayabera blanca y pantalón de dril del mismo color; además, llevaba puesta unas abarcas trespuntá; en las manos llevaba una guitarra e interpretaba una canción de Piero, aquella que decía “algo” sobre los estudiantes. Ella sentía la música, pero no distinguía muy bien su letra. Esa imagen, de él, nunca se le ha borrado de su mente, y eso que han trascurrido más de veinte años. “¡Lástima!”, exclamaba para sus adentros, “quién iba a pensar que al encontrarse conmigo, y yo aceptarlo como era, con sus vicios, iba ser peor la medicina que la enfermedad”. Se despertó sobresaltada y corrió hacia el baño presintiendo lo peor. Empujó la lámina de zinc que hacía las veces de puertas, y sus ojos se hallaron con un vacío; pero su corazón bajó su ritmo, y se fue tranquilizando lentamente.
Para donde habrá cogido ese perro; él cree que me va a chantajear. Y para colmo de males, me escondió las cartas. ¡Ya llegará el día ¡ ! Ya llegará el momento en que tenga que venir a pedirme que lo perdone! ¡Porque de hoy en adelante le cortaré todos los servicios! Ya lo verá llegar, como siempre, con una mano delante y otra atrás… y ahora es peor, porque ni el aparato le sirve a ese cabrón. Yo sé lo dije, que como lo usara con otra mujer, no le iba a servir sino para mear. Y no me hizo caso, el muy perro. ¡Lástima! Porque hasta buen mozo que era; pero idiota ponerse a creer en lo que dicen las cartas. Debe andar por ahí, deambulando, buscando quien le levante el conjuro. Pero ya es demasiado tarde. ¿Quién podía curarlo, sí ya se le murió?
Ella, María Andrade De Lázaro, descendió de su monólogo interior y se sentó, nuevamente, en el borde de su cama, con la esperanza de que él volviera… porque ya comenzaba a sentir nostalgia, por esas cartas, por él, su Emiro, su pájaro, y su ardoroso y solitario nido. Se miró en el espejo que colgaba frente a la cama, pero su rostro ya no era el mismo, los años lo habían ajado tanto que le dio vergüenza de sí y, cerrando sus ojos, se tiró nuevamente en la cama, pero ya no le quedaban fuerzas en su memoria para seguirlo recordando.

sábado, 13 de marzo de 2010

HEBERTO PADILLA, EL NACIMIENTO DE UNA ESPERANZA. TOMADO DE EL PAPEL LITERARIO DEL DIARIO VENEZOLANO "EL NACIONAL".


EL NACIONAL - Sábado 13 de Marzo de 2010 Papel Literario/2
 

Papel Literario

Heberto Padilla, el nacimiento de una esperanza "Dichosos los que miran como piedras más elocuentes que una piedra, porque la época es terrible".

Heberto Padilla


ÉRIKA ROOSEN



"El hombre al margen" Contrario a lo que él hubiese querido, siempre que se recuerda a Heberto Padilla se da prioridad a su padecimiento político por encima de su creación poética. Suele comentarse que la Revolución cubana, aunque había mostrado en sus inicios un falso interés por fomentar el pensamiento crítico e intelectual, pronto reveló su verdadero espíritu totalitario al condenar y encarcelar a Padilla por su poemario Fuera del juego.

Las consecuencias de esta injusta condena no se hicieron esperar en el mundo intelectual, propiciando así la primera ruptura generalizada con los ideales de la revolución. Escritores de izquierda, como Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, encabezaron las protestas que, si bien consiguieron la liberación de Padilla, no lograron influir profundamente en los basamentos totalitarios del régimen. Por eso, tras el "caso Padilla", fueron muy pocos los intelectuales que a nivel mundial continuaron apoyando a Castro, como si la actitud obediente y complaciente que su revolución exigía fuera ajena al espíritu reflexivo, crítico y libre que marca siempre el genuino interés intelectual.

Es comprensible que, luego de su temporada en la cárcel y su exilio político posterior, a Padilla se le relacione siempre con esa temporada de sufrimiento. Sin embargo, mucho más elocuente y profundo que esta historia conocida resulta ese "peligroso" poemario por el que fue condenado. En su totalidad, Fuera del juego está compuesto por poemas que no apelan a la profusión de imágenes sino a la palabra cruda y fuerte, "a la desnudez del alma que sólo busca llegar al lector a través de su tono estremecido", como alguna vez afirmara Eugenio Montejo sobre la poesía de Leoncio Martínez.

Y ese tono estremecido, en el caso de Padilla, tiene que ver con un sentirse desencajado, sacado de su centro y de su calma por un tiempo ineludible. En este sentido, uno de los poemas centrales de su libro se titula "El hombre al margen" y sus versos reflejan una suerte de confesión desgarrada: "Él vive más acá del heroísmo / (en esa parte oscura); / pero no se perturba; no se extraña. / No quiere ser un héroe, / ni siquiera el romántico alrededor de quien / pudiera tejerse una leyenda; / pero está condenado a esta vida y, lo que más le aterra, / fatalmente condenado a su época". Una época en la que "los poetas cubanos ya no sueñan" porque "está obligado el ojo a ver, a ver, a ver". Así, la imagen que aparece constantemente a lo largo del poemario es la de ese hombre arrancado de su paraíso, condenado a una realidad que se adueña de su vida y lo arroja a la intemperie.

"¡Al poeta, despídanlo!" Se trata claramente de una terrible lucidez. Las líneas de los poemas de Padilla se van convirtiendo en espacios para la revelación puesto que, en todo momento, la imagen poética tiende los puentes que la historia y la política niegan. Así, el "enemigo" se va convirtiendo en el "condenado": sutil diferencia de términos que, sin embargo, hace añicos cualquier justificación ideológica. "Cuando alguien muere, / alguien (ese enemigo) muere / de frente al plomo que lo mata, / ¿qué recuerdos, / qué mundo amargo, nuestro, se aniquila?", se pregunta el poeta y, tras ese cuestionamiento, se lanza a un discurso que pretende, sin lugar a dudas, ser entendido en su sentido exactamente opuesto: "pero, Revolución, no desertamos". Es así como queda finalmente el poeta Fuera del juego, convirtiéndose en un hombre al que hay que despedir porque "No se entusiasma. / No pone en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros. / Se pasa el día entero cavilando.

/ Encuentra siempre algo que objetar".

Al intuir que en la muerte de los condenados hay un mundo "amargo, nuestro" que se aniquila, Padilla entiende las consecuencias terribles del silencio. "Los transeúntes que compran los periódicos del mediodía / por pura curiosidad, son los verdugos de los condenados". Y, a lo largo de su poemario, vemos que el horror de su tiempo reside, en consecuencia, más que en ese tirano que impone a la fuerza un sueño, en todas las personas en su entorno que aplauden, que obedecen, que "bailan bonito, / como les piden que sea el baile".

"Di la verdad / di al menos tu verdad" En un artículo editado en la revista Letras Libres, Leonardo Rodríguez comentaba que "Padilla es una rara ave en la poesía y la literatura de su país, donde el desenfreno barroco, convertido hace rato en `banquete canónico’, tiene sazones tan ricas y diversas como las de Martí, Lezama Lima, Cabrera Infante o Severo Sarduy". Su imagen sosegada, directa, hace escribir a Padilla en uno de sus poemas finales que "definitivamente él no fue un poeta del porvenir. / Habló mucho de los tiempos difíciles / y analizó las ruinas, / pero no fue capaz de apuntalarlas".

Es cierto que, como comentaba Eugenio Montejo, "un espacio verbal libre, en un ambiente donde casi nada podía serlo", por lo general, "se convierte a sí mismo en un espacio verificador". Sin embargo, la obra de Padilla no es únicamente eso y en las imágenes que se gestan por debajo de la palabra verificadora, reside la esencia de lo poético.

Padilla sabía que, ante todo, necesitaba decir "su verdad", y algunos de sus poemas se convirtieron por eso en una crítica necesaria. Por lo demás, no es extraño que a causa de esos poemas Padilla haya sido perseguido y encarcelado: la imagen poética cala siempre más hondo que el discurso, que la arenga, porque no trata de convencer sino de revelar. Pero justamente en esos poemas es en donde el poeta se encuentra menos a gusto, más desencajado de su centro por la época terrible. Habla en ellos de los héroes que "no dialogan / pero planean con emoción / la vida fascinante de mañana" y que "al final nos imponen / la furiosa esperanza". Una esperanza escrita con "letras toscas", un sueño obligado y forzado que, por eso mismo, nunca puede ser genuino. Padilla se pregunta, angustiado, entonces "¿dónde pudiera uno meterse, al cruzar una esquina, después / de haber oído las últimas noticias?".

Y, sin embargo, por debajo de ese apremio, se va gestando la imagen poética final, como si todos los dolores de ese parto estuvieran llamados a dar origen al nacimiento de la esperanza.

"Y ahora, vámonos cuervo", exclama el poeta a esa ave negra que lo ha acompañado terriblemente a lo largo del poemario, "vámonos a buscar (...) el hilo roto / de la cometa de mis niños / que se enredó en el trípode viejo del artillero".

Se trata, como vemos, de una imagen de reencuentro, de unión: el hombre vuelve a estar "al margen", encuentra ese espacio anímico donde aun es posible, a pesar de la época terrible, a pesar de cualquier horror, encontrar el hilo roto de las cometas, la infancia perdida en el trípode del artillero, y volver a comenzar.


MOMENTUM UNA NUEVA VIÑETA ESCRITA EN INGLÉS DEL NARRADOR MANUEL DELGADILLO.

Momentum
 
 
H
e heard several strains of music coming from the elegant house behind the hedge.  Each sound seemed to wrench and teach something, something inside of him.  His nerves became tensed; the hair on the nape of his neck and arms stood lofty and rigid.  His sudden, voracious ardor spawned a thousand prickly sensations in his soul, his chest, his head.  The notes of the piano swarmed inside of him, creating commotions and the perception of an unveiled virginal passion.  He felt each note, each note, in a rapture of emotion, in every piece of his renewed flesh. He did not know anything about quavers or demisemiquavers or clefs or about silences or arpeggios or tempo or rhythm or harmony… But he longed to know…

viernes, 12 de marzo de 2010



jueves, 4 de marzo de 2010

MIS POEMAS ISABELINOS


MIS POEMAS ISABELINOS

Palabras de todos los días

A Isabel, desde lejos.
Con las palabras de todos los días
te escribiré un poema.
No faltarán las palabras casa,
pan, nube, arena o avecilla.
¿Cómo olvidar las palabras más usadas
en todos los idiomas?
¿Amor, vida, muerte o abandono
acompañadas siempre de adjetivos?
Ajadas o zurcidas por el uso
no perderán jamás su encanto al susurrarlas.
Escucha, una vez más, mi acento al pronunciarlas:
“casa, pan, nube, arena y avecilla”.

A Isabel, por si recuerda

A propósito de una vieja foto.

Un pedazo de playa.
Una gaviota.
Una joven pareja
devorándose a besos.
El guiño cómplice de una Olimpus
que detuvo el tiempo en una foto.
Luego un barco de papel.
Una pelota.
Y un boleto de ida a la nostalgia.
sin regreso.

DE UNA CARTA A ISABEL
A Isabel Camps, desde lejos.

¿De qué me sirve arañar las paredes del recuerdo?
Estremecer a gritos los cimientos de la memoria.
¿Para qué dejar caer retazos de un viejo sueño roto?
¿Para qué gritarle imprecaciones al olvido?
¿Pedirle al tiempo que vuelva, como en el viejo film?

“La vida es cruel y los años no perdonan”,
escuchamos desde niños.

¿Recuerdas cuando juntos descubrimos a Cortázar?
¿O cuando doblados de la risa vimos a Aroldo improvisar a Gallegini?

El viejo Cronos nos devora, Isabel.
Ahora que la vida amenaza con dejarme
escurriéndose por una de las esquinas de esta carta.

Cuando el tiempo apenas me alcanza
Para forjar un nuevo sueño, yo te pregunto:
¿Estás dispuesta, Isabel, a caminar conmigo?

© René Dayre Abella California/Exilio verano del 2004.


Quise que esta foto mía de juventud acompañase estos tres poemas dedicados a Isabel Camps Miguel, para que sirviera de marco evocador a un viejo sueño.
Los dos primeros poemas fueron orginalmente publicados por Letralia
http://www.letralia.com/122/letras13.htm
El último poema de la trilogía lo publicó
http://www.lapuertaazul.com.ar/literatura/rene.htm
Les agradezco a ambas publicaciones literarias el gesto de verme favorecido con la publicación de estos evocadores poemas.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Miami Beach Blues Un nuevo relato de Félix Anesio


Miami Beach Blues
                                     El escritor cubano Félix Anesio

E
ran tiempos difíciles en la Isla. Podía presentirlo por algunos leves indicios, por algunas palabras capturadas al azar, siempre pronunciadas por mis padres en voz baja, caute-losamente, cómo si les acechara algún peligro inminente. Dictadura, Revolución, Libertad, Sierra Maestra, Salida, Regreso: tales eran las palabras. Sus rostros lucían demasiado graves du-rante los urgentes preparativos de un supuesto viaje de placer al Norte. Toda la familia sería turis-ta por primera vez.
Corría el mes de Septiembre de 1958... Tomamos el ferry. Má jugaba al bingo con apa-rente entusiasmo durante toda la travesía. Aún recuerdo el alboroto que formó al ganarse aquellos veinte gloriosos pesos, que a todo el mundo mostraba, como si fuera un tesoro súbitamente reco-brado. Mis dos hermanos y yo correteábamos dentro de aquél barco que me parecía más grande que el propio Titanic, mientras se deslizaba sobre las calladas aguas del estrecho. Mi padre fuma-ba un habano tras otro, pensativo… El ferry arribó al muelle de Cayo Hueso al atardecer. El ómnibus recorría con extraordinaria pericia la estrechísima vía y cruzaba aquellos fatigados puentes que parecían converger en lontananza sobre el mar. No era un mar tan azul cómo el que dejábamos atrás, pero en fin, era el mar, el mar del Nuevo Mundo. Y yo me sentía como un diminuto conquistador, un nuevo Ponce de León de apenas diez años.
Exhaustos, nos apresuramos a tomar un baño caliente y luego a dormir en aquella mo-desta habitación del Albar Hotel, en el Downtown de Miami. Un cajoncito. Una sencilla habi-tación para toda la familia, que sólo el cansancio —ese mágico hacedor— , logró convertir en la más confortable suite del mundo, como para dormir a pierna suelta esa primera noche, y las noches sucesivas, que sólo Dios sabía cuantas habrían de ser...
Má, desde el pie de nuestra cama, daba la orden precisa:
“A dormir bandoleros, que mañana sera otro día!”
“¿Oye Má, estamos ya en el Nuevo Mundo? Le pregunté, mientras mi hermano mayor me empujaba hacia un lado de la cama.
Ella lucía tan férrea y poderosa. “Ay niño, tú siempre con tus ocurrencias!” dijo son-riendo, mientras nos besaba a cada uno en la frente. Luego, hacíamos una apresurada señal de la cruz...
Al día siguente mi padre señalaba con el índice hacia Cielito Lindo, el edificio más alto de toda la ciudad. Era la Corte de Justicia, era también la cárcel, con su techo en forma de pirá-mide, dónde siempre se daban cita decenas de auras tiñosas, sobre todo a la hora del crepúsculo. “Quién fuera ellas para divisar desde esa atalaya toda la ciudad!” pensaba. Gracias a Cielito Lindo mi padre, mis hermanos y yo aventurábamos largas caminatas por toda la Calle Flagler rumbo Oeste, sin temor a extraviarnos. Era nuestra brújula; y la Calle Flagler parecía ser la única calle importante de toda la ciudad, de todo el Nuevo Mundo.
“Muchachos volvamos atrás, que casi no se ve la pirámide y las tiñosas parecen mosqui-tos en el cielo, desde aquí!” dijo mi padre, mientras filmaba todo con su flamante cámara Brow-nie Kodak de 8 mm, que según él, había costado un ojo de la cara. Era la primera vez que mi padre usaba una cámara. Era la viva estampa de un guajiro a la moderna.
En las tardes, después de cenar, casi todos los huéspedes se sentaban, en el exiguo portal del Albar Hotel. Se escuchaban los mismos aburridos comentarios de los adultos, las mismas palabras, ahora pronunciadas sin tanto sigilo: Dictadura, Revolución, Libertad, Tiempo, Regre-so... Mis hermanos y yo, correteábamos por el jardín y recogíamos guizasos (“Ah! Son iguales a los de allá!” pensaba yo, tramando alguna nueva diablura). Colocábamos las espigas espinosas en algunos asientos al azar y esperábamos con disimulo a que alguien se sentara… Enseguida, algún trasero pinchado saltaba de su asiento, profería alguna imprecación y luego avergonzado, pedía disculpa. ¡Ah! Qué manera de reir! Y esa risa incontenible —que denunciaba nuestra culpa-bilidad—, presagió una buena zurra.  Má, con aire amenazante y con el ceño fruncido por la ira sentenció:
“¡A la habitación, sinverguenzas! ¡A dormir, carajo! Mañana no saldrán a caminar con su padre. ¡Bellacos que son! Y ni se atrevan a corretear por los pasillos. ¡O los voy a …! Tendrán que pasar todo el día encerrados en la habitación.”
Claro que sabíamos que no se trataba de una sanción real; era sólo una forma de atenuar, de tratar de enmendar nuestras constantes travesuras frente a los demás.
El tiempo pasaba lentamente, giraba y giraba cómo en círculos concéntricos, día tras día, y nos enfrentábamos a una nueva y amarga experiencia: el Tedio. Todo parecía desembocar en la monotonía de la rutina; cada minuto pasaba arrastrándose lentamente, lentamente, hacia ninguna parte. La misma rutina cada día, las mismas caminatas, las hamburguesas (¡Otra más no, por Dios!); la visita obligada al Parque de las Palomas, punto de reunión de todos los exiliados (con visas de turistas) para tener noticias frescas de la Isla... Allí en aquél parque, mientras echaba arroz a las palomas, podía escuchar, una y otra vez, las mismas palabras de los huéspedes del ya aburrido, pero a la vez cálido y emotivo hotelito del Downtown de Miami.
 “¿Cuándo nos van a llevar a la playa, Má?” pregunté un buen día, temiendo ya ahogarme  en los desgastados pasillos enchapados en madera. Pensé que con algún esfuerzo podría, tal vez, romper la rutina y asi evitar las largas caminatas por la Calle Flagler, que ya conocía como la palma de mi mano.  
“Bribonzuelo” dijo mi madre, agitando los brazos por doquier. Luego, retomando la com-postura, me miró con aquellos penetrantes ojos de águila, y con las manos firmemente apoyadas sobre sus anchas caderas, continuó: “Mañana vendrá a buscarnos Tía Justa y nos llevará en su carro a Miami Beach.”
 “Pero Má, si podemos ir caminando rumbo Este y Cielito Lindo nos guiará...”
“¡Ab-so-lu-ta-men-te, no! ¡Qué no, señor! ¡Qué Miami Beach queda muy, pero qué muy lejos!
“¿Y es una playa linda, así como las de allá?”
Ella caminaba apresurada dentro de la pequeña habitación, y casi entraba en el baño, cuando de repente se paró en el umbral, giró abruptamente la cabeza hacia mí y alzando la cabeza con esa manera imperiosa, muy propia de ella, alzó los brazos y dijo:
“¡No lo sé! ¡Es probablemente un charco inmundo con fuego del infierno adentro! ¡Y ya no hagan tantas malditas preguntas, por Dios!
Al día siguiente estábamos en pie antes de lo acostumbrado.
Mis hermanos y yo cantábamos jubilosos dentro de la habitación:

“En el mar la vida es mas sabrosa... En el mar todo es felicidad... Maria Cristina me quiere gobernar y yo le sigo le sigo la corriente… Qué vamos a la playa. Allá vamos. Qué quítate la ropa y me la quito…”

 “¡Shhh! ¡No tan alto, truhanes, desobedientes! ¿O acaso quieren que nos echen del ho-tel? ¡Déjense de tanta cantaleta que van a despertar a los huéspedes!”
“Pero Mamá...”
“¡Pero Mamá, nada! Tía Justa llamó por teléfono. Me dijo... oh, paren de jugar, tú... y tú, paren ya..., me dijo que pasaría a recogernos a eso de las tres, después que termine de trabajar en la factoría y cuando el sol haya bajado un poco…”
Entramos en Miami Beach. Yo sólo tenía ojos para los cocoteros, las aves, el cielo, el mar; y podía sentir el olor del mar... En un santiamén estábamos ya en la arena, que no era tan fina; en el agua, que no era tan cálida, ni transparente, ni tan azul como allá… Y nadábamos cerca de la orilla bajo el unánime escrutinio de los ojos de Mamá y de Tía Justa, a quién mi hermano mayor ya le había puesto el mote de “Tía Adusta,” por su apariencia draconiana.
La tarde pasó veloz. Todos los momentos felices pasan veloces...
©“Vamos ya muchachos, qué se hace tarde. ¡Salgan ya del agua!”
“Pero Má, si todavía tengo que recoger algunas conchas y rocas para mi colección...”
“¡Qué no, señor!
“¡Está bien mamá, no te enfurezcas!”
“Vamos Félix deja ya esa manía,” dijo mi hermano mayor, el más juicioso de los tres. “Ya tienes una colección allá en casa, y cuando regresemos allí estará, en tu gaveta, donde mismo  la dejaste...”
“¿Y si nunca regresamos? No ves que los huéspedes se la pasan lamentándose de que la cosas están complicadas allá... y que aparecen muertos tirados en las esquinas... y que explotan bombas en los cines, y todo ese lío...”
            El sol comenzaba a declinar rápidamente cuando salíamos de la playa. Era la hora de los colores aquí en el Nuevo Mundo. Mientras caminaba tras mis hermanos, Má, y Tía Justa, rezagado y taciturno, pateando la arena con furia infantil, súbitamente percibí frente a mí aquellas bellísimas paredes irisadas, bañadas por el tenue sol del crepúsculo; aquellos edificios de formas precisas delineados por miles de luces de neón de tonalidades inimaginables. Parecían edificios vivientes, como si cada uno tuviera su propia alma... Eran los hoteles de la Calle Ocean Drive: Colony, Beacon, Avalon, Pelican, Clevelander… ¿Qué nueva forma de éxtasis experimentaba yo esta vez? Era una sensación que sólo podía quizás compararse a la del descubrimiento de un nue-vo mineral allá en las montañas. Los colores de aquellas paredes en Ocean Drive rememoraban los vibrantes colores de los minerales de mi colección. ¡Oh! ¡Cuánta belleza frente a mí! Me sen-tí embriagado, saturado con las luces, las formas, las texturas, los colores…, la magia.
            “¡Vamos niño! ¡Camina, no te quedes atrás! ¡Y para ya de mirar como un bobo!”
            Claro que yo estaba como petrificado; no quería moverme ni un centímetro. Sólo atiné a preguntar:
            “Hey Má, hey Má, ¿cuándo volveremos otra vez a este lugar? ¿Mañana mismo, verdad?”
            “¿Mañana?.. Bueno, sólo si me prometes que te vas a portar bien. Y por supuesto, si Tía Justa nos trae en su carro.” Miré fijamente a  la adusta Tía Justa con un gesto suplicante…
            A partir de ese día mi actitud cambió, mi carácter cambió. Me comportaba tan bien que parecía otra persona, un renovado niño de diez años. Estaba marcado por la magia indeleble de Ocean Drive, de los hoteles iridiscentes como joyas, como minerales de las montañas… Descu-bría ahora el Nuevo Mundo, el mundo de una nueva vocación. Ya no querría más ser un bom-bero, un policía, un maestro, un doctor (el sueño de mis padres), u otra cosa. No conocía el nombre de lo que ahora quería ser en el futuro. No sabía, pero deseaba conocer… Algún día, pensé, sería como un mago; un mago que haría brotar nuevas formas, colores, texturas y espa-cios… aquí en el Nuevo Mundo, quizás.
El encantamiento no se desvaneció, aún cuando en Enero de 1959 toda la familia hubo de regresar a la añorada Isla, bajo una alegría inmensa que de un modo insospechado, muy pronto dejaría de serlo...
Y pasó el tiempo y pasó...
Después de una larga ausencia de casi veinte años, estoy de vuelta aquí, en esta ciudad. He regresado de la Isla, esta vez definitivamente y para siempre. El Albar Hotel ya no existe, y lo que más me duele es no tener la oportunidad de caminar, de corretear por aquellos pasillos dorados nuevamente.
Me he convertido en lo que certeramente intuí aquella tarde irrepetible de Septiembre de 1958, cuando era sólo un inquieto niño de diez años. Ahora soy arquitecto, y aún siento el embru-jo de esta ciudad toda luz y color, de sus paredes irisadas bajo la tenue luz del ocaso, de sus vívi-dos edificios de formas impecables, de sus prodigiosas texturas…
Y me agrada sentir el olor de este mar


                                                                                         ©  Félix Anesio, 2010.