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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 15 de marzo de 2010

El poeta Dalit Rafael Escorcia Marchena, es un ser que un once de septiembre de 1956, en la ciudad de Barranquilla, vino al mundo sin un destino reprogramado, pero la naturaleza lo ha ido dotando de una sensibilidad capaz de hacer posible la construcción de un universo, desde la palabra, con la única y verdadera intensión de sentirse útil a la humanidad. Desde esa perspectiva, se encontró con la docencia, en un medio donde no es nada fácil la convivencia (zona marginal de la ciudad), sin embargo, halló en la poesía un instrumento, que a lucha de afinarlo, y a golpes de ensayos, de errores y aciertos, ha ido forjando un armónico discurso, que aquel que lo escucha se queda pensando: “¿Por qué sus cuentos y versos, se han ido dilatado en el tiempo su entrega a los ojos y oídos ávidos de sentir sus mundos y cantos?”. Mas, cabe la posibilidad que muy pronto su obra brote y se riegue hasta por los espacios más recónditos de la geografía universal.

Actualmente, vivo del la docencia aportando mis ideas a nuevas generaciones en la Institución Educativa Distrital Inmaculada Concepción-Barranquilla, Región Caribe-Colombia.







LAS MALDICIONES CREADAS
(La mata de sábila)
Esa tarde, la mata de sábila cayó, del dintel de la puerta, en el piso; comenzó a destilar un líquido bilioso. La abuela palideció, sus facciones se crisparon preocupantes como si aquello fuera símbolo de una desgracia. ¿Agüeros? Se sobresaltó; sintió esa voz y recordó a la vecina Eulalia, a ella también se le había caído su mata… y lo mismo le pasó a doña Petra la semana anterior. A la primera, el marido se le accidentó en el trabajo, a los dos días del funesto acontecimiento. Y a la otra el negocio comenzó a quebrársele, nadie le compraba ni nadie le pagaba.
“Qué me iría a pasar a mí”, pensaba la abuela, rascándose la cabeza. Toda la noche la invadió una terrible preocupación, las pesadillas se turnaban sin descanso hasta la llegada de la madrugada. Sin embargo, estaba segura: ser viuda y no tener negocio alguno… pero le temía a la muerte. Entonces, decidió ir temprano, sin rodeo, a la casa de un indio que vivía en el barrio San Isidro, rodeado de siete gatos negros y un olor a brebaje emparentado con el sudor en el ambiente de un cuarto.
Al llegar la casa estaba llena de caras largas y compungidas; aquello daba la impresión de ser una de las antesalas del purgatorio. Ella tenía que esperar su turno, pero eso no le preocupó… si lograba averiguar lo sucedido saldría de allí satisfecha, se dijo, con los nervios en su lugar, dispuesta a seguir dando la batalla. Pero la cabeza le daba vueltas. En barajaba nombres como si estos fueran naipes. Intentaba recordar los agravios y males cometidos, sin justificar lo ocurrido por aquellos. El nieto la veía, por ratos, hundirse en sus cavilaciones, mientras él seguía jugando, entre las bancas, con sus bolitas de uñitas.
Al fin… le correspondió su turno. Entró. Al trasponer la puerta chocó su nariz con olores acres a hierbas, brebajes y sudor. Su mirada se posó en la imponencia del indio alumbrada por la luz lacia de tres candelabros y la sombra gigante proyectada en una de las paredes mugrienta y escarchada. Los gatos… esos animales misteriosos, saltaban de un lugar a otro, sin control, pasando de las sillas a la mesa y viceversa, armando un estropicio; esas criaturas no se estaban quietas, siempre intranquilas, husmeando, como celosos guardianes, cada rincón del cuarto.
Afuera se sentía la brisa de marzo azotar las paredes, y adentro seguían las llamas de los candelabros como sin nada ocurriera. De vez en cuando, se filtraba el ruido de la calle, de los autos y la música de las cantinas alusivas al carnaval. Los ruidos iban y venían, se agolpaban en los rincones y hacían más misterioso el lugar. El indio se puso de píe y caminó hacía la abuela, la tomó de las manos y lanzó un grito que acalló todos los ruidos. Los gatos saltaron y se posaron a sus píes, y las velas de los candelabros se avivaron aún más.
El nieto recordaba: “No era la primera vez que la vieja me traía a estas cosas… pero siempre, Yo hallaba algo nuevo y extraño, era un mundo muy misterioso para mí. Yo me entretenía jugando con mis bolitas de uñitas hasta la hora de entrar a la consulta; era mi rutina. Y luego partíamos, yo preguntándole acerca de las cosas que veía y ella regañándome, dándome de vez en cuando mis coscorrones.”
Allí le mostrarían, en un vaso con agua, el rostro de su enemiga o enemigo tal vez riéndose… Al salir, no podía creer lo que sus ojos habían visto; cómo sospechar de esa señora, si era como si fuera su hermana, además era como alma de Dios. Mas el indio se lo había dicho… y no sólo eso… le había mostrado el rostro… entonces por qué no creerlo. Y pensó: “En esta vida no hay que fiarse de nadie”. Y cargada de hierba y brebajes, dispuesta a seguir ciegamente las instrucciones del indio, se enrumbó hacia la casa llevando de la mano al nieto que sorprendido le preguntaba por esto y por aquello… temeroso de la reacción de la abuela.
A los ocho días, la abuela volvió llevando todo lo que el misterioso hombre le había pedido. Para ello, le tocó vender hasta la última prenda que había heredado de la abuela Encarna. Y salió de nuevo cargada de frascos con líquidos ambarinos y hierbas verdes y secas, con una sonrisa maléfica en su rostro… que hasta me causo curiosidad la forma como, cada día, la vieja se iba pareciendo a uno de los gatos del indio.
El nieto recordaba: “Llegaba a la casa y se encerraba en un cuarto y comenzaba a saltar de una silla a la mesa, y de ésta a la butaca, se asemejaba a una pantera herida. Nunca me dejó entrar y presenciar su ritual; pero yo me las ingeniaba para observarla por una rendija, que cuidadosamente, descubrí en la puerta. Así pasó un mes. No volvimos más al barrio San Isidro, ni la escuche hablar del brujo, ni de su mata de sábila, mucho menos de los gatos… Ese día, cuando volvió a mencionarme el tema, hasta a mí se me había olvidado que la vecina Eulalia tenía más de un mes de muerta; y todos los vecinos, con mirada acusadora, observaban a la abuela, cuando los dos nos sentábamos de tarde en tarde a esperar que llegara mi madre del trabajo. Ella simplemente me dijo: “-Ese maldito indio nos estafó a todos, ese no fue el rostro que me mostró, pero yo si tenía mis sospechas sobre esa vieja cancleca”. Y soltó una terrible y estruendosa carcajada de satisfacción. Así quería justificar su maquiavélica equivocación. Pobre abuela. Hoy está recluida en un manicomio”.
El nieto guardó la fotografía de la abuela en el fondo del baúl. La madre entro al cuarto llevando en sus manos una brillante herradura que había comprado en el mercado para colgarla detrás de la puerta de la calle, porque alguien le había dicho que era sinónimo de buena suerte. El miró a la madre con desconfianza y salió rápidamente del cuarto donde la vieja guardaba sus secretos.



LAS MALDICIONES CREADAS
(La Herradura)
El joven no se sorprendió… Al regresar del ejército, sus ojos buscaban con ansiedad el cuarto que había sellado su mamá, desde aquel día que se supo que su abuela jamás volvería a la casa. Y él, no se sorprendió; porque ya, en una carta, ella le había contado, que por consejos de un curandero que visitó, en el barrio Abajo, se había desprendido de muchos chécheres y amuletos que su abuela, con mucha cautela, conservó por mucho tiempo como herencia recibida de la abuela Encarna. Los guardaba desde aquellos años en que se le había caído su mata de sábila del dintel de la puerta de la calle.
Pero, él, al cerrar la puerta, detrás de sí, tampoco se mostró tranquilo. Sus ojos se dieron con la herradura que su mamá había guardado hacía bastante tiempo en aquel cuarto… y lo más curioso: estaba clavada en el mismo lugar donde, alguna vez, estuvo colgada aquella mata de sábila que se pudrió y cayó al piso, derramando aquel líquido bilioso, que esa vez, le dio tanto miedo. No obstante, ya él no era un niño, contaba ahora con veinte años; además, se vio aún más tranquilo, porque era más difícil que ese amuleto cayera al piso desparramado.
Y volvieron a su memoria aquellos momentos vividos con su abuela Dioclesiana, en la casa del indio y sus gatos, en el barrio San Isidro. Recordó también todas aquellas desgracias que habían golpeado a la familia, la muerte misteriosa de algunas de sus vecinas y la enfermedad demencial de la vieja.
Estaba en ese estado meditativo cuando vio entrar a la madre con una vela encendida, y los ojos llorosos. Se le acercó y le preguntó por el motivo de su llanto, y ella lo miró a los ojos y le respondió, muy despacio: “Son cosas de la vida, hijo…” y salió, sin terminar la expresión, por la puerta falsa, hacia el patio. Entonces, él sintió que algo del pasado seguía colgado, ya no detrás de la puerta como la herradura sino en su conciencia.
Se dijo: “de ahora en adelante, me dedicaré a buscar y a encontrar todos los misterios y enigmas que se guardan en cada rincón de esta casa”. Esa noche, intentó conciliar el sueño; pero, como en las anteriores, volvió a sumirse en aquellas pesadillas, donde él era perseguido por aquel indio, cuyo rostro jamás olvidaría, quien montaba en un caballo que sólo mostraba tres herraduras en sus patas… y era seguido por esos malditos gatos. Entonces, corrió tanto que cayó rendido en el patio de aquella casa, de sus recuerdos, en el barrio San Isidro. Y el caballo y los gatos pasaron raudos sobre él; fue tanto su miedo que despertó sobresaltado. Y la madre lo contemplaba, sorprendida, parada al píe de su cama, y observando como el sudor empapaba su rostro. Ella le preguntó: _“¿De nuevo las pesadillas?”_.Él no la quiso angustiar, y le dijo que no era nada, que eso era normal; que le había contado un Psicólogo adscrito al batallón, que eso siempre ocurría cuando se regresaba del ejército o cuando se había estado en combate.
Se levantó. Caminó por el cuarto, se llevó la mano al rostro y se sintió sucio. Se acercó al espejo que tenía colgado en la pared del fondo. Y al verse en él, halló el rostro de aquel indio fantasmagórico; inmediatamente, llamó a la madre y le preguntó: _ “¿Madre, a quién me parezco yo? Y ella, sin ningún titubeo, le respondió: _ “A tu padre. ¿Por qué?”_. Entonces él, mirándola compasivamente, le dijo: _ “Ya sé el misterio de mis sueños y pesadillas… y el origen de esa bendita herradura”_. La madre, lo miró de reojo, apagó la vela y salió del cuarto cerrando la puerta detrás de sí.
Todo volvió al silencio, pero él se sintió vigilado por catorce chispas de fuego que se movían como luciérnagas en la oscuridad del cuarto. Metió la mano debajo de su almohada y sus dedos tocaron un objeto duro, en forma curvada, envuelto en una cinta de seda. Y nuevamente, concilió su sueño, con la certeza de haber atado su historia a aquel amuleto… Una emblemática parte, de ese caballo, que únicamente había podido ver en sus malogrados sueños.
Muy al fondo del patio, escuchó la voz de la madre que le preguntaba a su tía si le había encontrado la oración de San Judas. Volvió a cerrar los ojos. Era consciente que mañana era lunes y le tocaba salir a buscar en forma urgente un trabajo. Y como estaba la situación, necesitaba más que suerte. Escuchó otra vez, pero muy lejanas, las voces de la madre y su tía. Sin embargo, ya su sueño iba cabalgando sobre su enigmático caballo… y sus tres herraduras relucientes levantaban el polvorín de la calle principal del pueblo.

LAS MALDICIONES CREADAS
(María Leyendo Las Cartas)
“Buscar tu realidad en el fondo de mis fantasías me ha costado tantos dolores de cabeza, que hoy, temo por este juego de palabras que me han conducido al fondo del fracaso… Sin embargo, siento que tu realidad me ha transportado por un doloroso camino, y suspiro y pienso que lo que yo soñaba, para ti, era simplemente una pérdida de tiempo. Entonces, me enredé; fui al precipicio, y en el fondo de ese abismo, hoy me encuentro…”
Ella escuchó mi voz. Abrió los ojos, se detuvo a mirarme. Sentí fastidio. Sus reclamos me sacaron de mis pensamientos, me trajeron a la realidad. Que lástima, ya me faltaba poco para cuadrar mi cuento, esa canción que estaba componiendo teniendo como apoyo la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Por eso pienso: “nada me ha sido fácil”. Tú te llevas, cada vez que puedes, esos felices momentos. Cierro nuevamente los ojos e intento olvidarme de tu voz, pero ella no me deja, se cuelga de mis oídos. Vuelvo y abro los ojos. Me da miedo. Siento que algo turbio me invade. Entonces opto por levantarme de la cama y dejarla sola, mascando su rabia, consumiendo mi espacio y mi tiempo, negando mi fantasía con su realidad. Me siento torpe, porque ella, con gritos, espera que yo regrese. Pero ya he tomado mi decisión. O la mato y me suicido, o me suicido y dejo que ella se consuma en su propio veneno.
La lluvia se me vino encima. Fue tan silenciosa que no la sentí llegar. Hay veces que me fastidian las gotas, pero esta vez no; me siento como cuando era niño, que corría por las calles llenas de charcos y me metía en cuanto chorro encontraba a mi paso. Los demás niños también hacían lo mismo. Hoy siento que las aguas de lluvia me fastidian, me dan fobia, y presiento que me puedo enfermar. Por eso decido ocultarme en cualquier alar. A veces llevo paraguas, pero en esta ocasión lo he olvidado. Hasta creo que fue buena idea, sino hubiera sido así, no sé qué me hubiera pasado.
Ella seguía sentada en la cama, aspiraba el humo de su cigarrillo, lo veía disolverse en las cuatro paredes de ese cuartucho de malas pulgas que, por sus consejos, él había tomado en arriendo la noche anterior…
Sé que no me ama. Nunca lo ha hecho, sólo me usa como un objeto de sus pasiones sexuales. Presiento que él es un miserable pero, en el fondo, siento que más miserable soy yo, que me he dejado llevar por su juego. Sé que algún día Emiro tomará la determinación correcta y yo estaré allí para ayudarle… Realmente, son largos años de espera, tiempo en que lo he visto hundirse en su mierda. Esa retórica banal de resentido contra todo el mundo. Ya nadie lo mira; pasa sobre él como si fuera un cero a la izquierda, eso es lo que más le disgusta, lo pone de mal genio. Ahora, me ha dejado esperándolo, mientras va al retrete y se descarga de todo ese peso físico que lleva en sus entrañas y el peso de su conciencia que lo agobia y no lo deja dormir. Tengo la certeza que algún día no saldrá del baño… y allí estaré yo para ser la primera en ver su espectáculo final: su última presentación en público. No sé qué tiempo real tendré que pasar a su lado antes que se cumpla mi presentimiento. Ahora sólo me queda esperar… y esperare.
Ahí debe estar sentada en el borde de la cama, como quien hace la maldita lectura del tarot. No puede quedarse sola un segundo, está tan metida en ese mundo de las cartas que ya se las sabe de memoria, y juega con ellas aunque éstas las esconda en el lugar más remoto, como en este instante. Me la imagino cuadrándolas, de tal forma, que su lectura será escatológica y su presentimiento se ajuste a mi realidad. Ya sé lo que me va a decir, si es que salgo de aquí… si es que esta maldita depresión no me conduce derechito al “batraciao” que guardo en mi bolsillo. ¿Cómo haré para entender a María? Siempre vive criticándome, pero cuando yo me deprimo, me consuela y corre a buscar el dinero para comprarme el vicio. Sé que ella quiere que yo me muera, por eso hace eso. Está tan segura de mi muerte, como yo lo estoy, de sus malvadas intenciones.
Lo he visto perderse. Sé que todo lo comienza y termina con un mal pensamiento. Ya estoy cansada de sus ataques de grandeza, de sus locuras. Pero no lo dejo porque no sé cómo va a reaccionar cuando se halle solo. Estoy segura que volverá a tomar las calles. Se hundirá cada vez más en sus heces, y entonces si será difícil volverlo a la realidad. Estoy plenamente segura que, Emiro, ya no es más de ahí. Cuando yo le leí las cartas por primera vez, le mostré un camino promisorio, podía llegar lejos con la nueva trova; en verdad no me creyó, pensó que eran vainas mías, que la gitana que me enseño me había estafado. De pronto en ese momento tenía razón, pero con el tiempo yo aprendí, y de allá a acá, todo lo que le he dicho le ha salido cierto. Sin embargo, no me atrevo confesarle la verdad sobre lo que vi ayer en la última carta que le leí. En verdad me duele… pero le mentí; y le mentí porque sé que no resistiría la verdad de esa carta. Si fuera yo, también me pasaría lo mismo, desearía haberme equivocado. Pero esa carta no falla. Sólo estoy esperando ese momento, tal vez su impotencia viril y esta llovizna, en pleno mes de mayo, sean la señal. Pero no puedo asegurar nada porque él con su miedo me ha escondido las cartas.
Él, en cuclillas y lleno de resentimientos, se miraba entre las piernas; veía su órgano, flácido, colgar como un ser desfallecido. Lo tomó entre sus manos e intentó reanimarlo, pero no reaccionaba. Se llevó las manos a la cabeza… sintió que el mundo se le venía encima; maldijo el día que se había tropezado con María, y juró vengarse de ella, por todos los conjuros que le había hecho. Se puso de píe y le lanzó una mirada triste y nostálgica a su encogido pene.
Es María, con sus cartas, la única responsable de todas mis desgracias. Desde que ella aprendió ese arte, y dejó a un lado el canto, la vida se me volvió un ocho… yo siempre se lo dije: “ve, María, no sigas desafiando lo arcano, es mejor vivir la vida sin estar retando los misterios que nos guarda el futuro y lo tuyo, sinceramente, es la música… nos podemos llenar de plata, y eso lo sé yo sin utilizar esas porquerías de cartas”. Entonces, ella me daba media vuelta, se reía, y se iba cantando: “¡La vida nos da sorpresa, sorpresa nos da la vida! ¡Ay, Dios...! ¡Pedro Navaja, ladrón de esquina, al que a hierro mata a hierro termina!”. Mientras la veía perderse detrás de la cortina que dividía el cuartucho, y yo me quedaba sumido en el silencio, maquinando la forma de deshacerme de ese maldito maleficio. Y tomé la firme decisión de terminar con ella. Abrí la puerta y me lance a la calle, como un perro “picao” de mal de rabia.
María, se había quedado dormitada. No sintió el ruido de la puerta cuando Emiro salió hacía la calle. Soñó con él cuando apenas tenían semanas de haberse conocido. Lo vio con su sombrero cubano, vestido de guayabera blanca y pantalón de dril del mismo color; además, llevaba puesta unas abarcas trespuntá; en las manos llevaba una guitarra e interpretaba una canción de Piero, aquella que decía “algo” sobre los estudiantes. Ella sentía la música, pero no distinguía muy bien su letra. Esa imagen, de él, nunca se le ha borrado de su mente, y eso que han trascurrido más de veinte años. “¡Lástima!”, exclamaba para sus adentros, “quién iba a pensar que al encontrarse conmigo, y yo aceptarlo como era, con sus vicios, iba ser peor la medicina que la enfermedad”. Se despertó sobresaltada y corrió hacia el baño presintiendo lo peor. Empujó la lámina de zinc que hacía las veces de puertas, y sus ojos se hallaron con un vacío; pero su corazón bajó su ritmo, y se fue tranquilizando lentamente.
Para donde habrá cogido ese perro; él cree que me va a chantajear. Y para colmo de males, me escondió las cartas. ¡Ya llegará el día ¡ ! Ya llegará el momento en que tenga que venir a pedirme que lo perdone! ¡Porque de hoy en adelante le cortaré todos los servicios! Ya lo verá llegar, como siempre, con una mano delante y otra atrás… y ahora es peor, porque ni el aparato le sirve a ese cabrón. Yo sé lo dije, que como lo usara con otra mujer, no le iba a servir sino para mear. Y no me hizo caso, el muy perro. ¡Lástima! Porque hasta buen mozo que era; pero idiota ponerse a creer en lo que dicen las cartas. Debe andar por ahí, deambulando, buscando quien le levante el conjuro. Pero ya es demasiado tarde. ¿Quién podía curarlo, sí ya se le murió?
Ella, María Andrade De Lázaro, descendió de su monólogo interior y se sentó, nuevamente, en el borde de su cama, con la esperanza de que él volviera… porque ya comenzaba a sentir nostalgia, por esas cartas, por él, su Emiro, su pájaro, y su ardoroso y solitario nido. Se miró en el espejo que colgaba frente a la cama, pero su rostro ya no era el mismo, los años lo habían ajado tanto que le dio vergüenza de sí y, cerrando sus ojos, se tiró nuevamente en la cama, pero ya no le quedaban fuerzas en su memoria para seguirlo recordando.

1 comentario:

  1. "Nos gastamos la vida colgando nuestros sueños, y los ojos recorren el confín de las letras... pero las plabras se quedan en un mar de silencios. Sólo nos llega, sin ningún consuelo, la vulgar indiferencia... Ahora quiero quedarme sin noche y sin estrellas, pero sentir tus palabras develando el misterio de este prolongado silencio... Ahora quiero quedarme, con las páginas abiertas, para que tú me leas."

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