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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


miércoles, 3 de marzo de 2010

Miami Beach Blues Un nuevo relato de Félix Anesio


Miami Beach Blues
                                     El escritor cubano Félix Anesio

E
ran tiempos difíciles en la Isla. Podía presentirlo por algunos leves indicios, por algunas palabras capturadas al azar, siempre pronunciadas por mis padres en voz baja, caute-losamente, cómo si les acechara algún peligro inminente. Dictadura, Revolución, Libertad, Sierra Maestra, Salida, Regreso: tales eran las palabras. Sus rostros lucían demasiado graves du-rante los urgentes preparativos de un supuesto viaje de placer al Norte. Toda la familia sería turis-ta por primera vez.
Corría el mes de Septiembre de 1958... Tomamos el ferry. Má jugaba al bingo con apa-rente entusiasmo durante toda la travesía. Aún recuerdo el alboroto que formó al ganarse aquellos veinte gloriosos pesos, que a todo el mundo mostraba, como si fuera un tesoro súbitamente reco-brado. Mis dos hermanos y yo correteábamos dentro de aquél barco que me parecía más grande que el propio Titanic, mientras se deslizaba sobre las calladas aguas del estrecho. Mi padre fuma-ba un habano tras otro, pensativo… El ferry arribó al muelle de Cayo Hueso al atardecer. El ómnibus recorría con extraordinaria pericia la estrechísima vía y cruzaba aquellos fatigados puentes que parecían converger en lontananza sobre el mar. No era un mar tan azul cómo el que dejábamos atrás, pero en fin, era el mar, el mar del Nuevo Mundo. Y yo me sentía como un diminuto conquistador, un nuevo Ponce de León de apenas diez años.
Exhaustos, nos apresuramos a tomar un baño caliente y luego a dormir en aquella mo-desta habitación del Albar Hotel, en el Downtown de Miami. Un cajoncito. Una sencilla habi-tación para toda la familia, que sólo el cansancio —ese mágico hacedor— , logró convertir en la más confortable suite del mundo, como para dormir a pierna suelta esa primera noche, y las noches sucesivas, que sólo Dios sabía cuantas habrían de ser...
Má, desde el pie de nuestra cama, daba la orden precisa:
“A dormir bandoleros, que mañana sera otro día!”
“¿Oye Má, estamos ya en el Nuevo Mundo? Le pregunté, mientras mi hermano mayor me empujaba hacia un lado de la cama.
Ella lucía tan férrea y poderosa. “Ay niño, tú siempre con tus ocurrencias!” dijo son-riendo, mientras nos besaba a cada uno en la frente. Luego, hacíamos una apresurada señal de la cruz...
Al día siguente mi padre señalaba con el índice hacia Cielito Lindo, el edificio más alto de toda la ciudad. Era la Corte de Justicia, era también la cárcel, con su techo en forma de pirá-mide, dónde siempre se daban cita decenas de auras tiñosas, sobre todo a la hora del crepúsculo. “Quién fuera ellas para divisar desde esa atalaya toda la ciudad!” pensaba. Gracias a Cielito Lindo mi padre, mis hermanos y yo aventurábamos largas caminatas por toda la Calle Flagler rumbo Oeste, sin temor a extraviarnos. Era nuestra brújula; y la Calle Flagler parecía ser la única calle importante de toda la ciudad, de todo el Nuevo Mundo.
“Muchachos volvamos atrás, que casi no se ve la pirámide y las tiñosas parecen mosqui-tos en el cielo, desde aquí!” dijo mi padre, mientras filmaba todo con su flamante cámara Brow-nie Kodak de 8 mm, que según él, había costado un ojo de la cara. Era la primera vez que mi padre usaba una cámara. Era la viva estampa de un guajiro a la moderna.
En las tardes, después de cenar, casi todos los huéspedes se sentaban, en el exiguo portal del Albar Hotel. Se escuchaban los mismos aburridos comentarios de los adultos, las mismas palabras, ahora pronunciadas sin tanto sigilo: Dictadura, Revolución, Libertad, Tiempo, Regre-so... Mis hermanos y yo, correteábamos por el jardín y recogíamos guizasos (“Ah! Son iguales a los de allá!” pensaba yo, tramando alguna nueva diablura). Colocábamos las espigas espinosas en algunos asientos al azar y esperábamos con disimulo a que alguien se sentara… Enseguida, algún trasero pinchado saltaba de su asiento, profería alguna imprecación y luego avergonzado, pedía disculpa. ¡Ah! Qué manera de reir! Y esa risa incontenible —que denunciaba nuestra culpa-bilidad—, presagió una buena zurra.  Má, con aire amenazante y con el ceño fruncido por la ira sentenció:
“¡A la habitación, sinverguenzas! ¡A dormir, carajo! Mañana no saldrán a caminar con su padre. ¡Bellacos que son! Y ni se atrevan a corretear por los pasillos. ¡O los voy a …! Tendrán que pasar todo el día encerrados en la habitación.”
Claro que sabíamos que no se trataba de una sanción real; era sólo una forma de atenuar, de tratar de enmendar nuestras constantes travesuras frente a los demás.
El tiempo pasaba lentamente, giraba y giraba cómo en círculos concéntricos, día tras día, y nos enfrentábamos a una nueva y amarga experiencia: el Tedio. Todo parecía desembocar en la monotonía de la rutina; cada minuto pasaba arrastrándose lentamente, lentamente, hacia ninguna parte. La misma rutina cada día, las mismas caminatas, las hamburguesas (¡Otra más no, por Dios!); la visita obligada al Parque de las Palomas, punto de reunión de todos los exiliados (con visas de turistas) para tener noticias frescas de la Isla... Allí en aquél parque, mientras echaba arroz a las palomas, podía escuchar, una y otra vez, las mismas palabras de los huéspedes del ya aburrido, pero a la vez cálido y emotivo hotelito del Downtown de Miami.
 “¿Cuándo nos van a llevar a la playa, Má?” pregunté un buen día, temiendo ya ahogarme  en los desgastados pasillos enchapados en madera. Pensé que con algún esfuerzo podría, tal vez, romper la rutina y asi evitar las largas caminatas por la Calle Flagler, que ya conocía como la palma de mi mano.  
“Bribonzuelo” dijo mi madre, agitando los brazos por doquier. Luego, retomando la com-postura, me miró con aquellos penetrantes ojos de águila, y con las manos firmemente apoyadas sobre sus anchas caderas, continuó: “Mañana vendrá a buscarnos Tía Justa y nos llevará en su carro a Miami Beach.”
 “Pero Má, si podemos ir caminando rumbo Este y Cielito Lindo nos guiará...”
“¡Ab-so-lu-ta-men-te, no! ¡Qué no, señor! ¡Qué Miami Beach queda muy, pero qué muy lejos!
“¿Y es una playa linda, así como las de allá?”
Ella caminaba apresurada dentro de la pequeña habitación, y casi entraba en el baño, cuando de repente se paró en el umbral, giró abruptamente la cabeza hacia mí y alzando la cabeza con esa manera imperiosa, muy propia de ella, alzó los brazos y dijo:
“¡No lo sé! ¡Es probablemente un charco inmundo con fuego del infierno adentro! ¡Y ya no hagan tantas malditas preguntas, por Dios!
Al día siguiente estábamos en pie antes de lo acostumbrado.
Mis hermanos y yo cantábamos jubilosos dentro de la habitación:

“En el mar la vida es mas sabrosa... En el mar todo es felicidad... Maria Cristina me quiere gobernar y yo le sigo le sigo la corriente… Qué vamos a la playa. Allá vamos. Qué quítate la ropa y me la quito…”

 “¡Shhh! ¡No tan alto, truhanes, desobedientes! ¿O acaso quieren que nos echen del ho-tel? ¡Déjense de tanta cantaleta que van a despertar a los huéspedes!”
“Pero Mamá...”
“¡Pero Mamá, nada! Tía Justa llamó por teléfono. Me dijo... oh, paren de jugar, tú... y tú, paren ya..., me dijo que pasaría a recogernos a eso de las tres, después que termine de trabajar en la factoría y cuando el sol haya bajado un poco…”
Entramos en Miami Beach. Yo sólo tenía ojos para los cocoteros, las aves, el cielo, el mar; y podía sentir el olor del mar... En un santiamén estábamos ya en la arena, que no era tan fina; en el agua, que no era tan cálida, ni transparente, ni tan azul como allá… Y nadábamos cerca de la orilla bajo el unánime escrutinio de los ojos de Mamá y de Tía Justa, a quién mi hermano mayor ya le había puesto el mote de “Tía Adusta,” por su apariencia draconiana.
La tarde pasó veloz. Todos los momentos felices pasan veloces...
©“Vamos ya muchachos, qué se hace tarde. ¡Salgan ya del agua!”
“Pero Má, si todavía tengo que recoger algunas conchas y rocas para mi colección...”
“¡Qué no, señor!
“¡Está bien mamá, no te enfurezcas!”
“Vamos Félix deja ya esa manía,” dijo mi hermano mayor, el más juicioso de los tres. “Ya tienes una colección allá en casa, y cuando regresemos allí estará, en tu gaveta, donde mismo  la dejaste...”
“¿Y si nunca regresamos? No ves que los huéspedes se la pasan lamentándose de que la cosas están complicadas allá... y que aparecen muertos tirados en las esquinas... y que explotan bombas en los cines, y todo ese lío...”
            El sol comenzaba a declinar rápidamente cuando salíamos de la playa. Era la hora de los colores aquí en el Nuevo Mundo. Mientras caminaba tras mis hermanos, Má, y Tía Justa, rezagado y taciturno, pateando la arena con furia infantil, súbitamente percibí frente a mí aquellas bellísimas paredes irisadas, bañadas por el tenue sol del crepúsculo; aquellos edificios de formas precisas delineados por miles de luces de neón de tonalidades inimaginables. Parecían edificios vivientes, como si cada uno tuviera su propia alma... Eran los hoteles de la Calle Ocean Drive: Colony, Beacon, Avalon, Pelican, Clevelander… ¿Qué nueva forma de éxtasis experimentaba yo esta vez? Era una sensación que sólo podía quizás compararse a la del descubrimiento de un nue-vo mineral allá en las montañas. Los colores de aquellas paredes en Ocean Drive rememoraban los vibrantes colores de los minerales de mi colección. ¡Oh! ¡Cuánta belleza frente a mí! Me sen-tí embriagado, saturado con las luces, las formas, las texturas, los colores…, la magia.
            “¡Vamos niño! ¡Camina, no te quedes atrás! ¡Y para ya de mirar como un bobo!”
            Claro que yo estaba como petrificado; no quería moverme ni un centímetro. Sólo atiné a preguntar:
            “Hey Má, hey Má, ¿cuándo volveremos otra vez a este lugar? ¿Mañana mismo, verdad?”
            “¿Mañana?.. Bueno, sólo si me prometes que te vas a portar bien. Y por supuesto, si Tía Justa nos trae en su carro.” Miré fijamente a  la adusta Tía Justa con un gesto suplicante…
            A partir de ese día mi actitud cambió, mi carácter cambió. Me comportaba tan bien que parecía otra persona, un renovado niño de diez años. Estaba marcado por la magia indeleble de Ocean Drive, de los hoteles iridiscentes como joyas, como minerales de las montañas… Descu-bría ahora el Nuevo Mundo, el mundo de una nueva vocación. Ya no querría más ser un bom-bero, un policía, un maestro, un doctor (el sueño de mis padres), u otra cosa. No conocía el nombre de lo que ahora quería ser en el futuro. No sabía, pero deseaba conocer… Algún día, pensé, sería como un mago; un mago que haría brotar nuevas formas, colores, texturas y espa-cios… aquí en el Nuevo Mundo, quizás.
El encantamiento no se desvaneció, aún cuando en Enero de 1959 toda la familia hubo de regresar a la añorada Isla, bajo una alegría inmensa que de un modo insospechado, muy pronto dejaría de serlo...
Y pasó el tiempo y pasó...
Después de una larga ausencia de casi veinte años, estoy de vuelta aquí, en esta ciudad. He regresado de la Isla, esta vez definitivamente y para siempre. El Albar Hotel ya no existe, y lo que más me duele es no tener la oportunidad de caminar, de corretear por aquellos pasillos dorados nuevamente.
Me he convertido en lo que certeramente intuí aquella tarde irrepetible de Septiembre de 1958, cuando era sólo un inquieto niño de diez años. Ahora soy arquitecto, y aún siento el embru-jo de esta ciudad toda luz y color, de sus paredes irisadas bajo la tenue luz del ocaso, de sus vívi-dos edificios de formas impecables, de sus prodigiosas texturas…
Y me agrada sentir el olor de este mar


                                                                                         ©  Félix Anesio, 2010.

2 comentarios:

  1. Espero que este cuento les agrade. Miami Beach es una ciudad agradecida con sus visitantes, tanto, que puede dejar en uno memorias indelebles.

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  2. Un cuento poetico y magistral! Evoca una nostalgia profunda. Esta muy agradable su cuento.

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