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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


jueves, 29 de abril de 2010

DOS POEMAS NUEVOS DE BALTASAR SANTIAGO MARTIN DEDICADOS A BELKIS Y A HEBERTO.

Baltasar Santiago Martin

Poema para Heberto.
Para ti,

que lanzaste la primera bola en aquel fuego

contra los mascarones vacíos de la uneac, ... Ver más

marionetas sumisas de un retablo de horror,

sacrificios sin fin,

y yermas consignas sin consuelo,

será siempre el bate, el guante y la pelota,

aunque momentáneamente hayas tirado la toalla,

enredado en los hilos de un terrible guiñol,

que muy pronto, por fin,

ahora sí, de verdad,

ya no estará en el juego.



Baltasar Santiago Martin

Belkis Cuza Malé bajo los tilos.



Es cierto que en Berlín

existe ya una avenida umbrosa,

del lado que fue rojo tras el extinto Muro, ... Ver más

pero tú,

huyendo precisamente

de esas tristes sombras,

engendro caribeño

de un Hitler tropical,

fuiste a refugiarte

a un camino de Texas,

de tilos refulgentes,

y una casa muy azul.

Heberto fue tu esposo,

el padre de tu hijo,

y el poeta difícil de la renunciación,

sufriendo ambos la cárcel,

el duelo del destierro,

y el final de su amor,

pero,

cual pitonisa de un futuro divino,

brillas hoy con luz propia,

en un juego de damas,

que no acepta otro Rey

que no sea Jesús.


©Baltasar Santiago Martín

miércoles, 28 de abril de 2010

LA NOCHE DE LA AUTOCRÍTICA EN LA UNEAC: 27 DE ABRIL DE 1971. TOMADO DEL BLOG: HTTP://BELKISCUZAMALE.BLOGSPOT.COM/

Monday, April 26, 2010


La noche de la autocrítica en la UNEAC: Abril 27 de 1971



Belkis Cuza Malé



Han pasado 39 años.

Como flechazos de luz recuerdo la escena. Estoy en Miramar, en la saleta del poeta Pablo Armando Fernández. Hay otros alrededor, alguien que quizás llega y dice que las agencias de prensa ya tienen un documento que ha escrito Heberto, que la Seguridad del Estado está difundiendo en esos medios. Es un documento de autocrítica. La luz que se filtra a través de las ventanas parece opacar mi visión. Pablo habla pero yo no entiendo nada, mueve las manos, va y se sienta en el mullido sillón. Maruja trae unas tazas con café. Yo me marchó más confusa que cuando llegué. No sé qué está pasando. No puedo imaginar de qué están hablando ahora las agencias de noticias, especialmente aquel señor corresponsal de France Press, que muchos aseguran era un colaborador de la policía cubana, el tal Chango, argentino.

En mi apartamento tengo de visita a mi amiga Elkes Arjona, va a quedarse por un día o unas horas, no lo recuerdo. Ha llegado de Santiago y está usando el pequeño cuarto de María Josefina. Es un día extraño del que vuelan los recuerdos. Anochece pronto o lo imagino así. Miro por la ventana y el hotel Saint John está a oscuras, mejor dicho, estamos a oscuras, la noche ha caído sobre La Habana, pues por extraño sortilegio, se ha producido un apagón, el primero del que se tenga noticia. La ciudad está completamente a oscuras. Luego lo veré como un símbolo de lo sucedido aquella noche. Hace un rato, todavía con electricidad, el teniente Gutierrez, de la Seguridad del Estado, ha llamado por teléfono y dice que dentro de una media hora estará aquí y que trae a Heberto. No puedo creerlo. Treinta y seis días incomunicado en las celdas de Villamarista, y salvo los 15 minutos que me permitieron verlo el 4 de abril, no he tenido otras noticias suyas. Ahora lo traen, y de pronto recuerdo que Elkes está en casa, y que sabrá Dios qué dirán si la ven. Por eso le pido que no salga del cuarto cuando toquen a la puerta.

La ciudad, repito, está a oscuras. Súbitamente a oscuras. Camino como sonámbula por el pequeño apartamento, hasta que siento que tocan y luego de advertirle de nuevo a Elkes que permanezca encerrada, voy y abro. Ha llegado la luz como por arte de magia hace unos minutos, y allí, de nuevo, hay unos hombres extraños en la puerta. Hombres de la Seguridad del Estado. He olvidado si el teniente Gutierrez viene de uniforme, sólo lo recuerdo como un tipo de mediana estatura, flaco, de rostro serio, que inspiraría confianza si no fuera de la policía política. Se hacen a un lado y dejan entrar primero a Heberto. Nos abrazamos, yo con más nerviosismo que nada, incapaz de creer que al fin se haya producido el milagro y Heberto esté de regreso en casa. Gutiérrez dice algo que tiene que ver con alguna cita futura y da media vuelta, le siguen los otros y se marchan.

Lo habían traído directamente a casa desde el Hospital Militar, según me contó luego. Allí pasó las últimas dos semanas de su prisión, enfermo de los riñones, a consecuencia del pentotal que le inyectaban en las venas. Todavía lo recuerdo sacando de sus bolsillos varios pedacitos de lápices con los que, dijo, había escrito la primera versión de la autocrítica, en la Seguridad. Estaba pálido y más delgado, pero casi tranquilo.

Cuando se cierra la puerta, ya a solas, se lleva el índice a la boca y me pide silencio. Vamos en busca de un papel y usamos aquellos pedacitos de lápices. Esa noche nos escribimos como si se tratara de cartas a algún ausente. Hay que mantener la boca cerrada y comunicarnos por escrito: las paredes tienen oido. Luego, a mi lado, allí en el sofá cama en el que entonces dormíamos, apretados uno junto al otro, como en uno de sus poemas, nuestros cuerpos son tablas de mutua salvación.

Al otro día, temprano, lo oigo hablando en el teléfono con María Luisa, la esposa de Lezama, y luego de una breve conversación con el autor de Paradiso, se dirige a la casa de Trocadero. Va a explicarle lo que ha pasado y lo que sucederá esa noche en la UNEAC: pero no hay necesidad de convencerlo, porque Lezama comprendió al instante lo que la Seguridad del Estado había tramado.

Sobre las siete de la tarde vamos ya en camino a la sede de la UNEAC, no lejos de nuestro apartamento en O y Humbold. No sé en qué tiempo, ni cómo, pero Heberto ha informado también ese mismo día a los poetas Pablo Armando Fernández, César López y Manuel Díaz Martínez de la situación y de lo que la Seguridad exigía a cambio de no proseguir la cacería de brujas contra ellos. El precio: la autocrítica.

Mientras atravesábamos en diagonal el parque de H, le digo que yo también quiero hablar, que voy a hacerlo. Pero me dice que no, que de ningún modo. Al final cede ante mi insistencia y soy yo, no él, quien decide que debo ser incluida en la autocrítica.

Subimos los amplios escalones de la mansión: en la puerta, lista en mano, un empleado de la UNEAC se encargaba de chequear a los que iban llegando. Sólo ciento cincuenta miembros habían sido *invitados* al espectáculo de degradación de aquella noche. Espectáculo único que pasaría a la historia como capítulo central del *caso Padilla*.

La sala Martínez Villena -- que hacía las veces de galería de arte, y que en tiempos de Gelats era el garaje, con apartamento de servidumbre en lo alto-- estaba repleta. Pero en medio de los escritores y artistas que parecían clavados ya a sus sillas, se movían unos extraños personajes, de traje y corbata, y cuyos rostros conocía de sobra, los policías de la Seguridad del Estado. Las cámaras de cine del ICAI ya estaban debidamente situadas frente a una mesa a la entrada, de espalda al jardín, mientras el público ocupaba el resto del salón, como en un teatro.

Sereno, como calculando lo que pronto sucedería y que él parecía conocer al dedillo, Heberto permanecía a mi lado, mientras se abría el espectáculo con las palabras de José Antonio Portuondo, excusando a Nicolás Guillén por no sé qué enfermedad. Era óbvio que Nicolás no deseaba estar presente, y que debía tenerle miedo a la Historia. Portuondo, por su parte, carecía de escrúpulos al asumir su papel de presentador, en calidad de vice presidente de la UNEAC. El antiguo rector de la Universidad de Oriente, y promotor de un grupo de jóvenes poetas de la provincia, entre los que me encontraba, había sido también mi profesor de estética en la Universidad de La Habana. A pesar de ser un viejo marxista, tenía aspecto y maneras de burgués, siempre vestido con elegancia, al igual que su esposa, una señora de porte distinguido a quien recuerdo en su casa de Vista Alegre, rodeada de comodidades y cierto lujo.

Cuando Heberto tomó la palabra, un extraño silencio estremeció la sala, como si las víctimas de los Procesos de Moscú revoletearan en el techo, pero pronto dominó la escena con su fabulosa capacidad de improvisación. Las cámaras del ICAIC lo seguían como espías malévolos; los agentes secretos de la Seguridad no le quitaban los ojos de encima. Heberto hablaba sin necesidad de echar mano a papeles o a guía alguna. Parecía un actor repitiendo un texto previamente aprendido. Se repetía a sí mismo. Repetía, con pelos y señales, el libreto previamente escrito en la Seguridad del Estado y que sus carceleros habían aprobado, luego de tachar y corregirle ciertas líneas. Incluso leyó un poema escrito en prisión, dijo él, en homenaje a la primavera. Un poema absurdo que era parte del espectáculo. El tono de la autocrítica era de por sí una denuncia al totalitarismo, a la dictadura. Una acusación que cualquiera podía ver a simple vista. Una trampa, en que Heberto hizo caer al propio Fidel Castro.

Si alguien duda de las verdaderas intenciones de su autocrítica, debería detenerse y analizar a fondo todo lo allí dicho, y leer entre líneas, porque incluso tuvo la habilidad de dejar bien claro el papel de informante de la Seguridad que había jugado Norberto Fuentes en aquéllo. Tres días antes de nuestra detención, Norberto --que no era amigo de Heberto, sino mío-- se había presentado en nuestro apartamento con el pretexto de hablarle de la situación en torno al fotógrafo francés Pierre Golendorf, detenido recientemente. Y luego de tres días de conversaciones, el viernes 19 de marzo, también se apareció en el Hotel Riviera, donde Saverio Tuttino, corresponsal italiano de la Unitá, se había citado con Heberto y Jorge Edwards para despedirse.

Pablo Armando Fernández, César López, yo y Manuel Díaz Martínez, fuimos ocupando uno a uno el banquillo de los autocriticados. ¿Qué dije? Ya ni lo recuerdo, pero sí que me acusaba a mí misma de hablar mal del gobierno y ser una desafecta y una malagradecida, incapaz de ver todo lo que, como escritora y ser humano, le debía a la Revolución, y cómo había yo influido negativamente en Heberto.

Todavía resuena en mis oidos la voz del poeta haitiano René Depestre, su español afrancesado, lleno de emoción, quien entre incrédulo y asombrado, con auténtico candor, se pone de pie y saluda. ¿Cómo no iba Depestre a reconocer la farsa? La respuesta la da cuando poco tiempo después se marcha de Cuba para no volver jamás.

Las luces se van apagando, los *actores* reciben abrazos, saludos, confraternización, como si allí no hubiera pasado nada, como si las aguas bautismales nos hubieran librado para siempre del pecado cometido contra la Revolución.

Los policías se escurren entre la multitud, y el ICAIC recoge sus cámaras y artefactos y se marchan todos. Santiago Alvarez, director del Noticiero ICAIC, lleva bajo el brazo la cinta maldita de la grabación. Fidel Castro lo espera impaciente en su despacho para verla. Al menos, piensa, ha conseguido humillar a Heberto, hacerle que se trague sus propias palabras, y avergonzarnos al resto.

Pero días después la respuesta de los intelectuales europeos y latinoamericanos más importantes de la época, desde Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, hasta el propio García Márquez, lo hizo despertar de su sueño. La autocrítica de Heberto Padilla se había convertido en un boomerang, y dañaría para siempre la imagen de la Revolución en el mundo.



FOTOS: Heberto Padilla, por Lee Lookwood

Florencio García Cisneros, con Heberto y Belkis, en Cuyler Rd, Princeton, 1992.

Labels: autocrítica, Belkis Cuza Malé, Heberto Padilla, UNEAC

ANDRÉ GLUCKSMANN: "ESPERO ESCRIBIR LA NECROLÓGICA DEL ÚLTIMO MARXISTA" TOMADO DE ABC.ES

     
André Glucksmann: «Espero escribir la necrológica del último marxista»

Filósofo francés, premio de los Derechos Humanos en Auschwitz


                                            © FOTO ERNESTO AGUDO


La cocinera, el mayordomo y el último mamut comunista



André Glucksmann, que intervino en La Noche de los Libros y publica «Los dos caminos de la filosofía» (Tusquets), abomina del comunismo, del estalinismo, del maoísmo: «Europa fue escuela de horrores y revoluciones totalitarias. Inventó las revoluciones de la mayoría en pro de la libertad: Portugal, España, el Muro». Y se enorgullece: «Mario Soares me dijo que mi libro «La cocinera y el mayordomo» le ayudó para mantenerse firme ante el último mamut comunista que quería perpetrar un golpe de Estado».

ANTONIO ASTORGA -¿Francia sigue esquizofrénica por la momia del 68?, ese cadáver putrefacto, nada exquisito.

-En París nos manifestamos contra la intervención de los tanques en Praga. El Mayo francés era un movimiento anticomunista. Se dijeron estupideces. Hoy celebramos su entierro. En las paredes del 68 había retratos de todos los asesinos del siglo: Stalin, Lenin, Mao, Che... La izquierda que se aferra a la rancia momia del 68 es la representación de la muerte de ese 68.

-Se acaba de reeditar en España el silenciado «Libro Negro del Comunismo» (Ediciones B). ¿Qué supuso leerlo en Francia?

-¡Nada! Ya lo sabía todo. Había escrito sobre esas atrocidades veinte años antes, y me asusté: las mismas disputas estúpidas llegan a repetirse. Poco a poco, por fortuna, hay menos marxistas ya. Algún día, si Dios me deja vivir, espero escribir la última necrológica del último marxista.

-¡Que no sea la de Groucho!

-Los hermanos Marx sí que son fantásticos. Se puede leer a Carlos Marx, profesor y autor. Pero a mí los que me extrañan son los marxistas que no se han dado cuenta de que Europa ha liquidado el comunismo. Por lo menos hemos sabido salir del infierno comunista. El marxismo salió de Europa del Este. Quedan los discursos y las palabras, aunque la economía ya no es marxista.

-Los carcas del 68 dicen de usted que no fue «fiel» a la revolución. Afile la navaja de Ockham.

-A los viejos profesores que tienen mi edad les digo: «A ti lo que te pasa es que sueñas con la Revolución, y yo, sin embargo, he hecho una Revolución enorme, democrática, que recorrió toda Europa y que ha conseguido acabar con los restos del fascismo y con el Imperio Soviético». ¡Cincuenta años después de Yalta, y sin derramar una gota de sangre! Me reprochan no ser fiel a la Revolución, pero sí que lo soy. Yo tengo una idea nueva de la Revolución, que viene de Juan Pablo II.

-Con Wojtyla, comparte el premio Derechos Humanos en Auschwitz, que le entregó el Papa.

-Toda la obra de mi vida es lo que esto representa. Contra Auschwitz, frente a aquellos asesinatos, hemos renovado todos los derechos de la persona. Antes de la Segunda Guerra Mundial, esos derechos eran una utopía idealista, ¡la bella Europa, y al mismo tiempos se colonizaba!... Los derechos humanos sirven para frenar la inhumanidad. Y esta es mi idea común a Unamuno, que no soporta el grito de «¡Viva la muerte!», que le espetan los falangistas el «Día de la Raza», año 1936, en la Universidad de Salamanca.

-San Miguel Bueno, Unamuno.

-Recuerdo lo que dijo Unamuno: «Acabo de oír el necrófilo e insensato grito «¡Viva la muerte!». El general Millán-Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor».



-Al rector le salvó el pellejo de la barba la señora de Franco.

-Carmen Polo tomó del brazo a Unamuno y le escoltó a su casa. Él murió tres meses más tarde. Cervantes encarna el valor del hombre solo frente a las masas. Como Unamuno y Picasso. Les marcaron los horrores de la batalla. Veo un acercamiento maravilloso entre los dos, que explica el final de la guerra y el comienzo de la democracia española.

-¿Por qué se quiere desenterrar la infamia en nombre de extrañas legitimaciones políticas?

-La masacre del bosque de Katyn muestra bien que después de un cierto tiempo hay que intentar enfrentarse al crimen de unos y de otros. La Guerra Civil española fue el anuncio de todo lo que está pasando incluso hoy en día. Cuando fui a Argelia, me acordé de ese grito, «¡Viva la muerte!», al ver las bombas humanas integristas.

martes, 27 de abril de 2010

LA PRIMERA CUBA CASTRISTA POR: JUAN GOYTISOLO TOMADO DE WWW.ELPAIS.COM

LA PRIMERA CUBA CASTRISTA


La Habana de un Infante en nada difunto

Tras leer 'Cuerpos divinos', obra póstuma de su amigo Guillermo Cabrera Infante, el escritor Juan Goytisolo recuerda las vivencias de los primeros años en La Habana castrista. Y lo cuenta en este artículo para EL PAÍS

JUAN GOYTISOLO

En: Domingo. Madrid: 25 de abril de 2010. www.elpais.com



En 1960 recibí en París dos visitas, primero la de Carlos Franqui, director del diario Revolución, órgano oficial del Movimiento del 26 de Julio, y luego la de Guillermo Cabrera Infante, responsable de Lunes, su excelente magacín literario, que, de regreso de un viaje a la URSS, no parecía muy encantado por cuanto había visto y oído. Ambos me propusieron una invitación a Cuba, con cuya Revolución me identificaba con entusiasmo. El viaje se demoró un año y, a mi llegada a La Habana a primeros de diciembre de 1961, me encontré con la sorpresa de que el magacín de Guillermo había sido clausurado. Junto a la polémica suscitada por la prohibición del documental P.M de su hermano Sabá y el fotógrafo Orlando Jiménez Leal y la histórica reunión de los escritores y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional, en la que Fidel Castro expuso su concepción de la nueva literatura revolucionaria, habían sucedido episodios inquietantes; la famosa redada de las Tres Pes (prostitutas, proxenetas y pederastas o "pájaros") de la que fue víctima Virgilio Piñera, y la infiltración del Consejo Nacional de Cultura y otros organismos oficiales por miembros del viejo aparato del PC, episodios de los que no tardé en enterarme por Franqui, Guillermo y el cineasta Néstor Almendros. Pero nada de eso menguó mi fervor por una Revolución apoyada entonces por la inmensa mayoría de los cubanos. Fruto de ello fue el reportaje Pueblo en marcha publicado primero en la isla y luego en París por la Librería Española de Antonio Soriano y cuyo valor más seguro es sin duda la reproducción fonética de la sabrosa habla popular cubana.



La Habana en 1961 seguía siendo en apariencia la retratada magistralmente en 'Cuerpos divinos'.

Nos fascinaba la espontaneidad de una religiosidad popular a mil leguas de la desaborida y hueca liturgia católica.

La tensión provocada por la confrontación entre EE UU y la URSS me indujo a vestir una noche el uniforme verde olivo.



Guillermo Cabrera Infante, en la redacción de Lunes, magacín literario del diario cubano Revolución, en La Habana, en 1961.-

No hay escritor más cubano que Cabrera Infante. La Habana y Guillermo son ya indisociables.

El segundo viaje fue motivado por la crisis de los cohetes y la confrontación Kennedy-Kruschev que estuvo a punto de provocar una tercera y mortífera guerra mundial. Con idéntico entusiasmo al de Guillermo, cuando a fines de 1958 quiso unirse a la guerrilla de Sierra Maestra, me embarqué en el primer avión rompebloqueo -¡vía Praga e Islandia!- con el propósito de entrevistar a Fidel Castro para el semanario francés L'Express, cuyo jefe de redacción era mi amigo Jean Daniel (entrevista que no pudo realizarse por un obstáculo tan imprevisible como ridículo, mi alergia mortal al vinagre; en una granja experimental a la que me condujo Franqui, el Líder Máximo me llevó amistosamente del brazo a la cava en la que aquél fermentaba y tuve que huir por pies, medio asfixiado por el ácido acético de la atroz caverna, y el Comandante lo tomó como un desaire a su grandiosa labor de ingeniería agrícola).

De la infiltración por la URSS de todo el aparato revolucionario cubano tuve una prueba concreta poco antes de esta segunda visita. La recepcionista de la embajada en París, según me confió Martha Frayde, a la sazón representante de Cuba en la Unesco, era nada menos que Caridad Mercader, madre de Ramón, el asesino de Trotsky, y en previsión al escándalo de su probable descubrimiento por la prensa francesa, me rogó que informara del hecho al ministro de Asuntos Exteriores Raúl Roa, cosa que hice nada más aterrizar en la isla. Manifiestamente, Roa no estaba al corriente de ello y Caridad Mercader regresó discretamente a Cuba.

La tensión provocada por la confrontación americano-soviética y la retirada posterior de los misiles ("Nikita, mariquita, lo que se da no se quita", coreaba la gente), tensión palpable pese a la dulzura del otoño habanero, me indujo impulsivamente a vestir durante una noche el uniforme verde olivo e ir de guardia con mis colegas Lisandro Otero, Edmundo Desnoes y Ambrosio Fornet a la base militar cercana a Rancho Boyeros, en donde supuestamente se almacenaban las ojivas nucleares soviéticas. Pero las cosas ya no eran tan claras para mí como en el año anterior: Guillermo estaba en Bruselas como agregado cultural; Franqui y su periódico soportaban una creciente marginación y, aun en la intimidad, Carlos se expresaba con cautela; Néstor Almendros vivía un segundo exilio en París, en donde le procuré clases de español para subsistir antes de que fuera descubierto por cineastas de la talla de Truffaut, Rohmer y Barbet Schroeder; y mis amigos -Walterio Carbonell, Calvert Casey, Virgilio Piñera... -permanecían en el limbo de un exilio interior, antes de ser barridos por el vendaval de la historia.

Aquellas semanas inolvidables frecuenté sobre todo a Titón, es decir, Tomás Gutiérrez Alea, viejo militante con Guillermo de la causa antibatistiana, para quien escribí un relato titulado Pausa en otoño, con miras a convertirlo en el guión de una película que él dirigiría. La melancolía del texto, ambientado en esos días cargados de amenazas, carecía de contenido político y no gustó al ICAIC (Instituto Cubano de Artes e Industrias Cinematográficas), pese a que su presidente, Alfredo Guevara, echaba entonces un pulso con la vieja guardia del PC de Blas Roca a propósito de la proyección de Accattone y La dolce vita (pero contaba, me dijo cuando fui a visitarle, con la protección, jamás desmentida, de Raúl Castro).

Evoco todo esto para explicar la fuerte impresión de la lectura de Cuerpos divinos en mis recuerdos de hace medio siglo. Tres años después del presente narrado, conocí a todos o casi todos los personajes mencionados en él. No sólo a las grandes figuras de la literatura, la historiografía y el arte (Lezama Lima, Carpentier, Fernando Ortiz, Wifredo Lam) o del cine y el periodismo (Gutiérrez Alea, René Jordán, Korda, Jesse Fernández), sino también a los escritores jóvenes agrupados primero en torno al desaparecido magacín de Guillermo y luego en Casa de las Américas (Heberto Padilla, Calvert Casey, Edmundo Desnoes, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat), así como a los burócratas del momento (Edith García Buchaca, Alfredo Guevara, Haydée Santamaría) y a quienes no tardarían en serlo (Roberto Fernández Retamar, el "Retama" del libro).

La Habana en 1961 seguía siendo en apariencia la retratada magistralmente en Cuerpos divinos, como en las demás obras de Guillermo. Pude escuchar de viva voz al gran Beny Moré, pero no a Celia Cruz, que ya se había exiliado. Elena Burke era la reina indiscutible del feeling. Las discotecas y bares con vitrola citados en el libro existían aún. En mis correrías de tenaz rompesuelas por el puerto y La Habana Vieja frecuenté sobre todo la taberna San Román y los barecitos de Jesús María, calle que evocaba para mí la canción memorizada en la niñez: "¡Ay, mamá Inés / ay mamá Inés / todos los negros / tomamos café". En uno de sus locales, las militantes de los Comités de Defensa de la Revolución inscribían a las prostitutas en los cursos de alfabetización. En otro, el bar Mi Amor, solía beber cubalibres con el dueño, un fornido mulato de ojos claros, en compañía de la bellísima actriz Bertina Acevedo, amiga de Gutiérrez Alea y mi fugaz pareja femenina de la época.

Los plantes ñáñigos y ceremonias de santería en honor de las divinidades orishás descritos en Cuerpos divinos me atraían tanto como a Guillermo. Los dos éramos lectores de Lydia Cabrera y nos fascinaban los diablitos danzantes, los misterios del cuarto fambá, los sacrificios rituales de gallos, la espontaneidad de una religiosidad popular a mil leguas de la desaborida y hueca liturgia católica. Bastaba tomar una de las lanchitas que unían el muelle habanero con Regla y Guanabacoa para desembarcar en un mundo arraigado en la isla desde los tiempos de la colonia y que, como comprobaría en 1967, sería condenado de nuevo, como en aquélla, a la marginación y la clandestinidad en nombre de la pureza ideológica, aunque su suerte la selló en 1971 el Congreso Nacional de Educación y Cultura al calificar a las religiones africanas de "semillero de delincuentes". Por fortuna, dicha persecución, atribuida a los excesos de la "década ominosa", cesó a mediados de los ochenta y las divinidades africanas reciben hoy las ofrendas de una población mayoritariamente mulata y negra, ansiosa de un refugio en el que guarecerse de las dificultades sin horizonte de la vida diaria.

Me gustaría demorarme en los personajes del libro devorados por la Revolución, con alguno de los cuales me crucé, pero que todos ellos suenan familiarmente en mis oídos: el comandante Alberto Mora, dirigente del diezmado Directorio Revolucionario, famoso por el frustrado asalto al palacio presidencial de Batista y al que la protección del Che salvó temporalmente la vida (Mora se suicidó años más tarde, como refiere Cabrera Infante en Mea Cuba); el embajador Gustavo Arcos, compañero de lucha de Fidel, condenado después a largos años de cárcel por no entonar una contrita retractación pública; los que lo sacrificaron todo a la lucha antibatistiana y acabaron sus días como apestados sociales o en la melancolía del destierro.

A las semblanzas un tanto apresuradas del Che, Fidel (a quien Cabrera Infante acompañó durante su visita a Nueva York en 1959 y en su gira por Hispanoamérica) y de otros dirigentes revolucionarios, prefiero, por su precisión genial, la que traza de Hemingway, laureado ya con el Nobel y en perpetua representación de su genio y figura (yo lo conocería meses después con Monique Lange y Florence Malraux, en Málaga, París y ArIes, como relato en En los reinos de taifa, y puedo confirmar sus dotes de retratista): "un hombre grande, colorado como un camarón cocido, que caminaba vestido como un turista, usando zapatos bajos pero no sandalias, (...) los largos calcetines hacían de sus piernas un mazacote de músculos con las pantorrillas boludas y protuberantes. Llevaba una suerte de pulóver suelto y listado, como si fuera mitad hombre y mitad cebra. No usaba barba y su cabeza se veía enorme". La escena del encuentro muy poco casual con él en el Floridita en compañía de Lisandro Otero (a quien llamaba en la intimidad Risandro Otelo por sus desmesurados celos: en una velada en casa de Franqui en la que bebí más de la cuenta había apoyado mi mano en el hombro desnudo de su realmente hermosa mujer y él la retiró con un farfullado "no me la gastes" que corrió de boca en boca hasta llegar a oídos de Guillermo en Bruselas), es tan jocosa como significativa e introduce muy bien el mundo del escritor convertido voluntariamente en estatua animada de sí mismo, mundo expuesto después en el cuadro de Finca Vigía y, por fin, durante el rodaje del filme sobre El viejo y el mar, en medio de su corte de famosas y de servidores, con sus desplantes y groserías. "Me sorprendió", dice el autor de Cuerpos divinos, "que supiera tan poco el español, que su acento americano fuera tan espeso, que la voz se hiciera grave con la pastosidad de la mala pronunciación". En las cartas que escribió a Monique Lange empleaba en efecto una especie de esperanto trilingüe y sus frases en castellano estaban plagadas de errores sintácticos y faltas de ortografía.

Con todo, las mejores páginas del libro son las consagradas al amor por las adolescentes y jóvenes bellezas cubanas. Con una delicadeza y sabiduría artística raras, el autor desnuda sus cuerpos divinos sin caer nunca en la ordinariez de las consabidas escenas de cama con que nos agobian los malos novelistas y cineastas. El relato de sus relaciones con Elena, con las dudas, retrocesos, pausas e inexplicables cambios de humor de ésta, no tiene nada que envidiar al de Nabokov. La fascinadora Lolita isleña resucita viva y muy viva por obra de la magia del escritor. Con pluma certera, Cabrera Infante nos invita a seguir las vicisitudes y vericuetos de la relación entre ambos, los amores y desamores de ella: esa indiferencia suya al mundo real digna del Mersault de Camus. Tras el distanciamiento recíproco, la nueva pasión del entonces crítico de cine de Carteles -tal era el oficio de Cabrera Infante antes de su entrada en el diario Revolución -se vuelca en la que ya para siempre sería su compañera. El recorrido con Ella, así la llama, por los bares, clubes y hoteles de El Vedado, traza una incentiva cartografía nocturna pronto sepulta por el purificador torrente de lava del nuevo orden moral.

Como en Tres tristes tigres y en La Habana para un Infante difunto, Guillermo convierte la capital cubana en un ámbito literario de realidad perenne, en una crónica minuciosa de la que fue hace medio siglo, que no envejece ni envejecerá. Como dije hace un par de años al comandante William Gálvez -uno de los héroes del Granma durante una imprevista y corta visita suya a Marraquech, en respuesta a su afirmación de que Cabrera Infante "no era cubano", no hay escritor que lo sea más que él. La Habana y Guillermo son ya indisociables. Los vencedores se truecan siempre en fiscales de la historia, pero no estoy muy convencido de que ésta les absuelva, como sinceramente creían hace cincuenta y tantos años.

 
 
 
 
 
 
 
 
 

lunes, 26 de abril de 2010

TRIBUNA: JORGE EDWARDS LAS ANTENAS DEL DESTINO TOMADO DE EL PAÍS EDICIÓN IMPRESA.


TRIBUNA: JORGE EDWARDS


Las antenas del destino

JORGE EDWARDS 15/04/2010



Vota Resultado 63 votos Era el título de uno de los libros de Violeta Quevedo, seudónimo que ocultaba a dos hermanas escribidoras, ingenuas, en cierto modo ajenas a este mundo, pero buenas observadoras de la realidad chilena de los años cincuenta y sesenta. Me parece recordarlas, delgadas, huesudas, de boinas y calcetines de lana gruesa, llenando modestas papeletas de depósito en las oficinas de un banco del centro de Santiago. "Violeta por lo humilde, declaró una de ellas a la prensa de la época, Quevedo por lo que veo...". Recordé a las hermanas inefables después de leer Cuba Libre, la recopilación de los últimos tres años de la cubana Yoani Sánchez, quien, desde luego, no tiene nada de ingenua, y quizás tampoco sea humilde, pero es una formidable, aguda observadora de la Cuba de estos días. Yoani Sánchez, que empieza a ser conocida en el mundo como la bloguera cubana, nació en La Habana hace 35 años, hija de un empleado de los ferrocarriles, que eran entonces de propiedad soviética. No hay nada más literario que los trenes. Se podría escribir un ensayo interesante sobre los trenes en la literatura del siglo XIX y en la del siglo pasado, sin olvidar al padre ferrocarrilero de Neruda y la historia del tren lastrero.



Cuba

A FONDO

Capital: La Habana.Gobierno:República comunista.Población:11,423,952 (est. 2008)La noticia en otros webs

webs en español

en otros idiomas

La 'bloguera' cubana Yoani Sánchez fabrica pequeñas bombas de tiempo con las anécdotas cotidianas



Los cubanos pagan hasta un salario mensual para tener parabólicas ocultas

Pero Yoani Sánchez, tan escritora como nadie, no escribe, como el autor de Macchu Picchu, con excesos retóricos, letanías gongorinas, torrentes verbales. Su experiencia de la Cuba contemporánea, precisamente, la lleva a refugiarse en la miniatura, en la viñeta, en el humor leve, soterrado, en las anécdotas cotidianas, de barrio, desprovistas de todo énfasis, pero siempre sugerentes, instructivas, reveladoras.



En su país, el verbo torrencial es el verbo oficial, la manipulación abusiva del lenguaje practicada desde el poder durante décadas interminables, con monotonía abrumadora. Algunos, incluso en Chile, siguen creyendo en la fórmula, en su magia gastada, ramplona, y la respuesta de Yoani Sánchez no puede ser más convincente: una escritura concisa, que recoge la sabiduría de la calle, las voces discretas, los gestos expresivos, una poderosa contracorriente soterrada. Uno de sus blog, por ejemplo, se refiere a las viejas recetas del pan, a la "milenaria combinación", como dice ella, "de harina, agua, levadura y fuego". El socialismo real, que empezó a extenderse por el planeta a partir de 1917, terminó por convertirse en experto de los milagros al revés, de la desmultiplicación de los panes, los peces, los vinos. La bloguera, en pocas palabras, nos habla de los panes de su infancia, desaparecidos, transformados en sustancia de fábula, con cuya masa se podían formar muñequitos y hacer bolitas. En nombre de la teoría revolucionaria, se terminaron los panaderos privados, de barrio, que tenían su especialidad particular, su toque personal, y se produjo la más completa insipidez funcionarial y estatista: un pan blancuzco, que no pesa, que hace daño a las encías y se deshace en una arenilla que mancha la



ropa. Parece una exageración, pero es otra cosa: una verdad menuda y reveladora, que nadie se atreve a decir, con la excepción de Yoani Sánchez.



La bloguera tiene la mirada del miniaturista, del escritor comprometido con las cosas pequeñas, que no rehúye su compromiso y que al proceder en esta forma fabrica, como quien no quiere la cosa, pequeñas bombas de tiempo.



Sería extraño que dictadores palabreros, vociferantes, borrachos de retórica, pudieran ser amagados, quizá destruidos, por una palabra menor, deliberadamente modesta, pero sería también una lección de notable higiene mental, un fenómeno que podría volvernos optimistas con respecto a los procesos lentos de la historia. Porque la lectura de los textos de la bloguera, entre otras cosas, nos comunica un aire de verdad y nos hace comprender una frase que parece haberse gastado con el uso: que sólo la verdad nos hará libres.



Supongo que podríamos analizar los textos de Yoani Sánchez utilizando el sistema que descubrieron los teóricos franceses y que bautizaron como "deconstrucción", pero soy hombre que puede llegar a divertirse con las teorías, pero que se resiste, por temperamento, por lo que sea, a tomarlas en serio.



En una de sus viñetas, que casi nunca tienen el menor desperdicio, la autora cita una frase de Julio Antonio Mella, fundador del Partido Comunista de Cuba en 1925. "Todo tiempo futuro tiene que ser mejor", anunció Mella, en un arrebato de optimismo revolucionario, y la bloguera se hace preguntas inevitables, inevitablemente corrosivas, que ya me tocó escuchar muchas veces en Cuba antes de que ella hubiera nacido, en los remotos finales del año 1970 y comienzos de 1971. Porque la calle donde nació ella y donde alguna vez hubo asfalto es ahora "una accidentada superficie de baches, polvo y piedras", y en los garfios oxidados de la carnicería de la esquina ya no cuelga un pedazo de carne "hace mucho tiempo".



Aquí me atrevo a esbozar no sé si una teoría, pero por lo menos un punto de vista que se amplía con la experiencia reiterada. Hay escritores y filósofos del pasado, incluso de la antigüedad clásica, que desarrollaron una visión del presente, del instante, de la belleza de la vida en su plenitud inevitablemente pasajera. ¿Fueron reaccionarios, indiferentes, egoístas?



El siglo XIX, en cambio, fue una época de constructores de grandes sistemas de anticipación. Carlos Marx es el más conocido e influyente, pero hubo muchos otros. Y el desmentido de la teoría, la gran contraprueba, vino con la implantación de los socialismos reales.



El embajador de la antigua Yugoslavia en La Habana, a fines del año 1970, me decía que ellos (los dirigentes cubanos) no sabían que no existe ninguna filosofía que dure más de 100 años. Julio Antonio Mella, mucho antes del castrismo, tampoco lo sabía. Yoani Sánchez, por su parte, sin necesidad de filosofías, lo sabe por la piel, por la experiencia diaria, quizá por su sensibilidad femenina, por la necesidad de encontrar alimentos sanos para su hijo, necesidad que se le plantea al despertar todas las mañanas.



El libro me lleva a una conclusión interesante: el paso cansino, pesado, ahora militarizado, de la Revolución castrista, se queda cada vez más atrás en el camino de la tecnología. Una de las viñetas más logradas tiene un título que resulta algo enigmático para la gente de mi tiempo: Parabólicas. Parece que en La Habana de hoy, a nivel de familias, existe un apasionado interés por hacerse con antenas clandestinas que puedan conectar con la televisión de México o de Miami. En vez de los programas oficiales, grises, llenos de interminables discursos políticos, hay películas norteamericanas y de todos lados, espectáculos de baile y de música popular, teleseries.



Leo estas líneas y me reconcilio con las teleseries, culebrones, rockeros de toda especie. Viva la farándula, me digo, y me sonrío. Las familias pagan hasta un salario completo mensual para que los técnicos del mercado informal instalen estas misteriosas parabólicas en lugares ocultos de los techos, de las cañerías subterráneas, bajo amenaza de serias multas y confiscaciones. Es la historia cotidiana, menuda, la intrahistoria, que se burla de las teorías políticas, una vez más. Y la palabra precisa de la bloguera lo pone en la más perfecta evidencia. Da en el centro mismo del blanco.



Jorge Edwards es escritor chileno, premio Cervantes en 1999.

© EL PAÍS EDICIÓN IMPRESA

domingo, 25 de abril de 2010

CELIA L. CUSSEN / PRESENCIA AFRICANA EN CHILE: RELATO DE UNA AUSENCIA

CELIA L. CUSSEN

Investigación Un nuevo libro rescata las huellas de este grupo en el país y en América


Presencia africana en Chile: relato de una ausencia



Hacia el año 1777, la población de Santiago estaba compuesta en un 19 por ciento por personas definidas como "negras" según los censos. ¿Qué ocurrió con la población africana y sus descendientes en el país? Esta y muchas otras interrogantes sobre la historia de esta minoría son planteadas en el libro "Huellas de África en América", compilado por la historiadora Celia L. Cussen.



Evelyn Erlij

Poco suele hablarse de la presencia de africanos y afrodescendientes en Chile cuando se enseña el período de la Colonia en las escuelas. Siguiendo las afirmaciones de Diego Barros Arana, la típica mención que se hace es que no se adaptaron al clima chileno y que, por lo tanto, el número que llegó a partir del siglo XVI al país fue escaso, a pesar de que las cifras indican que en el siglo XVII, el 25 por ciento de la población de Santiago fue descrita como "morena", "parda" o "mulata" en sus partidas de bautismo.

Sin embargo, esa tajante explicación no sólo se convirtió en la versión oficial en los colegios, sino además hizo que las generaciones posteriores de historiadores no le prestasen mayor importancia al tema de las minorías de origen africano, tanto esclavas como libres. Si bien "Guillermo Feliú Cruz, Rolando Mellafe y Gonzalo Vial habían examinado aspectos de la trata, las normativas y la abolición de la esclavitud, muy pocos habían extendido esas exploraciones iniciales", escribe la historiadora Celia L. Cussen en el prólogo de "Huellas de África en América: Perspectivas para Chile". Una obra que compila una serie de novedosas ponencias presentadas en 2007 en un coloquio en la Universidad de Chile.

El inédito encuentro -donde expusieron algunos de los investigadores más connotados en la materia, como el reconocido historiador estadounidense Herbert S. Klein y Carmen Bernand, profesora de la Universidad París-oeste Nanterre- fue el primer acercamiento formal a nivel de academia en Chile al tema de la presencia de africanos, lo que permitió la apertura de un campo de investigación hasta ahora muy poco explorado, aun cuando Chile tiene el mérito de haber sido uno de los países pioneros en la abolición de la esclavitud en 1823.

Un pasado desconocido

"La historia de los africanos y sus descendientes en América es un tema bastante estudiado en gran parte del continente", comenta Cussen, en referencia a Estados Unidos y Brasil. "Diferente es el caso de algunos lugares de América española continental, como México, Perú, Argentina y Chile, donde sólo en los últimos 10 ó 20 años ha surgido un interés en la historia largamente olvidada e incluso negada de la esclavitud negra y sus consecuencias y aportes".

-En el caso chileno, parecen quedar pocas huellas visibles de la presencia africana.

"La esclavitud africana en Chile es bastante poco conocida, pero su presencia está absolutamente documentada en los archivos, donde muchos chilenos coloniales, y no sólo los más prósperos, contaban con uno o más esclavos entre sus bienes al momento de testar. Incluso los negros que lograban salir de la esclavitud invertían en esclavos para sus pequeños talleres artesanales. Las cifras son indesmentibles: el censo del Obispado de Santiago de 1777-78 constata que el 12 por ciento de la población entre Copiapó y el Maule eran descendientes de africanos, algunos esclavos, otros libres. En Santiago en esa fecha, la proporción de negros se eleva al 19 por ciento. Pero como Jean-Paul Zúñiga constata en el libro, en su artículo "Huellas de una ausencia", las proporciones de negros bajaban rápidamente incluso en la misma época colonial, un fenómeno que él llama la 'estrepitosa desaparición' de la presencia negra en Chile".

-¿Cómo podría entenderse ese fenómeno?

"La explicación es compleja, pero parece estar relacionada con que los negros lograban acceder con relativa facilidad a la manumisión, cuando sus amos les concedían la libertad por gracia, o cuando lograban comprar su propia libertad y luego la de sus parientes, uno por uno. Entonces, los hijos de los negros libres pasaban a integrar otros segmentos de la sociedad a través del matrimonio, debido a que en el mundo católico estaba asegurada la libre elección de cónyuge. Lo que sorprende en el caso de Chile es la frecuencia con la cual los descendientes de africanos se casaban con mestizos e incluso criollos y españoles. Estamos en presencia de una sociedad colonial bastante abierta en términos sociales, que aceptaba al africano con más facilidad de la que hoy en día se acepta los inmigrantes andinos".

Olvido de la historia

"Una vez libre, el afroamericano jugó un papel mucho más importante en las sociedades latinoamericanas que en las colonias y naciones inglesas", revela Herbert Klein en su ponencia publicada en "Huellas de África en América", donde también explica cómo negros y mulatos libres fueron un elemento fundamental en los ejércitos de países como España y Brasil.

Pero así como cada país tiene sus historias particulares respecto de la esclavitud y su abolición, también existen rasgos compartidos en torno a este fenómeno en América.

"El régimen legal heredado de España medieval regulaba y, en cierto sentido, promovía la manumisión de los esclavos y la posibilidad de casarse con personas libres e incluso de otras razas, si bien los amos estorbaban muchas veces el ejercicio pleno de estos derechos", explica Cussen respecto de las similitudes de esta práctica en el continente. "Los esclavos en todas partes también se reunían en las cofradías, agrupaciones patrocinadas por las parroquias y conventos, que les ofrecían la posibilidad de juntarse con regularidad y con mínima supervisión a tejer redes sociales y una identidad común, honrar su santo patrón y apoyarse de forma material y espiritual a la hora de la muerte", detalla la historiadora.

A pesar de que la compilación revela aspectos desconocidos y novedosos de la presencia africana en América, la autora recalca que aún quedan muchas aristas por investigar, lo que ha motivado a las nuevas generaciones de historiadores a saldar esta deuda histórica. Según su opinión, el escaso estudio de este tema no sólo se debe a que en Chile la presencia indígena era muy fuerte en términos numéricos y territoriales en comparación con la población negra. También advierte que ha existido una dificultad de varios países americanos de asumir su herencia africana.

"Sin duda, ha sido bastante difícil para algunas sociedades reconocer la presencia histórica de los africanos y sus descendientes. En los países de América española continental, la identidad nacional está construida sobre la base de que los habitantes son descendientes de españoles e indígenas. El hecho de que alguna parte de la población lleva en sus venas sangre africana y que sus antepasados fueron mercadería humana no encaja fácilmente con esta visión de la nación mestiza", señala Cussen.

Su texto, sin embargo, es un primer paso para superar los prejuicios y miedos que por siglos mantuvieron a esta parte de la historia de Chile en el olvido.

Raza y color en el mundo colonial: nuevas y necesarias perspectivas

El liberto negro Manuel de Amat había nacido hacia 1750 en Angola, siendo capturado por "otros negros" y luego "bautizado" para ser vendido en Buenos Aires. Esclavo doméstico durante gran parte de su residencia americana, Manuel es manumitido por su ama española, dedicando los años siguientes de su vida a reunir dinero para "rescatar" a su esposa, sujeta aún a la condición servil. En su testamento, Manuel se describe a sí mismo como "pardo", es decir mulato, y no como negro. El eufemismo revela una autopercepción distinta a su estatuto racial objetivo, una negociación entre la identidad africana y la europea.

En efecto, las ideas sobre raza y color en el mundo colonial ibérico admitían una cierta capacidad de acomodo , y no siempre coincidían con la apariencia del individuo. Las "pinturas de castas" del siglo XVIII procuraron establecer una taxonomía de las mezclas entre indios, negros y europeos, y documentaron combinaciones tan heterodoxas como "morisco" (mulato con española), "chino" ("morisco" con española), "salta atrás" ("chino" con india), o "lobo" ("salta atrás" con mulata).

Se ha discutido si estas tipologías tenían una aplicación real en las colonias, o bien si se trataba de una elaboración puramente teórica. En cualquier caso, dan cuenta del ascenso y proliferación de los grupos de mestizos y mulatos libres, las así llamadas "castas", que tendrán un lugar crucial en la formación del artesanado y del bajo pueblo latinoamericano. Las castas constituyen así una zona gris -a menudo escasamente contemplada por la legislación de la época- entre los dos polos originales de la sociedad colonial: la "República de Indios" y la "República de Españoles".

Nacido "negro cafre o bozal" y muerto "pardo cristiano", de Amat es también prueba de una aculturación exitosa, un "blanqueo" que llevará a gran parte de los descendientes africanos a ser absorbidos por las sociedades nacionales tras 1810.

Aporte esclarecedor

Celia Cussen ha reunido en "Huellas de África en América: perspectiva para Chile", una serie de artículos especialmente esclarecedores. Cada uno de los ensayos proporciona una perspectiva, cuando no inédita, sí necesaria y penetrante. Los autores del volumen abordan el comercio negrero atlántico y las formas que asumió la esclavitud en las Américas, así como las sociabilidades pública y privada entre amo y esclavo. En no menor medida, el estudio colectivo se concentra sobre la transición histórica entre "negros" y "castas", proceso en el que convergieron la manumisión, la emancipación legal y el mestizaje.

El itinerario probable de un liberto negro después de 1810 -nos recuerda la investigadora Carmen Bernard- era integrarse al artesanado o escalar posiciones una vez enrolado en las milicias de la Independencia. Impedido de cursar la carrera eclesiástica o de entrar en las universidades, el Ejército constituía, incluso para el siglo XVIII, una interesante vía de ascenso social. Pero la integración de los ex esclavos dependía, drásticamente, de los escenarios jurídicos y económicos en que se hubiera desarrollado el régimen de trabajo servil. La esclavitud podía tomar así un carácter doméstico o urbano, o bien adquirir un perfil de enclave rural, como lo eran las plantaciones de algodón o caña.

Herbert Klein examina las diferencias entre las instituciones esclavistas de América Latina y Estados Unidos, sociedad caracterizada por un mayor aislamiento de su población afrodescendiente a través el siglo XIX. Pero la influencia de la plantación capitalista -opina Klein- no siempre resulta determinante para juzgar la futura segmentación de los negros libres. En las repúblicas latinoamericanas -donde también existieron plantaciones, por ejemplo Brasil y Cuba- el "color" era un marcador de estatus, si bien modulado por otros marcadores, por oposición a Estados Unidos, donde el "color" era el marcador fundamental. De ahí el "éxito relativo" de las sociedades criollas en absorber a su población negra.

En este sentido, Chile parece ser un caso extremo, careciendo de rastros culturales o sociales que testimonien una anterior presencia africana. Tradicionalmente subestimada, la cifra de esclavos negros en Chile -esclavos indios los hubo nominalmente desde 1608- era tan considerable que en los censos del siglo XVIII sumaban la cuarta o quinta parte de la población total. Cien años después este contingente se diluiría casi sin huellas, absorbido en los estratos inferiores del pueblo. Cabe especular que los motivos para esto se encuentren -según Cussen- en la singularidad que representó la Guerra de Arauco. La crónica beligerancia con las huestes al sur del Biobío habría engendrado solidaridades personales entre esclavos (negros) y amos (blancos), propiciando una espontánea política de manumisiones.

Cofradías y cultura ecléctica

Un mérito adicional de "Huellas de África en América" concierne al estudio del origen tribal de los esclavos, y su posterior recomposición en las "cofradías de negros", grupos de feligreses con devociones particulares, asociados al culto de una iglesia o parroquia. Desde luego, el problema de la pertenencia étnica de los esclavos, más allá de su calificativo común de "negros", plantea un auténtico rompecabezas.

Tan temprano como en 1627, el jesuita Alonso de Sandoval identificó las eventuales procedencias de los "bozales" que desembarcaban en Cartagena de Indias. Pese a la gran variedad que registró Sandoval, las denominaciones genéricas de negros Congo y Angola fueron las que, sin ser exactas, finalmente prosperaron.

Las cofradías de negros retomaron esta tradición y congregaron a los cautivos en gremios religiosos asociados tanto a Angolas como a Congos, si bien ahora el vínculo era más metafórico que real. La existencia y continuidad de estas hermandades devocionales permitió el desarrollo de una cultura ecléctica, con elementos animistas y católicos. Manifestaciones musicales y dramáticas tuvieron lugar en este contexto, y fueron el embrión del cual emergieron expresiones típicas latinoamericanas.

El volumen editado por Cussen cierra con un significativo epílogo. Se trata de la peripecia de la fragata negrera "Trial", naufragada en las costas de Concepción luego de un motín de esclavos. El episodio fue recuperado por Melville y transcrito en clave novelesca en "Benito Sereno", narración emplazada en el litoral chileno. La historiadora Javiera Carmona lleva a cabo una reconstrucción conjetural de los amotinados, en especial de su líder, posiblemente un negro islamizado y semialfabeto. Al contrario del "pardo" Manuel de Amat, el negro Babo de Melville acaricia la extraordinaria idea de secuestrar un barco y regresar a un África apenas recordada.

http://diario.elmercurio.com/2010/04/25/artes_y_letras/_portada/noticias/F262C406-B581-4F65-94BF-48D0757751D3.htm?id={F262C406-B581-4F65-94BF-48D0757751D3}

sábado, 24 de abril de 2010

MARIEL EN SUS TREINTA POR: REINALDO GARCÍA RAMOS TOMADO DE EL DIARIO DE CUBA



                                      BARCO CAMARONERO, CARGADO DE CUBANOS, ARRIBA A LA        BASE NAVAL DE CAYO HUESO, FLORIDA, EL 30 DE ABRIL DE 1980 (AP)

Viernes 23 de Abril de 2010 08:34 Reinaldo García Ramos, Miami .


Mariel en sus treinta.

En semanas recientes, varias publicaciones y blogs (entre ellos DIARIO DE CUBA) se han estado haciendo eco del 30 aniversario del éxodo del Mariel, suceso trascendental en la historia de nuestro país. La conmemoración es válida: Mariel fue, sin duda, un acontecimiento descomunal, que marcó un antes y un después en la evolución de la realidad interna de la isla y reanimó y diversificó la vida cultural y espiritual del exilio. Nada fue igual para los cubanos después de Mariel, ni en Cuba ni fuera.



Mariel fue un vuelco decisivo en todo, y es comprensible. Entre el 21 de abril y el 26 de septiembre de 1980 ingresaron en el territorio norteamericano por esa vía 125,262 refugiados cubanos (cifras oficiales del Servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos). Tras un éxodo de esas características (masivo, monstruoso y violento, durante el cual se cometieron infinidad de maltratos e injusticias), cualquier nación queda estremecida hasta sus raíces; cualquier cultura se convulsiona.



Pero al cabo de 30 años, creo que los que participamos en aquella estampida y logramos salir con vida (ya que no ilesos), nos podemos sentir muy orgullosos: al demostrarle al mundo que estábamos dispuestos a arriesgarlo todo con tal de escapar de nuestro país natal, empezamos a desbaratar la máscara que el castrismo se había puesto, con la cual pretendía ser un gobierno justo y humanista. Creo que todos los cubanos tenemos mucho que aprender de aquellos hechos.



Sin embargo, quiero llamar la atención sobre una tendencia interpretativa de aquellos acontecimientos que fue engendrada por el gobierno cubano y enseguida consumida y puesta en práctica sin miramientos en diversos ámbitos del extranjero. Esa tendencia consiste en caracterizar a los llamados "marielitos" con los mismos esquemas que usó desde el principio la prensa oficial cubana: según el Granma (en su editorial del 7 de abril de 1980), todos los refugiados éramos "delincuentes, lumpens, antisociales, vagos y parásitos". Durante el éxodo y después, esa imagen peyorativa se divulgó ampliamente en los principales órganos de prensa internacionales y en amplios sectores del propio exilio cubano anterior al Mariel, sobre todo en el sur de la Florida. Decir "marielito" en 1980 en Miami equivalía a cerrar las puertas de la casa y, en muchos casos, llamar a la policía: la comunidad cubana del exilio se sintió primero confundida por aquellos inmigrantes, y luego amenazada, horrorizada.



Con el tiempo, gracias a la lógica sedimentación que estas crisis sufren en la conciencia colectiva y en los estudios llevados a cabo en las disciplinas pertinentes (se han realizado amplias y profundas exploraciones sociológicas e históricas no sólo en el mundo académico, sino también en el periodismo investigativo, aunque quede mucho por decir aún), esos esquemas interpretativos han ido desapareciendo, o por lo menos atenuándose, y la imagen de los refugiados de Mariel se ha ido profundizando y acercándose más a la diversidad y riqueza reales que caracterizaron a los integrantes del éxodo.



No obstante, debido a la conmemoración del 30 aniversario, en diversos medios he visto con preocupación que aún funcionan esos esquemas, que en ciertos órganos (sobre todo en obras de cine y en reportajes televisivos) se siguen aplicando los clichés estereotipados del 80. No quiero citar nombres ni mencionar obras concretas, porque mi objetivo no es hacer ataques personales ni estéticos; lo que deseo es volver a salirle al paso a esos esquemas, señalar que la interpretación del Mariel se debe ajustar, con ecuanimidad y mesura, a sus coordenadas más realistas.



Por ejemplo, en un cortometraje que se divulgó recientemente, se siguen realzando (al cabo de 30 años) los hechos delictivos que cometieron los tres mil presidiarios y locos que las autoridades cubanas montaron en los botes. Es decir, los autores de ese breve documental no lograron asimilar ni procesar lo ocurrido después de aquellos años ni tomaron perspectiva firme sobre la gran trampa que el gobierno de La Habana montó en 1980 con el deliberado propósito de adulterar la imagen de los demás integrantes del éxodo. El gobierno cubano "cocinó" ese plato para la prensa extranjera y los cubanólogos de salón, que durante el éxodo volvieron una vez más a dar muestras de ingenuidad y estuvieron dispuestos a creerse a pie juntillas los cuadros simplistas de la propaganda castrista. Eso fue entonces, pero ahora, cuando conmemoramos el 30 aniversario de aquel horrendo episodio de nuestra historia, es inquietante, y casi alarmante, que algunos intelectuales y creadores —el director de ese cortometraje es cubano—, sigan cayendo en el mismo esquema interpretativo. ¿No hemos aprendido nada?



Sí, vinieron tres mil personas que eran inadaptados o delincuentes o locos en Cuba y que, naturalmente, lo siguieron siendo aquí en Estados Unidos; pero además no vinieron por decisión propia (el gobierno vació las cárceles y coaccionó a los presos con nuevas sentencias para que se subieran en los barcos, y desde luego, los enfermos mentales que sacaron de los asilos no podían decidir nada por sí mismos). Eran individuos que no tenían idea de lo que iban a encontrarse en el extranjero y no estaban preparados para asimilar el cambio ni adaptarse al nuevo país. Pero esa fue sólo una parte de los refugiados: concretamente, el 2.4 % de la totalidad. Los que vinieron a crear problemas eran una minoría, pero además, y destaquemos este aspecto (que muchos lamentablemente olvidan) eran el producto cristalizado del sistema imperante en Cuba, eran la consecuencia viviente del desastre engendrado por aquel sistema errático y criminal.



Hay una triste distorsión en el modo en que se siguen repitiendo a veces los mismos clichés, con la cantaleta de que el Mariel sólo trajo gente inconveniente para el exilio; es triste que se sigan viendo las cosas de esa manera tan superficial, poniendo de relieve todavía el ingrediente negativo de los tres mil inadaptados y no destacando suficientemente el aporte y el valor y la voluntad constructiva de los demás. Creo que al cabo de 30 años es necesario cambiar la óptica y desenmascarar la maniobra que La Habana desplegó en esos meses para desprestigiar a todo un conglomerado humano que tenía razones profundas y legítimas para emigrar (recordemos además que desde 1971 todas las salidas de la isla habían estado cerradas) y que además tenía entonces, y ha mantenido durante todos estos años, propósitos encomiables de reconstruir sus vidas en el nuevo país, de trabajar y de luchar por su prosperidad personal y al mismo tiempo de contribuir a la estabilidad y riqueza de la sociedad norteamericana en general.



Desde luego, otra carencia lamentable de la que suelen padecer los esquemas interpretativos discriminatorios de los refugiados del Mariel es que en la mayoría de ellos no se menciona para nada a los artistas y escritores que vinimos en el éxodo. Esos esquemas dejan fuera a los artistas y escritores que logramos salir de Cuba por Mariel porque nuestra existencia y nuestra obra constituyen un contrapeso evidente a esa imagen maniquea del "marielito" como individuo destructivo y vago, delincuente y peligroso, que el gobierno de Cuba impuso en el 80 en la prensa internacional y en círculos propicios de las instituciones culturales y académicas.



Del lado de la verdad

El poeta y editor Reinaldo García Ramos, exiliado durante el éxodo del Mariel. Miami, 2006. (GEORGE RIVERÓN)



A los escritores y artistas que vinimos por Mariel nos fue doblemente difícil imponernos y presentar nuestras obras en los medios existentes en Estados Unidos y otros países, precisamente porque muchos círculos de la cultura establecida y algunos incluso de la cultura hispana en Estados Unidos aceptaron esa imagen maniquea. Nosotros habíamos llegado con unas ansias enormes de desarrollarnos como creadores y de mostrar el producto de nuestro trabajo, porque durante muchos años en Cuba nos habíamos sentido asfixiados y sojuzgados por la censura y la inflexibilidad ideológicas (sobre todo durante el estancamiento cultural del decenio de los 70). Esos prejuicios de que hablo nos dificultaron bastante el camino, pero al final logramos imponernos.



Uno de los hechos capitales de esa lucha fue la fundación en 1983 de Mariel; revista de literatura y de arte, que se mantuvo hasta 1985, publicó ocho números, y dejó una huella profunda en la cultura cubana del exilio. La revista surge precisamente para abrir ese espacio que nos negaban ciegamente en muchos entornos e instituciones. Trimestralmente, para costear cada número, cada uno de los integrantes del Consejo de Editores (Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Marcia Morgado, Roberto Valero, Carlos Victoria, Luis de la Paz, René Cifuentes y yo) pondría 100 dólares de su propio bolsillo. Era un sacrificio enorme para unos refugiados que ni siquiera tenían aún sus documentos de inmigración en regla, pero acometimos la tarea con entusiasmo y convicción.



En sus dos años de existencia, Mariel aglutinó a numerosos creadores, sobre todo cubanos exiliados de todas las edades, pero también latinoamericanos y de otras culturas. La sección Confluencias realzó la obra de escritores prestigiosos de épocas anteriores (como José Lezama Lima, Virgilio Piñera y Carlos Montenegro). No cabe duda de que la revista dejó una huella en el entorno cultural del exilio. Pero además comenzó a forjar una imagen de los cubanos exiliados más compleja y profunda en los medios de prensa norteamericanos. Tras la salida del Número 5, en que publicamos una sección sobre los cubanos y su relación con la homosexualidad, un importante diario muy poco propenso a reflejar aspectos positivos de nuestro exilio dedicó a la revista Mariel un artículo de primera plana (James Brooke: Cuban Exiles Are 'Delirious' About U.S. Literary Freedom, The New York Times, agosto 22 de 1984).



Mariel dejó de publicarse en 1985. Sin embargo, en estos 30 años los artistas y escritores del éxodo no hemos dejado de trabajar, y a estas alturas ninguna persona informada sobre la evolución de la cultura cubana del exilio podrá negar nuestro aporte, nuestra significación. Hemos sufrido pérdidas considerables, en ocasiones a consecuencia del sida; pero todos los que no están ya con nosotros (Arenas, Valero, Victoria; pintores como Carlos Alfonzo, Ernesto Briel, Juan Boza, entre muchos otros) han dejado una obra considerable, forjada en libertad. Y los que aún estamos con vida seguimos trabajando, convencidos hoy, más que nunca, de nuestra misión como intelectuales: estar siempre del lado de la verdad. Nuestro país ha sufrido durante demasiado tiempo una sobrecarga de mentiras.



Comentarios (2)

Carmen Karin Aldrey dijo:

...

Admirable lo que la generación del Mariel ha aportado a las Artes desarrolladas en el exilio. No vine por el Mariel, pero entré a los Estados Unidos en el mes de Agosto del año 1980, después de un año y medio de tránsito en España, por tanto siempre me he considerado parte de esa misma generación, que ya veníamos con una identidad definida por las mismas experiencias. Te doy las gracias, Reinaldo, en nombre de los que no están para poder hacerlo, por tu obra y tu siempre dedicación a esclarecer y fundamentar las raíces verdaderas del éxodo del Mariel, ha sido muy importante esa contribución.

Abrazos,

Karin



abril 23, 2010



HISTORIA dijo:

MANIPULACIÓN DICTATORIAL

LO QUE HIZO LA DICTADURA ENTONCES FUE MANIPULAR LA INFORMACIÓN, COMO SIEMPRE HA HECHO, DENTRO Y FUERA DE LA ISLA. UNA VIEJA FÓRMULA QUE NO HAN DEJADO DE UTILIZAR TENIENDO A SU FAVOR EL CONTROL ABSOLUTO DE RADIO, TELEVISIÓN Y PRENSA ESCRITA, ADEMÁS DEL ACCESO A UNA AMPLIA RED DE MEDIOS A LOS QUE LLEGAN SUS TENTÁCULOS EN EL EXTERIOR.

LAMENTABLEMENTE ESTA SITUACIÓN NO HA CAMBIADO EN LO MÍNIMO DESPUÉS DE TREINTA AÑOS DEL MARIEL. POR FORTUNA EXISTE INTERNET, UNA HERRAMIENTA QUE A SU PESAR NO PUEDEN IGNORAR NI MUCHO MENOS CONTROLAR, QUE SE HA CONVERTIDO EN LA RENDIJA PERFECTA PARA QUE SE ACABE DE DERRUMBAR EL MURO DE MENTIRAS Y FALACIAS CON QUE LOS CASTROS PRETENDIERON DISTORSIONAR LA REALIDAD CUBANA Y OCULTAR EL VERDADERO CARIZ DE LA DICTADURA.

SIN EMBARGO, MALVADOS HASTA LE MÉDULA, AHORA INTENTAN REVERTIR EL EFECTO 'INTERNET' SUSTENTANDO ECONÓMICAMENTE VARIOS SITIOS Y FOMENTANDO OTROS DESDE LOS CUALES PRETENDEN MANTENER ESA IMAGEN IDÍLICA DE LA 'REVOLUCIÓN' (LÉASE: REBELIÓN, KAOS EN LA RED, ETC, ETC, ETC).

SIN EMBARGO LA VERDADERA HISTORIA DE CUBA, AUNQUE PRETENDAN REESCRIBIRLA A CONVENIENCIA, SIEMPRE SALDRÁ A LA LUZ. EL MARIEL FUE UN PUNTO DE INFLEXIÓN IMPORTANTÍSIMO PARA LA SOCIEDAD CUBANA.





abril 23, 2010

jueves, 22 de abril de 2010

MI POEMA DESTIERROS A PROPÓSITO DE CONMEMORARSE LOS TREINTA AÑOS DE LOS SUCESOS DE EL MARIEL

Un vieja foto a mi llegada a los Estados Unidos, en el año 1980.

DESTIERROS
Yo tuve una casa y un patio.

Un ocuje, un quebracho y también un limonero.

Yo tuve un hermano pequeño con quien jugar

y unos padres tan viejos que parecían abuelos.



Un día nos arrastraron a vivir a una ciudad.

Nos llevaron a vivir a una casita pegada a otra casita y a otra casita más

sin patio y sin ocujes.

Apenas una mata de higuereta

para jugar bajo su sombra a las canicas.



Creciendo entre libros y papeles

se me ocurrió aprender el arte de las letras.

Que me enseñaran cómo escribir poemas.



Me fui a La Habana a estudiar Licenciatura

y me enviaron al campo a ordeñar vacas

por aquello de estar " parametrado ".



Un día infeliz. Una mañana

me llevaron a un cuartico improvisado

en un " complejo de hormigón ".



Techo y paredes de " hormigón "

y un tipo con alma de " hormigón "

me espetó justo a la cara:

"no cabes en el país. ¡Vas a largarte! ".



A la distancia de los años me pregunto:

"¿tuvo ese tipo alguna vez una casa y un patio,

un ocuje, un quebracho , un limonero,

un hermano con quien jugar y unos padres tan viejos

que al mirarlos los confundían a veces con abuelos ? "



© René Dayre Abella

CONMEMORANDO LOS TREINTA AÑOS DE LOS SUCESOS DE EL MARIEL.

©Foto AP.
Al igual que el resto de los ciento veinte y cinco mil hermanos cubanos desterrados, yo también fui protagonista de aquella odisea. El próximo día veinte de mayo del presente año se cumplirán treinta años de mi arribo a tierras de libertad. A continuación ofrezco a mis pacientes y amables lectores dos fragmentos de mi libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria que narran minuciosamente cómo ocurrieron los hechos que condujeron a ese fenómeno de éxodo masivo forzado, nunca antes visto en ningún otro país. He aquí mi historia personal que también pudo ser la historia de otros miles de seres anónimos, quienes sin proponérnoslo fuimos los actores de aquel singular momento de nuestra historia.
Aquí les va mis relatos.

EL MARIEL Y MI SALIDA DEFINITIVA DEL PAIS (DESTIERRO)

La primavera del año 1980 fue testigo de un suceso que marcaría la historia individual de más de ciento veinticinco mil cubanos que pudimos escapar del infierno en el cual se había convertido el país por obra y gracia del castrismo, en un éxodo forzado y caótico. Los sucesos de la embajada del Perú protagonizados por doce cubanos que robaron un autobús, y se lanzaron contra los muros de la misión diplomática, incidente donde por un descuido de las autoridades cubanas encargadas de vigilar el recinto, perdió la vida, lamentablemente, un joven guardia, saltó a las páginas de los titulares de la prensa mundial y puso de nuevo, como en la pasada Crisis de los Misiles, a Cuba en el centro de la atención de millones de seres anónimos en todo el planeta que, a través de los medios de comunicación, seguían con la mayor atención el curso de los acontecimientos desatados a consecuencia de aquel suceso.


Lo que siguió después fue el caos. Una vez retirada la vigilancia a la embajada peruana las masas de miles de habaneros residentes en las cercanías a la embajada y del propio centro de la ciudad comprendieron que era la gran oportunidad de escapar del averno. En unas horas se dieron cita otros miles de ciudadanos más en las inmediaciones intentando penetrar al lugar, y dejando a su paso una estela de destrozos a los jardines de las casas próximas al recinto diplomático.



La televisión estatal manipuló la información y mostraba imágenes de la gente en el interior de la mansión que albergaba la embajada que desesperada se deshumanizaba y trataba de alcanzar unas miserables raciones alimenticias en cajitas que taimadamente los militares castristas distribuían desordenadamente a los internos. Esa imagen daba la impresión de que todo el mundo allí era antisocial. Pura escoria como comenzaron a llamarle los medios de prensa, incluyendo por supuesto a Granma, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba que se hizo eco de los acontecimientos manipulándolos a su favor.



En la calle se escenificaban los llamados actos de repudio, verdaderos pogromos al estilo nazi, a todo el que había tomado la determinación de escapar. Lo curioso es que en aquella oportunidad se produjeron miles de deserciones de gente que se había mantenido junto al régimen en posiciones muy encumbradas. Militares, administradores de empresas estatales, técnicos de nivel medio y alto, personal altamente calificado a quien no se le hubiera permitido emigrar oficialmente, y demás elementos que componían el diverso tejido social bajo el castrismo. Las “guaguas” circulaban repletas de gente con un solo destino: Miramar. Los choferes repetían “hasta aquí llegó el viaje, caballeros” y se bajaban junto a los pasajeros e intentaban penetrar la embajada.



Al comienzo, muchos supusimos que intentar asilarse en la Embajada Peruana era muy riesgoso, pues si nos sorprendían los comunistas en el intento lo perderíamos todo convirtiéndonos en parias sociales. Una noche tomamos una “guagua” mi amigo Carlos y yo. No lo pensamos mucho. Era la única oportunidad de escapar. Curiosamente el chofer de la “guagua” no se detuvo en la parada cercana a la embajada en la 5ta. Avenida y nos llevó hasta el Hotel Tritón en plena construcción. Creo que era oficialista o tenía miedo a ser apresado por los castristas en caso de arriesgarse a escapar como nosotros. Carlos y yo nos apeamos con el resto de la gente y emprendimos el viaje a pie hasta la Embajada.




Atravesamos muchos jardines y recuerdo perfectamente que una mujer joven y dos muchachas nos abordaron en medio del jardín de su casa, y nos dijeron que nos regresáramos a La Habana porque el área estaba vigilada por cederistas, los vulgares chivatos miembros de los Comités de Defensa de la Revolución y por auxiliares del MININT (1), policías improvisados sin vocación cívica, interesados sólo en reprimir.



La joven mujer nos dio su nombre y apellidos para en caso de ser sorprendidos e interrogados, dijésemos que habíamos ido a visitarla porque era amiga nuestra. Por supuesto ella tomó nuestros nombres por si investigaban y también la interrogaban. No se equivocó, cuando emprendíamos el regreso nos detuvieron unos chivatos.



Uno de ellos era joven y portaba un fusil, pero no iba uniformado. Considero que era un auxiliar del MININT. Nos pidió identificarnos y cuando leyó en nuestros carnés de identidad que vivíamos en Centro Habana por supuesto no se tragó lo que contamos, que estábamos visitando a una amiga.



Nos hizo reír, la verdad, cuando riéndose nos dijo que aquella mujer se había convertido en amiga de medio Habana, pues cada vez que agarraban a alguien merodeando el área siempre decía que estaba visitando a una amiga y daba las señas de la mujer. Temimos lo peor. Por primera vez tuve mucho miedo a quedarme en la calle, sin derecho a trabajar, y tal vez podría perder la vivienda. En fin me horroricé pensando que iban a tomar alguna acción contra nosotros, pero finalmente nos devolvió a nuestras casas y nos dijo algo que parece ya tramaban, pero que en esa ocasión no ocurría. Nos dijo que nos regresáramos a casa y que si queríamos abandonar el país pronto las autoridades se encargarían de “limpiar de escorias al país” y nos permitirían salir sin problemas.



Unos días después de aquel incidente Castro se dirigió al país, y dijo que todo el que se quisiera ir podría irse siempre que tuviera algún familiar en Estados Unidos que fuera por él, y abrió el puerto habanero de El Mariel para que comenzase el éxodo.



La gente que logró penetrar la Embajada vivió momentos de sufrimientos inenarrables, pues carecían de lo indispensable, comida y agua, además de instalaciones sanitarias. El embajador peruano fue muy claro con los asilados, el gobierno peruano no tenía recursos, ni posibilidades para mantenerlos allí por mucho tiempo. El gobierno castrista los acosaba con propaganda a todas horas en vez de llevarle alimentos y agua.



Como menciono en este relato esa distribución de alimentos la hacía muy esporádicamente, y siempre les ofrecían escasas provisiones para estimular la deshumanización de aquellas pobres víctimas, que en su desesperación por comer llegaban hasta los extremos y les arrebataban las raquíticas raciones alimenticias a las personas que con un poco de suerte lo conseguían. Esas peleas fueron televisadas y mostradas a la opinión pública haciendo creer a las masas televidentes que eran delincuentes convertidos en bestias que no reparaban en que hubiese menores o mujeres entre ellos y les arrebataban el alimento. Esto era dolorosamente cierto pero instigado taimadamente por los castristas que entregaban aquellas cajitas a cuenta gota, causando un malestar general entre los miles de personas que permanecían hacinados como animales en aquel lugar.



El hacinamiento duró semanas, y entonces los castristas propusieron un salvoconducto a los que quisieran abandonar el recinto y regresar a casa prometiéndoles que podrían abandonar el país siempre que Estados Unidos los acogiese. La respuesta del Presidente Carter no se hizo esperar. Su ofrecimiento de abrir los brazos y los corazones a los cubanos fue aplaudido en todo el mundo como un gesto humanitario frente a la negligencia indolente de los comunistas.



Comenzó entonces la llamada tarea de “profilaxis social” para librar a la sociedad de “escoria” como antes, en los años sesenta, del “elemento lumpen”, según el término marxista lumpen proletariat.
La “recogida”, otro término desprendido del léxico castrista se llevó a cabo en todo el país. Los chivatos de la cuadra, los soplones cederistas, eran los encargados de “limpiar” cada cuadra. La policía y las autoridades penitenciarias harían el resto, pues las cárceles se vaciaron de los criminales más peligrosos, así como también se deshicieron de enfermos leprosos, y de algunos locos furiosos.



El objetivo era minar las bases de la sociedad norteamericana. Cada familiar que rentaba una pequeña embarcación, por lo general un bote de pesca, un camaronero, para ir a Cuba por sus parientes tenía forzosamente que aceptar, y trasladar a los Estados Unidos a treinta o más de aquellos individuos. Conocí un caso de un señor en Miami que se gastó todo lo que tenía ahorrado para ir cuatro veces a Cuba y poder sacar parte de su familia, pues era numerosa y ya no contaba con los recursos económicos para continuar viajando a la Isla. En cuatro viajes sacó sólo a unos diez miembros de su familia y transportó a más ciento veinte elementos antisociales, a razón de treinta por cada viaje.



Una vez que Castro abrió la puerta de escape con la evidente intención de crearles problemas a los norteamericanos la gente enloqueció, y quienes afortunadamente tenían un pariente en Miami y no tenían teléfono en sus casas, que era la gran mayoría, intentaban llegar hasta la Empresa Telefónica en La Habana Vieja, para tratar de comunicarse con aquellos familiares pudientes para que fueran por su rescate. La gente dormía en las enormes colas frente al vetusto edificio. Luego las hordas de paramilitares castristas intentaban a como diera lugar detener aquella muchedumbre.



Lo mismo pasó en las instalaciones de la antigua Western Union, pues los que no lograban comunicar vía teléfono decidían enviar cables a sus parientes. Todo era un caos. Luego esas mismas hordas detenían a los que portaban el salvoconducto que les habían entregado los oficiales del MININT al abandonar la embajada peruana con el propósito de rompérselos para que ya no tuvieran el documento que los acreditaba a salir del país a través de cualquier otro que les facilitase asilo. Se vivieron días angustia y desesperación verdaderamente indescriptibles.



El incidente que dio pie a la crisis tuvo lugar a comienzos del mes de abril y todavía en mayo continuaba el caótico éxodo.

© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.

(1) Ministerio del Interior.




UN PATRULLERO EN LA PUERTA

Después de los sucesos de la Embajada del Perú, cuando ya la gran mayoría de los que lograron penetrar sus instalaciones tomó la decisión de aceptar los salvoconductos que les otorgaban los castristas en módulos que se habían instalado frente a la misión diplomática, recibí una llamada de parte de Jorge López Cabrera, mi antiguo compañero laboral para que lo visitase en su casa.


Jorge y su mamá Doña Delia Cabrera habían tenido la suerte de llegar hasta allí pocas horas después del incidente del autobús, pues vivían en Buena vista, en Playas, relativamente cerca del lugar donde se ubicaba la embajada. Jorge y Delia me contaron cosas increíbles. Lo que tuvieron que soportar para sobrevivir se vuelve inimaginable. Arrancaban hojas a los árboles y hacían cocimientos en unas latas de conserva vacías que encontraban entre la basura que se acumulaba en aquel reducido patio. La comida que ofrecían los comunistas nunca era suficiente para que llegase a todos los refugiados. Me dijeron que, de hecho, nunca habían alcanzado conseguir una sola ración.



Delia había logrado llamar a su ex esposo, Manolo, que residía en Los Ángeles, California, y éste se había trasladado a Cuba a través de México y les estaba ayudando económicamente para poder sobrevivir hasta que se produjese su salida del país, y me mostró el salvoconducto. En esos momentos, a mediados de abril de 1980, yo no tenía la menor idea de que al mes siguiente, en mayo, yo sería forzado a abandonar mi país por considerarme un “elemento políticamente indeseable”.



Justo el día 16 de aquel mes llegó un patrullero de la Policía a la puerta del viejo edificio de San José # 858, en la barriada de Cayo Hueso. Se bajó un oficial y gritó nuestros nombres, el de Carlos Aguilera y el mío propio. Nos dijo que teníamos que acompañarle a la estación de policía de Zanja y así lo hicimos.



Una vez allí nos separaron para interrogarnos. A mí me interrogó un oficial que mostraba cierta cultura. No era el típico agente del montón. Primero me dijo que por altas conveniencias de la Revolución tenía que largarme de aquel país donde yo “había nacido por accidente” y entonces abrió un folder al que llamó “dossier”.



Juro que era la primera vez en mi vida que yo oía ese término, y cada vez que escucho a alguien pronunciarlo me lleva al recuerdo de aquellos días. Lo primero que vi y que realmente me sorprendió fue el documento que Carlos y yo habíamos firmado meses atrás, y que le habíamos entregado a Nicolás Medina en su casa de Regla. Me quedé atónito. ¿Cómo pudo llegar aquel documento que se suponía iba a ser estudiado por los encargados del Registro de Asociaciones a manos de aquel oficial? Nunca lo sabré.



Después me leyó un informe sobre mi pasado en Santiago de Cuba en la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente, y una copia de mi poema dedicado a Heberto Padilla. Fue en ese entonces que comprobé que el tipo que me interrogaba no era del montón, sino un individuo medianamente culto. Me preguntó que si cuando escribí aquel poema yo pensaba hacerme famoso como Heberto Padilla y que mi nombre saltaría a los titulares de prensa mundiales. Obviamente se burlaba de mí y le respondí negativamente.
Luego agregó que Padilla era un contra revolucionario, pero le sobraba el talento que a mí me faltaba, y por supuesto coincidí con él en esa apreciación. Entonces diabólicamente irónico comenzó a repetir monótonamente, como en una letanía: “A aquel hombre se le pidió su tiempo para juntarlo al tiempo de la Historia” y se reía, se reía.




Luego de proseguir el interrogatorio que se perdía por momentos en banalidades que, sinceramente, no podía recordar, me entregó un sobre sellado y me dijo que me presentase aquella misma tarde en un centro de procesamiento de “elementos escoria” que había instalado el MININT en Playas de Marianao, además del que funcionaba en el Círculo Social Obrero “Abreu Fontán”, y otro más conocido como Las Cuatro Ruedas. Me advirtió no abrir el sobre.



A Carlos lo entrevistó otro agente y le resultó más fácil obtener el permiso de salida del país, pues había estado recluido en el Combinado del Este, cuando se celebraba en La Habana el Congreso Mundial de la Juventud y los Estudiantes en el verano del año 1978, acusado de elemento antisocial bajo la Ley de Peligrosidad Social. Los jóvenes que poseían una Carta de Libertad, o sea un documento que los acreditaba como ex reclusos prácticamente tenían garantizada su salida” definitiva” del país.



Carlos y yo nos presentamos de inmediato en aquel Centro de Procesamiento, pero no contamos con mucha suerte, pues nos devolvieron porque no era un buen tiempo para navegar, y quedaron de notificarnos cuando las condiciones del tiempo fueran favorables. Debíamos esperar en la casa por un patrullero que nos informaría.



Cuando regresamos aquella misma tarde a casa nos encontramos con que los vecinos se habían llevado hasta el jabón de baño en uso. Era increíble pero cierto. Una de nuestras vecinas, Hilda Rodríguez, había recibido la visita de una hermana y de su marido, quienes vivían en Ciego de Ávila, Camagüey. Aquel hombre que se nombraba Lucio se había llevado nuestro colchón que ya estaba muy deteriorado y lo había subido a un camión que manejaba, pues era camionero de la Empresa Nacional de Transportes de Carga, y pretendía llevárselo junto a algunas de nuestras ropas a su casa. Recuerdo como detalle curioso que había desinstalado una barra fluorescente, lo que en Cuba llamábamos luz fría que teníamos como única fuente de luz en el cuartucho miserable donde vivíamos. Se molestó mucho cuando nos vio regresar. Esa misma noche ellos emprendían su viaje de retorno a Ciego y ya no se pudieron llevar ninguna de nuestras pertenecías.



A nuestro regreso me armé de valor y salí a la calle. Me fui a visitar a Mercedes Lambert Figueras, quien vivía en un solar casi frente al malecón en la calle Belascoaín para ver si me facilitaba la dirección de su tía en Miami, Marina Figueras, pues por razones de seguridad yo había roto el contacto epistolar con mi hermana Melva mientras estudiaba, y no tenía manera de contactar con ella una vez llegase a tierras de libertad. Recuerdo que en Topes de Collantes, en el Instituto Pedagógico le habían ocupado a varios alumnos fotos a color de algunos parientes que vivían en Estados Unidos y eso lo consideraban una muestra de “diversionismo ideológico”. Así es que por mi propia seguridad decidí no escribirle más cartas a mi hermana. Es algo difícil de concebir o de creer para mis lectores que no sean cubanos o que no hayan sobrevivido a la terrible experiencia de haber vivido bajo un régimen totalitario, pero mis lectores cubanos saben por experiencia propia que no miento. Había que esconder no sólo los sentimientos religiosos, sino los vínculos con nuestros familiares más queridos que residían en el exterior, particularmente en los Estados Unidos.



Mercedita, quien ahora reside en Miami me dio la dirección de su tía, y a mi llegada a Miami, mientras esperaba a ser procesado en Pensacola por las agencias encargadas de buscar los familiares, o incluso de asignarle un sponsor o padrino a los nuevos emigrantes, entregué aquella dirección a uno de los representantes de una agencia católica, y de ese modo me llevaron hasta mi hermana.



Lo curioso del caso es que yo había pasado una noche en el Orange Bowl en el North West de Miami ignorando que mi hermana vivía justo enfrente, nada más cruzar la calle. Ella por su parte escuchó en la televisión local mencionar mi nombre en una lista de recién llegados, y fue hasta el canal 23 y a estaciones de radio como la WQBA La Cubanísima para obtener más detalles infructuosamente, hasta que gracias a aquella dirección que me proporcionó mi amiga Mercedes pudimos felizmente reunirnos.



Esperamos inútilmente durante días. El patrullero nunca llegaba. Recuerdo que las turbas cederistas nos habían sitiado el edificio. Cada día, incluso en horas de la noche, nos hacían los llamados actos de repudio, verdaderos pogromos que recordaban a escenas de viejos filmes soviéticos, donde se veía la suerte que corrían los judíos bajo el nazismo.



El cuarto contiguo al nuestro lo ocupaba Matilde y su amante, un teniente del MININT, a quien le llamábamos el Chino Echevarría. No era mala onda, como dicen los chavos de la actualidad. Nunca permitió que las turbas subiesen hasta el tercer piso donde se ubicaba nuestra humilde vivienda a gritarnos toda clase de insultos. El les decía: “ustedes pueden gritar lo que quieran desde abajo en la calle pero no se les ocurra subir”. Y jamás subieron. Nosotros no podíamos salir a la calle. Temíamos que las hordas paramilitares castristas nos detuviesen, y nos rompiesen el salvoconducto y el pasaporte que ya nos habían entregado. Recuerdo que Matilde e Hilda, nuestras vecinas, nos alimentaban. Ese detalle nunca lo olvidaré.



Aquella noche que nos regresaron llamé a Bruno desde la casa de nuestra vecina, y al rato se presentó en casa con un vecino de él que se llamaba Juan José Valdés. Se llevaron mis libros, alguno de ellos autografiados por sus autores, como es el caso de todos los poemarios escritos por Otto Maletá, a quien veneraba en mis días de adolescencia, y unos negativos de fotos importantes que deseaba conservar. Todas estas cosas las dejé al cuidado de Bruno quien mucho tiempo después me hizo llegar un álbum de fotos que perdí lamentablemente.



El resto del material que le di para que me lo guardase todavía lo mantiene con él en Cuba, pero perdí el contacto desde hace muchísimos años. No sé qué suerte corrió en la Isla. Una vez me enteré a través de un amigo común que había sufrido prisión por reunirse con extranjeros. Ignoro si su militancia en el campo espírita y luego en la Escuela del Cuarto Camino u otras actividades relacionadas con el esoterismo lo llevaron a sufrir la cárcel.



Después de pasar días sin recibir ninguna notificación de parte de las autoridades migratorias, y de escuchar repetidamente en la radio que sectores conservadores en los Estados Unidos le pedían al Presidente Jummy Carter que detuviese el éxodo, nos alarmamos mucho Carlos y yo y decidí presentarme en el centro de procesamiento para averiguar qué ocurría con nosotros. Carlos no me acompañó pues temía que lo detuviesen en la calle. Le pedí al Chino Echevarría me acompañase a bajar las escaleras del edificio para burlar la vigilancia de las turbas. Para mi sorpresa pude lograr mi objetivo de salir a la calle y no ser detenido. Frente al edificio donde vivíamos se encontraba ubicado un rastro y un pequeño pasaje donde vivían unos Testigos de Jehová, y todo el comité de chivatos se había concentrado frente a la vivienda de esas pobres gentes y las acosaban. Yo aproveché la ocasión y me fui hasta Belascoaín y San Rafael y tomé una “guagua” frente a la cafetería El Siglo Veinte que me llevó a Playas.



Cuando llegué al centro una recepcionista me dijo que ya estaban cerrando el puerto de El Mariel. Que los americanos no querían más gente indeseable, y que posiblemente devolverían a los que habían acogido con anterioridad. Era una mentira odiosa y terrible para intimidarme. De momento vi a un joven oficial y me acerqué a él para pedirle mayores detalles, pues lo que me dijo aquella mujer no lo podía creer.



Observé que traía una sortija masónica en uno de sus dedos anulares. Ya todo estaba consumado. Si me quedaba en Cuba me convertía automáticamente en un paria. Así es que no tenía nada más que perder, o incluso temer y me llené de valor para preguntarle si era hermano masón. Al joven teniente del MININT le sorprendió mi pregunta. Estoy seguro que no la esperaba. Me preguntó qué me hacía suponer que era masón y le respondí que llevaba una sortija masónica. Entonces un poco nervioso me respondió que pertenecía a su padre que recién había fallecido, y él se la quedó y la llevaba como un recuerdo. La respuesta me pareció muy lógica y le pedí me ampliara los detalles de aquella noticia que me acababa de dar la recepcionista, pero antes de responderme me preguntó si yo era masón, le respondí negativamente, pero le dije que era miembro de la Sociedad Teosófica y algunos hermanos distinguidos en la ST eran además masones.



Me llevó a su oficina y le dijo a aquella recepcionista que no nos molestasen, y cerró la puerta tras sí. Nunca esperé de él aquella actitud. Me confesó que era masón, a pesar de ser un oficial del MININT y me preguntó si no me sorprendía ese hecho. Le dije que no mucho puesto que Juan Marinello, un intelectual comunista, alto ejecutivo del antiguo Partido Socialista Popular y dirigente de la Revolución castrista, a la sazón ya fallecido, era un connotado masón de grado 33, el más alto de la Masonería Capitulada y que Salvador Allende, el Presidente chileno era masón en activo, y que en su investidura los masones lo habían homenajeado, aunque esa noticia jamás se publicó en ningún medio de prensa oficial en la Isla. Yo había accedido a ella escuchando la emisora La voz de América.



Entonces me dijo que me olvidara de su uniforme y de su cargo. Que aunque yo no era masón se solidarizaba conmigo y me iba a enviar de inmediato al Mariel porque era cierto lo de la noticia. En cualquier momento se iba a cerrar el puerto, y quien se quedara esperando la iba a pasar muy mal pues lo perdería todo. Así fue de enfático. Parecía honesto y lo era. Entonces le dije que yo no me podía ir solo, pues vivía con alguien que también tenía todo listo, y se encontraba en la casa esperando noticias, que me diera una oportunidad de ir a avisarle y me regresaría con él, y entonces le agradecería nos enviase juntos al Mariel. Me dijo que no había tiempo que perder. Que él me daba su palabra de masón que enviaría un patrullero por Carlos y nos encontraríamos en El Mosquito, la antesala de El Mariel.



Era tal su sinceridad que le creí. Me pidió la dirección de la casa y el nombre de Carlos. En efecto envió al patrullero pero al día siguiente. Carlos se desesperó pensando que algo malo me había sucedido porque no había regresado. Nunca imaginó que ya yo había partido. Por mi parte pensé que nos íbamos a encontrar en El Mosquito, o en El Mariel, como me había prometido el teniente masón, pero no lo encontré en aquellos dos lugares y me angustié terriblemente. Después de mi llegada a los Estados Unidos tuve que esperar casi dos meses para localizarlo en Fort Chaafee, Arkansas. Lo reclamé y al fin nos reencontramos.

© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.