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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


jueves, 22 de abril de 2010

CONMEMORANDO LOS TREINTA AÑOS DE LOS SUCESOS DE EL MARIEL.

©Foto AP.
Al igual que el resto de los ciento veinte y cinco mil hermanos cubanos desterrados, yo también fui protagonista de aquella odisea. El próximo día veinte de mayo del presente año se cumplirán treinta años de mi arribo a tierras de libertad. A continuación ofrezco a mis pacientes y amables lectores dos fragmentos de mi libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria que narran minuciosamente cómo ocurrieron los hechos que condujeron a ese fenómeno de éxodo masivo forzado, nunca antes visto en ningún otro país. He aquí mi historia personal que también pudo ser la historia de otros miles de seres anónimos, quienes sin proponérnoslo fuimos los actores de aquel singular momento de nuestra historia.
Aquí les va mis relatos.

EL MARIEL Y MI SALIDA DEFINITIVA DEL PAIS (DESTIERRO)

La primavera del año 1980 fue testigo de un suceso que marcaría la historia individual de más de ciento veinticinco mil cubanos que pudimos escapar del infierno en el cual se había convertido el país por obra y gracia del castrismo, en un éxodo forzado y caótico. Los sucesos de la embajada del Perú protagonizados por doce cubanos que robaron un autobús, y se lanzaron contra los muros de la misión diplomática, incidente donde por un descuido de las autoridades cubanas encargadas de vigilar el recinto, perdió la vida, lamentablemente, un joven guardia, saltó a las páginas de los titulares de la prensa mundial y puso de nuevo, como en la pasada Crisis de los Misiles, a Cuba en el centro de la atención de millones de seres anónimos en todo el planeta que, a través de los medios de comunicación, seguían con la mayor atención el curso de los acontecimientos desatados a consecuencia de aquel suceso.


Lo que siguió después fue el caos. Una vez retirada la vigilancia a la embajada peruana las masas de miles de habaneros residentes en las cercanías a la embajada y del propio centro de la ciudad comprendieron que era la gran oportunidad de escapar del averno. En unas horas se dieron cita otros miles de ciudadanos más en las inmediaciones intentando penetrar al lugar, y dejando a su paso una estela de destrozos a los jardines de las casas próximas al recinto diplomático.



La televisión estatal manipuló la información y mostraba imágenes de la gente en el interior de la mansión que albergaba la embajada que desesperada se deshumanizaba y trataba de alcanzar unas miserables raciones alimenticias en cajitas que taimadamente los militares castristas distribuían desordenadamente a los internos. Esa imagen daba la impresión de que todo el mundo allí era antisocial. Pura escoria como comenzaron a llamarle los medios de prensa, incluyendo por supuesto a Granma, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba que se hizo eco de los acontecimientos manipulándolos a su favor.



En la calle se escenificaban los llamados actos de repudio, verdaderos pogromos al estilo nazi, a todo el que había tomado la determinación de escapar. Lo curioso es que en aquella oportunidad se produjeron miles de deserciones de gente que se había mantenido junto al régimen en posiciones muy encumbradas. Militares, administradores de empresas estatales, técnicos de nivel medio y alto, personal altamente calificado a quien no se le hubiera permitido emigrar oficialmente, y demás elementos que componían el diverso tejido social bajo el castrismo. Las “guaguas” circulaban repletas de gente con un solo destino: Miramar. Los choferes repetían “hasta aquí llegó el viaje, caballeros” y se bajaban junto a los pasajeros e intentaban penetrar la embajada.



Al comienzo, muchos supusimos que intentar asilarse en la Embajada Peruana era muy riesgoso, pues si nos sorprendían los comunistas en el intento lo perderíamos todo convirtiéndonos en parias sociales. Una noche tomamos una “guagua” mi amigo Carlos y yo. No lo pensamos mucho. Era la única oportunidad de escapar. Curiosamente el chofer de la “guagua” no se detuvo en la parada cercana a la embajada en la 5ta. Avenida y nos llevó hasta el Hotel Tritón en plena construcción. Creo que era oficialista o tenía miedo a ser apresado por los castristas en caso de arriesgarse a escapar como nosotros. Carlos y yo nos apeamos con el resto de la gente y emprendimos el viaje a pie hasta la Embajada.




Atravesamos muchos jardines y recuerdo perfectamente que una mujer joven y dos muchachas nos abordaron en medio del jardín de su casa, y nos dijeron que nos regresáramos a La Habana porque el área estaba vigilada por cederistas, los vulgares chivatos miembros de los Comités de Defensa de la Revolución y por auxiliares del MININT (1), policías improvisados sin vocación cívica, interesados sólo en reprimir.



La joven mujer nos dio su nombre y apellidos para en caso de ser sorprendidos e interrogados, dijésemos que habíamos ido a visitarla porque era amiga nuestra. Por supuesto ella tomó nuestros nombres por si investigaban y también la interrogaban. No se equivocó, cuando emprendíamos el regreso nos detuvieron unos chivatos.



Uno de ellos era joven y portaba un fusil, pero no iba uniformado. Considero que era un auxiliar del MININT. Nos pidió identificarnos y cuando leyó en nuestros carnés de identidad que vivíamos en Centro Habana por supuesto no se tragó lo que contamos, que estábamos visitando a una amiga.



Nos hizo reír, la verdad, cuando riéndose nos dijo que aquella mujer se había convertido en amiga de medio Habana, pues cada vez que agarraban a alguien merodeando el área siempre decía que estaba visitando a una amiga y daba las señas de la mujer. Temimos lo peor. Por primera vez tuve mucho miedo a quedarme en la calle, sin derecho a trabajar, y tal vez podría perder la vivienda. En fin me horroricé pensando que iban a tomar alguna acción contra nosotros, pero finalmente nos devolvió a nuestras casas y nos dijo algo que parece ya tramaban, pero que en esa ocasión no ocurría. Nos dijo que nos regresáramos a casa y que si queríamos abandonar el país pronto las autoridades se encargarían de “limpiar de escorias al país” y nos permitirían salir sin problemas.



Unos días después de aquel incidente Castro se dirigió al país, y dijo que todo el que se quisiera ir podría irse siempre que tuviera algún familiar en Estados Unidos que fuera por él, y abrió el puerto habanero de El Mariel para que comenzase el éxodo.



La gente que logró penetrar la Embajada vivió momentos de sufrimientos inenarrables, pues carecían de lo indispensable, comida y agua, además de instalaciones sanitarias. El embajador peruano fue muy claro con los asilados, el gobierno peruano no tenía recursos, ni posibilidades para mantenerlos allí por mucho tiempo. El gobierno castrista los acosaba con propaganda a todas horas en vez de llevarle alimentos y agua.



Como menciono en este relato esa distribución de alimentos la hacía muy esporádicamente, y siempre les ofrecían escasas provisiones para estimular la deshumanización de aquellas pobres víctimas, que en su desesperación por comer llegaban hasta los extremos y les arrebataban las raquíticas raciones alimenticias a las personas que con un poco de suerte lo conseguían. Esas peleas fueron televisadas y mostradas a la opinión pública haciendo creer a las masas televidentes que eran delincuentes convertidos en bestias que no reparaban en que hubiese menores o mujeres entre ellos y les arrebataban el alimento. Esto era dolorosamente cierto pero instigado taimadamente por los castristas que entregaban aquellas cajitas a cuenta gota, causando un malestar general entre los miles de personas que permanecían hacinados como animales en aquel lugar.



El hacinamiento duró semanas, y entonces los castristas propusieron un salvoconducto a los que quisieran abandonar el recinto y regresar a casa prometiéndoles que podrían abandonar el país siempre que Estados Unidos los acogiese. La respuesta del Presidente Carter no se hizo esperar. Su ofrecimiento de abrir los brazos y los corazones a los cubanos fue aplaudido en todo el mundo como un gesto humanitario frente a la negligencia indolente de los comunistas.



Comenzó entonces la llamada tarea de “profilaxis social” para librar a la sociedad de “escoria” como antes, en los años sesenta, del “elemento lumpen”, según el término marxista lumpen proletariat.
La “recogida”, otro término desprendido del léxico castrista se llevó a cabo en todo el país. Los chivatos de la cuadra, los soplones cederistas, eran los encargados de “limpiar” cada cuadra. La policía y las autoridades penitenciarias harían el resto, pues las cárceles se vaciaron de los criminales más peligrosos, así como también se deshicieron de enfermos leprosos, y de algunos locos furiosos.



El objetivo era minar las bases de la sociedad norteamericana. Cada familiar que rentaba una pequeña embarcación, por lo general un bote de pesca, un camaronero, para ir a Cuba por sus parientes tenía forzosamente que aceptar, y trasladar a los Estados Unidos a treinta o más de aquellos individuos. Conocí un caso de un señor en Miami que se gastó todo lo que tenía ahorrado para ir cuatro veces a Cuba y poder sacar parte de su familia, pues era numerosa y ya no contaba con los recursos económicos para continuar viajando a la Isla. En cuatro viajes sacó sólo a unos diez miembros de su familia y transportó a más ciento veinte elementos antisociales, a razón de treinta por cada viaje.



Una vez que Castro abrió la puerta de escape con la evidente intención de crearles problemas a los norteamericanos la gente enloqueció, y quienes afortunadamente tenían un pariente en Miami y no tenían teléfono en sus casas, que era la gran mayoría, intentaban llegar hasta la Empresa Telefónica en La Habana Vieja, para tratar de comunicarse con aquellos familiares pudientes para que fueran por su rescate. La gente dormía en las enormes colas frente al vetusto edificio. Luego las hordas de paramilitares castristas intentaban a como diera lugar detener aquella muchedumbre.



Lo mismo pasó en las instalaciones de la antigua Western Union, pues los que no lograban comunicar vía teléfono decidían enviar cables a sus parientes. Todo era un caos. Luego esas mismas hordas detenían a los que portaban el salvoconducto que les habían entregado los oficiales del MININT al abandonar la embajada peruana con el propósito de rompérselos para que ya no tuvieran el documento que los acreditaba a salir del país a través de cualquier otro que les facilitase asilo. Se vivieron días angustia y desesperación verdaderamente indescriptibles.



El incidente que dio pie a la crisis tuvo lugar a comienzos del mes de abril y todavía en mayo continuaba el caótico éxodo.

© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.

(1) Ministerio del Interior.




UN PATRULLERO EN LA PUERTA

Después de los sucesos de la Embajada del Perú, cuando ya la gran mayoría de los que lograron penetrar sus instalaciones tomó la decisión de aceptar los salvoconductos que les otorgaban los castristas en módulos que se habían instalado frente a la misión diplomática, recibí una llamada de parte de Jorge López Cabrera, mi antiguo compañero laboral para que lo visitase en su casa.


Jorge y su mamá Doña Delia Cabrera habían tenido la suerte de llegar hasta allí pocas horas después del incidente del autobús, pues vivían en Buena vista, en Playas, relativamente cerca del lugar donde se ubicaba la embajada. Jorge y Delia me contaron cosas increíbles. Lo que tuvieron que soportar para sobrevivir se vuelve inimaginable. Arrancaban hojas a los árboles y hacían cocimientos en unas latas de conserva vacías que encontraban entre la basura que se acumulaba en aquel reducido patio. La comida que ofrecían los comunistas nunca era suficiente para que llegase a todos los refugiados. Me dijeron que, de hecho, nunca habían alcanzado conseguir una sola ración.



Delia había logrado llamar a su ex esposo, Manolo, que residía en Los Ángeles, California, y éste se había trasladado a Cuba a través de México y les estaba ayudando económicamente para poder sobrevivir hasta que se produjese su salida del país, y me mostró el salvoconducto. En esos momentos, a mediados de abril de 1980, yo no tenía la menor idea de que al mes siguiente, en mayo, yo sería forzado a abandonar mi país por considerarme un “elemento políticamente indeseable”.



Justo el día 16 de aquel mes llegó un patrullero de la Policía a la puerta del viejo edificio de San José # 858, en la barriada de Cayo Hueso. Se bajó un oficial y gritó nuestros nombres, el de Carlos Aguilera y el mío propio. Nos dijo que teníamos que acompañarle a la estación de policía de Zanja y así lo hicimos.



Una vez allí nos separaron para interrogarnos. A mí me interrogó un oficial que mostraba cierta cultura. No era el típico agente del montón. Primero me dijo que por altas conveniencias de la Revolución tenía que largarme de aquel país donde yo “había nacido por accidente” y entonces abrió un folder al que llamó “dossier”.



Juro que era la primera vez en mi vida que yo oía ese término, y cada vez que escucho a alguien pronunciarlo me lleva al recuerdo de aquellos días. Lo primero que vi y que realmente me sorprendió fue el documento que Carlos y yo habíamos firmado meses atrás, y que le habíamos entregado a Nicolás Medina en su casa de Regla. Me quedé atónito. ¿Cómo pudo llegar aquel documento que se suponía iba a ser estudiado por los encargados del Registro de Asociaciones a manos de aquel oficial? Nunca lo sabré.



Después me leyó un informe sobre mi pasado en Santiago de Cuba en la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente, y una copia de mi poema dedicado a Heberto Padilla. Fue en ese entonces que comprobé que el tipo que me interrogaba no era del montón, sino un individuo medianamente culto. Me preguntó que si cuando escribí aquel poema yo pensaba hacerme famoso como Heberto Padilla y que mi nombre saltaría a los titulares de prensa mundiales. Obviamente se burlaba de mí y le respondí negativamente.
Luego agregó que Padilla era un contra revolucionario, pero le sobraba el talento que a mí me faltaba, y por supuesto coincidí con él en esa apreciación. Entonces diabólicamente irónico comenzó a repetir monótonamente, como en una letanía: “A aquel hombre se le pidió su tiempo para juntarlo al tiempo de la Historia” y se reía, se reía.




Luego de proseguir el interrogatorio que se perdía por momentos en banalidades que, sinceramente, no podía recordar, me entregó un sobre sellado y me dijo que me presentase aquella misma tarde en un centro de procesamiento de “elementos escoria” que había instalado el MININT en Playas de Marianao, además del que funcionaba en el Círculo Social Obrero “Abreu Fontán”, y otro más conocido como Las Cuatro Ruedas. Me advirtió no abrir el sobre.



A Carlos lo entrevistó otro agente y le resultó más fácil obtener el permiso de salida del país, pues había estado recluido en el Combinado del Este, cuando se celebraba en La Habana el Congreso Mundial de la Juventud y los Estudiantes en el verano del año 1978, acusado de elemento antisocial bajo la Ley de Peligrosidad Social. Los jóvenes que poseían una Carta de Libertad, o sea un documento que los acreditaba como ex reclusos prácticamente tenían garantizada su salida” definitiva” del país.



Carlos y yo nos presentamos de inmediato en aquel Centro de Procesamiento, pero no contamos con mucha suerte, pues nos devolvieron porque no era un buen tiempo para navegar, y quedaron de notificarnos cuando las condiciones del tiempo fueran favorables. Debíamos esperar en la casa por un patrullero que nos informaría.



Cuando regresamos aquella misma tarde a casa nos encontramos con que los vecinos se habían llevado hasta el jabón de baño en uso. Era increíble pero cierto. Una de nuestras vecinas, Hilda Rodríguez, había recibido la visita de una hermana y de su marido, quienes vivían en Ciego de Ávila, Camagüey. Aquel hombre que se nombraba Lucio se había llevado nuestro colchón que ya estaba muy deteriorado y lo había subido a un camión que manejaba, pues era camionero de la Empresa Nacional de Transportes de Carga, y pretendía llevárselo junto a algunas de nuestras ropas a su casa. Recuerdo como detalle curioso que había desinstalado una barra fluorescente, lo que en Cuba llamábamos luz fría que teníamos como única fuente de luz en el cuartucho miserable donde vivíamos. Se molestó mucho cuando nos vio regresar. Esa misma noche ellos emprendían su viaje de retorno a Ciego y ya no se pudieron llevar ninguna de nuestras pertenecías.



A nuestro regreso me armé de valor y salí a la calle. Me fui a visitar a Mercedes Lambert Figueras, quien vivía en un solar casi frente al malecón en la calle Belascoaín para ver si me facilitaba la dirección de su tía en Miami, Marina Figueras, pues por razones de seguridad yo había roto el contacto epistolar con mi hermana Melva mientras estudiaba, y no tenía manera de contactar con ella una vez llegase a tierras de libertad. Recuerdo que en Topes de Collantes, en el Instituto Pedagógico le habían ocupado a varios alumnos fotos a color de algunos parientes que vivían en Estados Unidos y eso lo consideraban una muestra de “diversionismo ideológico”. Así es que por mi propia seguridad decidí no escribirle más cartas a mi hermana. Es algo difícil de concebir o de creer para mis lectores que no sean cubanos o que no hayan sobrevivido a la terrible experiencia de haber vivido bajo un régimen totalitario, pero mis lectores cubanos saben por experiencia propia que no miento. Había que esconder no sólo los sentimientos religiosos, sino los vínculos con nuestros familiares más queridos que residían en el exterior, particularmente en los Estados Unidos.



Mercedita, quien ahora reside en Miami me dio la dirección de su tía, y a mi llegada a Miami, mientras esperaba a ser procesado en Pensacola por las agencias encargadas de buscar los familiares, o incluso de asignarle un sponsor o padrino a los nuevos emigrantes, entregué aquella dirección a uno de los representantes de una agencia católica, y de ese modo me llevaron hasta mi hermana.



Lo curioso del caso es que yo había pasado una noche en el Orange Bowl en el North West de Miami ignorando que mi hermana vivía justo enfrente, nada más cruzar la calle. Ella por su parte escuchó en la televisión local mencionar mi nombre en una lista de recién llegados, y fue hasta el canal 23 y a estaciones de radio como la WQBA La Cubanísima para obtener más detalles infructuosamente, hasta que gracias a aquella dirección que me proporcionó mi amiga Mercedes pudimos felizmente reunirnos.



Esperamos inútilmente durante días. El patrullero nunca llegaba. Recuerdo que las turbas cederistas nos habían sitiado el edificio. Cada día, incluso en horas de la noche, nos hacían los llamados actos de repudio, verdaderos pogromos que recordaban a escenas de viejos filmes soviéticos, donde se veía la suerte que corrían los judíos bajo el nazismo.



El cuarto contiguo al nuestro lo ocupaba Matilde y su amante, un teniente del MININT, a quien le llamábamos el Chino Echevarría. No era mala onda, como dicen los chavos de la actualidad. Nunca permitió que las turbas subiesen hasta el tercer piso donde se ubicaba nuestra humilde vivienda a gritarnos toda clase de insultos. El les decía: “ustedes pueden gritar lo que quieran desde abajo en la calle pero no se les ocurra subir”. Y jamás subieron. Nosotros no podíamos salir a la calle. Temíamos que las hordas paramilitares castristas nos detuviesen, y nos rompiesen el salvoconducto y el pasaporte que ya nos habían entregado. Recuerdo que Matilde e Hilda, nuestras vecinas, nos alimentaban. Ese detalle nunca lo olvidaré.



Aquella noche que nos regresaron llamé a Bruno desde la casa de nuestra vecina, y al rato se presentó en casa con un vecino de él que se llamaba Juan José Valdés. Se llevaron mis libros, alguno de ellos autografiados por sus autores, como es el caso de todos los poemarios escritos por Otto Maletá, a quien veneraba en mis días de adolescencia, y unos negativos de fotos importantes que deseaba conservar. Todas estas cosas las dejé al cuidado de Bruno quien mucho tiempo después me hizo llegar un álbum de fotos que perdí lamentablemente.



El resto del material que le di para que me lo guardase todavía lo mantiene con él en Cuba, pero perdí el contacto desde hace muchísimos años. No sé qué suerte corrió en la Isla. Una vez me enteré a través de un amigo común que había sufrido prisión por reunirse con extranjeros. Ignoro si su militancia en el campo espírita y luego en la Escuela del Cuarto Camino u otras actividades relacionadas con el esoterismo lo llevaron a sufrir la cárcel.



Después de pasar días sin recibir ninguna notificación de parte de las autoridades migratorias, y de escuchar repetidamente en la radio que sectores conservadores en los Estados Unidos le pedían al Presidente Jummy Carter que detuviese el éxodo, nos alarmamos mucho Carlos y yo y decidí presentarme en el centro de procesamiento para averiguar qué ocurría con nosotros. Carlos no me acompañó pues temía que lo detuviesen en la calle. Le pedí al Chino Echevarría me acompañase a bajar las escaleras del edificio para burlar la vigilancia de las turbas. Para mi sorpresa pude lograr mi objetivo de salir a la calle y no ser detenido. Frente al edificio donde vivíamos se encontraba ubicado un rastro y un pequeño pasaje donde vivían unos Testigos de Jehová, y todo el comité de chivatos se había concentrado frente a la vivienda de esas pobres gentes y las acosaban. Yo aproveché la ocasión y me fui hasta Belascoaín y San Rafael y tomé una “guagua” frente a la cafetería El Siglo Veinte que me llevó a Playas.



Cuando llegué al centro una recepcionista me dijo que ya estaban cerrando el puerto de El Mariel. Que los americanos no querían más gente indeseable, y que posiblemente devolverían a los que habían acogido con anterioridad. Era una mentira odiosa y terrible para intimidarme. De momento vi a un joven oficial y me acerqué a él para pedirle mayores detalles, pues lo que me dijo aquella mujer no lo podía creer.



Observé que traía una sortija masónica en uno de sus dedos anulares. Ya todo estaba consumado. Si me quedaba en Cuba me convertía automáticamente en un paria. Así es que no tenía nada más que perder, o incluso temer y me llené de valor para preguntarle si era hermano masón. Al joven teniente del MININT le sorprendió mi pregunta. Estoy seguro que no la esperaba. Me preguntó qué me hacía suponer que era masón y le respondí que llevaba una sortija masónica. Entonces un poco nervioso me respondió que pertenecía a su padre que recién había fallecido, y él se la quedó y la llevaba como un recuerdo. La respuesta me pareció muy lógica y le pedí me ampliara los detalles de aquella noticia que me acababa de dar la recepcionista, pero antes de responderme me preguntó si yo era masón, le respondí negativamente, pero le dije que era miembro de la Sociedad Teosófica y algunos hermanos distinguidos en la ST eran además masones.



Me llevó a su oficina y le dijo a aquella recepcionista que no nos molestasen, y cerró la puerta tras sí. Nunca esperé de él aquella actitud. Me confesó que era masón, a pesar de ser un oficial del MININT y me preguntó si no me sorprendía ese hecho. Le dije que no mucho puesto que Juan Marinello, un intelectual comunista, alto ejecutivo del antiguo Partido Socialista Popular y dirigente de la Revolución castrista, a la sazón ya fallecido, era un connotado masón de grado 33, el más alto de la Masonería Capitulada y que Salvador Allende, el Presidente chileno era masón en activo, y que en su investidura los masones lo habían homenajeado, aunque esa noticia jamás se publicó en ningún medio de prensa oficial en la Isla. Yo había accedido a ella escuchando la emisora La voz de América.



Entonces me dijo que me olvidara de su uniforme y de su cargo. Que aunque yo no era masón se solidarizaba conmigo y me iba a enviar de inmediato al Mariel porque era cierto lo de la noticia. En cualquier momento se iba a cerrar el puerto, y quien se quedara esperando la iba a pasar muy mal pues lo perdería todo. Así fue de enfático. Parecía honesto y lo era. Entonces le dije que yo no me podía ir solo, pues vivía con alguien que también tenía todo listo, y se encontraba en la casa esperando noticias, que me diera una oportunidad de ir a avisarle y me regresaría con él, y entonces le agradecería nos enviase juntos al Mariel. Me dijo que no había tiempo que perder. Que él me daba su palabra de masón que enviaría un patrullero por Carlos y nos encontraríamos en El Mosquito, la antesala de El Mariel.



Era tal su sinceridad que le creí. Me pidió la dirección de la casa y el nombre de Carlos. En efecto envió al patrullero pero al día siguiente. Carlos se desesperó pensando que algo malo me había sucedido porque no había regresado. Nunca imaginó que ya yo había partido. Por mi parte pensé que nos íbamos a encontrar en El Mosquito, o en El Mariel, como me había prometido el teniente masón, pero no lo encontré en aquellos dos lugares y me angustié terriblemente. Después de mi llegada a los Estados Unidos tuve que esperar casi dos meses para localizarlo en Fort Chaafee, Arkansas. Lo reclamé y al fin nos reencontramos.

© René Dayre Abella Fragmento del libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.





















































































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