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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


viernes, 21 de mayo de 2010

A TREINTA AÑOS DEL ÉXODO DE EL MARIEL. MIS PROPIAS VIVENCIAS DE ESTOS HECHOS.

No quiero dejar pasar por alto la fecha de hoy, 20 de mayo, para compartir con mis amables lectores y amigos mis vivencias personales de aquellos sucesos, que en mi caso personal,  me devolvieron la dignidad y la oportunidad de crear por primera vez en libertad. Hoy transito con mucho orgullo mi tercera edad. Soy un hombre de sesenta y cuatro años y me siento plenamente realizado como creador. Detrás quedaron los años de ostracismo y ninguneo y también la persecusión y el acoso. He aquí dos relatos de mi libro que narran mis últimos días en el infierno en el cual han convertido a nuestro amado suelo patrio la peor de las dictaduras que hemos padecido los cubanos a lo largo de los años de una frágil vida republicana.


SE PRODUCE MI SALIDA

La tarde del diecisiete de mayo del año 1980 partí junto a otros “marielitos” rumbo al Mosquito.  Una especie de campo de concentración,  donde reunían a toda la gente que iba a emigrar en aquellas embarcaciones alquiladas por personas cubanas en Miami para rescatar a sus familiares en la Isla.  Era realmente la antesala al Mariel, pues de allí se llevaban contingentes para subir de inmediato a las embarcaciones.

El recuerdo que tengo de aquel horrible lugar se va perdiendo poco a poco, por eso no puedo recordar el nombre, por ejemplo, de un joven médico a quien conocí allí,  y me contó que había tenido que regalar su coche, con neumáticos nuevos que había conseguido en el mercado negro,  y además una sortija de oro,  al presidente de los Comités de Defensa de la Revolución de la cuadra donde vivía para que le diese un documento con un nombre falso donde hacía mención de su condición homosexual, y que además era vago y que estaba realizando trámites para adquirir un nuevo carné de identidad porque había perdido el que poseía.  El castrista le advirtió que tal vez no se creyeran lo del carné de identidad, pero que hasta ahí terminaba su “labor” y que si no conseguía nada que ni pensase que iba a recuperar su coche, ni su sortija.

Recuerdo que a mi llegada al campo me quitaron todo el dinero que llevaba conmigo. Unos militares reclutas del Servicio Militar Obligatorio se encargaban de esa tarea. Primero  pasaban un detector de metales por todo el cuerpo. Imagino que para detectar armas blancas. Alguna navaja, por ejemplo, y luego te vaciaban los bolsillos dejando caer sobre unas bolsas de lona verde olivo todo el dinero en billetes,  o incluso en monedas que llevabas contigo.

Muchas gentes llevaban dinero en cantidades suficientes para comprar golosinas y alimentarse, pues los mismos castristas advertían que se debía llevar dinero para comprar chocolates, yogur o helados, por ejemplo. Se trataba de un engaño miserable. Allí no había tiendas o puestos para vender nada.

Sufrí mucha hambre mientras duró el proceso para que me llevaran hasta los barcos. En aquellos días sufría de una gastritis incontrolable,  y mantenerme sin comer durante más de dos días agravó mi condición. Cuando conocí a aquel médico le conté lo que me pasaba,  y recuerdo que me dio una bolsa de papel casi vacía, un cartucho, como decimos en Cuba y me dijo:”mira, cómete aunque sea esta “surrapa” de galleta y vete a los bebederos y toma mucha agua, para que esa “surrapa” se hinche y te infle el estómago”. Gracias a esa “surrapa” se calmaron los retortijones del hambre en mi panza.

Otro incidente que quiero evocar es el de Pituca.  Entre la masa de “marielitos” destacaban los homosexuales afeminados. Pituca era uno de ellos.  Era un joven gay que lucía muy raro porque era algo híbrido,  supongo que no estaba muy bien de sus facultades mentales.  Se vestía más o menos con ropas femeninas y se maquillaba encima de su barba. Bueno, hay que considerar que tal vez llegó al Mosquito sin barba,  y allí en aquellas horas de espera interminable le creció la barba. Lo que pasó exactamente es que entre la soldadesca asignada a mantener el supuesto orden habían muchos homófobos y Pituca,  como comenzaron a gritarle algunos “cheos” por aquello de la tonadilla: “Pituca la bella, yo no bailo con ella” puso los ojos,  y fijó su interés en uno de aquellos guardias. El tipo se dio

cuenta y le dijo: “por faltarme el respeto no te vas, aquí te vas a quedar”. Pituca se le arrodilló y le suplicó que la dejara marchar,  y que le prometía que nunca más le faltaría el respeto, gritaba: “combatiente, se lo suplico. Déjeme ir, mire que yo nunca más le voy a decir lo bueno que usted está” enfureciendo al guardia.  Así transcurrió el tiempo y perdí de vista a Pituca.

Para mi sorpresa y la de otros que me acompañaban en el viaje la descubrimos en un autobús de la línea Greyhound,  que habían alquilado los agentes del Servicio de Emigración de los Estados Unidos para transportarnos desde Key West hasta Miami.  Cuando llegamos a Miami el autobús se detuvo en un punto de la ciudad y un representante de la Junta Patriótica Cubana, una organización de cubanos exiliados, se acercó a la puerta y nos dio la bienvenida. Fue entonces que escuchamos desde el fondo una voz muy afeminada que dijo:” ¡bravo mi’jito te la comiste!”. Era Pituca.

Como a las tres de la tarde del día dieciocho subí a un camaronero. El cubano que lo había alquilado se llamaba Frank. Era un joven muy amable y solícito.  Me contó que era su segundo o tercer viaje a Cuba en busca de sus familiares. Conocí al capitán, un americano con una barba que recordaba un poco a Hemingway,  y le daba el look de un viejo lobo del mar. Confié en él cuando me dijo que estábamos atravesando la corriente del Golfo de México, y que era realmente peligrosa. Muchas pequeñas embarcaciones habían zozobrado antes, pero que confiara en su pericia. Esta era la cuarta vez que había hecho la misma travesía y que la embarcación que capitaneaba era muy fuerte y resistiría.

Le pedí a Frank algo de comer y me trajo unos SALTINES y una latita de salchichas vienesas de marca ARMOUR. Las encontré deliciosas y juro que a esa famosa marca le haría un spot comercial gratis, pues alivió mis hambres. 

Después, aconsejado por el capitán que me preguntó si había navegado antes y le respondí negativamente, me fui a la bodega del barco y me tendí sobre el piso. A medida que transcurrían las horas comenzó a congestionarse el espacio con las gentes que se encontraban en la cubierta,  y bajaban, pues las altas y constantes marejadas les provocaban náuseas.

La noche en el mar es cerrada y negra como una cueva de lobo.  Sólo se alcanzaban a ver algunas luces de otras embarcaciones que hacían la misma ruta.

Llegó el amanecer y recuerdo un incidente muy simpático que quiero relatar pues nos hizo reír a todos y nos levantó, por lo menos,  a mí,  el ánimo.  Casi a mi lado venía dormida una señora de color entrada en años.  Fácilmente le calculo unos setenta, quien viajaba con un niño como de doce. El bullicio de la gente la despertó,  y se puso a llamar al pequeño, pues el niño se había ido a la cubierta a ver el mar por curiosidad.

La abuela gritaba: ¡Alberticooo! hasta que el niño le respondió:”¡Aquí estoy abue!” y fue a reunirse con su abuela. Entonces la señora dijo algo que parece extraído de un relato surrealista. Le saco conversación y me dice”ay, mi’jo yo no sé por qué tenemo que pasar por tanto trabajo. Si  ya Fidel y el americano se pusieron de acuerdo, por qué nos mandan en un barco?” Le respondí, bueno, porque no hay otra formar de abandonar el país salvo en avión. “No, sí la hay  lo que pasa es que no se ponen de acuerdo” Me intrigó la respuesta de la abuela y me atreví a recordarle que Cuba es una isla y sólo hay dos formas de salir de ella, por aire o por mar y aquella pobre mujer me respondió de una forma que nos hizo reír a todos. “no es veldá. ¿Y el túnel de la’bana?” Le dije que no pensaba que ella suponía que podíamos hacer la travesía por aquel túnel y me dijo: “claro que no, pero, mira, los americano son tan inteligente y an abansao tanto en la tecnología que bien pueden hacer un túnel entre la’bana y Miami en una semana, chico, pol  fabol”. Dejo al amable lector los comentarios.


© René Dayre Abella Fragmento de mi libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.








TOCANDO TIERRA

Alrededor de las once de la mañana del día siguiente, el diecinueve de mayo, fecha en la cual conmemoramos los cubanos la caída del Apóstol José Martí en Dos Ríos, llegué a Norteamérica, junto a otros casi treinta cubanos que como yo se veían por primera vez libres del peso de vivir bajo la férula autoritaria y caudillista de un demente megalómano,  que sólo se ocupa en pensar cómo pasará a la Historia.  De hecho ya la Historia lo ha juzgado como a un sátrapa sangriento,  y despreciable que ha convertido a la Isla de Cuba en una enorme prisión.  La cárcel grande como acostumbran llamarle a la Isla los que sufrieron,  y padecieron lo inenarrable en las ergástulas de las prisiones chiquitas.

Un grupo de agentes migratorios nos daban la bienvenida a través de megáfonos en un español fuertemente marcado por un acento sajón,  y una centena de cámaras de televisión y micrófonos de estaciones de radio,  y mini grabadoras de periodistas de los diferentes medios de prensa acreditados en Estados Unidos nos acosaban con miles de preguntas.

Quise evitar la avalancha de reporteros y me salí del tumulto.  Encontré a un joven marine, lo abordé  y en un raquítico inglés le dije: I look for ground. Por supuesto me encontraba sobre un espacioso muelle en Key West donde atracó nuestra pequeña embarcación,  y no se veía un espacio de terreno en toda aquella área.

El muchacho, quizá me juzgó loco y me preguntó: “ground. You say?”. Yes, ground, le respondí y entonces me señaló unas instalaciones de madera que se encontraban abandonadas. Subí a una pequeña colina,  y allí encontré mucha tierra y hasta un pequeño jardín descuidado. 

Me incliné sobre aquella tierra  que se miraba un poco diferente, como más oscura que la que había dejado atrás, y la besé con el rostro mojado en lágrimas recordando a mis padres muertos,  que tanto habían soñado con que yo escapase del infierno.

Cuando me levanté y alcé mi vista me encontré con una cámara fotográfica en las manos de un periodista que me había seguido,  y en un perfecto español me pidió que repitiera el acto porque no había logrado fotografiarme mientras besaba el suelo de mi nuevo hogar. Le respondí que aquello no era una pose, sino un gesto sincero,  y que nunca lo repetiría para un curioso que sólo lo explotaría gráfica y comercialmente. Y me alejé, mirando siempre al mar. Detrás quedaban definitivamente todos mis recuerdos.  


© René Dayre Abella  Fragmento de mi libro de relatos testimoniales Banes: La Piel de la Memoria.












3 comentarios:

  1. Muy conmovedor y simpático tu testimonio René, bien narrado, sabés que tiene mucha fluidez y que uno ve como en un filme esas esas, y eso que yo tenía 10 años, vivía en el campo y no entendía casi nada de aquello, hoy con estos testimonios comprendo mejor ese díficil viaje hasta estas tierras de progreso. Gracias por compartirlo

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  2. Gracias, por tu comentario. No te preocupes que como dice el dicho: " al mejor escribano se le va un borrón".
    Gracias otra vez y un fuerte abrazo.
    René

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