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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


domingo, 20 de junio de 2010

LOS DÍAS EN SIBERIA DE KARLO STAJNER (1902-1922) ALMAS MUERTAS POR: VIRGINIA MARTÍNEZ

Los días en Siberia de Karlo Štajner (1902-1992)
Almas muertas

Virginia Martínez

EN JUNIO DE 1956, en uno de los encuentros entre el secretario general del Partido Comunista soviético Nikita Kruschev y el presidente yugoslavo para poner fin a la ruptura entre los dos países, y aprovechando el buen humor de Kruschev, el mariscal Tito le entregó un papel: "Esta es la lista de nuestros 113 antiguos funcionarios que estaban en la Unión Soviética. ¿Qué pasó con ellos?". Kruschev pidió 48 horas para informarse. Dos días después la respuesta fue: "100 están muertos". La escena, narrada por el escritor yugoslavo Danilo Kis, abre el prólogo del libro 7000 días en Siberia, de Karlo Štajner, uno de los 13 raros sobrevivientes de la lista de Tito.



La KGB comenzó a investigar el paradero de esos viejos comunistas yugoslavos cuya existencia el Estado soviético había olvidado. Habían pasado 20 años desde que un tribunal militar los condenara como enemigos del pueblo. A Štajner finalmente lo ubicaron en el pueblo siberiano de Maklakovo, desterrado a perpetuidad tras cumplir 17 años de trabajo forzado.

Agente del Komintern. Carl Steiner, tal su verdadero nombre, nació en Viena en 1902. Hijo de una familia pobre, padeció en carne propia la miseria de la que hablaban los folletos marxistas que comenzó a leer en la adolescencia. Obrero tipográfico, se afilió a la Juventud Comunista y poco después estaba al frente de las huelgas del gremio. Casi enseguida tuvo su bautismo de fuego: lo hirieron en un enfrentamiento con la policía y conoció la prisión.

En 1921 el secretario general de la Juventud Comunista Internacional Willi Münzenberg le propuso que fuera a apoyar el trabajo del Partido en Yugoslavia. Allí, con el nombre Karlo Štajner, comenzó su carrera política. La persecución policial lo obligó a emigrar a París, donde también fue detenido.

En 1932 llegó a Moscú para ponerse al frente de la imprenta y la editorial del Komintern. En las calles de la capital grandes carteles proclamaban "El proletariado del mundo nos contempla con admiración". Desmintiendo la propaganda oficial, Štajner vio las diferencias sociales que atravesaban la sociedad soviética. La gente común hacía fila para conseguir pan negro y un sucedáneo de café, que era lo que se podía obtener con la tarjeta de racionamiento, mientras que en las tiendas y hoteles reservados a extranjeros y funcionarios se compraba de todo, caviar, champagne y jovencitas. Igual división encontró en el comedor de la editorial que dirigía, en un salón desangelado comían los obreros y en una discreta sala, exclusiva para la Dirección, se servía la mejor comida moscovita.

Enemigo del pueblo. Como muchos de los funcionarios caídos en desgracia, poco antes de su detención, Štajner supo que las cosas no iban bien. Al regresar de las vacaciones le presentaron a su nuevo asistente. Las autoridades del Partido se justificaron diciéndole que se lo veía abrumado por el trabajo y que la empresa estaba creciendo. El hombre era agente de la NKVD, la policía política, y casi enseguida empezó a alzar la voz contra el jefe y a criticarlo por el "espíritu burgués" de sus disposiciones.

Štajner no tenía amigos pues los extranjeros ya no eran bien vistos en Moscú. Hasta la familia de Sonia, su mujer, lo mantenía a distancia, y ni siquiera cambiaron de actitud al enterarse que era funcionario del Komintern. Hostigado en el trabajo y hastiado de reuniones partidarias en las que solo se elogiaba el genio del camarada Stalin, Štajner se refugió en la vida de pareja. Cuando lo detuvieron, Sonia estaba embarazada a término.

La madrugada del 4 de noviembre de 1936, la NKVD golpeó a la puerta de su casa. Lo acusaron de integrar una organización criminal responsable del asesinato de Sergei Kirov, hombre de confianza de Stalin, cuya muerte sirvió de excusa para la gran represión que comenzó ese año.

En las cárceles de Lubianka, Butyrki y Lefortovo, símbolos de lo más oscuro del Gran Terror estalinista, se encontró con viejos compañeros. Militantes de trayectoria política, que habían conocido la vida dura y seca de la clandestinidad y la cárcel, no conservaban rastro del coraje de antaño. Destruidos moralmente, la mayoría aceptaba las acusaciones de la NKVD porque -decían- los comunistas deben saber sacrificarse por la causa.

Aunque comprendió que cuando el régimen detenía a alguien ya lo había sentenciado, Štajner soportó meses de interrogatorios diarios y no aceptó firmar los cargos. Su suerte fue igual a la de aquellos que habían cedido ante la tortura. Lo condenaron a diez años de prisión en régimen severo.

Siberia. En la centenaria cárcel de Vladimir, primera escala en el viaje a Siberia, supo que Sonia había tenido una niña. Poco después la bebé murió de hambre y frío. "Nadie imagina la situación terrible de la familia del detenido en la Unión Soviética: mujeres despedidas del trabajo, niños expulsados de la escuela, confiscación de apartamentos, exilios. (…) Los diarios soviéticos estaban llenos de avisos en los que las mujeres renegaban de sus esposos o los niños renegaban de sus padres porque eran enemigos del pueblo", dice Štajner.

A lo largo del libro, el protagonista y autor retrata a muchos de los hombres con quienes compartió el cautiverio e hizo amistad, y a los que el lector verá desaparecer asesinados, diezmados por la enfermedad, trasladados con destino incierto. A veces los muertos no tienen nombre y no por eso el relato de su destino es menos conmovedor. Es el caso de los españoles refugiados en la Unión Soviética tras la guerra civil. Recibidos con honores, luego arrestados y condenados a años de trabajos forzados, de los 250 que entraron en el campo de Norilsk, 180 fueron enterrados allí. Al resto lo transfirieron en 1941 a Karaganda y no se supo más de ellos.

En diciembre de 1937, Štajner llegó a las islas Solovki, donde estaba uno de los más antiguos gulags. Dos años después, el preso fue evacuado junto a cuatro mil detenidos. El viaje en barco hacia el nuevo destino duró una semana. Viajaron hacinados, casi sin agua ni alimentación, anulados por la violencia de los presos de derecho común que, ante la indiferencia de los guardias, golpeaban y apuñalaban a todo el que se resistiera a los robos y el saqueo. Al fin de la travesía habían muerto 200 hombres.

MORIR COMO MOSCAS. En Norilsk, una de las ciudades más septentrionales del mundo, donde el frío, las tormentas de nieve y el aislamiento hacían casi imposible la vida humana, Stalin ordenó que se construyera un gulag. En 1936 llegaron los primeros deportados -ingenieros, obreros, campesinos, médicos- que debían levantarlo. El primer año solo pudieron construir unas barracas y las oficinas de la administración. En Norilsk todo exigía un esfuerzo descomunal: no había madera, no se podía cultivar la tierra ni criar ganado, la nieve duraba todo el año y todo había que transportarlo por mar. Esa misma tierra árida y helada también tenía una casi inagotable riqueza en estaño, cobalto, cobre y carbón, que la convirtió en estratégica para el gobierno.

En 1937 llegaron al campo 20.000 detenidos; el año siguiente se sumaron 35.000 más. Como las barracas no daban abasto, dormían en carpas. Mal alimentados, trabajando 12 horas por día, seis días por semana, los presos morían como moscas; y aún así la explotación de los materiales indispensables para la preparación militar del país no lograba despegar.

Finalmente el campo se organizó en torno a los principios que regirían a todos los gulag: estratificación de la población carcelaria, premios a la productividad y tolerancia ante la corrupción. Las tareas más duras pesaban sobre los presos políticos y la vida cotidiana era dirigida por los detenidos de derecho común, en su mayoría soplones y aliados de las autoridades. En la base de la pirámide estaban los últimos desheredados, a quienes no por casualidad llamaban "indios". Hombres esqueléticos, llenos de sabañones, famélicos, que se dejaban congelar las manos o los pies para que se los amputaran y salvarse así del martirio del trabajo esclavo. Habían entrado en la antesala de la muerte.

Estado invisible. Štajner afirma que los campos de concentración no fueron la enfermedad juvenil de la nueva sociedad sino la esencia del régimen que nació con Stalin y destruyó el socialismo. El sistema de gulags tenía una función política -dominar a la población por el terror- y una económica: eran el motor productivo del régimen.

El pescado salado que comían los detenidos venía de Murmansk y era pescado por presos; el hilo y los tejidos para la vestimenta eran producidos en el campo de mujeres de Potjma. Buena parte del cobre, cobalto, níquel y uranio para la exportación salía de Norilsk; en Vorkutá -donde se instaló uno de los campos más grandes de la Rusia soviética- se extraía carbón, y fueron presos los que construyeron los 2.000 kilómetros de vías férreas que conducían al pueblo. Las minas de oro de Kolyma se explotaban con mano de obra esclava y en las refinerías de Embaneft trabajaban deportados, que también habían construido las instalaciones de la empresa.

Así define Štajner el sistema de campos de concentración: "Es un Estado que no existe en ningún mapa. Se llama Gulag (Glavnoe upravlenie lagerei- Dirección central de los campos). Y sus habitantes se llaman prisioneros. Su número, de acuerdo a la estimación de 1938, era de 21 millones, a los que hay que agregar los 800.000 "libres", que forman su personal administrativo, la guardia, etc." Ese Estado invisible tenía una organización equivalente a la que se daban los Estados políticos, solo que en lugar de Ministerios había gulags: el de la industria metalúrgica, el del petróleo, el de la industria forestal.

Motivo para vivir. Sonia Štajner tenía 20 años cuando su marido fue detenido. Sufrió la muerte de su bebé, se quedó sin trabajo, fue perseguida y torturada. De casi nada de eso se enteró Štajner. Los primeros años de prisión recibió noticias suyas o algún dinero que le confirmaba que Sonia estaba viva y se preocupaba por él. Luego perdió todo contacto. Al fin de la guerra, escéptico, se decidió a escribirle. Tiempo después recibió una carta en la que Sonia le contaba que lo creía muerto, y terminaba con palabras de amor tan tiernas que lo iluminaron: "Fue el primer día de felicidad en un campo. Ahora yo tenía al fin una respuesta a la terrible pregunta: ¿para qué vivir? Sí, había valido la pena sufrir todas las torturas para vivir un día como aquel".

Todavía pasarían ocho años antes de que volvieran a verse. El 22 de setiembre de 1953, tras 17 años en prisiones y campos, Štajner fue liberado "a la soviética", es decir deportado a Krasnoiarsk, región de Siberia a 5.000 kilómetros de Moscú. La decisión del tribunal militar incluía una pena de 20 años de cárcel en caso de que el liberado se ausentara sin permiso de su ciudad de residencia.

En mayo de 1954 Sonia le escribió anunciándole que había obtenido autorización para ir a verlo. A último momento le retiraron el permiso y el encuentro se postergó hasta mayo del siguiente año. "No has cambiado", le dijo ella cuando por fin se unieron en un abrazo. Se juraron no volver a separarse. "Los días siguientes fueron los más hermosos de mi vida. Bajo un sol brillante, todos los días paseamos por el bosque vecino, contándonos por turno lo que había vivido cada uno. Supe de sus sufrimientos y le conté de mi vida en el campo", escribe en una de la pocas páginas en las que la vida parece no ensañarse con él.

El regreso. En julio de 1956, gracias a las gestiones del embajador yugoslavo, pudo dejar la Unión Soviética. Dos años después terminó la redacción de 7000 días en Siberia. Dedicado a Sonia ("que me esperó fielmente") y escrito "para contarle al mundo y a mis amigos del Partido mi terrible experiencia", el libro demoró 14 años en ver la luz. Cuando se publicó en 1972 obtuvo el mayor premio literario de Yugoslavia. Antes, el autor había sido tentado por editores europeos y estadounidenses pero se negó a que la obra se publicara en el extranjero antes que en su país.

En 1976, Danilo Kis y Štajner se encontraron en un bar de Zagreb. Kis sentía una gran admiración por el autor de 7000 días en Siberia, libro que, según se honró en subrayar, había sido una preciosa guía a la hora de escribir sus novelas cortas reunidas bajo el título de Una tumba para Boris Davidovich. Lo que más sorprendió al novelista fue que al ver llegar a su héroe nada en él denunciaba los años de gulag. No tenía la marca de las víctimas ni la arruga vertical que, había escrito Solzhenitsyn, rajaba la comisura de los labios de los sobrevivientes. En Štajner todo era vitalidad y fortaleza. La mirada, la manera de andar y de hablar. "¿Dónde están las cicatrices?", se preguntó Kis ante esos luminosos ojos.

Las cicatrices, invisibles en el sobreviviente, las encontró en el rostro de su mujer: "Los ojos de Sonia Štajner no son ojos vacíos de expresión, están muertos como en un muerto, mirada vidriosa, mirada petrificada, ojos en los que solo queda la ceniza de la brasa de antaño (…) pozos que solo nos remiten a estrellas extinguidas sobre un cielo muerto. Y entre ellas, un surco profundo, la marca del martirio".

Kis sabía de qué hablaba. Parte de su familia y amigos de infancia habían sido asesinados por fascistas húngaros; su padre murió en Auschwitz y él mismo sufrió persecución en Yugoslavia hasta que se decidió a emigrar.

NOTA: En Occidente circuló como 7000 jours en Sibérie, editorial Gallimard, 1975. Hay edición en español de editorial Planeta, 7000 días en Siberia, 1984, que se consigue usado por Internet.

http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/06/18/cultural_495397.asp

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