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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


jueves, 24 de febrero de 2011

No se puede hablar de un solo Caribe Ivette Marie Serrano Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

                                                 Foto tomada por la autora en Santa Lucía
No se puede hablar de un solo Caribe
Ivette Marie Serrano

“Como cuestión de hecho,
a partir de 1898 no se definió un Caribe,
 sino muchos Caribes.”
-Antonio Gaztambide-Géigel
 
“No hay mal que por bien no venga.
-Refrán.[1]  


El Caribe que conocemos hoy día es producto de una multitud de fusiones étnicas, lingüísticas y culturales que se ha desarrollado desde el arribo de los descubridores europeos.  Desde esta perspectiva, los estudiosos de la región conocida como El Caribe no la podemos definir ni analizar como si fuese una sola pieza.
Creemos que no se puede hablar de un Caribe porque nos parece que la región debe agruparse bajo la referencia de múltiples Caribes.  Así son esta tierra y este mar que están llenos de fusiones y elementos que conforman una historia y una literatura. Desde las distintas pigmentaciones de la piel, los múltiples idiomas, los ciclos migratorios, las variantes ideológicas, políticas y religiosas entre islas, hasta las costumbres sociales y formas recreacionales. Todas estas piezas están en constante evolución.  Esta pluralidad caribeña la propone Gordon Lewis (1929) en “Caribbean Society and Culture”, explicando que la sociedad caribeña está mezclada racial y culturalmente.
Con los años, se ha observado entre los caribeños un aumento en la tolerancia hacia la diversidad racial que hay en la zona.  Sin embargo, en algunos sectores aún se pueden encontrar individuos renuentes a aceptar su mulatez o a convivir con grupos con estas características. El traslado forzoso de esclavos africanos y más tarde la llegada de hindúes y chinos para trabajos de servidumbre desencadenó en una aportación al bagaje cultural.  Paralelamente también arribaron a la zona británicos, franceses y holandeses que siguieron los pasos de los pioneros españoles. Como resultado de esta fusión de elementos étnicos con las raíces indígenas, surge lo que somos hoy día: caribeños.
Los diferentes movimientos cíclicos de población en los grupos migratorios hacia centros metropolitanos como lo la ciudad de Nueva York, conforman lo que sociólogos llaman El Caribe de la diáspora. Vale la pena decir, que el Caribe de la diáspora no es uno físico, sino más bien emocional. Ejemplo de ello son los puertorriqueños que nacen en Estados Unidos, que no hablan español y aunque política y culturalmente son norteamericanos, se consideran boricuas. Esa diáspora piensa en el retorno y el regreso siempre es emocional, aún cuando se conciba desde una perspectiva pragmática y económica.
Jean Casimir-Perier (1847-1895) agrega sobre este particular que “la nación y la región caribeña, son resultado de inmigraciones cuyas secuelas políticas y económicas aun no han sido objeto de reflexión científica. (…) los movimientos migratorios permanecen siempre incompletos: las personas que emigran sueñan con regresar a su tierra natal a pesar de lo que nos enseña la experiencia” (129).
Por otro lado, la penosa realidad es que los emigrantes fantasean con el regreso a su tierra; sienten nostalgia por su patria, y así pasan largo tiempo reuniendo dinero para regresar, no obstante, cuando vuelven no se acostumbran a las diferencias físicas de la región, etc.
El historiador Antonio Gaztambide-Géigel explica en su ensayo, que él coincide con Girvan cuando explica que “(…) en el nivel cultural, la creciente importancia de la diáspora del Caribe insular hacia Norteamérica y Europa ha sido reconocida, así que el Caribe no es sólo multilingüe, también es trasnacional” (55). Evidentemente, aceptar la importancia de esta dispersión de caribeños, es reconocer que el Caribe no sólo es hispanoparlante, sino, que coexiste con el holandés, el inglés y el francés. En la región caribeña, se hablan todos estos idiomas y otros dialectos como por ejemplo, el papiamento[2].
           
En el Caribe existen multiplicidades religiosas ya que además de católicos, evangélicos, protestantes, adventistas, judíos y mormones, hay otras creencias como: el vudú en Haití, la brujería en República Dominicana, la santería y los cultos espiritistas mayormente en las islas de Cuba, República Dominicana, Santa Cruz y Puerto Rico. Asimismo, se incluye el culto rastafarian mayormente encontrado en Jamaica y Barbados, los dreads de Dominica y los shouters de Trinidad y Tobago. Del mismo modo, podemos encontrar preferencias de tipo protestante en la isla de Santa Cruz como la Fridensberg Moravian o la St Paul episcopal.
El deporte, en su carácter recreacional sirve de ejemplo para demostrar la multiplicidad cultural del pueblo caribeño. La variedad de juegos deportivos que se practican en la región del Caribe poseen influencias indígenas, europeas y hasta africanas. Del mismo modo, la música, la poesía y las artes son un denominador común en los círculos sociales de la zona, lo que nos integra a la experiencia caribeña. Recordemos los planteamientos de Derek A. Walcott (1930) cuando se cuestionaba “¿qué nos une como caribeños?”,  y éste sostenía que nosotros estábamos vinculados a través de las emociones y la cultura.
La influencia de Estados Unidos en la zona, es un factor determinante tanto político, como culturalmente. Ciertamente, hay personas que están a favor de que Estados Unidos esté presente en el Caribe. Por otro lado existen otros grupos que se oponen a la hegemonía en su territorio. Para servirnos de ejemplo, sólo bastaría ojear la historia desde el 1898, empezando con la invasión de los Estados Unidos a Puerto Rico. Efectivamente, ahí es donde observamos cómo están presentes las respuestas positivas y negativas frente al colonialismo. Durante el siglo XX los norteamericanos han intentado acoplarse a su destino caribeño y han sabido aprovechar la localización geográfica de Puerto Rico.       
Muchas veces la historia del Caribe hispano se concebía como parte de la historia de Latinoamérica. Por ende, se fragmentaba y dificultaba su enseñanza ya que ésta no incluía los componentes franceses, ingleses y holandeses dentro de la categoría caribeña. Éstos han sido una influencia fuerte para las Antillas Menores, por lo que no debemos olvidarlos. La falta de conocimiento condujo a que al Caribe se le etiquetara erróneamente.
Ahora bien, B. W. Higman, explica que en el 1974, se fundó la Asociación de Historiadores del Caribe, con el fin de establecer una entidad profesional para enseñar y escribir la historia de la región caribeña. Esto se hizo en parte, con el objetivo de fomentar la unidad caribeña y fortalecer los vínculos en la región.  La invención del Caribe como región surge,  según la opinión del Dr. Gaztambide-Géigel, como resultado de la irrupción de Estados Unidos en ella como potencia dominante y agrega que ésta  no fue una acción consciente o consistente de su parte. Gaztambide-Géigel asegura  que “(. . .) a partir de 1898 no se definió un Caribe, sino muchos Caribes” (40).
Desde luego, Estado Unidos no llegó al Caribe con la intención de definirnos, o de “inventar” el Caribe, pero al final si lo logró. Sin lugar a dudas, esta acción se vio pluralizada en varios Caribes por la mencionada multiplicidad cultural que poseemos. El historiador Gaztambide-Géigel asegura que el llamarnos “caribe” es un invento del siglo veinte.  Por ello propone cuatro tendencias con las que pudiera definirse al Caribe. Estas tendencias son las siguientes: el Caribe insular o etno-histórico, el Caribe geopolítico, el Gran Caribe o Cuenca del Caribe y el Caribe cultural o Afro-América Central (4). 
El Caribe insular, es descrito como análogo a las Antillas y las West Indies (5). Las mencionadas  West Indies se convirtieron en Caribe durante la Segunda Guerra Mundial, y esto, según Gaztambide-Géigel, es otro signo de transiciones imperiales. Además, asegura que gradualmente notamos como las élites de las West Indies y de las Antillas se fueron sintiendo “caribeñas” y  como resultado, las West Indies recobraron su nombre indígena gracias al expansionismo. También explica que el Caribe insular, es la tendencia más utilizada en la historiografía y otros estudios acerca de la región. Igualmente pone el énfasis en la experiencia común de la plantación azucarera esclavista, ya que hay un Caribe cultural que es el de la plantación. Este Caribe fue el que luchó por la abolición de la esclavitud. Con relación a esto, es importante decir, que la economía mundial dependía de estas plantaciones. Jean Casimir, expone que  “la cultura caribeña es una respuesta a la sociedad de plantación, no es la cultura de la sociedad de plantación” (118). Puede decirse que la cultura caribeña no era una cultura esclavista en sus orígenes, y por lo tanto, la sociedades de la plantación no fueron bien acogidas por la masa oprimida, y como consecuente, este factor, aportó al derrumbe del sistema de la plantación.
En segundo lugar, Gaztambide-Géigel explica que hay un Caribe geopolítico, y obviamente está refiriéndose al mismo Caribe insular, incluyendo a Centroamérica y Panamá. En el pasado no se incluían a estas, y no es hasta después de la Segunda Guerra Mundial que se empezó a añadir. Asegura que la tendencia del Caribe geopolítico es la más utilizada en los estudios historiográficos sobre las relaciones que se tienen con Estados Unidos, ya que es más definida, y por lo tanto, pone más énfasis en las regiones donde ocurrieron la mayoría de las intervenciones norteamericanas. Gaztambide-Géigel incorpora al grupo a Venezuela y algunas partes de Colombia y de México.  El autor, aclara que la Cuenca del Caribe aunque fue popular desde la década de los ochentas, a partir la política estadounidense hacia la región, ya había sido asimilada por algunas élites desde la Segunda Guerra Mundial. Es más, la zona era visualizada como un punto de defensa estratégico para Estados Unidos.
Por último, el autor nos habla de un Caribe cultural, que según él, no es “geográfico” en el sentido de corresponder con fronteras políticas, sino que puede incluir por sus características a partes de países. Además, este hecho se define a partir de la propuesta de Charles Wagley (1913-1991) de estudiar las Américas a base de unas “esferas culturales”, o sea, acercarse a Indo-América, Euro-América y la América de las plantaciones. En ese sentido, se puede considerar al Caribe Cultural como las partes de la América de las plantaciones que quedan al sur de Estados Unidos y al norte de Brasil, así como las comunidades emigrantes caribeñas en Norteamérica y Europa, o sea, el mencionado Caribe de la diáspora.
Por otro lado, Jean Casimir explica que los países europeos concibieron y organizaron la América de las plantaciones para servir a sus intereses. La plantación era un sistema socioeconómico que impuesto casi forzosamente en América. Sin embargo, aclaro que los europeos no mantenían a sus agricultores en cautiverio. No obstante, en el Caribe se observó que esos patronos europeos negaban a sus trabajadores caribeños las condiciones adecuadas para sobrevivir una tarea intensa y la posibilidad de negociar una mejora en sus condiciones de empleo. Gaztambide-Géigel, respalda este postulado al afirmar que “la plantación presupone una mano de obra cautiva. El Caribe fue la cuna de la plantación esclavista” (111). Asimismo, sostiene que ésta producción esclavista es un producto europeo que prosperó en el Caribe y que equivale a dar por hecho el carácter criollo de esta institución” (112).
Los europeos encontraron algunos obstáculos para imponer el sistema de las plantaciones en el Caribe, pese a que el clima y el terreno, como había mencionado antes, eran favorables. Los problemas fueron otros más contundentes, por ejemplo, se encontraron con la barrera del analfabetismo y la marginación política lo cual creaba un abismo entre los plantadores y su descendencia. El establecimiento de las plantaciones concedió la oportunidad de tener algunos privilegios como fue la dominación social. Los plantadores y las autoridades coloniales provenían de unas cuantas naciones europeas. La plantación ocasionaba la dependencia económica casi total de sus trabajadores. De esta manera, vemos como la plantación fue parte importante de las bases económicas y sociales dentro del Caribe.             
El cambio de la situación socioeconómica en el Caribe ocurrió cuando el sistema de plantación quebró.            
Ciertamente, el poder económico que existía en las plantaciones no fue suficiente para llevar éstas exitosamente a su funcionamiento, por lo tanto, esas haciendas llegaron a un vacío económico. Más adelante, surge en la región un sistema de empresas privadas que llegan atraídas por la mano de obra a bajo costo. El estado se ve obligado a propiciar condiciones favorables para retener las fuentes de empleo porque a veces las empresas tenían permanencias efímeras y las autoridades querían mantenerlas en sus territorios. Ciertamente, Jean Casimir está en lo cierto al postular que está situación fue “la transición de una economía colonial a una nacional” (108). Este hecho favoreció grandemente al desarrollo de la administración pública y de los servicios que aseguraban el buen funcionamiento del mismo.
Globalmente, se habla de muchos Caribes sin definirlos. Como parte de éste, debemos exigir una definición de cada Caribe que hablemos. Se dice que el Caribe es contemporáneo, aunque, sabemos que es tan antiguo como toda América y los "indios" Caribe que navegaban estos mares antes del arribo de los conquistadores. Debemos estudiar su presente sin olvidar su pasado. Hay que analizar e interpretar las evidencias existentes sobre los procesos históricos, políticos, sociales, culturales, religiosos y otros, que ha enfrentado el Caribe a lo largo de todos estos años. Ciertamente, los estudios caribeños han ido evolucionando poco a poco. Ya la caña de azúcar y las centrales azucareras han desaparecido en la mayoría de los países. Entiéndase, que han cambiado a las plataformas de ensamblaje y a la exportación manufacturera. Asimismo, Emilio Pantojas García alega que en la actualidad se ha visto en el Caribe como se ha sustituido la plantación por el entretenimiento turístico, o sea, ahora la región ha pasado de la plantación al resort. El Caribe actualmente está dominado por centros turísticos para la recreación y el ocio de las metrópolis, ya que existe una apariencia de progreso.
La caribeñidad de este siglo veintiuno se va a quedar en el nivel de sentirnos orgullosos de nuestras raíces caribeñas, de nuestras culturas y tradiciones, pero nada más. No trasciende esa caribeñidad. No se extiende como las raíces del sauce porque en otros niveles, tristemente, estamos divididos.     
Biografía:
Casimir, Jean. “Las regiones caribeñas.”  La invención del Caribe. Río Piedras, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1997:  97-134.
Gaztambide Géigel, Antonio.  “La invención del Caribe a partir de 1898 (Las definiciones del Caribe como problema histórico, geopolítico y metodológico).” Tan lejos de Dios: Ensayos sobre las relaciones del Caribe con Estados Unidos.  Ediciones Callejón, 2006: 29-58.
Higman, B. W.  “The Development of Historical Disciplines in the Caribbean.”  General History of the Caribbean. UNESCO, 1999:  3-18.
Knight, Franklin W. y Colin A. Palmer.  “The Caribbean: A Regional Overview.”  The Modern Caribbean. North Carolina: University of North Carolina Press,1989: 1-20
Lewis, Gordon.  “Caribbean Society and Culture.”  Contemporary Caribbean Issues. Río Piedras, Puerto Rico: Institute of Caribbean Studies of the University of Puerto Rico, 1979: 5-15.
Picó, Fernando.  “La cañaveralización de Puerto Rico.”  Historia de Puerto Rico.  San Juan, Puerto Rico: Ediciones Huracán, 2006: 240-77.
Picó, Fernando.  “La hora de la montaña (de los 1868 al 1898).” Historia de Puerto Rico.  San Juan, Puerto Rico: Ediciones Huracán,  2006: 207-39.
Rodríguez Juliá, Edgardo.  Caribeños.  San Juan, Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2002.
Ruiz de Alarcón, Juan. El desdichado en fingir: no hay mal que por bien no venga. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1999.
Notas: 
[1] Del libro El desdichado en fingir: no hay mal que por bien no venga, de Juan Ruiz de Alarcón. Diálogo entre los personajes Don Juan y Beltrán en la línea 2650: “No hay suceso que no tenga prevención en Dios, Beltrán. Por eso dijo el refrán: “No hay mal que por bien no venga.” ”

por Ivette Marie Serrano 

domingo, 6 de febrero de 2011

Jesús Barquet y la poesía de El Puente By BELKIS CUZA MALE Especial/El Nuevo Herald

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Artes y Letras


Jesús Barquet y la poesía de El Puente

By BELKIS CUZA MALE
Especial/El Nuevo Herald

Jesús Barquet, poeta, ensayista y profesor, acaba de publicar un libro excepcional: la compilación en un sólo tomo de toda la obra de las Ediciones El Puente. Un trabajo que le ha llevado más de diez años y que ahora culmina con la presentación del mismo en Miami para celebrar también los 50 años de una editorial que ha pasado a la historia de la literatura cubana por muchas razones. La más importante sin duda es haber dado a conocer a la generación más joven de poetas y escritores surgidos en los años 60 en Cuba, en pleno apogeo de una revolución que, en un corto plazo, terminaría por devorar a muchos de ellos, empezando por el propio director, el poeta José Mario, fallecido hace unos años en el exilio madrileño.

La historia de las Ediciones El Puente es también la historia de la tragedia de la cultura cubana dentro de la Revolución y por eso este libro de Jesús Barquet tiene, entre otros méritos, el de proporcionarnos textos inaccesibles, no ya en Miami, sino en la propia Cuba, que nos permitirán conocer de primera mano a esos autores y el contexto real en que se formaron.

Déjemos que sea Barquet quien hable de su libro Ediciones El Puente en La Habana de los años 60: Lecturas críticas y libros de poesía.

¿Tienes alguna especial afinidad con esta generación?

Tu pregunta me hace recordar que en realidad, cuando era joven, a fines de los años 60, sí me sentí atraído por varias cosas que me remitían de alguna forma a Ediciones El Puente, no obstante haber comenzado ya entonces su borradura o condena oficial dentro de la Isla. Poemarios tales como La marcha de los hurones (Isel Rivero), Casa que no existía (Lina de Feria), Richard trajo su flauta (Nancy Morejón), La piedrafina y el pavorreal (Miguel Barnet), las magníficas Cartas a Ana Frank (Belkis Cuza Malé), apuntaban a autores que habían participado en aquello que algunos amigos después, tales como Gerardo Fulleda León y Reinaldo García Ramos, me ayudaron a conocer un poco mejor. Incluso llegué a leer entonces la hermosa traducción de Howl (Aullido), de Allen Ginsberg, que El Puente había preparado para su proyectada revista. También Fulleda alguna vez me leyó sus poemas inéditos y me parecieron una voz necesaria. O sea, hasta proscrito o inédito, el proyecto de El Puente llegó hasta mí en La Habana. En 1980, ya en los Estados Unidos, no tardo en conectarme con José Mario y familiarizarme con sus proyectos madrileños. En algún viaje a Madrid lo conocí: fue muy afable y quizás hasta hablamos de la necesidad de rescatar toda esa producción editada por él en La Habana de los años 60 que resultaba tan inaccesible hasta ahora. Me dio cierta bibliografía y por correos siguió siempre enviándome sus artículos y poemarios. Vinculados a El Puente estuvieron dos poetas del exilio que me interesaron desde que los leí por primera vez: Lilliam Moro y Pío Serrano. En los EE.UU. García Ramos y yo continuamos la amistad pero ahora con mayores conexiones literarias: si en Cuba él había sido puentero, ahora formaba conmigo parte del grupo del Mariel. He seguido su obra poética con interés personal y académico. Y en innúmeras conversaciones con él este proyecto acabó siendo también suyo. Creo que él lo siente así y por eso me ayudó tan amplia y generosamente en el mismo.

¿Entrevistaste alguna vez a José Mario en tus viajes a Madrid? ¿A Ana María Simo?

Entrevista formal a José Mario nunca le hice, pero creo haber leído todas las que le hicieron, así como también toda su obra escrita. A Ana María Simo no la conozco personalmente, pero he mantenido correspondencia con ella cuando ha hecho falta por cosas puntuales.

Este es un trabajo muy especial,

porque, que yo recuerde, nunca se ha publicado una cosa así, toda la obra de una editorial, y no ya cubana, sino de cualquier otra nacionalidad, en un solo libro. ¿Cuánto tiempo te llevó todo esto?

Pues no había pensado en eso. En realidad, mi interés era rescatar esa producción pues percibí que tanto en Cuba como fuera de Cuba resultaba sumamente difícil, cuando no imposible, encontrar esos poemarios. A veces ni los autores tenían copia o la que tenían estaba en muy mal estado. La necesidad de ese rescate también tiene la intención de re-documentar la existencia de una poesía cubana verdaderamente joven que estaba expresando el impacto del momento histórico desde 1960 y no a partir de 1965, como se hizo creer por algún tiempo dentro de Cuba. Esta compilación crítica me tomó unos 10 años y sólo fue posible terminarla gracias a la ayuda de numerosos colegas, amigos y familiares. Me alegra haberla terminado a tiempo para celebrar el 50 aniversario de la fundación de Ediciones El Puente, de la mejor manera posible que es recuperando su obra para el siglo XXI.

¿Qué opinión te merece, en general, la labor de las Ediciones El Puente? ¿Cómo la sitúas en el contexto de la literatura cubana post Revolución?

La labor de El Puente fue altamente encomiosa. Aún resulta admirable la gran cantidad de poemarios, obras de teatro y libros de cuentos que publicaron de forma independiente entre 1961 y 1965, especialmente si recordamos que aquellos jóvenes puenteros en los años 60 no se dedicaban a la editorial de forma exclusiva sino que su tiempo lo dividían entre el trabajo, la escuela, la vida personal y ese sinnúmero de actividades políticas y hasta militares en que seguramente se hallaban inmersos producto del momento político y la ciudad en que vivían. La segunda parte de esta pregunta creo que mi libro la responde con creces en su primera parte, la referida a lecturas críticas. Allí cualquier afirmación literaria o de historiografía literaria cuenta con las referencias documentales necesarias para su validación. Te adelanto que en esa sección crítica inicial hay colaboraciones de las investigadoras Silvia Cezar Miskulin y María Isabel Alfonso, quienes escribieron sus tesis doctorales sobre El Puente.

Algunos de esos escritores y poetas viven en el exilio desde hace décadas, otros han sido tentados por el poder castrista (Miguel Barnet, Nancy Morejón). ¿Les has pedido consentimiento para publicar sus obras junto a la de los anti-castristas?

Me ha alegrado ver que, con una sola excepción, todos los autores vinculados de forma significativa a El Puente aceptaron generosamente su inclusión. De no haber sido así, no sólo habría quedado incompleto este proyecto, sino también el rescate de la poesía cubana de esos años. Creo que José Mario estaría contento de ver toda su labor editorial reunida en un volumen, sin cortapisas de ningún tipo.

¿Te resultó fácil conseguir apoyo financiero para esta tarea gigantesca? ¿Alguna fundación cubana o institución universitaria te ayudó?

Sólo conseguí un par de apoyos a la investigación, un minigrant de mi universidad (New Mexico State University) y el Cuban Artists Fund Award de Nueva York. A ambos menciono en mis agradecimientos. Quería que el libro apareciera en lo que los cubanos llamamos ``un tercer país'': finalmente opté por México, las Ediciones del Azar, de Chihuahua, dirigidas por el poeta Rubén Mejía, con quien ya he trabajado en varios libros.

¿Incluyes en este tomo el segundo volumen antológico de la Novísima poesía cubana?

Sí, esa es la gran primicia editorial de mi libro, pues dicha antología, la Segunda novísima de poesía cubana, aunque terminada por José Mario en 1964, quedó inédita hasta ahora. Los que saben de poesía cubana de los años 60 se sorprenderán de ver allí algunos nombres que después fueron tenidos como anti-puenteros. De más está decirte que dichos autores aceptaron también aparecer en mi compilación.

¿Fue El Puente una generación perdida? ¿La ahogó la censura o qué?

El Puente, como generación o promoción o grupo, es otro de los temas ampliamente debatidos en mi libro. Sin dudas, dentro de la Isla significó por décadas un tabú haber pertenecido a El Puente. En los años 70 varios de ellos fueron víctimas del proceso de parametrización que afectó a otros sectores y promociones de la cultura cubana. Pero, por fortuna, ya eso no es allá más un ``crimen'', sino un enigma o motivo de curiosidad que espero ayude a satisfacer este libro cuando llegue allá. Por su parte, los autores como individualidades creadoras no se perdieron, siguieron escribiendo y publicando dentro o fuera de Cuba, contra mayores o menores obstáculos.

Háblame un poco de tu vida literaria y tu trabajo en New Mexico. ¿Escribes poesía, ensayos?

Llevo ya 20 años de profesor universitario de letras hispánicas y por suerte he podido crear con total libertad los cursos tanto de pregrado como de posgrado que me interesan o creo relevantes para ciertos períodos literarios o países. Por suerte, mi creación personal no está reñida con la Academia, sino lo contrario. ¿Lo nuevo? Una compilación bastante extensa de toda mi poesía en libros, titulada Cuerpos del delirio. Esta y la compilación de El Puente son mis aportes para el año 2011.

Para obtener una copia de Ediciones El Puente en La Habana de los años 60: lecturas críticas y libros de poesía, escriba a su autor: jbarquet@gmail.com. •

BelkisBell@Aol.com

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