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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


viernes, 4 de noviembre de 2011

UNA PEQUEÑA MUESTRA DE LA NARRATIVA DE OTTO AGUILAR, NARRADOR Y PINTOR NICARAGUENSE, EXTRAÍDO DE SU BLOG DEMIURGO INSOMNE

Garabatos insomnes.


... la vida es un sueño fuerte
de una muerte hasta otra muerte,
y me apresto a despertar

Severo sarduy


-Sólo cuentos sos vos!, le espetaba, escupièndole las palabras en el rostro , un incrèdulo contertulio a su compañero de mesa; ambos, personajes pernoctantes de esas pinturas de la post guerra del pintor alemán Otto Dix,trasnochaban ahora en aquel arrabal perdido entre oscuras calles, atestado de mustios inmigrantes, prostitutas trasnochadas, desdentados y enajenados drogadictos, ebrios y caricaturescos travestidos que resucitaban en su senectud a la Greta Garbo, a la Rita Hayworth, entre otras luminarias de un glamouroso pasado.

Aquello era un pandemonium de esperpentos, garabatos del infortunio, fetos de abortadas revoluciones, funambulistas saltando de frontera en frontera,insomnes de pesadillas americanas, rusas, africanas y europeas en la decadencia s.XX. Víctimas de los dos sistemas económicos antagónicos, en sus mejores tiempos cuando cada uno de ellos y en sus respectivos países, defendían a capa y espada sus filosofías domèsticas enfrentándose a muerte, ahora se contaban sus peripecias, cada uno autocensurando o inventándole nuevos detalles al cuento, de acuerdo al interlocutor de turno.

A esos arrabales, como tumores ribeteando la ciudad, acudian todos aquellos solitarios espectros, uniformados por la miseria, a buscar refugio allí donde ya no había ninguna esperanza, más que la de encontrar a alguien con el cual solazarse y revolcarse en una noche de embriaguez, rumiando penas que metamorfoseaban en crueles chistes, de explosivas y vulgares carcajadas.

Todas las tardes cual sonámbulo, David arrastraba sus pasos al sórdido refugio, despuès de escapar del tedioso trabajo diario,olvidándose de las pinturas de su serie de Exodos, que inconclusas languidecían colgadas de las paredes de su estudio.

En la crisis económica estadounidense, que recordaba la gran depresión de los años treinta, el arte era un lujo menos asequible de lo que usualmente era, y ese lujo ya no se lo podían dar aquellos que habían venido adquirèndo sus pinturas desde hacía quince años, en que había emigrado de Nicaragua. En realidad todavía el no podía quejarse de su suerte. Acostumbrado a vivir solo, y sólo con lo básico, la agudización de la crisis no le llevaba a fatales decisiones. A cambio de borrarse del mapa, se perdía en èl, sumergièndose en sus oscuras zonas, allí donde pululaban aquellos seres convocados por el infortunio. Algunos de ellos le traían recuerdos de aquella Sebastiana nica, de ese pavo real coqueto, que caminaba por las calles de Managua, todo emperifollado en su papel de martir gozosa de su metamorfosis. De ellos, David aprendería a sobrellevar con más estoicismo los malos tiempos y sus limitaciones, aprendería ahuyentar el dolor con la carcajada, a convertir la rabia en ironía, a travestirse de cinismo ante los novatos y creyentes de nuevos mesianismos, que la historia repetía una y otra vez, como trampa para incautos y aprendices. Quizás sólo en la soledad de su estudio, entre fotos de familia, lamidas por el tiempo, mudas y perplejas siguièndole con la vista desde la pared donde colgaban; quizás sólo entre cartas releidas, manoseadas, y olfateadas, como queriendo encontrar el olor que pincha dolorosamnete el recuerdo; o quizás entre vetustos libros con dedicatorias de sus autores, habitantes ya de un más alla, es que volvía a ser vulnerable, allí donde trataba de convocar el recuerdo como bálsamo ante el indiferente olvido.

Rodrigo era otro asiduo de aquella taberna,una y otra vez repetía que obligado a emigrar de Nicaragua, antes de irse ilegalmente, sólo se despidió de su hermano y amigos enterrados en el cementerio. Atrás dejaba una revolución enterrada con todo y sus muertos, dejaba al pueblo pequeño devenido en infierno grande, donde los nuevos revolucionarios eran como aquellos muñecos de paja, que el general de las Segovias había dejado en el cerro del Chipote para engañar a los marines en su ofensiva, mientras su pequeño ejèrcito loco se retiraba por veredas.

Sí, sólo eso era lo que había quedado,despuès de que se terminaran todas aquellas guerras. Sólo monigotes habían quedado de los viejos guerrilleros. Los monigotes menos afortunados, ahora por medio de soplos divinos, hambrientos pululaban en polvorientas calles, arremolinándose en rotondas con salmos y oraciones alrededor de imágenes de vírgenes, que amanecían milagrosamente bañadas en sangre. Y de los hèroes, monigotes afortunados que habían tomado el poder, sólo quedaba un fuerte consorcio de neuvos ricos, compitiendo con los viejos ricos.

Y así,al unísono como un coro desafinado, el cuento de cada parroquiano en aquella taberna, siempre era el mismo, aunque matizado con diferentes detalles, producto del etílico elixir que anegaba las neuronas.

Entre los asiduos a aquel minguitorio, había una vieja bailarina rusa, que había huido de la revolución bolchevique; en París había envejecido, esperando el regreso del zarismo a la Rusia de Lenin, ahora abandonada a su suerte había denuevo emigrado hasta aquí. Ella era Olga, la cual de vez en cuando había posado para David, intentando con dificultad, retomar aquellas poses clásicas de bailarina, que la hacían remontarse a sus mejores tiempos. Aquellos tiempos, donde su elástico y estilizado cuerpo encorsetado, vibraba siguiendo el ritmo de las notas del ballet El lago de los cisnes. Olga había emigrado con los ballets rusos de Daguiliev a París. Muchas veces estuvo en medio de las trifulcas que se armaban, por los celos entre èste y su amante y preferido primer bailarín Nijinsky. Muchas veces ella interfirió por Nijinsky ante Daguiliev, cuando èste le había cerrado todas las puertas a su carrera de bailarín, en cruel venganza por haverlo abandonado por una bailarina. Años despuès acabaría loco el desdichado Nijinsky, uno de los más destacados bailarines del ballet imperial ruso.

Esta historia la había contado Olga a David, mientras posaba para èl, con quebrada voz y ojos turbios de un azul grisaceo; escuchándola, David recordaba a ese otro genial loco escritor llamado Gogol, cuyo triste final se le asemejaba. La tragedia hermanaba a Vaslab Nijinsky y el escritor Nikolai Gógol, para ambos el precio de la genialidad habia sido la locura. El atormentado bailarín se habría de refugiar en las faldas de su esposa Romola, tratando de olvidar aquellas pasiones prohibidas con el impetuoso empresario de las artes rusas Serguè Daguiliev; mientras que el cuasi necrófilo escritor de "Las almas muertas", aquejado de muchos males y de sentimientos pecaminosos y manipulado por un frayle fanático, se refugiaría en la religión en sus últimos días, sometidos por el mismo frayle a múltiples torturantes penitencias, como aquellas de aplicarle sanguijuelas a su concuspicente y esquelètico cuerpo; ese cuerpo al cual no concedió quizás la caricia con que el placer del pecado nefando le atormentaba. Gógol moriría arrepintièndose y renegando de la obra por èl escrita, obra que habría de influenciar al mismo Dostoievsky, quien afirmaría que todos los escritores rusos despuès de Gógol, habían surgido del cuento que este escribiera, titulado El capote.

Quizás todos los que allí pululaban, habían en realidad escapado de los cuentos de Gógol!, pues sólo cuentos eran todos!, en puro cuento de almas muertas como la suya, se habían convertido. Puro cuento de esperpentos eran, garabatos garabateando su variopinto pasado, escapandose como sobrevivientes de capitulos inconclusos del cuento de sus vidas.

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