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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


sábado, 28 de abril de 2012

"El coro mágico" La cultura rusa de Tolstoi a Solzhenitsyn:
Un repaso por la difícil relación del intelectual ruso con el poder
En un ensayo ameno, documentado y lleno de anécdotas sorprendentes, el periodista ruso Solomon Volkov expone las conflictivas relaciones de los intelectuales con el gobierno durante el siglo XX, desde el zarismo a la era soviética.  
Pedro Pablo Guerrero 
Excomulgado en 1901 por el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa -dependiente del emperador-, Tolstoi envió una carta a Nicolás II un año más tarde: "La autocracia es una forma de gobierno obsoleta". Como el zar ni siquiera se dio el trabajo de responderle, el autor de La guerra y la paz lo trató de "patético, débil y estúpido". Por mucho menos, otro escritor que no fuera Tolstoi hubiera terminado en Siberia. El editor de un diario escribió: "Tenemos dos zares. ¿Cuál es más fuerte?". La pregunta rondaría a lo largo de todo el siglo XX. Un "gallito" permanente entre el poder y el artista, incluso en situaciones de colaboración, algo que llegó a ser común durante la era soviética, alcanzando momentos de una franqueza brutal.
"Te sugiero que entierres todos los teatros. El comisario de Educación del Pueblo no debería estar ocupándose del teatro, sino enseñando gramática", reprendió un exasperado Lenin a Anatoli Lunacharski, quien se empecinaba en mantener abierto el Bolshoi, contra la opinión del líder revolucionario, para quien la ópera y el ballet eran "ejemplos de cultura puramente burguesa". El mensaje de Lenin a Lunacharski llegó un día después de la ejecución del poeta Nikolái Gumilev. Inspirado en el ejemplo de Tolstoi, aunque sin tener igual de seguras las espaldas, Gumiliov se ufanaba en público: "Los bolcheviques no se atreverán a tocarme".
En El coro mágico -expresión acuñada por Anna Ajmátova- el historiador y periodista Solomon Volkov reúne a los mayores exponentes de la cultura rusa, centrándose en los escritores Lev Tolstoi, Maksim Gorki y Alexandr Solzhenitsyn. Los tres habrían desarrollado, a su manera, una idea que Solzhenitsyn expresa en su obra autobiográfica El primer círculo : "en Rusia, un gran escritor es como un segundo gobierno". El ensayo de Volkov no sólo ofrece un panorama documentado y ameno de la intelligentsia -concepto específicamente ruso, según el autor- en sus relaciones con los gobernantes, desde comienzos del siglo XX hasta los años de la perestroika. El coro mágico también desmiente arraigadas idealizaciones de sus protagonistas y más de un prejuicio acerca de los omnipotentes líderes a los que desafiaron.
¿Creería alguien, por ejemplo, que Stalin era un apasionado del cine, de la música clásica, el ballet y, sobre todo, de la ópera rusa (Glinka, Borodin, Mussorgsky, Chaikovski y Rimsky-Korsakov)? ¿Cómo se puede entender que consumiera más alta cultura que el propio Lenin y que éste, en cambio, confesara: "Soy incapaz de considerar las obras del expresionismo, el cubismo, el futurismo y cualquier otro ismo como la mayor manifestación del genio artístico"? ¿Quién podría imaginar hoy el entusiasmo con el que el dictador soviético leía literatura, asistía al teatro y publicaba críticas anónimas en la prensa oficial? ¿Por qué condenó a muerte a más de 600 escritores y, en cambio, perdonó la vida de un puñado -Ajmátova, Platónov, Tsvetáieva, Pasternak, Shólojov- que desafió los dogmas del realismo socialista y la historia oficial?
Ni siquiera el exhaustivo autor de El coro mágico puede resolver totalmente estos enigmas, pero entrega una imagen de Stalin que destaca por su habilidad para captar el favor de artistas de talento y aplicar a los intelectuales más díscolos la estrategia del palo y la zanahoria mientras le resultaban útiles.
La maldición del Nobel
Volkov recuerda los casos de tres intelectuales prominentes acusados por la inteligencia soviética de integrar un grupo trotskista y de participar, como agentes de gobiernos extranjeros, en una "organización terrorista conspirativa". Se trataba del escritor Isak Bábel, el director teatral Vsevolod Meyerhold y el periodista Mijail Koltsov. Todos fueron arrestados a finales de 1938 y principios de 1939, y ejecutados en 1940 después de ser obligados a denunciar, bajo tortura, a otros miembros de la intelligentsia rusa.
Pero en el implacable libro de Volkov ni siquiera estas muertes, dignas de compasión, convierten automáticamente a los intelectuales en mártires del régimen. El autor se refiere a Bábel, el excelente cuentista de Caballería roja , como "un tipo con un pasado lleno de sombras", que trabajó en su juventud para la Cheka (policía secreta) y, a diferencia de Shólojov, guardó silencio durante el cruel proceso de colectivización agraria. Koltsov, por su parte, fue el periodista favorito de Stalin, hasta que, tras la muerte de Gorki, cayó en desgracia por su amistad con Malraux. Oportunista, Meyerhold, militante bolchevique desde 1918, se arrimó a la sombra de escritores notables -Chéjov, Blok, Mayakovski- que nunca llegaron a confiar por completo en él.
Un caso patético fue el de Boris Pasternak, que trabajó diez años en su libro más querido: Doctor Zhivago . Volkov destaca los puntos de contacto con Tolstoi, partiendo por su filosofía cristiana. El padre de Pasternak había ilustrado la novela Resurrección . Pasternak incluso llegó a inventar que había visto a Tolstoi cuando tenía cuatro años. En todo caso, superó al maestro en temeridad: se atrevió a mandar los originales de su novela al extranjero, donde fue publicada. El escándalo estalló cuando recibió el Premio Nobel en 1958. Pasternak -anota Volkov- fue expulsado del Sindicato de Escritores, como Tolstoi había sido expulsado de la iglesia ortodoxa. Jruschov, que no leyó la novela, sino un resumen de unas cuantas páginas, inició una campaña feroz contra su autor: denuncias en los diarios, como en los viejos tiempos; cartas airadas de "trabajadores soviéticos anónimos"; condenas de escritores rusos, algunos de ellos talentosos, y una diatriba ante 14 mil personas del líder de las Juventudes Comunistas, con insultos dictados por el propio Jruschov.
El mundo quedó atónito cuando Pravda publicó dos cartas de arrepentimiento del novelista, una de ellas dirigida a Jruschov en la que anunciaba su "negativa voluntaria" a recibir el Nobel. La historia se repitió en 1970, año en que la Academia Sueca otorgó el Nobel a Alexandr Solzhenitsyn. El disidente ruso tampoco pudo viajar a recibirlo.
Pero cuando en 1987 ganó el premio Joseph Brodsky -exiliado en Estados Unidos-, el gobierno de Gorbachov permitió a una revista publicar varios de sus poemas. Los tiempos habían cambiado. La perestroika hizo posible la edición, por primera vez en Rusia, de libros como Vida y destino , de Vasili Grossman; Réquiem , de Ajmátova, y Corazón de perro , de Bulgákov. Desde los archivos de la KGB, salieron a la luz pruebas irrefutales de crímenes contra la intelectualidad, expuestas por el investigador Vitali Shentalinski en su trilogía Esclavos de la libertad , Denuncia contra Sócrates y Crimen sin castigo (Galaxia Gutenberg). Gracias a esta apertura documental, se han escrito libros tan importantes como el ensayo El baile de Natacha: Una historia cultural rusa (2002; Edhasa, 2006), de Orlando Figes, y la novela Europa Central (2005), del norteamericano William T. Vollmann.
Pero no todo es tan positivo. Volkov describe al final de su ensayo la cara menos amable de la cultura rusa: las encuestas de opinión revelan durante los últimos años un rápido descenso en la influencia de los intelectuales sobre la sociedad. Esta crisis de la élite fue advertida por Solzhenitsyn ("el único escritor cuyo nombre surgía todavía como barómetro moral y líder cultural"). Muerto en 2008, los escritores hoy aparecen desplazados como referentes. Toman su lugar, dice Volkov, cineastas como Nikita Mijalkov, Alexei Guerman y, sobre todo, Alexandr Sokurov. Su película "El arca rusa" (2002) muestra el país, igual que a principios del siglo XX, en una encrucijada.
"Navegaremos para siempre, viviremos para siempre", son las últimas palabras de la cinta. Expresan, tal vez, el deseo de perduración de una intelligentsia que ha convivido siempre con la autocracia. Desaparecida o debilitada esta última, escritores y artistas podrían correr la misma suerte. Si quieren sobrevivir, deben optar entre un nuevo poder omnímodo, por difuso que sea, o la erradicación de cualquier forma de totalitarismo.
 Stalin como crítico musical de Shostakovich
Uno de los mejores ejemplos del doble vínculo entre el dictador y los artistas es la relación que mantuvo con el músico Dmitri Shostakovich, tema sobre el que Volkov escribió un libro entero: Shostakovich and Stalin: The Extraordinary Relationship Between the Great Composer and the Brutal Dictator (2004).
El primer contacto con la obra del compositor ruso desató la ira de Stalin. Luego de asistir el 26 de enero de 1936 a una función de la ópera "Lady Macbeth del distrito de Mtsensk", el dictador inició una virulenta campaña de prensa contra el formalismo de Shostakovich. Abrió el fuego un editorial del Pravda titulado "Ruido en vez de música", escrito o dictado por el mismo Stalin, según ha logrado establecer Volkov. "Desde el primer minuto, el público queda anonadado por el confuso aluvión de sonidos, intencionadamente desprovistos de armonía (...). Es una música difícil de seguir e imposible de recordar", decía el artículo, atacando a continuación la "fealdad izquierdista" de la ópera, para rematar con una amenaza velada: "Estos juegos con lo esotérico pueden acabar muy mal".
Shostakovich recibió dos andanadas más en el mismo diario, ambas sin firmar.
Inesperadamente, una de las glorias vivas de la literatura soviética, el escritor Maksim Gorki, salió en defensa del compositor. En su opinión, los ataques ponían en riesgo el proceso de "culturización" forzado de una sociedad mayoritariamente analfabeta, a la vez que perjudicaban la imagen internacional de la Unión Soviética. Intelectuales amigos, como Romain Rolland y André Malraux, también intercedieron por el músico.
Luego de que Gorki le enviara una carta a Stalin, los ataques cesaron. El misterioso crítico musical del Pravda cambió de opinión. La "Quinta sinfonía", compuesta por Shostakovich en 1937, fue descrita como una "respuesta creativa y seria de un artista soviético a unas críticas justas". Para Volkov, en cambio, es una obra profundamente "ambigua". Plena, a la vez, de un socialismo patriótico y reflejo del gran terror desatado a fines de los años treinta. "La partitura de Shostakovich es una vasija mágica que cada oyente llena imaginariamente a su antojo", resume.
En el proceso de rehabilitación del músico, le fue concedido a su "Quinteto para piano" (1940) el premio Stalin. La invasión alemana de 1941 estrechó aún más esta alianza instrumental. Durante el asedio a Leningrado, Shostakovich escribió el primer movimiento de la "Séptima sinfonía". Luego fue evacuado en un avión enviado por Stalin. Lo mismo se hizo con Ajmátova, Zoshchenko y el cineasta Sergei Eisenstein, a quien sacaron de Moscú cuando empezaba a dirigir "Iván el terrible".
Terminada la Segunda Guerra, Stalin ya no necesitó a los intelectuales. Reemprendió entonces su campaña contra el formalismo. Durante la purga ejecutada por Zhdanov en 1948, Shostakovich fue condenado al silencio, junto a los compositores Prokofiev, Khachaturian, Miaskovsky, Shebalin y Popov. La misma suerte corrieron Ajmátova y Eisenstein.
Según Volkov, Shostakovich nunca se hizo ilusiones acerca del régimen estalinista, y aceptó dar al César lo que era suyo. Únicamente lo salvó su carácter. "Neurótico y agitado, con un aspecto más propio de un escolar asustado gracias a sus gafas redondas y su cabello revuelto, Shostakovich poseía, sin embargo, una disciplina inigualable y una extraordinaria confianza en su talento creativo, lo que le ayudó a sobrellevar los ataques personales de Stalin".

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