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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


domingo, 30 de septiembre de 2012

EN PORTADA / Reportaje

El ‘Guernica’ y su circunstancia

Es uno de los cuadros más célebres del siglo XX y conserva intacto su mensaje antibelicista. Para entenderlo mejor dos exposiciones lo sitúan dentro de la obra del artista y de su época

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Mujer sentada en un sillón (Dora)' (1938), de Pablo Picasso.
El Guernica, de Pablo Picasso, es una obra inagotable. Han pasado 75 años desde que el pintor malagueño lo pintó en el ático de la Rue des Grands Augustins 7, como encargo del Gobierno de la República destinado al Pabellón Español de la Exposición Internacional de París en 1937. La ejecución de la obra es una de las mejor documentadas de la historia porque no solo se conservan muchos bocetos, sino que la fotógrafa y amante del artista, Dora Maar, fue haciendo fotografías de cada fase de la pintura. Desde entonces la accidentada historia y avatares de esta pintura han saltado a la prensa con frecuencia, un interés que quizá responda al poderoso hechizo que sigue teniendo este mural simbólico sobre la guerra, el sufrimiento y el sinsentido de la destrucción.
En esta fecha se ha querido conmemorar la vigencia de su significado a través de al menos dos perspectivas distintas, por medio de las exposiciones que se inauguran la próxima semana en el Guggenheim de Nueva York y en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde el Guernica se exhibe de forma permanente. Ambas son, respectivamente, las grandes apuestas de la temporada en dichos centros de arte, pero ninguna entra de lleno en la famosa pintura, sino que la cercan, la rodean y la ponen en contexto dentro de la obra del pintor, la primera, y en la convulsa época en la que fue realizada, la segunda.
Entre las pinturas más destacadas de esta exposición están 'La planchadora' (1904), 'La nadadora' (1934), 'El osario' (1944-1945) o 'La cocina' (1948).
El Guggenheim de Nueva York descubre una faceta casi inadvertida en la obra del artista mediante la muestra titulada Picasso en blanco y negro. Su comisaria, la española Carmen Giménez —conservadora del siglo XX del museo—, ha rastreado la amplia serie de pinturas y esculturas que el artista realizó limitando su gama de colores a los grises, los blancos y los negros. “Picasso usó el blanco y negro a lo largo de toda su carrera”, indica la comisaria. “Toda la guerra es en blanco y negro, pero también aborda otros temas mediante estos tonos”. La exposición reúne 118 obras realizadas entre 1904 y 1972, prácticamente toda la carrera del artista. Hay escenas tristes y melancólicas o de auténtico sufrimiento y terror ante la guerra, pero también está toda su etapa de cubismo, naturalezas muertas, retratos, estudios de otros artistas —desde los neoclásicos y las suaves tonalidades grecorromanas a Velázquez con Las meninas—, escenas eróticas —no pocas de ellas realizadas en su vejez— y muchas esculturas. “Cuando Picasso quería hacer algo importante lo hacía en blanco y negro. En muchas ocasiones lo usa en obras de transición entre etapas distintas. Pienso que el blanco y negro es donde mejor se expresa, es más claro”, afirma Giménez. “Muchas de ellas permanecieron en su colección particular hasta su muerte, casi no se han visto. Picasso se reservaba para sí sus pinturas preferidas, lo que hace pensar que estas obras en blanco y negro tenían especial significado para él”.
“Parece que utilizó el blanco y negro cuando organizaba composiciones complicadas, cuando añadir color podía impedirle pensar con claridad suficiente, como la grisalla que utiliza en el cubismo analítico. Pero también en momentos de conflictos emocionales tanto con sus mujeres como en situaciones como las guerras. Picasso sufrió mucho durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial y le resultaba muy doloroso todo lo que presagiara los conflictos bélicos”, dice Giménez.
Acostumbraba Picasso a pintar de noche y eso le daba una percepción particular de la luz y la sombra. Algo que quizá lo acercaba a la fotografía, por eso una vez le dijo a Brassaï: “La luz que tengo de noche es magnífica, la prefiero incluso a la luz natural. Deberías venir una noche a verla. Una luz que destaca a cada objeto con sombras trazando su círculo alrededor del lienzo y proyectada en las vigas; lo encuentras en la mayoría de mis naturalezas muertas, casi todas pintadas de noche. Sea cual sea la atmósfera se convierte en nuestra propia sustancia, nos borra y se las arregla para encajar con nuestra naturaleza”.
La escultura tiene un papel importante en esta exposición. El blanco fue el color preferido para muchas de sus esculturas, sobre todo para las cabezas de mujer. De alguna manera se daba un juego de opuestos y complementarios en las dicotomías hombre-mujer, blanco-negro. “Si no sabes qué color utilizar, elige el negro”, dijo Picasso en una entrevista, según recuerda Dore Ashton en su texto del catálogo.
Pero fue la mezcla de los dos la que dio más posibilidades a su pintura. Según un estudio Picasso utilizó hasta quinientos tonos de gris. “Es un color muy español, que descubrió Manet en la pintura de Velázquez, en su visita al Museo del Prado en el año 1865. Picasso lo rescata de Zurbarán, de El Greco, de Velázquez, de Goya”, continúa Carmen Giménez.
Entre las pinturas más destacadas de esta exposición están La planchadora (1904), La nadadora (1934), El osario (1944-1945) o La cocina (1948). Sin embargo, hay un gran ausente en esta exposición y es precisamente el Guernica, que no puede formar parte de ella por la imposibilidad de moverlo de su actual emplazamiento. “Hay cuadros maravillosos de Picasso, como Las señoritas de Aviñón, pero el Guernica es su obra maestra en blanco y negro. Y lo es porque supo hacer que fuera un cuadro de todos los tiempos. Es una pintura que deja entrever la tradición española del 3 de mayo, de Goya, y de Las lanzas, de Velázquez. No se puede decir que es la guerra civil española, puede ser cualquier guerra. La de Siria hoy o cualquier otra que surja en el futuro. Es atemporal y en eso consiste su enorme fuerza. Está el toro que puede ser algo español, y el caballo o las mujeres —que, para mí, son muy españolas también— y que, en realidad, son Marie Thérèse y Dora Maar. Hablando una vez con Maya Picasso, que tenía solo dos años cuando se estaba pintando el Guernica, recordaba que al ver el cuadro decía ‘mamá, mamá’, al ver representada a su madre tan angustiada. Pero yo creo que es también un cuadro que transmite mucha paz. A mí me emociona todavía cuando me pongo delante de él durante un rato. Te llega muy hondo”.
Si bien profundizar en las obras que Picasso realizó en blanco y negro contribuye a comprender mejor el Guernica, la exposición Encuentro con los años 30 es la que se adentra en las circunstancias que lo propiciaron. “La década de los años treinta es una de las más importantes cuando hablamos del desarrollo del arte moderno. No solo porque en esa década surgen muchos de los ismos de las vanguardias: abstracción, realismo, surrealismo…, sino también por los acontecimientos políticos que ocurrían”, explica Jordana Mendelson, comisaria general de la muestra. “En las historias del arte que se han contado desde entonces se ha perdido un poco la perspectiva de la importancia que el arte español tuvo en esos años. En esta exposición intentamos repasar esta década con los ojos sobre las complicaciones del momento, sin intentar simplificar, suavizar o hacer más fácil una época que fue muy difícil y compleja. A nivel artístico, político y también en la articulación de las relaciones entre los países. Retomamos el Guernica no solo como una obra maestra, que sin duda lo es, sino como parte de una historia con muchas circunstancias a tener en cuenta”.
La exposición ocupa dos plantas del museo madrileño, unos 2.000 metros cuadrados. Una tiene el Guernica como centro, pero no como una obra aislada sino en relación con todo lo que sucedió en España en la década de los años treinta, a la República y a la guerra. Además de pintura y escultura habrá ilustración, propaganda, carteles, dibujos, fotografía y películas, y una parte estará dedicada al eclecticismo en el arte, que fue muy importante. Se podrán ver obras prestadas por museos internacionales de artistas como Max Beckmann, Piet Mondrian, Kandinsky, Tanguy, Man Ray, Miró, Siqueiros, Torres-García, Ad Reinhardt, Moholy-Nagy, Calder, Klee, Remedios Varo, Dalí y André Masson.
'Bombardeo' (1937-1938), de Philip Guston, de la exposición 'Encuentro con los años 30'.
“En la otra planta también abordamos el eclecticismo, dándonos una idea, por ejemplo, de que cuando hablamos de realismo no solo nos referimos al realismo soviético, sino que es una herramienta a nivel estilístico y también político, o los modos de difusión del arte como fueron las grandes exposiciones de moda en la época”, continúa Mendelson. “Creo que es una perspectiva innovadora que viene, después de muchos años en el museo, investigando los formatos de papel —carteles, fotografías, grabados, caricaturas, revistas— y también los formatos más populares. Se trata de romper con la idea de que solamente hay que tener en cuenta las exposiciones de galerías de arte y museos”.
En efecto, la exposición no se centra solo en las obras producidas en el mencionado periodo, sino en las formas de exposición a mayor escala que contribuyeron a su mejor difusión, como las grandes muestras universales o las pinturas murales para edificios públicos u otros medios en los que el poder se vinculaba al arte, incluso el más avanzado y experimental. La exposición no evade los ejemplos de los Gobiernos totalitarios de la época en Italia y Alemania, donde también se celebraron grandes eventos artísticos. “En ellos prevalecía el clasicismo y la monumentalidad con un énfasis en lo histórico. Entre unas y otras formas y contenidos, con algunas características similares, se generaban grandes debates y fuertes tensiones”.
“Hablamos de una década donde se están abriendo paso no solo los artistas que pasaron por las escuelas de arte, sino también los amateurs. El artista que se descubre a sí mismo, como Moholy-Nagy, Man Ray, o también la mujer del primero, Lucia Moholy, que escribe uno de los textos más importantes de la historia del arte de la época”, afirma. “Uno de los subtemas importantes son los enlaces personales, lo que hoy llamaríamos las redes. Pienso que antes se daba más importancia a los Gobiernos, a una narrativa de un nivel superior. La tesis de esta muestra no es una corrección de la historia de los años treinta, sino un reconocimiento de sus contradicciones y posibilidades”.
“Esta exposición no ve a España como el huérfano o el último ejemplo o el caso excepcional dentro de lo que sucede en Europa en el campo del arte”, subraya Mendelson. “Cuando miramos lo que sucedía en España en comunicación de masas, cultura, empresa, política, relaciones interpersonales se puede considerar como algo ejemplar dentro de la década. Lo que sucede a nivel nacional allí es algo que se puede extender a nivel internacional. Invita a considerar que cuando hablamos de gente como Alexander Calder, Roger Penrose, Salvador Dalí, Joan Miró, Le Corbusier, Fernand Léger, exhiben en sí mismos —en sus personas y en el arte que producen— esas complicaciones de su época.
“Fue una época que tiene mucho que ver con lo que sucede hoy”, comenta Mendelson. “Y creo que por eso el museo ha optado por seguir adelante con esta ambiciosa exposición a pesar de que tuvimos restricciones de medios económicos. Siempre intentando mantener el concepto de que el artista no está aislado de la vida ni de las circunstancias. La manera en que el artista se enfrenta a ellas dice mucho de cada uno. Algunos eligieron producir arte a causa de la política, como los que diseñaban el cartel de propaganda, y que no por eso eran más simples que los otros; estos convivían con los que defendían activamente la poesía, el arte puro, la abstracción”. Dos actitudes ante el arte que se explican a través del debate que sostuvieron Josep Renau y Alberto. La exposición incluye unos dibujos de Alberto que se creían perdidos y han sido hallados en el Museo Pushkin, de Moscú, en los que aborda directamente la política, pero a través de escenas surrealizantes.
El recorrido está salpicado de proyecciones de películas de la época que sitúan aún mejor al visitante en ese contexto
“No solo hay pesimismo del arte en tiempos de conflicto. Así es que en vez de ver el arte en términos de quien participa o no en la política, consideramos que el que defiende la poesía adopta también una postura política. El artista no está aislado, pero cuando decide aislarse intentamos indagar en sus motivos más profundos”, afirma Mendelson.
El recorrido está salpicado de proyecciones de películas de la época que sitúan aún mejor al visitante en ese contexto. El teatro y la danza tienen también un lugar para denotar la modernidad en España en tiempos de la República. Se exhibe un gran telón original pintado por Alberto para La romería de los cornudos, de La Argentinita, además de figurines de los trajes. Luego está la maqueta del Pabellón Español, que es también un escenario en el que se pasa de la República a la guerra.
Y es que esta exposición servirá para expandir algunos de los aspectos que centra la colección permanente del museo. “Queríamos dar una visión más internacional de lo que significó la Guerra Civil”, afirma Rosario Peiró, jefa del área de Colecciones y otra de las comisarias de la exposición. “Las líneas de fuerza de esta parte de la muestra serían lo teatral, Goya y su enorme influencia, y la visión internacional. Hay una sala de la ‘ayuda a España’, con préstamos de obras realizadas en torno a la Guerra Civil, muchas de las cuales quedarán en el museo en depósito después del fin de la exposición”. Entre ellas destaca un casi desconocido óleo nocturno de Magritte con fabulosos aviones improbables. Son importantes también las numerosas obras de Masson realizadas durante su estancia en España.
En el Pabellón Español se vendieron muchas obras donadas por artistas españoles e internacionales para apoyar al Gobierno de la República. Se pusieron a la venta, además, carpetas con Los desastres de la guerra, de Goya. Un artista que palpita en el fondo de este arte en tiempos de guerra. “La idea ha sido recuperar a Goya, un artista muy presente en la lectura crítica del Guernica. Su estética grotesca y surrealizante tuvo una enorme influencia que se nota no solo en muchos de los grandes artistas, sino hasta en las caricaturas satíricas de la época”.
En el centro de todo esto, el Guernica sigue imponiendo la fuerza de su mensaje. Cuanto más explicaciones se dan, más insondable es el misterio y más clara su advertencia ante el horror de la violencia.
Picasso black and white. Guggenheim Nueva York. Del 5 de octubre al 23 de enero de 2013. Encuentro con los años 30. Museo Reina Sofía. Del 2 de octubre al 7 de enero de 2013.

TOMADO DE: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/09/26/actualidad/1348659484_738270.html

lunes, 24 de septiembre de 2012


Hace doce años hoy que Heberto Padilla partió.  Este es un capítulo de mi libro inédito La buena memoria, y con su publicación aquí quiero dar testimonio de lo que recuerdo y de aquellos años traumáticos.  También intento así rendir homenaje a la memoria de nuestro amigo el comandate Alberto Mora, quien apoyó a Heberto siempre, aún a costa de arriesgar su vida enfrentándose a Fidel Castro.
Alberto Mora, comandante de la Revolución y ex Ministro de Comercio Exterior, se suicidó el 13 de septiembre de 1972.  Esta es la única foto que he encontrado de Alberto en el internet, y no es la imagen del que conocí a finales de los sesenta. Aparece aquí en un desfile de los primeros días de 1959, entre el Ché Guevara y el capitán Antonio Núñez Jiménez. Incluso al extremo derecho está el comandante William Morgan, fusilado poco después por la Revolución. La otra foto es la sede de la UNEAC, donde yo trabajaba en la redacción de La Gaceta de Cuba, y donde vi por última vez a Alberto el día de su suicidio.
 
http://1.bp.blogspot.com/-ggOF57dJ6Fo/UF_-Frh0M9I/AAAAAAAAA60/tpBQTFefsNw/s1600/Heberto+en+el+apartamento+de+la+calle+O.jpg
 LOCURA Y MUERTE EN LA HABANA
Belkis Cuza Malé
     Todavía no hemos podido sobreponernos; la atmósfera de esta casa encierra ahora una humedad desacostumbrada, un vaho a flores marchitas, a cera quemada, a incienso esparcido en el aire de las noches calurosas. Sobre mi mesa de mármol, en el centro de la sala, permanece aún fresco ese ramo de mirto o muralla que alguien me recomendase como lo mejor para ahuyentar los malos espíritus, y el silencio es nuevo, aunque María nos mire a hurtadillas desde su locura... 
        Hay paz, sin embargo, porque la ha impuesto la muerte con sus herramientas, y porque la búsqueda de la verdad se ha dejado ganar por lo irremediable. ¿Qué importan las razones?, me digo a mi misma como para calmar la inquietud de no saber qué ha sucedido.
http://1.bp.blogspot.com/-j4we_lf-h5A/UF_9BFmwUfI/AAAAAAAAA6s/QWrBBgiZDY8/s1600/ALBERTO+MORA.jpg    Por un rato al menos, María Molina, la sirvienta loca, ha dejado de oir los ruidos de todos los días; ni ayer ni hoy  nos ha atormentado con las historias de que allí mismo, frente a nuestro edificio, están cavando una tumba para su hermana muerta. Se encierra más a menudo en su cuartico junto a la cocina, como si pareciese querer dejarnos en paz, a solas con esta nueva tristeza. Por lo pronto, tan extraño como parezca, nos sirve de consuelo saber que la muerte real se ha sobrepuesto a la locura, a sus voces. 
        Pobre María, ha hecho un nidal de ese cuarto. Cuando la contratamos en una agencia clandestina de empleo (porque hace más de una década que dejaron de existir legalmente), no demoró en aparecer. La vimos bajar rauda de un automóvil de alquiler, repleta de equipaje y cajas de cartón.  Fue estricta en su primer saludo, pero viviendo en los tiempos en que vivimos, no me extrañó que una pobre mujer desamparada quisiera aparentar las maneras antiguas de una criada. No abundan las casas habaneras que puedan y quieran ofrecerle una habitación con baño privado, una mensualidad (aunque muy pobre), y el derecho a incorporarse a la libreta de abastecimientos de los dueños de la casa.
        La situación era casi inusitada, como lo fue el hecho mismo de que una amiga me recomendase a la dueña de la agencia de empleos, que se las arreglaba como podía  para buscarle acomodo a sus escasos clientes.
        María, creíamos nosotros, iba a solucionarnos un gran problema doméstico mientras esperábamos el nacimiento del niño, y preferimos sacrificar nuestra pobre economía y ofrecerle un cuarto a la desamparada señora, sin familia ni vivienda. Eso era todo lo que sabíamos de ella, que se trataba de una desamparada, una mujer que rebazaba los cincuenta, sin familia ni vivienda  y con una necesidad urgente de que alguien la incluyera en su libreta de abastecimiento.
        Desde el primer momento supe, sin embargo, que habíamos cometido un grave error.  María --como comprobamos después con la señora de la agencia de empleos-- estaba loca, loca de remate, y en numerosas oportunidades había sido internada en el hospital de Mazorra.  A la mujer de la agencia no le quedó más remedio que decirnos la verdad, aunque añadió la pobre excusa de que en sus momentos de lucidez, María era útil en una casa y digna de los mayores elogios, pues limpiaba y cocinaba bien.
        El error más grave había sio incorporarla a la libreta de abastecimientos, porque en contra de su voluntad no podíamos darle de baja en las oficinas de la OFICODA (*) y permanecería en nuestra casa hasta que ella lo decidiera.
        No puedo evitarlo, le tengo miedo a María, a su mutismo; no sé cuándo dejará de ser ella para prorrumpir en sollozos, o correr hacia mí gritándome que cesen los ruidos, que no puede más. Pero a pesar de todo esto, cocinar y limpiar parecen servirle de tearapia. Entro y salgo de la casa, voy al trabajo o a la universidad y noto que está largos períodos encerrada en su cuarto, escribiendo esas monstruosas cartas que hablan de camiones herméticamente cerrados que recorren la ciudad, dice, con su trasiego de carne humana, mujeres que la policía se encarga de echar mano en cualquier esquina, con el propósito de engrosar el abastecimiento de carne para la población.  Prostitutas, repite sin parar. Y sus cartas están dirigidas a Fidel; le escribe decenas a la semana y las guarda con mucho celo debajo de su almohada, pero nosotros, en sus brevísimas ausencias a la bodega que está al lado de nuestro edificio, las leemos, con un interés creciente, como si se trataran de nuevos capítulos de una historia de terror, incapaces de sustraernos a sus obsesiones.
        De noche nos encerramos con llave en nuestras habitaciones, temerosos de que la locura le asalte en medio de la madrugada. Y aunque parece fingir no darse cuenta de nuestro miedo, quién sabe cuántas esquizofrénicas inquietudes esconde tras su dura mirada.  No nos da reposo, sin embargo, nos mira siempre como un cazador furtivo, aunque sigue cumpliendo a cabalidad con sus obligaciones y guarda un horario inflexible para todo.
http://2.bp.blogspot.com/-PaQEkJPlAKY/UF_-OO0acXI/AAAAAAAAA68/gScE76P61Qs/s1600/UNEAC.jpg        Hace un tiempo logramos que nos hablara de sus otras colocaciones. Fue a raíz de encontrarse un libro de Alejo Carpentier, mientras sacudía uno de los estantes. Se le quedó mirando durante unos segundos, como tratando de recordar, hasta que sin mucho interés contó que había trabajado hacía años en casa del novelista, en una época, añadió, en que él vivía con su madre, una señora rusa que tocaba el piano y daba clases de francés. Una señora muy fina, apuntó, como si de pronto se le hubiera iluminado la mente y trasladado a aquella época y la estuviera mirando. Se había quedado como ausente en el recuerdo.
        Fue María la que respondió a mis preguntas, cuando de regreso esa mañana de la universidad, noté aquellas tres tazas con restos de café que permanecían sobre el   aparador del comedor.
        "Es que estuvieron aquí unos amigos de su esposo, por lo del accidente del señor Alberto. Dice su esposo que llame a Maruja".
        No había cautela en su modo de darme la noticia, ni pretendía evitarme el susto. Accidente era la palabra que mejor describía una situación real con la que ella había estado siempre tan familiarizada. Pero todo el mundo actuaba como María a la hora de la verdad. Maruja no fue más explícita al inicio de nuestra conversación, y sólo cuando insistí supe qué significaba esa palabra, accidente.  Y la verdad es siempre como en las novelas, un golpe seco.
        Alberto Mora, de súbito, estaba muerto. Heberto se había marchado a la funeraria y yo quedaba en libertad de llegarme hasta allá o aguardar en casa.
        En el trayecto hacia la funeraria Rivero traté de poner mis pensamientos en claro. ¿Es que como en las novelas de terror aún no había despertado del sueño?  Claro que sí, sólo que ahora iba uniendo los pedazos de ese rompecabezas que la muerte había dislocado de un manotazo.
        Estaba allí, dentro de aquel sarcófago horrible, y un mechón de pelo sobresalía por afuera de la tapa; yo sólo atinaba a ver el mechón negro y lacio que tantas veces se alisara en un movimiento que se había convertido casi en manía.
            Un hombre me perseguía en aquel sueño de la noche de la tormenta. Rápídamente me metí a la trastienda de un pequeño negocio y allí estaba el sarcófago del que salía aquel mechón de pelo lacio y negro. Al otro día por la mañana supe que esa noche Alberto se había suicidado.        
        A pesar del balazo no estaba deformado. En medio del horror del que aún no habíamos podido desprendernos, comprobé lo que ya yo sabía por mi sueño.
        Alberto había llegado aquella tarde de lluvia torrencial hasta la UNEAC (** ) para devolverme Islas en el Golfo, la novela de Hemingway que yo habìa pedido prestada a la biblioteca. Hacía más de un mes que la había sacado porque Heberto quería leerla, pero luego se la había pasado a Alberto y éste a un amigo. La lectura del libro póstumo de Hemingway pareció afectarlo, y su obsesión lo trajo dos o tres veces a casa para comentar con Heberto los planteamientos de Hemingway: discutía con acaloramiento todas las proposiciones del viejo escritor en torno a la muerte y las distintas formas de suicidio.  Quería una y otra vez que Heberto compartiera sus puntos de vista: la mejor forma de matarse era de un tiro en el cielo de la boca. Pero Heberto no acertaba a darse cuenta entonces de las verdaderas intenciones de su amigo.
        Tiempo atrás había aparecido por casa con un nuevo libro, la edición de Barral del I Ching: quería que probásemos suerte, y él mismo se encargó de interrogar al célebre libro. No fue una sorpresa para mí que nuestro destino --el mío y el de Heberto--  fuera el mismo, me parecía lógico.  Pero me sobrecogió de manera especial la respuesta que obtuvo Alberto, porque sin que él precisara, aquel código extraño apuntaba hacia lo peor.
        Sonrió restándole importancia al hecho y no vaciló días más tarde  --la noche de su cumpleaños-- y en su recién estrenada casa, en leerle el destino a cada uno de los presentes y de repetir hasta el cansancio aquel cuento-adivinanza que era a su vez un test de personalidad. Al final de la historia y de salvar muchos obstáculos, había que decidir qué actitud tomar ante un muro que impedía continuar la marcha. Casi todos los presentes aquella noche escogieron regresar. Pero Alberto decidió saltar el muro.
        En la casa todos oyeron el disparo.  La abuela dijo que fue como si cayera al suelo un escaparate. La puerta estaba cerrada por dentro con llave, y Liuba, la hija mayor, dijo que ella podría abrirla con la punta de una tijera. Eran las 8 y 30 de la noche, y desde por la tarde había estado lloviendo sin parar.
        Abrí la puerta de mi apartamento, y lo vi de pie junto al marco: llevaba un pantalón a cuadritos color café y la camisa de hilo blanco. Le oi decir junto al ramo de muralla del centro de la sala, que esa misma tarde me devolvería el libro de Hemingway.
        ¨Yo creo que no nos vamos a ver más¨, le dije y la primer sorprendida fui yo, quizás no quise decir eso, pero fue lo que dije y me turbé, pues me parecieron palabras absurdas, sin sentido. "¿Por qué dices eso? --fue su respuesta. Esta misma tarde te llevo el libro a la Unión de Escritores, lo prometo".
            No le creí hasta que lo vi llegar horas después bajo el terrible aguacero. A pesar de la gripe y la fiebre, quiso cumplir su palabra. Fui, sin sospecharlo, de las últimas personas en verlo con vida.
            Lo acompañé hasta el vestíbulo de la UNEAC, y ya en el portal inundado, tras rechazar mi ofrecimiento de unos periódicos para que al menos se cubriera un poco de la lluvia, desapareció ante mis ojos asombrados, como si aquella densa capa de agua se lo hubiera tragado. Su amigo Benigno Regueira, me había dicho, lo había traido en su automovil y lo estaba esperando afuera.
            Por la noche, cuando Heberto y yo regresamos del Parque Almendares, a donde habíamos ido con una vecina tras cesar la lluvia, quise llamar a su casa para preguntar si aquella imprudente empapada no habìa afectado aún más su gripe, pero nuestro teléfono, afectado por la tormenta, había dejado de funcionar. Miré entonces al reloj y también se habìa detenido a las 8 de la noche.
            Cuando esa mañana regresé temprano de la universidad, María me contó que había habido visita... Todavía cierro los ojos y veo las tazas abandonadas con restos de café. Alejandro, el policía encargado de vigilarnos, y otro, que no sé quién es, habían venido a informar a Heberto de la muerte de su amigo y de paso a intentar saber más.
       "¿Qué les parece? Me voy a casar con Sylvian. Díganme lo que piensan".  Le estaba preguntando la opinión a los amigos, pero yo detestaba que qusiera saber la mía sobre algo tan personal, como era su relación con Sylvian, una francesita aplatanada, a quien conocía poco.
           Alberto sobresalía del contexto.  Era inteligente y generoso, de una amistad a toda prueba. Culto, en medio de un mundo como el suyo (un comandante, el más joven quizás de la Revolución, ex ministro de Comercio Exterior), aunque sin embargo padecía de un fuerte desasosiego, sólo evidente para sus más ìntimos.  Golpe tras golpe había resistido con valor mucho más de lo que se sabía. Primero la muerte del padre, aquel legendario Menelao Mora, ex dirigente de los Ómnibus Aliados, quien con un grupo de hombres --entre los que estaba el propio Alberto, entonces un joven de 17 años-- había asaltado el Palacio Presidencial, donde vivía el dictador Batista. Luego, la enfermedad de la madre; el nacimiento de su hija más pequeña con una deformación en el labio, su matrimonio con la francesita, que pareció no tardar en caer en crisis... Y en medio del desencanto creciente ante la vida, había perdido la fe en la Revolución y Fidel Castro, aunque le oíamos insisitir en que tarde o temprano todo se arreglaría.
        Del libro Fuera del juego, el primero de los amigos de Heberto en leerlo, le oí decir con franco entusiasmo: "Este libro va a hacer historia". Creyó en la amistad, por eso no vaciló en apoyar a Heberto, su amigo, a raíz de nuestra detención, lo que le valió también a él un destino inusitado: Fidel Castro lo mandaría a detener, aunque luego de visitarlo en la celda lo pondría en libertad.
        Todavía con Heberto detenido en la Seguridad del Estado, Alberto y yo nos aparecimos en el anfiteatro de la Universidad de La Habana donde el canciller Raúl Roa iba a pronunciar un discurso que, aunque de soslayo, estaba relacionado con los últimos acontecimientos alrededor de Heberto.  A cada instante aquella multitud compuesta por alumnos y funcionarios interrumpía al retórico Roa y prorrumpía en aplausos, de pie, para darle más énfasis a sus palabras. Le oi hablar de los intelectuales plumíferos, y de no sé cuántos otros torpes epítetos para referirse, sin decirlo, a Heberto.  Pero ni Alberto ni yo nos levantábamos de nuestros asientos, ni aplaudíamos al canciller. Al final del discurso, Alberto se acercó a Roa y le entregó una carta, con el ruego de que se la hiciera llegar a Fidel Castro. No supe su contenido, pero se trataba de una protesta contra la detención de su amigo, y su opinión sobre la situación.  Al otro día estaba preso en Villa Marista.
           Alberto Mora, en perpetua desgracia, ex comandante de la Revolución castrista, era un escritor frustado (estoy segura), que amaba la música, que no tenía reparos en exhibir en su casa aquel enorme e impresionante afiche de Jimi Hendrix, muerto por una sobredosis de drogas, ni en comprar en sus viajes al extranjero toda la música de los Beatles. Se empeñó en hacer revolución junto a su padre, y tuvo la suerte de salir con vida del asalto al Palacio Presidencial. Quiso ser un rebelde, cuando hubiera dado su vida por  ser un creador, un artista.
        Ayer hizo nueve días que lo enterraron. No fui al cementerio porque me sentía muy triste y me parecían demasiadas emociones para mí, con mis seis meses de gestación.  A su regreso, Heberto me contó que vio allí a Orlando Alomá con aquel ejemplar del libro de Hemingway debajo del brazo.  Pienso que si Alberto Mora no lo hubiese leido no habrìa escogido el camino de la autodestrucción. Pero otras cosas pesaron mucho en su decisión. La traición, las mentiras, habían acelerado ante sus ojos la caida del altar donde durante años había puesto a Fidel Castro y la Revoluciòn.  Ya no creyó más en esa "rehabilitación política" que tiempos atrás era su tabla de salvación, pues no se cansaba de repetir que tarde o temprano llegaría.  Pero  el Plan de Plátanos del Wajay, a donde el propio Fidel Castro lo había enviado para que se rehabilitara, no era otra cosa que un nuevo castigo, una cárcel.
        Ayer sonó el teléfono, mientras yo descansaba antes de irme a trabajar a la UNEAC. Era su voz ahogada, lejana, y ese ¨oye¨, ahora de ultratumba, conque solía presentarse cuando hablaba a casa. Sólo alcancé a escucharle decir balbuceante que iba para el Wajay, mientras repetía aquel Wajay como un tartamudo. Aterrada, le pasé el teléfono a Heberto, pero la comunicación había cesado.
        Me cuesta trabajo reconocer que locos como María puede que entiendan mejor los planos de vida y muerte en que nos movemos. A su modo parecería no faltarle razón y no cesa de escribir cartas cada día más extensas, denunciando quizás esta vez que están cavando una tumba para nuestro amigo, el comandante Alberto Mora.    

       

domingo, 23 de septiembre de 2012

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Artes y Letras

Publicado el domingo, 09.23.12

José Triana todavía tiene mucho que ofrecer


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BELKIS CUZA MALÉ

ESPECIAL / EL NUEVO HERALD

Antes de ser un escritor famoso, un teatrista de renombre, que había marcado un hito en el teatro cubano con La noche de los asesinos, José Triana Pepe para sus amigos, no fue un cubano típico, uno de esos jóvenes nacidos para vivir una vida sencilla y sin complicaciones, como el resto de sus contemporáneos de los años 50.
Todavía era muy joven cuando a mediados de 1960 lo conocí en una deslumbrante Habana. Aún conservo la imagen de entonces cuando paseabamos por la populosa calle La Rampa, en compañía del poeta Pablo Armando Fernández y de Maruja, su esposa.
Conocer a Pepe Triana aquella vez fue un verdadero regalo: vivaz, lleno de juventud y frescura. Por esa época ya había publicado algunas de sus obras de teatro y tenía entre manos otras de las que hablaba con pasión. También había actuado, y ayudaba en el teatro a Morín, el gran director.
Han pasado casi cinco décadas desde aquella primera vez en que paseando por la Rampa habanera, con la brisa del mar refrescando la noche, sospeché que Pepe Triana seguiría siendo joven y entusiasta, aunque la vida hubiese cambiado para él. Cuando le pregunto, no me extraña su respuesta:
“No creo que mi vida haya cambiado mucho. Los posibles arreos de la fama, me decía en tono de burla la querida Elena Garro, deben llevarse como una hermosa fatalidad. Pienso que los acepto, en verdad, igual a un festivo y delirante corre-corre. Algo que se cumple amorosamente. Porque si he escrito un texto que complace a mis contemporáneos, eso me da energía y sosiego y a la vez una secreta exaltación del deber cumplido”.
Familia de artistas la de Pepe Triana: con hermanas pintora y actriz respectivamente, y él, teatrista y poeta, el autor de Medea en el espejo (1960), La muerte del Ñeque (1963), La noche de los asesinos(1965), y otras, parecería haber crecido en un hogar de creadores e intelectuales. Nada más lejos.
“Mis padres eran de extracciones sociales diferentes”, me cuenta. “Mi madre pertenecía a una familia que poseía tierras en la zona de Jovellanos y de Carlos Rojas. En la finca se cultivaba caña, arroz y conservaba hermosos plantíos de árboles frutales. Se llamaba Santa Sabina, situada muy cerca del Canal de Roque. De la familia de mi padre puedo decir que eran jornaleros de origen canarios que tenían un pequeño pedazo de tierra que llamaban Las Piedras. Toda mi infancia y juventud las pasé en viajes a ver a mis abuelos, tíos y primos, paternos y maternos. Conservo una plácida afección, mejor decir, amor, por esa región y por mis familiares. Es un instante de júbilo nombrarlos ahora. A mi tías y tíos Leonarda, a Otilia, a Bruno, a Oscar y a Luis. Como a mis tías Cirita y Nélida, hermanas de mamá. De niño aprendí a conocer de cerca las diférencias en las clases sociales.
“Tanto mi padre como mi madre determinaron mucho en nuestras vidas, las de mis dos hermanas y la mía. Siempre nos inculcaron el deseo de buscar un estado espiritual donde confluían el poema, el teatro, el cine y la pintura. Mi padre me sentaba en sus piernas en su pequeño escritorio, rodeado de libros y revistas culturales, y me leía paginas de La Divina Comedia de Dante o páginas de Víctor Hugo y Alejandro Dumas. A mi madre le gustaba leerme Los cantos de la tarde, de Juan Clemente Zenea. Mi padre adoraba Mozart y a Beethoven y las zarzuelas cubanas. Todos los años iba a las temporadas del Teatro Martí, en Hatuey, Camagüey, papa invitaba a escritores como Marcedes Pinto y Luis de Zulueta a que dieran conferencias en los salones de una sociedad que, creo, le llamaban Liceo.”
¿Cuándo y en qué condiciones llegaste a La Habana? ¿Viviste en París como algunos de tu generación o en Nueva York?
Ir a La Habana, en aquel entonces, dentro de nuestra familia, era un privilegio, y podíamos ir según las notas escolares que tuviéramos. Cuando muchacho fui varias veces con mi padre. Después, teniendo 23 años, nos escapamos un grupo de amigos y nos fuimos a ver la pieza de teatro Las Criadas de Jean Genet, que drigió Francisco Morín con Miriam Acevedo, Ernestina Linares y Dulce Velasco en un teatro improvisado en la Asociación de Reporteros de Cuba. . Al tiempo pasé por Nueva York rumbo a Madrid, donde viví cuatro años y medio. Fui a las clases de Filosofía y Letras y me sentí muy decepcionado pues el filósofo era Jaime Balmes. Hablo de 1955. Y me dije, ‘Dios mío, has cambiado la vaca por la chiva’, pues en la Universidad de Santiago de Cuba recibía los cursos extraordinarios de Enzo Mella sobre el existencialismo de Martin Buber, Gabriel Marcel, Sartre, Camus y Heidegger. Por esa época leía de Dostoyevski Memorias del subsuelo, Los hermanos Karamazov y los textos de Soren Kierkegard,Temor y Temblor y Diario de un seductor. No olvidaréa jamás el legado de Nietzsche. Esas eran las obras y las ideas que me rodeaban en la provincia cubana y me veo de pronto huérfano de ese ambiente. Pero, afortunadamente, conocí en Madrid a tres hombres excepcionales: Trino Martínez Trives, José Franco (el gran actor) y a Juan Guerrero Zamora, acompañados por la innolvidable Carmina Santos y Maruchi Fresno. En la vida siempre hay grandes compensaciones.
La noche de los asesinos fue Premio de Teatro Casa de las Américas. A partir de ahí la puesta en escena por Teatro Estudio te lanzó a la fama. Pero casi que coincidió con tu salida de Cuba. ¿O cómo fue?
Mi salida definitiva fue el 18 de diciembre de 1980, después de celebrar la fiesta de San Lázaro. La puesta de La noche de los asesinos fue un espléndido trabajo de actores y de un Vicente Revuelta inspirado. No me gusta hacer comparaciones, pero ese fue un gran momento en mi vida.
¿Qué te llevó a abandonar Cuba?
La permanente persecución, el ponerme en duda todo el tiempo. Frente a la esterilidad, la creatividad y la soledad. En mi país me sentía acosado por la dirigencia. Mi país, hermoso y luminoso. Mis amigos forman parte de mi eternidad.
¿Cómo ha sido tu vida de exiliado en París?
La compañía de Chantal es una fiesta refiriéndose a Chantal, su esposa de tantos años, una fiel y eterna compañera, que ha sido para Triana fuente inagotable de bendiciones. Como décia Lezama de Cuba, una fiesta innombrable.
Recientemente has publicado una antología de tu poesía, o ¿hay poemas recientes?
Hay nuevos poemas, dice.
¿Qué le pides a la vida?
Lo que me ofrezca.
Así de sencillo y espontáneo es José Triana, este famoso escritor y poeta, uno de los grandes en el ámbito de la literatura latinoamericana. El año pasado Aduana Vieja, de Valencia, publicó dos volúmenes con su teatro completo, y recientemente otro con su poesía. A sus 83 años Pepe Triana tiene todavía mucho que ofrecernos.•
EXTRAÍDO DE:  http://www.elnuevoherald.com/2012/09/23/1305672/jose-triana-todavia-tiene-mucho.html

lunes, 3 de septiembre de 2012

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Escrito por Baltasar Santiago Martín    PDF Imprimir E-mail
Linden Lane Magazine, un monumento a la cultura cubana en el exilio
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“Como he dicho en varias ocasiones, Linden Lane Magazine es una misión que Dios me ha encomendado. De no ser así no se hubiese podido publicar ni un solo número, pues, ¿de dónde iba a sacar yo los US$2000 que costaba cada número, entre gastos de imprenta, de envío por correo y de typesetting? Incluso llegué a publicar un número estando en España, en 1983. Y sin que yo moviese un dedo, las universidades de este país, las más importantes, comenzaron a suscribirse a Linden Lane Magazine, una revista diseñada, producida y dirigida por una mujer desde la mesa de su cocina”.
Belkis Cuza Malé
omni1Con estas palabras de la mujer tras Linden Lane Magazine –donde se pueden parafrasear perfectamente la frase de Luis XIV y la de Gustave Flaubert, el autor de Madame Bovary— comenzó mi conversación-entrevista con Belkis Cuza Malé sobre la revista que fundó en marzo de 1982, hace ya más de 30 años, junto a su esposo en ese entonces, el también escritor y poeta Heberto Padilla –“a regañadientes” él, según la propia Belkis– , y mi mejor regalo para esta valerosa y talentosa mujer, además de mi amistad y mi admiración, es comentar la edición extraordinaria por los 30 años de la revista, correspondiente a la primavera del 2012, que es ya el volumen número 31.
Antes de reseñar dicho número conmemorativo, quiero puntualizar algunos aspectos que considero cruciales para resaltar la hazaña lograda por Belkis, al editar sin interrupción durante tres décadas este monumento a la cultura cubana en el exilio —porque también los pintores, los músicos y los bailarines han encontrado cobijo entre sus páginas, no solo los escritores y poetas— y poder valorar en su justa medida el significado de Linden Lane Magazine por sí misma, para Cuba, para los cubanos, y para la cultura latina en general.
Belkis y Heberto fueron los primeros “cimarrones” de la literatura cubana que “huyeron” del control absolutista del Estado, previsto ya por el dramaturgo Virgilio Piñera en la reunión de Fidel Castro con los intelectuales en 1961, en la Biblioteca Nacional, cuando el autor de Electra Garrigó declaró ante nuestro Saturno tropical: “Yo tengo mucho miedo”.
Ambos estuvieron presos en las mazmorras de Villa Marista; Heberto, durante más de un mes, a partir del asalto a su apartamento el 20 de marzo de 1971, por haber escrito su premiado libro Fuera del juego, mientras que Belkis vería su poemario Juego de damas –escrito entre 1964 y 1968– reducido a pulpa tras su publicación, en 1971.
Es completamente irónico que ambos poetas usaran en sus dos libros la palabra “juego”, cuando debían haber sabido muy bien que si con algo estaban jugando era con fuego, y no precisamente con el fuego fatuo de las antiguas tumbas de los esclavos cimarrones con los que los comparo.
El caso Belkis-Padilla —porque aquí me permito editar la historia, que casi siempre ha dejado a Belkis a un lado— fue un verdadero aldabonazo para la izquierda fascinada con el castrismo, y en 1980 el matrimonio pudo por fin abandonar el barracón.
Salvada la parte histórica, la obra poética y en prosa de Belkis Cuza Malé brilla con luz propia; no es ella una especie de luna que refleja los rayos del rey-sol Padilla, porque si deslumbrante es Fuera del juego, no menos fascinante y tremendo es Juego de damas, además de su vigencia como editora de Linden Lane Magazine y articulista de varios periódicos y revistas, así como su novela biográfica El clavel y la rosa, sobre la malograda poeta y pintora cubana Juana Borrero, y sus acuciosos libros sobre el enigma de Elvis Presley y sobre la cantante Selena, sin mencionar sus varias novelas aún inéditas.
Citando a la propia Belkis —con quien concuerdo absolutamente—, “el exilio cubano no ha aprendido de los ricos de este país (Estados Unidos), tan generosos para apoyar la literatura y las artes en general, ni ha considerado necesario —a pesar de todo su patriotismo— proteger la cultura ni promoverla. La mayoría de las actividades que se realizan fuera de Cuba son por iniciativas personales, con un gran sacrificio por parte de todos”.
Durante los últimos cuatro años, he visto a Belkis preparar cada cuidada nueva edición del magazine desde la mesa de su cocina, día tras día, sin el amparo de una remuneración equitativa, y sin ni siquiera la seguridad de que los propios escritores publicados compren un ejemplar, a tal punto llega la desidia —por llamarle de algún modo— de muchos de ellos, que debían ser los primeros en comprar la revista, pero ni así Belkis claudica ni se desanima.
Por ejemplo, este número por los 30 años de la publicación tiene 154 páginas, y un total de 186 colaboradores (poetas y escritores cubanos del exilio) y 67 pintores y artistas, también del exilio, salvo el autor del José Martí que aparece en la portada, el pintor cubano Jorge Arche (Santo Domingo, Cuba, 1905 - Cádiz, España, 1956). Cuatro escritores se autoexcluyeron, “a pesar de que a todos ellos se les envió un e-mail invitándolos a colaborar, y no una, sino dos o tres veces, y ni se tomaron el trabajo de contestar”, según nota de la propia Belkis en la presentación del número, “y por razones extrañas y ya casi imposibles de solucionar, dos escritores quedaron fuera: Juana Rosa Pita y Jorge Oliva. No sé realmente qué pasó, ni cómo desapareció la página en que estaba el poema de Juana Rosa. Y con Jorge Oliva la cosa fue distinta, pues no encontré por ninguna parte sus textos, lo que lamento”.
A su vez, “el escritor chileno Roberto Ampuero, quien vivió largos años en Cuba y es el famoso autor de Nuestros años verde olivo —entre muchos otros títulos que han alcanzado gran popularidad—, ha tenido la gentileza de escribir un texto especial sobre su amigo Heberto: ‘Heberto Padilla en Valparaíso’. Tengo que agradecérselo doblemente, pues lo hizo mientras se encontraba en Chile asistiendo a los funerales de su querido padre. En la actualidad Roberto Ampuero ocupa el cargo de embajador de Chile en México”, nos explica también la tenaz editora, quien también ha incluido un texto del mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura: nada menos que su “Carta a Heberto Padilla”.
Me constan la pluralidad y la imparcialidad con que Belkis publica, y admiro cómo no discrimina ni a quienes la han atacado o herido alguna vez, cosa que no abunda en el mundillo intelectual, plagado de celos, rencillas y agendas ocultas, pero la agenda de Belkis es clara y diáfana, como ella misma expone en dicha presentación:
“La razón de este número extraordinario va más allá de la literatura. Con él deseamos demostrarle a todos los que quieran leernos que los escritores y artistas cubanos, viviendo en el exilio, en una situación de desventaja —y muchas veces de impotencia—, hemos seguido creando, sin olvidar a nuestra sufrida Isla. Al menos, me da satisfacción decir que somos libres y que durante estos 30 años no hemos censurado a nadie, como se hace en Cuba, ni nadie nos ha dicho lo que tenemos que escribir o decir”.
No es nada gratuito que el retrato de José Martí pintado por Jorge Arche sea el que aparezca en
la portada del número, pues Martí, quien vivió la mayor parte de su vida en el exilio, es el mejor símbolo de que aun viviendo fuera de Cuba podemos serle útiles, máxime cuando el exilio cubano sigue sin quitar el dedo del renglón después de 53 largos años, cuando a esas alturas ya en la Unión Soviética y en los demás países socialistas de Europa se habían resignado a soportar el totalitarismo, y tuvo que llegar un Gorbachov para desmontarlo desde el poder.omni2
Abre LLM con un texto de Belkis titulado “Treinta años es nada”, donde hace un ameno recuento de la historia del magazine, seguido por “María Zambrano: de Madrid a la eternidad”, “quien merece una tumba junto a los más grandes”, según su autor, el infaltable Heberto Padilla; y luego un desfile de 186 interesantes textos donde sobresalen los de Reinaldo Arenas —quien fuera colaborador de la revista hasta que Belkis tuvo que “sacarlo a patadas”, según su propia confesión—, Gastón Baquero, Levi Marrero, Guillermo Cabrera Infante, Eugenio Florit, Severo Sarduy, Lydia Cabrera —“Los huesos de los Santos”—, Nivaria Tejera, Eduardo Manet —“Cuento de amor entre pintores”—, José Lorenzo Fuentes, Antonio Benítez, Carlos Alberto Montaner, Matías Montes Huidobro, René Ariza, Lorenzo García, Carlos Victoria, Raúl Rivero, Daína Chaviano, Orlando Fondevila, Daniel Fernández, Pío E. Serrano, Juan Abreu, Félix Luis Viera (colaborador de Newsweek en Español), Luis de la Paz, Ángel Cuadra, Jacobo Machover, Eliseo Alberto, Antonio José Ponte, Luis Agüero, Néstor Díaz de Villegas, Elena Tamargo y Felipe Lázaro, entre tantos, que mencionarlos a todos haría muy larga y tediosa la lista, y con hermosas ilustraciones intercaladas entre los textos —pinturas y fotos— de 67 artistas plásticos exiliados, entre los que se destacan Jesús Selgas, Ena Columbié, Ramón Alejandro, Guido Llinás, Baruj Salinas, Delio Regueral, Clara Morera, Arístide, Humberto Calzada, Arturo Cuenca, Hugo Consuegra, Gina Pellón, Chago, Miguel Ordoqui, Alejandro Lorenzo, Carmen Herrera, José Mijares, Rafael Soriano y Eduardo Michaelsen, lo que denota la sensibilidad y el buen gusto de Belkis también para el diseño, así como su declarada vocación “multimedia”.
Como acostumbraba a decir mi madre, Elsa Garrote, ya fallecida, cuando algo le parecía muy bueno, este volumen 31 de LLM “es un verdadero dulce”, tanto por su forma como por su contenido, por lo que invitamos a los lectores de esta reseña a que lo adquieran, que es la mejor manera de apoyar a Belkis y a la cultura cubana en general, pues Linden Lane Magazine es su monumento en el exilio.
TOMADO DE:  http://newsweek.mx/index.php/Mundo/linden-lane-magazine-un-monumento-a-la-cultura-cubana-en-el-exilio.html