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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


sábado, 28 de mayo de 2016



COMO LO PROMETIDO ES DEUDA AQUÍ LES VAN LOS TRES PRIMEROS CAPÍTULOS DE ESTA MAGNÍFICA OBRA 
JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (1)
abril 21, 2011 in Ese más allá que nos espera
Hoy iniciamos la lectura de un libro importante: “Cet au-delà qui nous attend” (“Ese más allá que nos espera”)  de nuestro querido maestro y amigo Jean Prieur.
El 26/10/92, tres años después de irse, Arnaud de Gauvernec le dice a su madre: «Mamina, di a Jean Prieur que complete, mejore y reedite, su libro más precioso para vosotros en estos momentos». Y, en efecto, nada que ver el consuelo que aporta este libro con las «consolaciones estandar» de las que hablaba Gabriel Marcel.
En la Introducción, Jean Prieur responde a una objeción que se plantea con frecuencia cuando se habla del Más allá: «Nadie ha vuelto de allá para decirnos lo que hay». ¿Es así?
Nuestro amigo Jean siempre aporta sugerencias de interés. En el punto en que relaciona La Inmortalidad y el Dios vivo, dice: «La creencia en Dios y la creencia en la inmoralidad están unidas como el sol y su resplandor». Por eso, un ateo como Joliot-Curie al rechazar la primera, se ve obligado a rechazar la segunda.
Prieur es un creyente que desborda. En el punto El Espíritu y los espíritus dice: «No digamos que el hombre es un ser físico que posee un espíritu, sino que es un ser espiritual que posee un cuerpo físico. El espíritu es el hombre real…»
¡Buen día!
JEAN PRIEUR
“ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA”
Título Original: 
“CET AU-DELÀ QUI NOUS ATTEND”
Traducción: Alfredo Camarero Gil
(Esta “copia de trabajo” tiene por finalidad dejar preparada la edición por si algún editor se decide a publicarlo)
INTRODUCCIÓN
Cuando se trata de la vida futura, se reprocha siempre a los que afirman su existencia: «¡Nadie ha vuelto de allá para decirnos lo que hay al otro lado!» El argumento no es nuevo, se encuentra ya en los textos egipcios y griegos. El escepticismo y la doctrina, según la cual no hay otra substancia que la materia, son viejos como el mundo: visible o invisible.
Cierto, nadie ha vuelto en su cuerpo físico, destruido para siempre, pero algunos vuelven en su cuerpo espiritual y en espíritu. Se aparecen a aquellos cuyos ojos espirituales están abiertos, hablan en sueños, dictan mensajes en los que dicen que están vivos, más vivos que nunca.
Confirman lo que está en las Escrituras.
Confirman lo que dicen los místicos que, recorriendo el camino inverso, fueron allá mientras vivían: en espíritu y en cuerpo metafísico, ellos también.
Unos y otros revelan cierto número de detalles que nos permiten elaborar una representación aproximada de esos lugares-estados, que solo conoceremos realmente cuando hayamos pasado el Umbral. E incluso allí, incluso entonces, habrá siempre cosas que descubrir.
Mis primeras aproximaciones al más allá fueron a través de los mensajes llegados espontáneamente de las esferas en las que se confiesa a Cristo, como los de Pierre Monnier, después de la Primera Guerra mundial, y los de Roland de Jouvenel, después de la Segunda.
Mensajes en los que el otro lado toma la iniciativa para devolver la esperanza, aportar revelaciones, enseñar lo que nos interesa hasta un grado muy elevado… y que tan poco nos preocupa. Mensajes recibidos desde este lado, no con un espíritu de curiosidad experimental, sino con el espíritu del amor más puro: el amor maternal. Contactos establecidos desde los dos lados sobre bases leales: la persona que recibe escribiendo en plena lucidez y manteniendo todo su libre albedrío, todo su discernimiento, todo su entendimiento; la persona que dicta no tratando nunca de dominar, sino de inspirar al alma que le es confiada, y llevarla por el camino de la verdad y de la vida.
Esta aproximación a través de los mensajes, esta era la finalidad en los «Testigos de los Invisible». [1] (Copias disponibles en “Aquí-Allá”)
Junto al estudio de los textos, vinieron mis experiencias personales, y pronto las de los demás: lectores, amigos, y lectores convertidos en amigos; todas personas de fe y de buena fe. Lo que habíamos vivido venía a confirmar, a unos y otros, lo que habíamos leído. La experiencia concreta más modesta nos parecía más convincente que el texto más hermoso, el más digno de ser creído. Este era el propósito de la obra titulada «Los muertos han dado señales de vida». (Copias disponibles en “Aquí-Allá”).
Sin embargo, no basta con reunir y estudiar experiencias, tanto si son espontáneas como las de los «Testigos» y de las «Señales», o provocadas como las que se llevaron a cabo, a principios del siglo XX, en presencia de Camille Flammarion, de d’Arsonval, de Gustave Le Bon, de Bergson, de los Curie, hay que sacar las consecuencias en el campo del pensamiento.
En «Mors et Vita», Gabriel Marcel deseaba ya que la búsqueda psíquica, «que debe ser buscada con una tenacidad incansable», no se limitaba a «una simple acumulación de hechos: los hechos no son nada, si no suscitan una reflexión de naturaleza estrictamente filosófica».
Este deseo de ver continuar la investigación psíquica en el plano que él había elegido, el autor del «Journal métaphysique» lo expresó en varias ocasiones en privado y también en público, sobre todo cuando declaró durante el homenaje que le dedicó, con motivo de sus ochenta años, el Instituto Metapsíquico Internacional [2]: «Recomiendo vivamente a Jean Prieur que continúe el excelente trabajo a que se ha dedicado sobre los mensajes, estudiando en la historia de la filosofía y, en particular, a partir del neo-platonismo, lo que en los propios pensadores va en esta dirección».
Lo que va en esta dirección, es decir Leibniz, del que me hablaba con frecuencia, Leibniz que tomó muy en serio las relaciones entre los dos mundos y cuya Teodicea inspiró a Swedenborg.
Leibniz, Swedenborg: dos obras monumentales cuyo estudio necesitaría inmensos espacios de tiempo, dos espíritus universales (sin duda los últimos) a la vez físicos, matemáticos, filósofos y teólogos, dos pensadores capaces de abarcar a la vez las disciplinas científicas y la exploración metafísica, pensadores cuya ausencia se hace sentir tan cruelmente en estos momentos.
— Sería bueno también, me dijo Gabriel Marcel algún tiempo después, orientar tus investigaciones desde el lado de los Padres latinos, y sobre todo de los Padres griegos.
— ¡Otras dos inmensidades! Suspiré.
— En efecto, un solo hombre no bastaría para esto. Sería necesario que se organicen equipos de trabajo centrados en estos temas.
Si estos equipos de trabajo hubieran podido formarse cuando él vivía, no habría dejado de interesarse por ellos. Su facultad de atención, de acogida, de apertura al esfuerzo de los demás, era sencillamente algo maravilloso. La última vez que lo vi en casa de unos amigos comunes, en Corrèze, nos habló de la virtud de la receptividad, esa virtud que él practicaba mejor que nadie.
Hubo allí, el 6 de agosto de 1973, unas horas perfectas, en un paisaje de armonía y de luz, bajo un cielo de total pureza, como si el mundo natural recordase que aquel día era la fiesta de la Transfiguración. Encuentros tranquilos, en los que cada uno decía su palabra, no para demostrar su valía, sino para aclararse, para llegar a una verdad complementada en esta especie de pedagogía recíproca que a él le encantaba. Instantes tan hermosos, tan raros, que iban a ser los últimos… antes del encuentro eterno.
Sin embargo, lo más urgente no era basar mis investigaciones en la filosofía, sino en las Escrituras, en las palabras de vida. Lo más urgente era dar respuestas a personas a las que ya nadie se las daba, sacarlas del desánimo, de la desesperación, del nihilismo, e incluso (el caso se presentó) del suicidio.
Gabriel Marcel habría aprobado esta prioridad concedida a los problemas humanos, él que escribió, siempre en «Mors et Vita»: «Los consuelos en serie, que se limitan a recitar, en las circunstancias más trágicas, como lecciones aprendidas, tantos sacerdotes en los que la costumbre ha embotado poco a poco la sensibilidad y la imaginación, corren el riesgo de parecer irrisorios y casi ofensivos a los afligidos»; y lo son en efecto. Si tantas almas afligidas buscan ayuda fuera de la ortodoxia, digamos más exactamente al margen de la práctica ortodoxa, esa es la prueba de que, en este punto como en tantos otros, las personas de Iglesia han fallado en su misión, y esto se explica no solo por sus propias deficiencias, sino por la insuficiencia de su formación.»
Lo más urgente era mantener en márgenes neo-testamentarios a los que, decepcionados por un cristianismo que renuncia a los impulsos sobrenaturales que fueron su fuerza, iban a embarcarse hacia islas orientales u ocultas. Lo más urgente era confirmar, a través de las verdades reveladas, los conocimientos venidos de los mensajes; unos y otros eran a la vez racionales, prácticos y místicos.
Al volver a leer las Escrituras en un espíritu completamente nuevo, no tuve la menor dificultad para encontrar, formulados en otro lenguaje, los distintos temas que transmiten los mensajeros.
Esta es la finalidad de esta obra que hoy os es presentada, incrementada con un nuevo texto: Uno, único, universal.
[1] Ver la “Revue Métapsychique” de junio de 1969.
[2] El reconocía la preeminencia de ésta, puesto que me dijo en «Le Siècle à venir»: «La única que ha dicho cosas positivas e inteligentes, ha sido la ortodoxia. ¡A propósito de la Transfiguración, recordó que, en su Iglesia, es una fiesta muy importante, porque manifiesta la realidad del cuerpo de gloria!»

 I – CUATRO PUNTOS ESENCIALES
I.1. LA INMORTALIDAD Y EL DIOS VIVO
Personal o impersonal, con o sin memoria, con o sin cuerpo metafísico, que lleva a una forma superior de vida o a una forma larvaria, inmediata o situada al final de los tiempos, combinada o no con la reencarnación, la inmortalidad del alma es la piedra angular de todo el edificio religioso. Si se prescinde de ella, todo cae, todo se hunde… es por otra parte lo que está ocurriendo en ciertas denominaciones cristianas.
Las sectas que niegan la inmortalidad del alma porque se atienen a la teología mosáica, han tomado como caballo de batalla estas palabras de san Pablo: «Dios sólo posee la inmortalidad». No se dan cuenta de que estas palabras se refieren a dos realidades muy distintas:
Por una parte, la inmortalidad del Ser que no nació nunca, porque no depende de ninguno anterior; que no puede perecer, porque Él tiene la vida en sí, porque es la vida en sí; por otra parte, la inmortalidad que resulta de la primera, la de un ser que nace, que ha recibido la vida de otro anterior a él; pero para quien la muerte significa paso a una nueva existencia. Esta segunda inmortalidad es la que nos es ofrecida, no pertenece de derecho a nuestra naturaleza, es un don de ese Dios que es el único, en efecto, que posee la inmortalidad en sí (I Tim. 6, 16).
La creencia en Dios y la creencia en la inmortalidad están unidas como el sol y su resplandor. Sin embargo, algunos, muy raros, llegan a creer en Dios, pero no en la inmortalidad personal. Sin la creencia en Dios, no hay creencia en la supervivencia. Si Dios ha muerto, como dicen algunos, el hombre muere también totalmente. Si no hay Espíritu, no hay espíritus.
La esperanza de inmortalidad descansa, se dice, en el instinto de conservación y en la exigencia de justicia, pero ¿quién ha puesto en nosotros ese instinto y esa exigencia?
Muchos se contentarían con la inmortalidad terrestre en el cuerpo que conocen. La inmortalidad terrestre, si fuera posible fisiológicamente, sería imposible desde el punto de vista psicológico. ¿Cómo soportar indefinidamente esa tensión que no responde a gran cosa, ese continuo hundimiento de lo que uno quiere y esa decepción permanentemente renovada? Para que la inmortalidad terrestre fuera deseable y tolerable, sería necesario que este planeta y sus habitantes cambiasen mucho.
Algunos pensadores, algunos sabios, que admiten fácilmente la no-existencia de Dios, admiten bastante peor la no-existencia, después de la muerte, de su yo pensante. La disolución definitiva de su personalidad y de todo lo adquirido que ella representa les parece un escándalo intolerable.
El mismo Joliot-Curie declaró: «Todo hombre tiene una reacción de rechazo hacia el pensamiento de que a la muerte seguiría la nada. La idea de la nada es tan insoportable que los hombres han querido refugiarse en la creencia de una supervivencia en otro mundo dominado por uno o varios dioses.» Si Joliot-Curie hubiera sido escritor y filósofo, habría dado a la frase un sesgo más personal: «¡Tengo una reacción de rechazo hacia el pensamiento de la nada! La idea de la nada me es tan insoportable que hay momentos en los que desearía refugiarme en la creencia de la supervivencia.»
Pero para un hombre de búsqueda objetiva, el yo es odioso… lo mismo que querer refugiarse en la confesión de una debilidad.
La idea de divinidad está tan unida a la idea de inmortalidad que Joliot-Curie, que rechaza la primera, se ve obligado en buena metodología a rechazar la segunda, aunque sienta por ella cierto atractivo. La supervivencia del yo es, en efecto, una perspectiva especialmente atractiva para un pensador.
El mismo proceso (o más bien el mismo drama) se había producido en el filósofo Guyau: no llegaba a concebir la aniquilación de esa personalidad que medita, que actúa, que ama; pero, como se negaba a creer en Dios, se creía, con razón, obligado a no creer en la supervivencia.
El fenómeno misterioso del pensamiento, ese pensamiento que es en nosotros lo que hay de más objetivo, de más permanente, de más irreductible, nos permite al menos comprender esas realidades que no son visibles y que no están en la materia, ni en el espacio. Como no están ni en la una ni en el otro no son afectados por la destrucción.
En el fondo de todo hombre que duda, algo o más bien alguien acaba murmurando: «Pienso, luego existo. Existo, luego soy inmortal.»
Es más fácil discutir con el ateísmo racionalista y científico de un Joliot-Curie, de un Monod o de un Jean Rostand que con el ateísmo absurdista y literario de un Sartre. Con los primeros hay un terreno de entendimiento: los principios racionales y la sólida realidad del mundo físico y biológico.
I.2.  EL ESPÍRITU Y LOS ESPÍRITUS
Un espíritu es una personalidad inteligente, invisible, inmortal, inmaterial, pero substancial.
El universo está poblado de espíritus. Conviene entender por universo la totalidad de lo real. Real = natural + espiritual. Real = visible + invisible.
En el universo vivo, existen cuatro clases de espíritus:
1) Los espíritus de luz, llamados en Occidente ángeles y arcángeles. Solo hay un Dios, pero no está solo. Él que es espíritu, Él a quien la epístola a los Hebreos da el hermoso título de Padre de los espíritus, está en la cima de la jerarquía de estos seres. Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo significa claramente que, en lo invisible, hay miles de millones de inteligencias y de voluntades para ejecutar la voluntad de la Inteligencia.
2) Los espíritus de tinieblas llamados demonios y potencias del aire. Estas gentes, tanto más eficaces cuanto menos se cree en ellas, dan la impresión de ser más activos que los anteriores. Esto se relaciona con el hecho de que los maléficos no respetan nuestra libertad, de que utilizan los grandes medios, todos los medios, y de que encuentran entre nosotros, conscientes o no, una multitud de cooperadores.
3) Los espíritus desencarnados: los que la tierra llama impropiamente los muertos. Los espíritus de hoy son los hombres de ayer.
4) Los espíritus encarnados en la tierra y en otros planetas: se les llama hombres. Pueden hacerse o bien como los demonios, o bien como los ángeles. Los hombres de hoy son los espíritus de mañana.
El hombre es por esencia un espíritu. Tendrá todo el tiempo, toda la eternidad para darse cuenta de ello. No digamos que es un ser físico que posee un espíritu, sino que es un ser espiritual que posee un cuerpo físico. El espíritu es el hombre mismo, el hombre real, y no una esencia sin forma, un fantasma sin substancia.
El espíritu del hombre es a su cuerpo físico lo que el mundo espiritual es al mundo material: es su principio de vida. No solo el Espíritu es la vida, sino que es nuestra vida, porque sólo la poseemos plenamente el día en que creemos. ¡Creo, luego existo! Y a través de esta afirmación, se realiza plenamente esta otra: el que cree posee la vida. El que cree existe, existe al máximo.
El espíritu humano tiene otros nombres: corazón, consciencia, inteligencia.
El corazón, es el espíritu en el acto de amar.
La consciencia, es el espíritu que se conoce a sí mismo.
La inteligencia, es el espíritu en el acto de pensar.
En el principio está nuestro espíritu. Nacemos espíritu y este espíritu poco a poco desarrolla su cuerpo físico y su cuerpo espiritual. El primero le pertenece por un tiempo, el segundo le pertenece para siempre.
Es porque Dios es Espíritu por lo que nosotros somos espíritus: aquí y allá.
Es porque Dios es Luz por lo que nosotros estamos llamados a convertirnos en cuerpo de luz, después de la purificación en el mundo de los espíritus.
Es porque Dios es Amor por lo que consiente que no nos extingamos, por lo que nos ofrece esa segunda oportunidad que se llama Hades y por lo que quiere hacernos participar en su vida: la vida eterna.











JEAN PRIEUR: “EL PAÍS DE DESPUÉS” _______ (2) Capítulo II: “Preguntas que siempre reaparecen”
octubre 12, 2013 in El País de después
En la “Feria del libro antiguo y de ocasión” que actualmente se celebra en Madrid he conseguido un librito publicado en nuestro país en 1986, ¡sólo dos años después de su publicación original en EE.UU!, titulado “¿Hay vida después de la muerte?”, obra del profesor Robert Kastenbaum, psicólogo, en el que el autor libra un ininterrumpido debate consigo mismo sobre las pruebas en pro y en contra de la supervivencia a la muerte, y lo curioso es que los temas tratados en él no difieren mucho de los que hoy día están sobre la mesa: experiencias cercanas a la muerte, experiencias en el lecho de muerte,  contactos con los muertos, médiums, …
En su último capítulo, titulado “Un nuevo amanecer”, he encontrado estas frases:
“¿Sobrevivimos a la muerte como muchos esperan y algunos temen? ¿Es la respuesta afirmativa o negativa? ¿Se trata de una burbuja de vanidad humana, de una exigencia sin causa ni fundamento? (…) El nuevo amanecer siempre nos ha acompañado. En todas las generaciones ha habido algunos individuos perspicaces y fieles que han creído firmemente en la perpetuación de los valores humanos más allá de la muerte”.
No puedo pensar en nadie mejor que en Jean Prieur para cumplir con esta definición. Más de 70 años lleva dedicado a la investigación del Más allá y los fenómenos paranormales. Y es que a sus 97 años sigue fiel a su objetivo de hacernos fácil el camino hacia el otro lado que todos hemos de recorrer.
¿Cómo no atender sus explicaciones a través de estas respuestas que nos regala aquí?
¡Buen día!
CAPÍTULO II – PREGUNTAS QUE SIEMPRE REAPARECEN
II.1 «No llego a consolarme de la muerte de mi madre, partida a la edad de 70 años. Estoy continuamente llorando, voy de crisis de desesperación en crisis de desesperación. Le pido que me envíe señales, mensajes, y no recibo nada, lo que produce el aumento de mi pena. ¿Qué hacer para salir?
Ante todo, cese de llorar constantemente: eso tiene como resultado perturbar a nuestros desaparecidos, que perciben nuestra excesiva pena bajo formas nebulosas negras. Ellos quieren ayudarnos y no pueden, a causa de ese dolor no controlado que hace de obstáculo.
Por otra parte, no es preciso exigirles mensajes y señales que todos no están en posibilidad de enviar. Señales y mensajes son favores excepcionales que es necesario acoger con gratitud, pero que no es cuestión de exigir. Habiendo dado usted su edad, supongo que tiene un marido e hijos. Es sobre todo en ellos sobre quienes debe volcar su afecto y, en adelante, centrar su pensamiento. Si está sola en la vida, no olvide que no somos inmortales sobre esta Tierra y que, pasadas la infancia y la adolescencia, debemos tomar la carga y no pesar sobre nuestros invisibles.
II.2 «En el libro de Jeanne Morrannier “La muerte es un despertar” su hijo Georges le envía mensajes, explica que es un privilegio el que ciertos desaparecidos puedan comunicar con los vivientes de la Tierra. Usted mismo, señor Prieur, ha dicho en una obra que nadie regresa nunca en su cuerpo físico destruido, pero que algunos (dice usted bien “algunos”) regresan en su cuerpo espiritual y en espíritu. ¿Los mensajes serían pues un privilegio? Y no hay más que una ínfima parte de privilegiados. ¿La injusticia existe también en el Más allá?»
Si la palabra privilegio os choca, digamos más bien «don». Es seguro que para comunicar es preciso estar dotado. Algunos están dotados para la mediumnidad, como otros para la composición musical, el canto, la pintura, el arte dramático. Todo el mundo no es Debussy, la Callas, Delacroix o Harry Baur, y no convenceríamos a nadie con la idea de hablar de injusticia. De cualquier manera, si todo el mundo no recibe misivas, todo el mundo sueña, todo el mundo recibe las señales venidas de la otra orilla; da igual si no se acuerdan del sueño, éste queda impreso en el subconsciente.
II-3 «Para un médium, la frontera entre los terrenales y aquellos que están ya en “otro lado” se borra poco a poco. El médium es, pues, el hilo que permite a un desaparecido manifestarse, comunicar con los vivientes. ¿Cómo se desarrollan estos encuentros con los desencarnados? ¿Pueden planteárseles preguntas? ¿O bien ellos envían los mensajes sin que se les pueda influir?»
Un médium auténtico es, en efecto, un enlace entre la Tierra y el mundo de los espíritus. Pueden establecer el diálogo a condición de que:
1º) El desaparecido así lo desee; 2º) Que él tenga la capacidad, la posibilidad; 3º) Que tenga autorización de las Fuerzas Superiores. Las relaciones vía presente y vía futuro no son tan simples; y no las pueden lograr con aquellos que nos han precedido como el que llama a un amigo por teléfono. Lo mejor es esperar las señales espontáneas, sueños, premoniciones, «coincidencias». Si se está abierto y atento, los destellos que nos envían nuestros desaparecidos son tan diversos como numerosos. Es cosa nuestra estar atentos y no oponer los argumentos del escepticismo, diciendo cada vez: es el azar. En ese caso, haremos un mal trabajo, nosotros les desanimaremos y guardarán silencio. No pueden convencernos a pesar nuestro. Los acontecimientos que surgen en nuestra vida son a veces la respuesta a cuestiones que nosotros les habíamos planteado mentalmente. Como transcurre un cierto tiempo entre la pregunta y la respuesta no encontramos el vínculo entre las dos y tenemos la impresión de no haber sido entendidos. No hay que olvidar que ellos no son «todopoderosos» y que padecen la dificultad de manifestarse en los planos materiales.
II.4 «¿Qué ocurre para que los mensajes del Más allá presenten tan grandes diferencias de tono y de forma? Ciertos espíritus dicen que son felices, otros que están sumidos en pruebas. Algunos cuentan que han reencontrado a sus padres y amigos e igualmente a los animales familiares; otros se lamentan de estar solos y no tener a nadie. Los unos hablan de reencarnación, los otros no sueltan palabra o declaran que eso no existe. Verdaderamente, no se sabe a quién creer; y cuanto más me documento sobre la cuestión me hago más escéptico. ¿Cómo explicar todas estas contradicciones?»
Se explica muy bien por el hecho de que cada espíritu cuenta su experiencia personal, que no puede nunca ser como la de los otros. Las primeras zonas del Más allá son prolongación de la Tierra y los espíritus ven allí su personalidad, su memoria, sus deseos buenos o malos, sus ideas justas o falsas, sus a priori y prejuicios.
Aquí abajo, nos diferenciamos por la edad, el sexo, la educación, los recuerdos; es lo mismo en el otro lado, donde encontraremos un entorno en correspondencia a nuestros pensamientos. Los espíritus guiados por el amor, la generosidad, el altruismo, llegan en una atmósfera de paz y de luz. Si están dominados por la codicia, la crueldad, la saña, la crítica continua, proyectan atmósferas pesadas y oscuras.
II.5 «Recientemente leía una selección de mensajes. He tenido, al cabo de un momento, la clara impresión de que alguien, temporalmente, se apoderaba de mi mental y leía conmigo»
Usted ha hecho alusión a un fenómeno que confirman los mensajes del Más allá. Si estamos inmersos en un texto concerniente a la vida futura, atraemos a la vez a los espíritus que están en la opinión del autor y a nuestros desaparecidos, deseosos de saber qué decimos de ellos. Algunos vendrán a instruirse, puesto que ciertos hombres saben más sobre el Más allá que un difunto recién llegado y aún imbuido de los prejuicios de allí abajo. Los espíritus toman pues conocimiento del libro no directamente sino a través de nuestro mental.
II.6 «Desde hace mucho tiempo me planteo dos cuestiones que me parecen muy importantes. La primera: ¿Cómo entrar en comunicación con nuestros desaparecidos si están reencarnados? La segunda: ¿Cómo podemos estar seguros de reencontrarlos cuando pasemos al otro lado? Esta cuestión, literalmente, me tortura, pues espero con impaciencia reencontrar a mi padre, fallecido cuando yo tenía tres meses, y a mi hermano, que partió hace siete años.»
En efecto, sus dos cuestiones son de la mayor importancia. Atormentan a la mayor parte de las personas, pero no se atreven a confesarlo. Usted ha centrado bien el problema: si la reencarnación fuese general y obligatoria haría imposibles, a su vez, las comunicaciones (el ser amado estaría entre los abonados ausentes…) y los reencuentros en el otro mundo. Perderíamos a nuestros más amados una vez más, la reencarnación equivaldría a una segunda muerte. Gracias a Dios, la realidad de los hechos es muy diferente, puesto que se puede comunicar con los amigos, padres, aunque hayan fallecido hace tiempo. Todos nos dicen que son felices en el Más allá y que se regocijan de volver a vernos un día.
Yo mismo, he tenido un contacto de modo imprevisto con un desconocido que había venido a Paris en el siglo XVIII y que era vendedor de tortas (pequeños gofres). Este hombre, súbdito de Luis XV, no se había reencarnado y había tenido tiempo para ver regresar hacia él a su mujer, sus hijos y todos sus descendientes. Me he confirmado en mi concepción de la reencarnación excepcional y voluntaria. Ver el comienzo del capítulo VI sobre los mensajes escritos.
II.7 «¿Se puede favorecer la evolución espiritual de un ser querido? Mi padre acaba de fallecer hace seis meses. Era totalmente ateo y totalmente impermeable al tema del Más allá. Tengo el temor, a que en el otro lado él no sea feliz, pues no creía en nada. ¿Cuál es el mejor medio para favorecer su evolución? Por mi parte soy muy creyente y quisiera, por lo tanto, ayudarle ¿Qué puedo hacer?»
Al menos en los primeros momentos, los ateos (y también los creyentes que no han admitido la realidad del Más allá) están gravemente perturbados y no comprenden lo que les ocurre. Se encuentran en las zonas grises, en eso que llaman los lugares desérticos. Háblele, razónele, explíquele en qué se equivoca. Su pensamiento, claramente formulado, le prevendrá.
Repito que sucede que un terrestre que ha estudiado esos problemas sabe mucho más sobre el otro mundo que un espíritu que no cuenta más que con su propia experiencia y su propio entorno. Se conoce el caso de Ruth Tristram, una inglesa que mediante el pensamiento y la oración guiaba a sus hijos en el otro mundo: el uno muerto a la edad de 17 años, Christopher; y el otro, Lancelot, a la edad de ocho años.
Poco tiempo después del tránsito del pequeño muchacho a la otra vida, percibió claramente su voz: «He tenido bastante miedo al principio, pero ahora todo está muy bien». Otra vez, Lancelot estaba inquieto con la idea de cambiar de plan y ella le dijo: «¡Acuérdate! Cuando debías cambiar de clase estabas siempre angustiado y enseguida eso se pasaba… y tú no habrías querido jamás volver atrás. ¿No estaba yo contigo? ¿No estoy yo ahora y siempre contigo? Acepta esta metamorfosis y esta evolución. Es para ti el bien más grande. Estás al comienzo de una segunda carrera, vas a adquirir nuevos conocimientos y a lograr nuevas tareas. Farewell, my love![1]
II.8 «Después de un duelo, ¿cuál sería, según usted, la buena línea de conducta, la que no perjudique ni al difunto ni a nosotros mismos?»
Hay dos escollos, dos actitudes extremas a evitar. Una consiste en hacer un silencio definitivo y total sobre el desaparecido, quemando sus fotos y cartas, repartiendo todas sus ropas, borrando todo rastro terrestre suyo. La otra actitud, más admisible sin duda, consiste en encerrarse con él en un pasado desparecido, en parar la vida en el instante de su muerte. Es para esas personas a las que Theilhard de Chardin escribió estas líneas, las cuales suscribo yo por completo:
«No le busques, en adelante, ni aquí, ni allá, ni en los vestigios materiales que te son naturalmente queridos. No está allí ni te espera allí. Es hacia adelante donde es necesario buscarle, en la construcción de tu vida renovada…Sele fiel allí y ni un punto en un sentimentalismo retrospectivo con el cual es preciso tener el coraje de romper. No olvidar, pero buscar hacia delante. A pesar de todo lo que puedas sentir o creer, reconoce la evidencia de que tu vida debe seguir, estoy persuadido de que ella comienza. Decídete solamente a no vivir más en el pasado. Eso no quiere decir que olvides, sino solamente que tu manera – la verdadera- de serle fiel debe consistir en construir el futuro, es decir, ser digno del él.
«No te aísles. No te encierres en ti mismo. Ve lo más posible a tus amigos. ¡Date! Esto será lo que te liberará y te iluminará. Yo quisiera que encontrases muchas personas y cosas a las que entregarte noblemente»
II.9 «Estoy persuadida de que venimos a la Tierra con el fin de cumplir una misión: ¿solamente para saber si la efectuamos correctamente? Si alguno falta a su deber, ¿qué le sucederá?»
En efecto, cada uno de nosotros tiene una misión precisa, ya sea artística, científica, familiar, periodística, social, espiritual; y esto puede discernirse en la adolescencia por los dones que manifestamos. Las tareas que acogemos con alegría y facilidad corresponden a esta misión que nos incumbe. Sentimos entonces que estamos en la buena vía, que no es la de otros. Es interesante constatar que las circunstancias se organizan alrededor de nuestro deseo y vienen a favorecerlo. Encontramos personas que nos pondrán el pie en el estribo y que nos allanarán el camino. Si alguien faltase a su misión, que es también su deber, se sentiría ansioso y desfasado, tendría remordimientos en esta vida y en la otra, donde conservamos nuestros sentimientos y recuerdos.
Ya se trate de construir una casa, una familia, una revista o una obra de arte, es nuestra misión lo que da sabor a nuestra existencia.
II.10 «El mundo en el cual vivimos es esencialmente “inteligible”, accesible a la razón, al estudio, al análisis y a la experimentación. ¿Es lo mismo para el mundo de los espíritus?»
¡Absolutamente! Es, también, accesible al estudio, y a la vez a la experimentación; aquí, pienso en lo que se llama transcomunicación[2] o metafonía.
El mundo de los espíritus es independiente del tiempo, de la materia y del espacio, pero posee su propio tiempo, su propia substancia y sus propios espacios. Esos espacios son y permanecen humanos. Quienes los habitan son y permanecen humanos, con las pasiones, las debilidades y las ignorancias cotidianas.
El mundo de los espíritus es el primer mundo invisible donde el hombre penetra tras la muerte. No es el mundo de los ángeles, no es más que las afueras de la Tierra. Es allí donde se opera la selección del bien y del mal; esta selección que es tan difícil de realizar aquí y ahora. Es esta perpetua mezcla del bien y del mal lo que hace de este globo una estancia tan dura. Por eso es en el Más allá donde puede operarse la necesaria separación. Solamente es en los mundos celestes y divinos donde estaremos final y definitivamente liberados del mal.
II.11 «¿Qué piensa usted de la expresión: las ideas están en el aire? ¿Eso se corresponde con una realidad?»
Cierto. Existen corrientes psíquicas que atraviesan la atmósfera en todos los sentidos. Eso explica por qué los grandes inventos aparecen simultáneamente en diferentes puntos del globo en el cerebro de sabios que no tenían entre sí ningún contacto.
Eso es también válido para los grandes movimientos literarios, filosóficos y políticos, pero en este último caso, es necesario tener en cuenta la influencia de toda novedad en los medios de masas.
Bien entendido, estas corrientes psíquicas emanan también de los espíritus que vienen a influenciar y comunicarnos sus pensamientos, sus sugestiones. Desafortunadamente, todas no son positivas y benéficas. Hago alusión a los fenómenos de infestación y de obsesión[3], pues pueden ser víctimas personas de mental frágil.
II.12 «Todas esas selecciones de mensajes a las cuales se refiere usted ¿no son simplemente el fruto del inconsciente del escribano, que finalmente dialoga consigo mismo? ¿Es él mismo quien reanima sus propios recuerdos, se alienta y se sanciona, evoca sus temores o sus esperanzas y se da consejos saludables?»
Hoy, cuando se quiere minimizar o incluso eliminar los fenómenos paranormales, se pretende que nacen de la inconsciencia del escribano. Es posible que ellos los generen, pero el inconsciente es justamente la parte de nuestro yo que está en relación permanente con el mundo espiritual. El inconsciente no produce, reproduce. Sin duda, tiene registrados nuestros recuerdos, alegrías, fracasos, aprehensiones, y es en este almacén de informaciones de dónde saca el espíritu comunicador. Su influjo llega por el inconsciente del escriba y, de allí, pasa a la consciencia clara del mismo. El inconsciente es un canal, no es una fuente. La verdadera fuente está “En otra parte”.
II.13 «¡Los crujidos en los objetos tienen un sentido? ¿Son una llamada del Más allá?»
Sí, si son selectivos, si se producen en un objeto que haya estado en contacto con la persona muerta. Es así como uno de mis amigos escuchaba siempre crujidos (arañazos) en el marco de un cuadro que a su mujer (muerta) le gustaba mucho y que habían elegido juntos. Ese cuadro era, en suma, el símbolo de su amor y ella le hacía saber por ese medio que se prolongaba más allá de la muerte. Lo que es destacable es que los otros cuadros y los otros muebles estaban perfectamente silenciosos.
Los objetos de vidrio pueden también emitir crujidos, en ocasiones se resquebrajan de una manera regular y simétrica. Conozco un caso donde la parte superior de un vaso de güisqui fue espontáneamente recortada en forma de brazalete; el fenómeno tuvo lugar en el momento preciso en que dos personas hablaban del filósofo Gabriel Marcel, quién, en vida, estuvo vivamente interesado en todas estas manifestaciones espontáneas… las únicas que cuentan finalmente. Todo lo que es provocado está bajo sospecha.
II.14 «Todas las mañanas me despierto con ideas oscuras, aunque por el momento mi vida está desprovista de complicaciones. ¿Acaso son presentimientos por pruebas venideras? ¿Será debido al hecho de que no rezo nunca?»
Lo creo. Sin embargo, hay dos soluciones a su problema. Esas ideas pesimistas sin motivo real pueden provenir de un bajo astral que, aprovechando su falta de espiritualidad, penetra en su mental.
Otra posibilidad: las ideas pesimistas son generadas y mantenidas por la marea de nuevos siniestros vertidos sobre nosotros por la prensa, la radio y la tele. En esta época de sobreinformación, somos contaminados a nuestras espaldas por imágenes y pensamientos que no son los nuestros y que se instalan en nuestro inconsciente. Es necesario hacer una limpieza intelectual y pasar el aspirador. Destaque: «aspirador» y «espiritual» son dos palabras de igual origen. Vea a donde quiero llegar.
II.15 «Mi hijo nos dejó a la edad de 19 años. Pereció en un accidente. Ese día aullé de sufrimiento. Día tras día he buscado, pues tenía la certeza de que continuaba vivo y nuestro amor no podía acabar. Tres meses después de su muerte, leía el libro “Yo no muero” de Roger Troisfontaines y sentí que alguien leía por encima de mi espalda. Alcé los ojos y vi a mi muchacho, oí que me hablaba: “Mamá, has encontrado lo que buscabas.”. Tuve miedo y después él partió. Tengo la certeza de que mi hijo vive y que le reencontraré»
Cuando usted dice «Sentí que alguien leía conmigo», hace alusión a un hecho muy real que confirman los enviados del Cielo. Si hacemos una lectura espiritual captamos a nuestros difuntos y ellos toman conocimiento del texto a través de nuestro pensamiento. Estamos, entonces, en comunión, en sintonía con ellos. El mismo fenómeno puede ocurrir en el transcurso de un concierto de música clásica o de espirituales negros. También en el curso de un servicio religioso (cualquiera que sea la confesión), a condición de que el celebrante crea en la resurrección inmediata y en la supervivencia personal.
Nuestros desaparecidos pueden también ver a través de nuestra mirada el paisaje que les tuvo encantados, pues un viaje en una región donde fueron felices puede serles muy agradable. Esto es válido para una hermosa película; y pienso ahora en “Sortilèges”[4], que tanto amó en su vida el joven Roland de Jouvenel[5], y en “Jonathan Livington le Goéland”[6], con sus imágenes maravillosas y su música hechizadora. Todo eso que es tan bello en la naturaleza o en las artes nos permite reunirnos.
II.16 «Sueño a menudo con mi hija de 18 años, fallecida hace siete meses en un accidente de automóvil. Estos ensueños me ayudan un poco y me pregunto si son verdaderamente un medio de contacto entre los dos mundos.»
Tiene usted razón al hablar de ensueño y no de sueño. Usted sabe que el sueño no tiene verdaderamente significación y que se limita a devolvernos, transportándolos, nuestras fobias, nuestros problemas, nuestros deseos. El sueño es el recreo, las vacaciones de nuestro mental. Muchas veces algunos son graciosos, como el de esa dama que seguía su entierro e iba de grupo en grupo para escuchar las conversaciones que le concernían.
La ensoñación no tiene nada de delirante, es perfectamente lógica, presenta con claridad los acontecimientos y los personajes del pasado o del futuro. Alguna vez, como en toda videncia, es difícil establecer la diferencia entre los dos. Si utiliza el simbolismo, si los objetos que muestra son enigmáticos, un poco de razonamiento y de reflexión llega a explicarlos. La ensoñación es una breve incursión que hacemos, en cuerpo sutil, en las primeras zonas del Más allá, donde nos reencontramos con padres y amigos que nos han precedido.
II.17 «He visto recientemente en sueño a mi abuelo y a mi tía, que se mantenían uno al lado de otro, eran más jóvenes, pero que no sonreían. Tras ellos se elevaba una construcción blanca. Ante ellos fluía un arroyo poco profundo. No comprendo esto, a su alrededor todo era gris y apagado; yo pensaba que en el Más allá todo era luz y alegría.
Veía esta escena como un telespectador, tenía la impresión de no participar.
¿Son desdichados? En esa época, mi abuela estaba aún en este mundo. De todas maneras, ellos me habían transmitido su abatimiento pues después de este sueño he estado fuertemente perturbado.»
En efecto, en el mundo de los espíritus existen zonas grises, sin felicidad ni tormentos, reservadas a quienes no han hecho ni bien ni mal sobre la Tierra. No acceden inmediatamente, automáticamente, a las zonas superiores: la luz se merita.
Las dos personas de las que habla pasaron ya por el proceso de rejuvenecimiento; no están solos, lo que es mucho, son solidarios con su nueva situación. No tienen aún acceso al mundo de la pura luz, simbolizado por el gran edificio que se eleva tras ellos. Están de momento en esas esferas purgatoriales que corresponden a su vida pasada. Acaso les ha faltado amor y altruismo. Es preciso buscar en su pasado qué motivó esa estancia en las esferas sin alegría del mundo intermedio.
El arroyo que usted ha percibido, es el que marca la frontera entre los dos mundos. El hecho de que usted esté en el exterior de la escena, como un telespectador ante su pantalla, tiene mucha importancia. No está cerca de reunirse con los dos difuntos.
II.18 «Hace varios años que sueño la muerte de mi hijo, al que adoro. Tiene 20 años, está perfectamente sano, lleno de vida y de optimismo, no teniendo más que excelentes relaciones con nosotros y con todos. En él y alrededor de él, no hay nada confuso.
La idea de que yo pudiese perderle me vuelve loca. Estos sueños periódicos no tienen por otra parte nada de precisos. No veo ninguna escena, ninguna circunstancia, ningún símbolo. Sé solamente que él está pasado al otro lado, de una manera inexplicable.
¿Todos los sueños son de presagios? ¿Tienen todos unos mensajes a transmitir? ¿Vienen todos del mundo paralelo?»
Seguro que no. En realidad, esos sueños son la prueba de vuestro apego, acaso excesivo. El verdadero amor es siempre excesivo y es de su naturaleza ser inquieto; esos sueños periódicos revelan no un acontecimiento futuro, sino cierta angustia profunda, visceral de perder a su niño.
Los sueños son unas veces la proyección de nuestros deseos, otras la proyección de nuestros temores. Es su caso de momento. El hecho de que usted no vea las circunstancias es también tranquilizante. No se trata de un sentimiento preciso, sino de un escenario-catástrofe elaborado por su subconsciente. Personalmente, no veo ninguna razón para inquietaros.
II.19 «No tengo absolutamente ninguna noticia de mi marido, muerto hace tres años. Ningún sueño, ninguna manifestación, como tanta gente recibe. Debo decir que nuestras relaciones eran más bien tensas, ¿piensa usted que él esté enfadado conmigo?
En cambio, yo sueño mucho con mi madre que me aparece siempre feliz y alegre, en un bello decorado natural. Pero ella no habla, sonríe y me muestra el magnífico panorama en el cual evoluciona.»
Es, en efecto, muy posible que su marido la quiera y no se ocupe en manifestarse. Si él ha pasado la página, si no quiere reanudar, usted debe hacer otro tanto.
En cuanto a su madre, si en el sueño la ve sonriente, en un ambiente luminoso: habitación clara, jardín, playa, montaña, es que ella está feliz. Cuando los desparecidos no pueden comunicar por mensaje (este es su caso), envían imágenes simbólicas que traducen su estado actual.
II.20 «Me gustaría saber lo que piensan los espíritus sobre donar los órganos»
A mí también me gustaría saberlo; por eso le propuse la cuestión a Georges Morrannier por intermedio de su madre, quién, a solas, recibía mensajes de él:
«Podéis aceptar donar vuestros órganos a la ciencia, porque la medicina debe progresar, pero a condición de saber que la vida continúa después de la muerte terrestre.
Los que mueren sin comprender lo que les ocurre, ni donde están, se enganchan a su revestimiento mortal tratando de reinstaurarse en él. El trabajo de los cirujanos les angustia profundamente.
En cambio, todos esos que están preparados para el Más allá se desprenden muy de prisa de su cuerpo inanimado y van sin vacilar hacia los invisibles que les esperan.
Debo precisar que en el momento de la muerte terrestre el alma se separa íntegramente del cuerpo físico y que, rotundamente, ningún rastro de psiquismo reside en los órganos extraídos.
La incineración plantea la misma restricción.
P. S. ¡Gracias, Jean, ¡por vuestro precioso trabajo!»
Georges»
Después de Pierre Monnier[7], el teólogo llegado del protestantismo, Roland de Jouvenel, el poeta místico llegado del catolicismo, el doctor en ciencias, George Morrannier, me anima y me da carta blanca.
II.21 «Las intervenciones del Más allá no se producen más que bajo forma de inspiración. Un escritor como usted, en contacto mental con los mundos superiores, puede describir los seres y los paisajes como si hubiera hecho un viaje por el otro lado. Puedo admitir que esté dirigido y aconsejado por entidades que no siempre conoce y que están en sintonía, en armonía, con su investigación. Pero ¿cómo esas mismas entidades serían capaces de intervenir en el mundo material si no tienen cuerpo físico?»
Ellas tienen un cuerpo sutil, que no pertenece al dominio de lo imaginario sino al mundo de la energía. En este momento, pienso en la señora Laval. En la época de lo que es necesario llamar milagro, la joven mujer estaba desesperada. Continuar viviendo le parecía imposible, no veía otra salida que el suicidio. Tenía sobre su mesilla de noche un frasco de veneno. En el instante en que ella lo agarraba, una mano invisible, pero bien materializada, se adueña con fuerza de su brazo y le arranca el frasco. Fue salvada por el mundo paralelo que necesitaba de su talento como médium; es ella quien, durante años, recibió los sorprendentes mensajes de un espíritu llamado Símbolo.
II.22 «¿Podemos pensar que ciertas tentaciones existen en el otro mundo, especialmente la tentación de venir de nuevo a nuestro plano?»
En efecto, los espíritus poco evolucionados quieren volver a bajar a la Tierra, no para ayudar a los vivientes, sino para importunar e inquietarlos. Se complacen en alterar el descanso nocturno, inducirlos al error, enviarles falsos presagios.
A veces, eso puede llegar hasta la obsesión; influyen en la persona en la cual se introducen, con ideas pesimistas y malvadas. Como todo ese proceso es difuso, como las víctimas no están al corriente de esos fenómenos, no se percatan de que están infestados. En el caso más grave, las entidades malhechoras llegarán hasta incitar a su presa al suicidio.
Sin embargo, no pueden hacer estragos más que sobre los vivos a su semejanza y estos tienen siempre la posibilidad de dirigirse al Cielo gritando: ¡Líbranos del Mal!
El deseo de volver a bajar a la Tierra puede explicarse también por el regreso a la vida física: nostalgia de los placeres de la mesa, del tabaco, de la droga, de la sexualidad. Aquellos que sienten esa necesidad no pueden satisfacerla y padecen eso que la mitología griega describe bajo el nombre de suplicio de Tántalo. Viven entonces una suerte de infierno ficticio que se parece mucho al infierno sádico descrito por la religión de antaño.

[1] En inglés en el original: “¡Adiós, mi amor!” (NdT)
[2] Generalmente, comunicación con los espíritus mediante instrumentos electrónicos, por ejemplo, receptores de radio, televisión, ordenadores, etc. (NdT)
[3] El profesor y psiquiatra Carl Wickland en su obra “Treinta años entre los muertos” (traducido al castellano en Aquí-Allá) hace un estudio interesantísimo de esas personas que están simplemente infestadas por la presencia en ellos de espíritus de fallecidos que tratan de continuar su vida en la Tierra. Obsesión: cuando esos espíritus están animados por el deseo de atormentar a sus víctimas. (NdT)
[4] Comunicación del 11 de marzo de 1952:  Sortilèges es una película que Roland de Jouvenel había ido a ver dos veces (NdT)
[5] En los días que siguieron a la segunda guerra mundial, Marcell de Jouvenel tuvo que enfrentarse a la mayor de las pruebas: la muerte de su hijo único, Roland, de 14 años. Desesperada, trata de poner fin a sus días arrojándose por la ventana, pero siente que una mano invisible la retiene por la espalda. Siguen varios fenómenos sin explicación. Aunque reticente a los consejos de una amiga, acaba aceptando hacer la experiencia de la escritura automática. Los mensajes que se van a suceder durante varios años son de tal fuerza, de tal belleza, que serán objeto de conferencias hasta nuestros días en Francia, en Suiza, en Bélgica y en Italia. Cinco pequeños volúmenes evocan el vínculo constante que existió entre una mujer presa de las dudas y la soledad, y su hijo siempre cariñoso, a veces severo, que le dictó numerosos mensajes. Tenazmente, la mano de su madre escribió textos para ella misma, pero también para todos los que han perdido un ser querido. Cualquiera que sea la opinión de cada uno sobre el más allá y sobre la realidad de esta experiencia, estos mensajes son extraordinarios. Se pueden consultar en el blog “Aquí-allá” (NdT)
[6] Se refiere a la película homónima basada en el libro “Juan Salvador Gaviota” del escritor Richard Bach. (NdT)
[7] Pierre Monnier era un oficial de 23 años, que cayó combatiendo en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial.  Obtuvo de Dios el permiso de gritar a su madre: «Estoy vivo». Sus comunicaciones se editaron en varios volúmenes bajo el título: “Cartas de Pierre”. Son textos de gran misticismo y elevada teología. Se pueden consultar en el blog “Aquí-allá”. (NdT)







JEAN PRIEUR: “EL PAÍS DE DESPUÉS” ____ (3) Capítulo III: “El tránsito”
octubre 21, 2013 in El País de después
En este tercer capítulo de su libro, aborda Jean Prieur uno de los temas más conflictivos: ¿es posible el contacto directo con los muertos? Y debe entenderse “muertos” en el sentido concreto de “los que están muriendo” o en el de “los que acaban de morir”.
Efectivamente. Las personas que en este capítulo dirigen sus preguntas a Prieur han tenido la experiencia de que, incluso separados por la distancia o tratándose de una situación desconocida para ellas, algún familiar, algún amigo o algún conocido se les ha hecho presente coincidiendo con el momento de su muerte. Un abuelo que se deja ver a su nieto, un padre a su hijo, el novio a la novia, un hermano a su hermano, una amiga a sus amigos … A veces con su aspecto habitual, otras con detalles de su cambio de situación, algunas como una simple presencia vaporosa bien visible.
Pensémoslo bien. ¿Quién no conoce algún caso semejante? Alguno incluso lo haya experimentado en primera persona. ¿Y qué interpretación le hemos dado? Seguramente no hicimos mucho caso…” son cosas del momento”, nos dijimos. Pero quizá ahora, al ver en este libro tantos casos similares reunidos, nos preguntemos si no debimos hacer más caso y perdimos así la ocasión de acercarnos a otra verdad.
Escuchando las repuestas dadas por nuestro amigo Jean, quizá podamos estar más preparados la próxima vez que nos ocurra.
¡Buen día!
CAPÍTULO II – EL TRÁNSITO
III.1 – Ver la salida del cuerpo espiritual es un favor, una gracia muy rara. Este fue el caso de Laurence y de su familia: En el momento de la muerte de Alice, su abuela, todos vieron una especie de vapor blanco, muy tenue, muy sutil, con forma humana, surgir de su cuerpo, elevarse hacia el techo y volatilizarse como si lo atravesase.
Laurence: «Cosa curiosa, nosotros no estábamos tristes y ninguno lloraba. Una gran calma nos invadía. La cara de Alice estaba relajada, casi sonriente. Sus arrugas habían desaparecido, parecía increíblemente joven.
En general, de una mujer como ella se dice: era una santa. Pero, en su caso, era rigurosamente cierto: no había vivido más que para el bien de sus niños; tuvo la dicha de verlos reunidos a su alrededor justo antes de su partida. Estuvo lúcida hasta el punto de decir a cada uno una palabra de ánimo y de bendición.
Parecía feliz y nosotros, no me atrevo a escribirlo, éramos dichosos»
Los santos auténticos no tienen necesidad del sello de Roma, que parece, desde hace tiempo, reservar sus aureolas a algunas personas demasiado confortablemente establecidas en el siglo.
Usted y sus allegados, han visto eso que es tan raro: la salida del cuerpo espiritual flotando por encima del cuerpo físico, ya convertido en un recipiente vacío. Lo han visto atravesar el techo para dirigirse hacia las esferas de luz. Han sido testigos de una Ascensión, en el sentido crístico del término.
Tengo la impresión de que su abuela había sabido con anterioridad la hora de la partida y había aceptado, aunque le costaba dejar una familia a la cual iban todos sus pensamientos y actos.
La alegría que usted sentía con todos es una señal que no engaña; venía de ese Cielo al que Alice se preparaba para unirse.
III.2 – Marco: «Sé que existe un mensaje muy bello de Roland de Jouvenel donde describe su paso al Más allá, ¿puede ayudarme a encontrarlo, usted que conoce tan bien su obra?
Se trata del texto dictado el 16 de julio de 1948. Es el siguiente:
«Esa agonía del día en la sombra es una réplica de lo que sentimos en el momento de la muerte. La tierra se convierte en tinieblas; ya no distinguimos lo creado, pasamos luego por una región tenebrosa comparable a la noche. Somos llevados por el espacio como nubes en la sombra de una noche oscura, después el alba celeste se eleva por fin para nosotros; pero todavía estamos lejos de Dios, tan lejos como el sol de la tierra. Sentimos el calor divino, pero no podemos mirar la luz cara a cara; estamos sólo en el reino de los ángeles. ¡Dichosos los que por sus virtudes han podido escapar del reino doloroso, porque la ascensión a la vida sobrenatural comienza para ellos y los siete cielos se superponen delante de sus ojos!
En este viaje sólo tenemos para sostenernos lo que nos aporta nuestro doble. En este segundo personaje, que nace de nuestras cenizas, entramos cuando morimos; nunca te recomendaré lo suficiente trabajar en perfeccionarlo.»[1]
Es curioso ver resurgir el término de doble bajo el lápiz de Marcelle[2], que no tenía ninguna cultura esotérica.
III.3 – Renée: «En el momento de su muerte, hacia la medianoche, mi padre se me apareció a la derecha de mi cama. Su cabeza tocaba el techo. Flotaba por encima un agujero bellamente iluminado. Estaba desnudo, los pies encadenados y dos ángeles se mantenían a ambos lados. Me llamó: “Mi reina, mi reina” Asustada, le dije: “¿No estás en el hospital?” Él me respondió: “Acabo de morir, parto para siempre.” Le abrazo, le agarro sus pies encadenados: “No quiero que mueras. Tengo necesidad de ti para guiarme.” Muy tranquilo murmura: “Vas a arreglártelas sola en adelante.”
Después desapareció y estoy desesperada por no haberle podido retener en la vida. Poco después, a medianoche, mi hermana mayor me zarandea: “¡Renée, despierta! Pasa algo extraordinario.” Le respondo: “¡Lo sé, papá no está ya!”
Tiempo después, mi padre me ha visitado, viene con mi hermano pequeño, muerto a la edad de veintiún días. Está sonriente. ¿Pero, por qué no se aparece a mi madre?»
El hecho de que la aparición se manifestase a la derecha prueba que era beneficiosa. No son dos ángeles quienes estaban a su lado, sino dos espíritus que le conocieron en este mundo, sean parientes, sean amigos.
Los pies encadenados significan que está aún muy pegado a la Tierra y que debe despegarse. Usted no debe cargarle, plantearle problemas, pedirle directrices. Tiene razón para decirle: «Vas a arreglártelas sola en adelante». Dicho de otra manera: «Debes tomar tu carga y actuar como una adulta.»
En cuanto al hermano pequeño muerto, estoy seguro que aparecía como un joven, puesto que los niños crecen en la otra vida. El hecho de que su padre sonría indica suficientemente que está feliz en ese momento.
Sin embargo, si no se aparece a su madre, eso significa simplemente que ella no tiene dones mediúmnicos. Pero es posible que se le presente en un ensueño un día u otro.
III.4 – Ivette: «Hace dos meses, asistí al sepelio de mi madre, que estuvo durante su vida muy preocupada por las cuestiones espirituales. Dos horas después de que el médico confirmara su muerte (esto ocurrió en casa, como ella había deseado), me parecía aún muy presente. ¿Puedo saber si la consciencia de la persona que acaba de cambiar de plano queda entre nosotros durante un cierto tiempo?»
Sin ninguna duda. Su madre permaneció durante varios días, varias semanas acaso, deseosa de hacerle comprender que estaba aún a su lado, circulando en esa misma casa donde tenía sus costumbres y afectos. Sin embargo, esta presencia, tan ligera, tan apacible, no podía durar siempre. Como ella es, y sigue siendo, una mujer de gran espiritualidad, sabe que no debe entretenerse en los lugares donde vivió y que es preciso alcanzar los planos más elevados. Eso no le impedirá en alguna ocasión volver hacia ustedes, como un viajero que tiene nostalgia hacia un lugar. Por ejemplo, aparecerá en sus ensueños[3]. Puede también enviar señales, premoniciones, sueños que marcarán las etapas de su nueva vida. Esté atenta a las fechas, principalmente a los aniversarios, pues, según se sabe, los desaparecidos tienen el sentido de la duración y están al corriente de los sucesos terrestres.
III.5 – Elisa: «Hace seis meses, en el curso de mi siesta, fui despertada con sobresalto por un golpe violento en la cabeza. Tuve la impresión de que el techo de la habitación se había caído sobre mí. En realidad, no había nada anormal, todo estaba en orden, pero padecí un terrible sentimiento de angustia, que bruscamente dio paso a un sentimiento de felicidad, me sentía envuelta en amor. Durante la tarde, supe que mi novio murió en un accidente en la montaña. ¿Hay alguna relación entre estos dos hechos?»
Si, seguro. Cuando su novio se «precipitó» debió golpearse en la cabeza con un fragmento de roca. El lazo de amor existente entre ustedes dos rápidamente advirtió. De ahí ese sentimiento de angustia que le turbó. El sentimiento de felicidad y de amor sucesivos se explica por el hecho de que su novio vino en espíritu a decirle adiós o hasta pronto, puesto que usted le reencontrará.
Esto que le ocurrió a usted me recuerda lo que vivió Madame Simone, comediante y novelista, fallecida a la edad de 108 años (cuando la visité tenía 103). Me contó como también fue avisada de la muerte de su novio, el lugarteniente Alain Fournier, el autor de la célebre novela Le grand Meaulnes. Simone descansaba en una habitación de hotel en compañía de la madre de Alain, cuando de repente lanzó un grito de dolor. Acababa de recibir un golpe violento en medio de la frente. El mismo día, a la misma hora, el 22 de septiembre de 1914, en el bosque de Saint-Rémy, en los Hauts de Meuse, caía el lugarteniente Alain Fournier, alcanzado mortalmente por una bala en plena frente.
III.6 – Juliette vivió una experiencia análoga, una destacada monición: «He aquí un hecho que podría ayudar a quienes no creen y dudan, como mi marido hasta el día 26 de agosto de 1998. Tiene dos hermanos y una hermana; los tres están muy unidos. Su hermano mayor, Charles, acababa de regresar de vacaciones, cuando en la noche del 26, a las doce treinta y cinco, me despierta un ruido de cristal roto. Me embargó de pronto un frío intenso y gran angustia. Después de verificar que todo estaba normal, me acosté sin despertar a mi marido. Sin embargo, desde hacía una semana, él estaba alterado sin razón. A las dos de la mañana, mi suegra nos telefonea para comunicarnos que su hijo Charles, que circulaba en moto, acababa de ser derribado por un loco del volante “a las doce treinta y cinco” y había muerto una hora más tarde. Mi marido estaba desesperado. En la noche del 27 al 28 tuvo un ensueño, vio a su hermano muerto, tumbado a lo largo, y Charles le decía: “No hagas nada, esto no acaba aquí”. Sus palabras respiraban amor y bondad, una sonrisa resplandecía en su rostro. Desde entonces, mi marido cree en el Más allá y eso nos ha cambiado la vida…»
En todo esto hay un entrecruzamiento destacable de hechos psíquicos alrededor del accidente mortal de su cuñado Charles. Premonición confusa de su marido, que siente llegar la catástrofe. Monición de las las doce treinta y cinco (la monición se produce en el momento mismo del suceso) que usted advierte por una sensación de frío y el ruido de un vidrio roto, mientras que en la casa ninguna vajilla, ningún vidrio había sido roto. Sueño preciso de su marido a quien su hermano (el rostro respira felicidad) declara con seguridad: «Esto no termina aquí.»
«He olvidado deciros, prosigue Juliette, que Charles, que era y que es siempre alguien muy evolucionado, había hecho la promesa de dar una señal si él partía el primero. Cumplió su palabra: la luz se apagó y encendió varias veces en su taller, hecho constatado por mi segundo cuñado y sus cuatro trabajadores.»
III.7 – Suzanne no vio a su novio caer bajo las balas del pelotón de ejecución, pero escuchó su llamada:
«Ocurrió durante los años negros de la Ocupación[4]. El joven que yo amaba y que trabajaba para la Resistencia fue detenido por los alemanes en Cherbourg y, después de una terrible paliza que le dejó sordo, enviado a Saint-Lô.
Sin embargo, la mañana en la que fue fusilado, fui despertada por su voz, que gritó dos veces mi nombre: “¡Suzy! ¡Suzy!”. Me precipité hacia el pasillo de donde provenía esa voz que reconocía sin dificultad. Con seguridad, allí no había nadie. De pronto pensé: “¡Dios mío, han matado a André!” Miré el reloj de péndulo, eran las cinco horas treinta minutos.
Al día siguiente llegó su carta de despedida fechada el día anterior, anunciándome la condena a muerte. La ejecución debía tener lugar al día siguiente, a las cinco horas y treinta minutos.
“El día siguiente”, era esa mañana, la mañana en la que yo había escuchado su voz.
Pasado algún tiempo tomé contacto con el sacerdote que le acompañó hasta el paredón. Desde que él me divisó, gritó: “Usted es Suzy, usted se llama Suzy, ¿no es así? Si esto puede mitigar su inmensa pena, sepa que su último pensamiento fue para usted.»
Ese último pensamiento era también un grito que franqueó todos los obstáculos y usted captó gracias a sus dones psíquicos. Esa voz, que resonaba a través del espacio, tengo la impresión de que todavía la oye a través del tiempo, a través de estos cincuenta años de amor inalterado.
III. 8 – Roseline: «Quisiera informarle de una advertencia venida del Más allá y concerniente a una urgencia del presente. Este hecho se produjo en nuestra familia. Nos disponíamos a poner a nuestro abuelo en el ataúd, cuando Léa, su gobernanta, nos declaró: “El señor no está muerto y no permitiré que lo encierren en esta vil caja.”
El médico había firmado el permiso para inhumarle[5]. Pero mi padre y mi madre, que conocían bien el don de visión de su antigua sirvienta, llamaron a otro médico, que confirmó el diagnóstico de su colega y mantuvo que “los enterrados vivos, era de novela, que eso no ocurría nunca… o casi”. En cuanto a Léa, se limitaba a repetir: “Me dicen que el señor no está muerto, el señor no está muerto.”
Mis padres se inquietaron y mandaron a dos eminentes profesionales examinar al abuelo. Reconocieron que estaba de verdad vivo. ¡Fue reanimado y vivió varios años bajo la mirada de Léa, que le había salvado la vida!»
«Los enterrados vivos, es de novela o casi», decía el segundo médico. Evidentemente, aquellos que se despiertan en el fondo de una cripta no han vuelto para decir lo contrario. «Eso no ocurre nunca o casi», le faltó poco para no caer en la categoría del «casi».
Su carta me trae a la memoria un hecho parecido del año pasado. Un joven, que se quería suicidar, había tomado una mezcla explosiva de barbitúricos y alcohol. Declarado muerto, fue transportado a la funeraria más próxima. Un empleado del establecimiento, que no tenía las dotes mediúmnicas de vuestra Léa, se percató de que vivía aún por algunos movimientos imperceptibles de los labios. A toda prisa, retiró al desesperado del gélido arcón donde, en breve, moriría de verdad.
III.9 – Sabine: «No tenía más que cuatro años cuando Jean-Paul R., mi padre, murió. Supe más tarde que, en sus últimos instantes, me había reclamado con insistencia a su cabecera, sin dejar de repetir mi nombre: “Sabine, Sabine…, quiero ver a Sabine. ¡Traedme a mi Sabine!”
Mi madre y mis hermanas mayores le contaron que yo estaba desde hacía varios días en casa de mi abuela materna, que vivía a una cincuentena de kilómetros. En realidad, me encontraba en casa de una vecina, a cincuenta metros de allí. Él partió sin haberme despedido y murmurando mi nombre.
Cuando después supe la verdad, me sentí profundamente herida y conmocionada. Mi madre mantenía que actuó así, de acuerdo con mis hermanas, para no impresionarme. Yo le había querido enormemente. Aquella dureza, su negativa, su mentira me indignaba. Me encerré en mi misma y no les hablé ya de mi padre, aunque no ceso de recordarle.
Le he visto varias veces en sueños sobre un fondo de nubes grises; tenía el aspecto de preocupado, inquieto, fatigado, encerrado en su silencio. Sus gestos sin embargo estaban llenos de amor.
Y por último, un bello día, o una buena noche, todo cambió bruscamente, se me apareció, vestido de colores claros, sobre una orilla soleada. Parecía tener treinta años. Estaba feliz, reía, irradiaba alegría. Tenía una carta que se divertía en romper en mil pedacitos que el viento arrastraba al mar. A continuación, me desperté. ¿Qué opina usted de todo esto?»
Pienso en su familia, que tan mal se comportó, tanto con usted como con su padre. Las voluntades de un moribundo son cosa sagrada e imagino la tristeza de ese desdichado agonizante a quien se le rehúsa una última alegría. A pesar de su poca edad, usted no se habría asustado; él se habría despedido como quien se va para un largo viaje y usted lo habría comprendido. Los niños tienen en presencia de la muerte una actitud de un hecho justo y natural. Antaño no se ocultaba la agonía de un familiar, se le llamaba a su cabecera; por su sola presencia, mejoraban y santificaban sus últimos instantes.
Espero que esos que tan mal actuaron lo hicieran por ignorancia, pero la ignorancia no excusa todo, puede hacer tanto mal como la pura malicia.
Los sueños sucesivos le han tenido al corriente de la evolución de los sentimientos del desaparecido. Al principio, rodeado de gris, muy afectado por su llegada: está lleno de un legítimo rencor hacia los suyos. Después, el tiempo transcurre allí arriba como aquí abajo, Jean-Paul se va tranquilizando poco a poco, los colores y el sol aparecen a su alrededor. En adelante las cosas del pasado tienen para él mucha menos importancia. Menos importancia que esa carta que él rompe simbólicamente en pedacitos llevados por el viento al mar. ¡Habiendo mostrado que está sosegado, lo esté usted también! ¡Puesto que él ha olvidado, olvide por igual! De todos modos, usted no tiene nada que reprocharse.
III.10 – Sibylle: «Mi madre me contó que cinco o seis horas después de la muerte de Luc (mi hermano, fallecido hace ya seis años) tuvo un sueño en el que él estaba a su lado y lloraba porque tenía frío y no encontraba la puerta. Ella le tomó en sus brazos y le reconfortó. Se despertó bruscamente, muy angustiada. Tocó el lado de la cama donde le tuvo en su sueño y el lugar estaba anormalmente frío. Después, durante febrero, mi padre tuvo un sueño en el que Luc le decía: “No me escribas, pues no sé donde me encuentro. Tu carta no me llegará, no podría responderte.” ¿Estos dos sueños tienen una significación? ¿Está en el Paraíso?»
Según el primer sueño, el de su madre, el joven está en un período de confusión que sigue inmediatamente al fallecimiento. Es un proceso habitual, no hay motivo para inquietarse. Entre quienes acaban de llegar al Más allá, algunos se quejan, en efecto, de la sensación de frío. Este frío es de una naturaleza psíquica y desaparece pronto, sea porque nuestro amor les envuelve (lo que hace su madre, que tuvo una buena reacción), sea que los amigos del Más allá vienen a recibirle, sean las oraciones fervientes (ferviente significa, en origen, hirviente) que suben hacia ellos para recalentarles.
El segundo sueño, el de su padre, me deja perplejo. Estoy asombrado de que pasados diez años su hermano no sepa donde se encuentra. Ese hecho me indica que no está aún en el Paraíso, sino en el mundo intermedio, donde las experiencias son tan numerosas como en las esferas invisibles.
Nosotros podemos ayudar a los difuntos en la travesía del entre-dos-mundos con nuestro pensamiento amoroso, que ellos pueden captar. Pero este pensamiento debe articularse sobre los textos místicos y sobre la meditación.
III.11 – Yves: «Usted respondió a otra escribiente que en el caso de incineración el plazo para la liberación del cuerpo etérico era de tres días. Rudolph Steiner dice que la separación del cuerpo físico y del cuerpo etérico se produce al cabo de nueve días, de ahí la misa del noveno día. Dicen que la incineración en los tres días, excepto la incineración india, completada por oraciones especiales, ocasiona al cuerpo etérico penosos sufrimientos “post-mortem”»
Igualmente, el cuerpo astral se separa al cabo de cuarenta días, de ahí la misa de la cuarentena. Esto es por lo que me ha sorprendido su afirmación sobre ese mínimo de tiempo necesario al cuerpo etérico para separarse del cuerpo físico.»
Este es un dominio en el que es imposible dar cifras precisas. Los tres días constituyen un mínimum. Tres, nueve, e igual cuarenta días, son los promedios, aproximaciones. Todo depende de la calidad de la persona, de su pasado, de su espiritualidad. Ciertos fallecidos se desprenden rápidamente, entran felizmente en la otra vida y pueden enviar señales pronto. Otros se desprenden lentamente, parecen dormitar, no pueden o no quieren alejarse de la Tierra. Una vez más, es necesario constatar que no hay dos destinos paralelos y que es difícil enunciar las leyes.
III.12 – Odile: «Estoy preocupada, y con seguridad otros lectores también, por esos casos clínicos de “muerte aparente”. Conociendo la ausencia en ciertos hospitales de un entorno atento y responsable, te arriesgas a despertar en un cajón del depósito de cadáveres o en el fondo de un ataúd; el personal de vigilancia es cada vez menos eficaz. Por otra parte, en el caso de incineración, ¿un plazo de tres días es suficiente para que el cuerpo etérico no sufra demasiado? ¿Hay una gran diferencia entre la incineración al aire libre y la incineración en los hornos crematorios?»
Usted plantea un problema que a mí también me inquieta … y que me supera. Sería preciso que el cuerpo médico se interesase y esta cuestión se plantease oficialmente. En efecto, ¿cómo estar seguro de no despertar en el depósito de cadáveres (en el mejor de los casos) o en un féretro cuidadosamente cerrado?
Recuerdo haber leído, hace varios años, la siguiente anécdota: un viejo sacerdote estaba tumbado en su ataúd y, en el momento en que se preparaban para cerrar y atornillar la tapa, su gato saltó sobre él furioso, con todas las garras fuera, y se puso a bufar contra los empleados de las pompas fúnebres. La batalla comenzó entre esos dos hombres, que no se anduvieron con miramientos, y el animal en el paroxismo de la cólera. Esto hizo que no pudieran cumplir su trabajo… y que el anciano, zarandeado en todos los sentidos por el valeroso gato, acabara por abrir un ojo y murmurar: «Veamos, gatito, ¿qué haces tú sobre mi cama? No te he dicho cientos de veces…»
Una vez más se constata que los animales están mejor informados que los humanos. Saben también señalar y prever los temblores de tierra y otros «acts of God»[6], como dicen alegremente los anglosajones.
Con relación a la incineración: hay una gran diferencia entre la incineración al estilo hindú que se hace al aire libre, con delicadeza, con combustible natural, y la incineración en los hornos, que alcanzan temperaturas de 3000º. Yo planteé la cuestión en “Dossiers de l’Écran», en junio de 1979, y fui presa del sarcasmo del racionalista presente, escoltado por un católico, también racionalista. De todas formas, es necesario esperar al menos tres días para que la liberación sea completa. Tranquilizaos, es el mínimo necesario de tiempo con las formalidades diversas[7].
III.13 – Fanny: «En el momento de la muerte de mi marido, tuve la sorpresa de ver un vapor blanco elevarse de su cuerpo, pasar a través de la pared de la habitación para desaparecer definitivamente. Lo que me impactó mas es que ese vapor tenía forma humana.»
En efecto, el cuerpo sobrenatural no es un gas que se expande y se pierde en el espacio. Es verdaderamente un organismo, no físico sino substancial; aunque sutil no es inmaterial, es igual de real que el cuerpo de carne porque es vigoroso e inmortal. Solo la realidad del cuerpo espiritual permite comprender lo que pasa en el instante de la muerte. Sus átomos atraviesan los del cuerpo de carne, como el vapor se escapa de un lienzo húmedo. Se desprende más o menos deprisa de ese despojo que abandona. Si la persona es materialista se hace lenta y penosamente; el ser espiritual se aferra al ser físico, lo único que él cree vivo, lo único que cree real. Tiene fuertemente cogida la costumbre de identificarse con su cuerpo.
Cuando el desencarnado se desprende de su cuerpo es acogido en el otro mundo por los padres, los amigos que le han precedido y que están avisados de su llegada.
III.14 – Salomón: «He leído que en el momento supremo los ojos espirituales se abren y quien se va puede percibir los espíritus, en alguna ocasión los sucesos futuros, o los sucesos contemporáneos que se desarrollan a cientos de kilómetros.»
Es perfectamente exacto, el hecho ha sido varias veces controlado. Así fue como el 4 de mayo de 1897, en Vouziers (Ardenas francesas), una vieja campesina en trance de agonizar vio el incendio del Bazar de la Charité en el momento mismo en que se producía. De repente, salió de su coma para decir con exactitud las trágicas peripecias del abrasamiento y sus allegados se imaginaron que tenía una pesadilla: «Mira el fuego que estalla, gritaba ella. ¡Las pobres mujeres! ¡Están cercadas por las llamas! Se empujan hacia la puerta. ¡Por allí no, no hay puerta por ese lado!»
En efecto, no había puerta en el lugar que ella percibía en su impresionante visión a distancia.
III.15 – Genoveva acaba de perder un ser querido, después de una larga enfermedad: «Su muerte, a la cual asistí, me pareció penosa, parecía sufrir mucho. Aquello fue terrible para mí, por esta razón quisiera saber si la agonía era tan espantosa como parecía.»
Incluso en una larga enfermedad, tan dolorosa como sea, la vida se desvanece gradualmente, de suerte que es imposible determinar el momento en el que la consciencia desaparece. Es así en todos los casos; es necesario cuidar nuestras palabras a la cabecera de los moribundos. Ellos escuchan, comprenden, mucho más de lo que se imagina. Es necesario tomarles la mano, asegurarles nuestro amor y sobre todo tranquilizarles pues tienen miedo. Es necesario explicarles que el tránsito al Más allá no es penoso. Se les puede también hablar de los que le han precedido y que tendrán la alegría de reencontrar luego. A quienes tiene fe, se les puede hablar de Dios, según su religión personal, o del Espíritu infinito si están sin creencia. En cuanto a los estremecimientos, a los temblores convulsivos que se han observado algunas veces, no significan siempre un sufrimiento, son con frecuencia reflejos puramente corporales. Esto me ha sido confirmado por los textos que tengo recibidos. A este propósito recuerdo un mensaje en inglés que decía: «Cuando se produjo el accidente del avión, cuando comprendí que todo estaba perdido, mi espíritu arrastró a toda prisa mi cuerpo metafísico fuera de mi cuerpo físico y este último se aplastó como un sobre vacío, sin sufrimiento.»
III.16 – Hubert: «¿Es verdad que en los primeros momentos y en las primeras zonas del otro mundo los difuntos no caen en la cuenta de su nuevo estado?»
Un mensaje recibido por Marie-Louise Morton, que había perdido al mismo tiempo a su hermano y a su novio, le va a dar las explicaciones necesarias:
«Al llegar aquí, se percibe que se continúa existiendo y se está tan habituado a los datos de la Tierra que se imagina uno vivir de la misma manera. Se piensa pues, con toda naturalidad, en los objetos materiales y, como el pensamiento mantiene esas formaciones, se los ve concretarse alrededor. Además, se sigue en contacto con los seres amados y al principio no se es consciente de no percibir las cosas terrestres si no a través de ellos, de suerte que, a veces, se lleva
mal el darse cuenta, rodeados por todo lo que nos era familiar, de que no se está ya entre los vivos. Lo que ayuda a comprenderlo es no poder llamar su atención hablando o tocándolos. Es penoso, pues cuando se les ve desolados por nuestra desaparición se querría decirles que se continúa existiendo, pero es imposible hacerlo.»
III.17 – Arnold: «Los médicos, desde hace 30 años, se interesan de cerca por la N.D.E.[8]. Los doctores Kübler-Ross, Moody, Saboom, Ring, han estudiado la N.D.E. que sobreviene tras una pérdida de conocimiento y que provoca una salida del cuerpo. N.D.E. = E.M.I., experiencia de la muerte inminente.
Parece que existen situaciones donde, sin salida del cuerpo, la persona que teme, durante un accidente, una muerte aparentemente muy cercana revisa toda su vida, sopesa sus actos y sus juicios. Al regresar a la vida normal, cambia y evoluciona de manera comparable a de quienes experimentaron una N.D.E. ¿Los dos casos son similares?»
¡Si y no!, responde Georges Morrannier, en la N.D.E. hay una pérdida de consciencia en el sentido clínico de la palabra.
«El cuerpo físico está dormido, anestesiado o en coma. El cuerpo espiritual se desprende y regresa al mundo que es el suyo. Es él quien tiene la consciencia; la envoltura de carne no era más que un instrumento muy perfeccionado que le permitía vivir y hacerse ver en la Tierra. Es él quien explora el Más allá y si la envoltura terrestre es transparente, es decir, si la fuerza del pensamiento puede dominar la ocultación ocasionada por el regreso a la Tierra, puede acordarse de todo lo que ha visto. Se acuerdan en particular de haber visto pasar en su mental la película de su vida.
En el caso de ahogamiento o de accidente, cuando la persona piensa que va a morir, puede producirse un anticipo (igual que en la N.D.E.) del fenómeno del balance de la vida terrestre vivido tras el instante fatal. El cuerpo espiritual no es lanzado, la persona física está consciente. Pero la angustia de la aproximación de la muerte desencadena en el mental la retrospectiva de toda la vida, como si el cuerpo espiritual creyera destruido el cuerpo físico.
Conlleva a veces un cambio de comportamiento, como después de una N.D.E. Sin tener una perfecta consciencia, la persona accidentada, pero salva, piensa confusamente que ha entrevisto otra cosa que no es la Tierra. Su personalidad se enriquece con mayor amplitud de espíritu y sentimientos más altruistas. Esos dos modos de experimentación son diferentes, las consecuencias son casi idénticas.»
III.18 – Marie-Thérèse no hace preguntas, pero aporta un testimonio que confirma a la vez la resurrección inmediata y el hecho de que el cuerpo espiritual no es aquejado por ninguna enfermedad:
«Mi marido y yo teníamos por amiga a una vieja dama encantadora, muy alegre y muy sorda. Soportaba sin quejarse la prueba que la alejaba de este mundo exterior en el que se interesaba, no por curiosidad, sino por deseo de dar servicio.
El día de su entierro la sentía junto a mi (es preciso decir que tengo dones mediúmnicos). Me cuchicheó esto: “¡Ah, Maïté! ¡Maïté! Si supieras como soy de feliz. Figúrate que te oigo ahora, oigo todo. He oído bella música y comprendí lo que el pastor dijo: “Los cojos andan, los ciegos ven y los sordos oyen…” Es absolutamente verdad en el mundo a donde he llegado.”»
Gracias por su carta, que confirma todo lo que yo enseño. Esa vieja dama pasó sin dificultad a la otra orilla, conservó su temperamento amable y alegre. Tengo la impresión de que ejercerá cerca de su pareja el papel «de ángel guardián». No es, como lo presenta la imaginería tradicional, un personaje alado, es un espíritu humano que a menudo hemos conocido en este mundo y que se apega a nosotros para nuestro bien. Él nos aparta de errores y catástrofes, nos aconseja las decisiones justas y las actitudes armoniosas.
III.19 – Walter: «El problema de la incineración me parece muy grave. ¿Cuáles son los motivos y circunstancias que pueden determinar esta elección? ¿Qué situaciones puede inducir al difunto y a sus allegados?»
Cedo la palabra a Georges Morrannier: «Los occidentales comienzan a interesarse en ella, pensando que la incineración es más limpia, más sana que la lenta putrefacción de la carne en un ataúd.
Cada uno es libre en su elección y la familia debe respetar el deseo del que va a partir. Hace siglos, Occidente incineró a sus “muertos” como Oriente, con el fin de poder suprimir los cementerios. Por el momento, todo el mundo no está de acuerdo con esta idea, pero debemos ir más allá de nuestra opinión personal si un familiar prefiere el crematorio.
Para el que sabe que la vida continúa esto no cambiará en nada el tránsito al mundo espiritual. Como es natural, él irá, después de la rotura del cordón de plata, hacia esos que le esperan y no se preocupará mucho de su “última residencia” (urna o tumba). Así pues, su utilización en nada compromete la supervivencia del alma. Esta es la última residencia del cuerpo mortal, pero con seguridad no la del cuerpo espiritual. Al contrario, los que no están preparados para la otra vida y de la que jamás han querido oír hablar, se encontrarán muy turbados por la incineración, más aún que por la inhumación, porque la destrucción rápida de su envoltura mortal puede angustiarles.
El papel de los allegados es el de decir la verdad a quien desea la incineración; es decir, explicarle que hay otro mundo, que se arriesga a asistir a un espectáculo y que no debe estar angustiado. Eso no modificará en nada la continuidad de su vida. El alma y el cuerpo espiritual se liberan desde que el corazón se detiene y, de todas maneras, son insensibles tanto al fuego como al frío.»

[1] El texto de esta carta está disponible en Aquí-Allá.
[2] Marcelle, la madre de Roland, utilizaba lápiz para anotar los mensajes que recibía de su hijo.(NdT).
[3] Conviene diferenciar entre dos situaciones que se dan cuando dormimos: el sueño, término preferido en el psicoanálisis y que contiene nuestros deseos, esperanzas y frustraciones, y el ensueño, ámbito de lo metafísico, por el que se establece contacto momentáneo con el Más allá. El castellano ofrece pocas alternativas para facilitar estas dos formas de actividad onírica y en el lenguaje coloquial se utiliza la palabra sueño para ambos casos. Los libros dedicados al sueño engloban con el término “ensoñación” las dos situaciones que en este texto se diferencian. (NdT)
[4] Durante la Segunda Guerra Mundial el ejército alemán ocupó Francia y gran parte del resto de Europa (NdT)
[5] En España conocido como “certificado de defunción” (NdT)
[6] En inglés en el original: casos fortuitos, casos de fuerza mayor (NdT)
[7] El autor se refiere al tiempo acostumbrado desde el fallecimiento hasta el entierro en su medio. En España ese intervalo es mínimo. Si se fallece en accidente ni siquiera 24 horas. (NdT)
[8] N.D.E.: Near Death Experience = E.M.I.: Expérience de mort imminente = ECM: Experiencia Cercana a la Muerte.


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