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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


martes, 24 de mayo de 2016


                                                       TANIA DÍAZ CASTRO
REPRESION
No te olvidaremos, Nelson
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Nelson Rodríguez Leyva nació en la provincia Villa Clara el 19 de julio de 1943, y fue fusilado en 1971 en la fortaleza habanera de La Cabaña por intentar el secuestro de un avión, en busca de libertad. En 1964, adolescente aún, el afamado escritor Virgilio Piñera le publicó su libro de cuentos El regalo, en ediciones R; 3 mil 200 ejemplares fueron convertidos en pulpa de papel seis años más tarde, por orden expresa del gobierno cubano.
La noche de su muerte no le dieron tiempo a mirar por última vez las estrellas, a ver editado el libro de poemas que preparaba, a escribir una carta de despedida a la mujer amada, tal vez nombrada Elena Parente, a quien dedicó su libro de cuentos. Ni siquiera pudo tener una defensa eficaz en el juicio. Lo mataron así, de pronto, con una ráfaga de balas que rechinaron sobre el paredón, mientras el poeta, con las manos atadas y los ojos vendados, pensaba en la crueldad de los hombres.
Cuando el pelotón de fusilamiento recibió la orden de: Apunten, ¡fuego!, no sabía que mataban el corazón de un poeta, de un artista de gran sensibilidad y talento.
Alguien que fue su amigo me dice que Nelson era un joven apuesto, elegante, de fuerte personalidad, e inconforme. Un buen samaritano muy sincero, sentimental, y reacio a las órdenes de disciplina.
En los breves relatos de El regalo, tan breves como su vida misma, el elemento más recurrente es su propia muerte, demasiado temprana, la que gravita como una obsesión entre sus páginas. ¿Acaso la presentía, temeroso del tiempo, de la vejez?
Le siguen y sobresalen el mundo subconsciente de su infancia, enlazado con lo fantástico, su imagen, que se le escapa del espejo, la angustia, la pasión por todo lo que ama.
En su obra literaria en ciernes no aparece para nada la llamada Revolución Cubana. Ni siquiera la menciona, como si presintiera el joven creador que esa Revolución lo llevaría al cadalso.
Nelson Rodríguez Leyva, a los 20 años, ya era un excelente aprendiz de este género literario más antiguo que Cristo. Es posible que sus inspiradores fueran Kafka o Jorge Luis Borges y por eso nada tiene que envidiarle a la principal cuentística del antiguo Oriente, tampoco al realismo mágico de Isabel Allende, porque se le adelantó a la autora de La casa de los espíritus. Su buena carga de poesía en la atmósfera de sus narraciones, su hondo pensamiento de adolescente precoz, son sus mejores virtudes, sus dones más preciados; todo lo supo utilizar para así mezclar lo real con lo sobrenatural. En su cuento titulado Pesadilla, dice:
"Según iba subiendo la escalera, me notaba más pesado. A cada peldaño que debía vencer era una parte de mi esfuerzo que escapaba inútilmente. Las piernas se tendían hacia los escalones como plomos colgados de una soga. Y sentía que todo mi cuerpo era atraído por la fuerza de la gravitación. Los temores no se alejaron de mí, sino que, al contrario, obraron más ímpetu, pareciendo que perdería la razón si no lograba encontrarme. Las manos adheridas a los huesos, como engomadas, me daban miedo y no podía olvidar que yo estaba muerto. Caminé frente al espejo. En vano busqué mi rostro".
"Ya he perdido gran parte de la piel del pecho; y con temor contemplo el orificio de bala en mi corazón. Con más intensidad que antes siento que mi cuerpo arde, o lo que queda del mismo, y ese dolor punzante me crea un vacío en el cual vago, y noto que camino sin moverme. Miro mis manos. Ya no queda nada excepto los huesos. No me acostumbro a la idea de estar muerto".
Seguramente la Unión de Escritores y Artistas de Cuba no pidió clemencia para el creador Nelson Rodríguez Leiva. Transcurría el largo y lamentable tiempo de Nadie escuchaba. Durante la guerra de los mambises en el siglo XIX, el Mayor General José Maceo habría intercedido en su defensa. Cuando uno de sus bravos subalternos situó a la banda de músicos en un lugar riesgoso, José Maceo exclamó, molesto: "Si usted o yo morimos, nada importaría: se corre el escalafón y nos sustituyen fácilmente; pero si muere un artista, no podríamos hacer lo mismo ".
La vida de este artista a nadie importó. Su mayor pecado, mientras sufría el totalitarismo castrista, fue sentirse dueño de sus decisiones. El, que sólo era romántico y a veces lloraba, cometió un error: usar la fuerza que no poseía realmente en pos de la libertad, pero mayor error fue haberlo matarlo aquella noche de 1971, durante el apogeo del estalinismo en Cuba.
El otro día, cuando tomé su libro entre mis manos, salvado del holocausto por manos generosas, aún con sus páginas blancas y limpias, como recién salido de la imprenta, sentí una gran angustia, un raro dolor. Su destino fue morir, pensé; el mío, a pesar de haber sentido una vez mi muerte en un paredón de fusilamiento, fue seguir aquí, para que un día, mientras un sol inmenso y hermoso de abril pudiera asomarse por entre los framboyanes de mi calle, yo abriera la puerta de mi casa para recibir de manos de un amigo el libro de Nelson, con su portada color naranja, igual que el sol de esa tarde y las impresionantes palabras que aparecen en uno de sus relatos:
"Me doy cuenta de que soy levantado en peso. Ya no oigo nada. Debe ser por lo hermético de mi encierro. Sé que dentro de un rato todo habrá pasado, y acabará con unas paletadas de tierra. Era bueno, dirán".
O esas otras que escribió tal vez como epitafio: "Ahora sí estoy convencido que me queda poco. Y por tanto deseo dejar un recuerdo. No quiero que me olviden".
 

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