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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


domingo, 12 de junio de 2016



JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (23)


El pasado marzo me enviaron del Centre d’Estudis Cristianisme i Justicia, PP. Jesuitas de Barcelona, una publicación dedicada a “Idolatrías de Occidente”. Interesantísima. He aquí algunos títulos: “La constitución idolátrica del hombre”; “Dios y los ídolos en la Biblia”; “El poder de las marcas”; “La Idolatría de la fuerza”. Por si a alguno le interesa, ésta es la dirección web del Centre: http://www.cristianismeijusticia.net/es , éste su teléfono: 93 317 23 38 y ésta su dirección de e-mail: info@fespinal.com.
Jean Prieur, ya casi en el final de su libro, trata el mismo tema desde la perspectiva de Dios. Bajo el mismo título: No hay otro Dios fuera de Dios, saca algunas consecuencias de sumo interés: “luego el hombre no es un Dios [¡pedir aclaración a cualquier conferenciante que diga que somos Dios!]; “luego la naturaleza no es diosa” [¡ojo con los que, para no decir Dios, ponen con mayúscula Naturaleza y Vida]; “luego no hay un contra-Dios” [no hay Príncipe de los Infiernos].
En la última parte, Jean se pregunta por Jesús. Durante estos veinte siglos, cada época se ha hecho un Cristo a su imagen, un Cristo según su gusto: los cristianos de la antigüedad, los bizantinos, los judíos, los musulmanes, los protestantes, los indios de América quemados por la Inquisición, los jesuitas. ¿Cuál de estas imágenes es la buena, la que mejor responda a quién es Jesús?…
¡Buen día!


VII– LA CASA DEL PADRE (continuación)
28. UNO, ÚNICO, UNIVERSAL O EL CAMINO DE CORINTO (3ª parte)
III


LLAMADA AL ORDEN Y PUESTA EN GUARDIA
Ahora que han pasado treinta y siete años, es más fácil, es necesario deducir el contenido de esta palabra inmensa:
«No hay más Dios que Dios.» La afirmación no tenía nada de original, era incluso bastante elemental.
Formaba parte de esas ideas-fuerza que deben ser reactualizadas y repetidas en cada generación, puesto que en cada generación son olvidadas: la humanidad es amnésica.
La verdad es un sol cuyo estado normal parece ser el eclipse y, en el campo espiritual, existe también la degradación de la energía: la entropía.
Esto no era una revelación, sino una llamada al orden y una puesta en guardia que se dirigía a mí y, a través de mí, a los que me leyeran.
Puesta en guardia frente a los ídolos, porque desde hace veinte años, los ídolos han remontado la pendiente; están por todas partes y descansan cómodamente en una nueva edad de oro.
Un ídolo no siempre es una estatua adornada de joyas y vestida de brocado; en nuestros días, un ídolo es más bien una doctrina. Esta doctrina no es forzosamente falsa de principio a fin,  sino que, colocada en una posición única y central, hace de pantalla[1]. Un ídolo es una cosa que, en realidad, es solo un medio, y es tomado sin embargo como un fin.
Puesta en guardia contra un politeísmo siempre dispuesto a aparecer bajo una nueva máscara. No en vano me había asaltado esta evidencia en la tierra de las apoteosis. Ese mundo antiguo, que se siente en Grecia tan cercano, estaba lleno de dioses disfrazados de hombres y de hombres que accedían a la naturaleza divina. La frontera entre los dos mundos era de las más imprecisas; los héroes y los semi-dioses la atravesaban continuamente en los dos sentidos.
Pues bien, esta frontera existe, se llama trascendencia, y es un honor de los pueblos semitas el haberla comprendido y el recordárnosla continuamente. Ellos pusieron el acento en la unidad-unicidad de Dios, mientras que los pueblos indo-europeos, de Bombay a Corinto, y de Roma a Lisboa, se muestran siempre acechados por un politeísmo unas veces confesado, otras camuflado.
En cambio, la noción de vida futura y la atracción que ella provoca están mucho más desarrolladas entre los indo-europeos que entre los semitas.
En el politeísmo, casi no existe el elemento moral o espiritual. El hombre, que hace los dioses a su imagen, quiere corromperlos mediante regalos y, como los imagina tan crueles como él, esto le lleva a los sacrificios humanos, sustituidos a través de los siglos por los sacrificios de animales. La inmolación de Isaac es sustituida por la inmolación de un carnero. Los sacerdotes se convierten en carniceros; las ceremonias, en repugnantes cocinas; los templos, en mataderos de donde se desprende el olor pestilente de las carnes quemadas. El Templo de Johová no tenía nada que envidiar a los templos paganos.
Observemos de paso que a los sacrificios de animales iba a suceder, en el Occidente cristiano, el sacrificio de las pasiones y del sexo, e incluso el sacrificio de la inteligencia: «¡Embruteceos! ¡Calla,  razón imbécil![2]»
Sin embargo, los griegos tuvieron la intuición de que sus innumerables dioses estaban, como los humanos, dominados por un poder más fuerte que todo: la Necesidad, la Fatalidad, el Hado. Incluso Zeus-Júpiter estaba sometido al Destino, hijo del Caos y de la Noche.
La idea del Destino, inmutable y absoluto, llevó poco a poco a la idea del Dios único más allá del cual no se puede imaginar nada. El Destino fue el prólogo obligatorio de la vuelta al monoteísmo.
Creyendo en el simbolismo de los lugares predestinados sobre los que el Espíritu deja huellas imborrables, comprendo ahora por qué ocurre esto en Grecia más que en otros países en los que he permanecido un tiempo más o menos largo: Suecia, Alemania, Italia, Austria, Suiza, España, Noruega… o bien algunos países musulmanes: Argelia, Turquía, Irán, en los que esta palabra hubiera estado completamente en su lugar.
No hay más Dios que Dios… y todo lo demás es mitológico.
Nosotros vivimos, no al final del mundo, sino al final de un mundo, al final de la edad, como dicen los autores del Nuevo Testamento. Ahora bien, descubrimos que al final de un ciclo, período de gran fermentación, resurgen cantidad de doctrinas y de religiones que se creían liquidadas. Es un fenómeno de recapitulación interesante en sí mismo, pero que supone fantásticos peligros. A nosotros el hacer la clasificación entre todas las concepciones del mundo que se presentan: algunas son drogas. Si nos proponen otros dioses distintos de Dios, urge rechazarlas.


NO HAY MÁS DIOS QUE DIOS…
LUEGO EL HOMBRE NO ES UN DIOS

Puesta en guardia contra toda confusión blasfema de lo humano y de lo divino. Chispa divina, sí; fuego autónomo, no. A la luna se la pide encarecidamente que no se considere un sol.
Hay al menos cinco clases de antropolatría:
La primera es de tipo espiritualista, es frecuente en los místicos. «El hombre es una divinidad oculta», enseñaba Plotino, que invitaba a sus discípulos a dejar libre al dios que está en nosotros. Una secta americana tenía como consigna: «Everyboy God», y asimismo Angelus Silesius exclamaba: «Hombre, serás cambiado en lo que amas: en Dios si amas a Dios, y en tierra si amas la tierra». Y continuaba, confundiendo a la persona humana y a la persona divina, en una adoración bastante sacrílega: «Oh tú, mi Dios en mí, tú resplandeces en mi. Mi cuerpo, mi alma y mi espíritu están inundados de tu luz… ¡Mi Padre y yo, solo somos uno!»
Oriente fusiona fácilmente lo humano y lo divino; en principio, el Cristianismo sabe establecer la diferencia, y más todavía el Islam.
La segunda clase de antropolatría es también de tipo espiritualista, pero sustituye el culto de los vivos por el culto de los muertos. Se vive inmerso en una especie de adoración del desaparecido, sacrificando si es preciso a los que quedan y hacia los cuales se tienen deberes. Ahora bien, los que nos han precedido en el más allá no son, por este hecho, revestidos de atributos divinos. Ni están omnipresentes, ni son omniscientes, ni omnipotentes… ni siquiera, aunque en esta vida estuvieran cercanos a la perfección. Si se comprende que no saben todo, que no lo pueden todo, se evitan muchas decepciones. El contacto con el más allá no puede, no debe convertirse en un sucedáneo de religión. Algunas personas consiguen incluso el resultado de creer en la existencia actual y objetiva de sus difuntos, sin creer no obstante en la existencia de Dios.
La tercera es de tipo literario: es el culto del yo, del egotismo, son todas las formas de narcisismo: «Yo soy mi Dios para mí mismo, dicen los ególatras, soy la idea que tengo de mí. Soy la palabra que me doy, soy mi camino, mi verdad y mi vida». Cierto, cada hombre es su camino, pero este camino es un callejón sin salida, si no se dirige hacia la trascendencia.
La cuarta es de tipo amoroso: «Existimos tú y yo y nadie más. Solo contamos nosotros dos. Tú eres mi diosa y yo soy tu dios y estamos solos en el mundo».
La quinta es de tipo materialista y colectivo. Desemboca fatalmente en el culto al Estado, a la nación, a la raza, a una clase social, a un jefe; se desarrolla como religión de la humanidad.
Para algunos, esta triste divinidad ya existe. Para otros, lúcidos observadores de sus actos presentes, todavía no existe y esperan su parusía. Dios, dicen los antropólatras de esta categoría, es el resultado de la evolución humana. Dios no es otra cosa que el Hombre en futuro, el Hombre futuro con fantásticos poderes.
En los tres primeros siglos, estaban el divino Augusto y la diosa Roma los que hacían caja. En el siglo XIX, los diferentes apóstoles de la religión de la humanidad; en el XX, la estalinolatría, la maolatría, sin olvidar la trinidad hitleriana: ein Volk, ein Reich, ein Führer.
Las propias Iglesias no han evitado el virus de la antropolatría y, desde 1967, se escuchan en boca de ciertos religiosos declaraciones como ésta: «Yo he perdido mi fe cristiana, pero no he perdido nunca mi fe en el Hombre. Aunque no hubiera nada después de la muerte, la vida mantendría todo su sentido». «La fe en un paraíso que nos compense de las miserias terrestres, está superada. Preocupémonos de este mundo, el único del que estamos seguros».
La apertura el mundo ha desembocado como por sorpresa en el culto al mundo. Ahora bien, el amor al mundo es hostilidad contra Dios, escribía el apóstol Santiago, y Juan trae una frase terrible de Jesús: «No pido por el mundo». (Jn. 17, 9).
Hoy, el cristiano medio no quiere ya a un Dios por encima de él: nada de Dios que lo supere, nada de Dios que lo sobrepase; solo admite a un Dios compañero.
1957-1967
Había necesitado cierto tiempo para comprender las coordenadas de espacio; necesité otro tanto para lograr las coordenadas temporales.
1957: primer año de la era espacial, 1957: año del Sputnik. El 4 de octubre, lanzamiento del Sputnik I, satélite no habitado. 3 de noviembre, lanzamiento del Sputnik 2, que lleva a bordo al primer astronauta: la perra Laika.
Por primera vez se lanzan al espacio cuerpos celestes construidos por el hombre… y el hombre creyó que había llegado. Durante un decenio, estuvo ebrio de sí mismo y de su éxito.
Debía desengañarse a partir de 1967, año en que comienza en Occidente la crisis moral y metafísica que precede a la crisis económica que reina actualmente. 1967 fue el final de los tiempos de las Naciones[3], el final de un largo ciclo que se extiende desde la toma de Jerusalén por Tito, hasta la toma de Jerusalén por los israelíes.
El tiempo de las Naciones se corresponde, de manera general, con la era de los Peces de la que ahora salimos, para entrar en la era del Acuario. 1967 marca por tanto el comienzo del fin. No se trata aquí del fin del mundo, menos aún del fin del cosmos, sino simplemente del final de la edad de los 153 Peces[4], o Naciones[5], época de ira e inestabilidad.
A partir de 1967, son cuestionados valores de 5000 años de antigüedad, valores no solo cristianos, sino también griegos y bíblicos. Es entonces cuando comienza la autodestrucción de Occidente, que sabotea a placer cierto número de conceptos que defendía desde siempre y que se consideraban adquiridos desde Abrahán, Moisés, Pitágoras, Solón, Sócrates, Cristo, los Padres, los filósofos americanos y europeos… y desde los moralitas laicos, defensores de la moral universal.


NO HAY MÁS DIOS QUE DIOS…
LUEGO LA NATURALEZA NO ES UNA DIOSA



Ella es la obra de Dios, ella es su Palabra y su parábola. Su diversidad es un reflejo de la multiplicidad de los cielos, su unidad, un reflejo de la unidad divina.
El cosmos está en Dios y fuera de Él, como un círculo está en el centro del que brotan sus rayos, pero este círculo no es el centro.
Sin embargo, excelentes espíritus han hablado de la naturaleza como de una persona llena de iniciativa y de buena voluntad. Así Bergson en «Las dos Fuentes de la Moral y de la Religión». Por aquella época, él se negaba todavía a dar al Creador lo que pertenece al Creador y prefería atribuirlo a la naturaleza que, «haciendo del hombre un animal sociable, quiso esta solidaridad estrecha, aliviándola sin embargo en la medida en que fuera necesario para que el individuo desplegase, en interés de la propia sociedad, la inteligencia de la que ella le había dotado». Y continúa hablando de este ser de razón como de un ser de carne y hueso: «Pero si la naturaleza, precisamente porque nos ha hecho inteligentes, nos ha dejado libres para elegir hasta cierto punto nuestro tipo de organización social, también nos ha impuesto vivir en sociedad». Esta naturaleza, que da pruebas de tanta solicitud lúcida, que se interesa tan de cerca por el hombre, respetando su libertad, ¿no tiene todos los caracteres del Dios del Evangelio ¿No es él quien es descrito bajo este nombre, o bajo el nombre de vida, como en el siguiente pasaje: «La vida por otra parte habría podido atenerse a esto, ¿y no hacer nada sino constituir sociedades cerradas cuyos miembros hubieran estado unidos unos a otros por obligaciones estrictas»?
Esta naturaleza o esta vida, que Bergson se cuida de gratificar con una mayúscula que la transformaría ipso facto en diosa, se inclina con el mismo cuidado sobre los animales: «Pero la naturaleza vigila. Ella había dotado a la hormiga del instinto social; ella acaba de añadir a esto un brillo de inteligencia, tal vez porque el instinto la necesitaba momentáneamente».
Para no decir Dios, filosofía y ciencia dicen: Naturaleza y Vida, mientras la mitología decía Isis y Cibeles. «El orden teleológico de la Naturaleza es biocéntrico», afirma uno de los jerarcas de la nueva Magna Mater. «Todo sucede, continúa otro mistagogo, como si la Naturaleza buscase el mantenimiento de la vida en la tierra».
Como las abstracciones son tan intercambiables como los ministros, se pueden invertir sin miedo los términos: «El orden teleológico de la Vida está centrado en la naturaleza. Todo ocurre como si la Vida buscase el mantenimiento de la naturaleza en la tierra».
«¡Creced, multiplicaos y llenad la tierra!» ordenaba simplemente el Eterno-Dios.
Sin embargo, un mecanicista de buena fe reconocía que la Naturaleza o la Vida no son más realidad que la Industria o la República de los grabados oficiales del siglo XIX. Entre esta Naturaleza (con o sin mayúscula) y ese Dios que se intenta camuflar bajo una palabra abstracta, solo hay una diferencia de terminología. Notad de paso que teleológico y teleonómico han sustituido a finalista que resultaba realmente un juego demasiado viejo.
La naturaleza no es Dios, pero habla de Él.


NO HAY MÁS DIOS QUE DIOS…
LUEGO NO EXISTE CONTRA-DIOS


Los que conciben un anti-Dios, un Dios del mal, son llevados también a concebir una doble creación. Otros, como Platón, inventan demiurgos que han fracasado en su empresa. Las fuerzas del mal son incapaces de crear, lo único que pueden es sabotear y no se privan de hacerlo. Ponen palos con placer en la gran rueda de la creación.
El que se llama Satán no es una contra-divinidad, cuyo poder y conocimiento serían iguales a los del Cosmocrator. No puede crear nada, solo sabe destruir. Cierto, el mal es poderoso: no es todo-poderoso. Tiene un amplio pasado y un amplio futuro: no es eterno. Tiene una asombrosa vitalidad: no tiene la vida incorruptible.
Satán es la Tierra y la psicosfera, cuando el Espíritu es expulsado de ella; es la libertad que se descompone; es el mental del hombre cuando se pierde, sea en este mundo o sea en el otro, cuando rechaza el homenaje al Dios uno, único y universal.
Satán es un ser múltiple que se llama Legión, que despliega una estrategia en todas las direcciones y se alimenta de todo lo que la humanidad produce de negativo: odio, envidia, crítica, calumnia.
No hay Príncipe de los Infiernos. Satán es el conjunto de las sociedades demoníacas, es un egregor.
Egregor, es la palabra que yo escuché por primera vez, en un mensaje, el 24 de octubre de 1968. Las circunstancias merecen ser recordadas, porque ocurrió algo realmente inesperado. Una Inteligencia de las esferas blancas, muy al corriente de mis trabajos, aprovechó la ocasión que se le ofreció para aclararme sobre este punto concreto: ¿hay que decir el Adversario o los adversarios? En aquella época, yo no me había aclarado sobre esta cuestión.
Finales del 68, una amiga, muy afectada por la pérdida de un hijo único, matado durante una cacería, me pidió que la pusiera en relación con un médium desinteresado, honesto y cristiano.
― Necesito conocer exactamente, me dice, las circunstancias concretas de la «salida» de Philippe. Sí, salida, no puedo utilizar la palabra muerte. Quiero saber si se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato. Las investigaciones que se hicieron en aquella época no fueron concluyentes, la duda continúa. Y además no puedo soportar esta incertidumbre sobre su suerte actual. ¿Dónde está? ¿Qué le sucede? ¿Es feliz? Los sacerdotes que conozco me dicen: «No trates de saber. Hay algo morboso en esta atracción por el más allá, por lo insólito».
― ¡El más allá insólito! ¡Eso es lo mejor! Insólita una realidad tan cierta, obligatoria, universal como la muerte y lo que viene después; atracción por lo insólito, la preocupación legítima por saber en qué se convierten los que hemos amado, los que seguimos amando.
― He oído también: «Contentaos con lo que dice la Iglesia» … Ahora bien, como ella no dice nada, ¡sigo esperando! «Vivid la vida presente sin preocuparos de lo demás.» Pues bien, es lo demás lo que me interesa.
― Usted ha tenido derecho ciertamente, como Marcelle de Jouvenel, a: ¡Dejar que los muertos entierren a sus muertos!
― ¡Por supuesto! Entre nosotros, esta frase me parece absurda.
― Si se toma al pie de la letra, por supuesto.
― No quiero quedarme satisfecha, dice ella, con sus consolaciones vagas, con sus escapatorias.
Yo la llevé a la cercana periferia a casa de Lucie P., persona excelente y sencilla, notable médium cuya desaparición no hemos dejado de lamentar. Después de recogerse, colocó una foto de Philippe sobre su frente y lo describió. Esta ciega veía al joven. Lo veía no con sus ojos apagados, sino con los ojos espirituales que se hundían en el infinito. Los detalles que daba sobre su rostro y sobre su cuerpo eran exactos y característicos. Al cabo de cierto tiempo, Philippe declaró por la voz de Lucie, que se trataba de un accidente y no de un suicidio. Insistió en el hecho de que se encontraba feliz en su nueva residencia y no deseaba de ninguna manera volver a la tierra, aunque vivió en ella muy contento.
Añadió:
― No hay que desear la muerte, es muy grave. Eso equivale a un suicidio. No es un camino que abra las puertas del cielo.
Pues bien, su madre aspiraba a terminar lo antes posible y no había dicho nada de esto a Lucie.
Sin embargo, nos dábamos cuenta de que el tiempo dado a Philippe era limitado y que había que terminar:
― Para mí, dice él, esto fue una gran alegría. No añoro nada de la tierra[6], solo el haberte dejado. Soy feliz por haber podido hablarte durante este tiempo. He sido ayudado por un amigo de Jean, un espíritu muy luminoso. No sé cómo se llama. Jean, él te ha ayudado en tus trabajos…
En este momento Lucie se durmió; su ritmo que era bastante lento con Philippe, se hizo rápido, decidido, autoritario. Tuve que actuar muy rápido para anotar sus palabras. Hubo incluso algunos pasajes que no consigo trascribir. Se notaba que el recién llegado quería trasmitir algo urgente:»
Soy Pierre; tu obra[7] exige algunas correcciones importantes. Son necesarios retoques en un sentido más universal[8]. Hay limitaciones. Por lo demás está muy bien.
Entonces, yo hice la pregunta que me preocupaba desde hacía tiempo:
― ¿Satán es una persona?
Eso no puede ser una persona[9], sino un egregor del mal, una condensación del mal que tiene conciencia. Una especie de conciencia que tiene un espíritu inteligente. Es un centro de desagregación, de destrucción, un centro inteligente. Por eso dicen los hombres con frecuencia que existe como personalidad; se le puede considerar como una personalidad; puede tomar incluso la forma. Varios espíritus del mal pueden tomar esta forma de cara a los hombres. En lugar de emitir vibraciones luminosas, emiten vibraciones oscuras. Desgraciadamente, son muy fuertes en nuestra época. Satán es muy fuerte como condensación. Es un egregor humano. No sé si me explico bien: son emanaciones del mental humano las que llegan a condensar esta fuerza. Solo existe porque los hombres como tales lo crean. Los hombres lo crean, no tienev ida concreta. Solo Dios vive y puede crear. Solo Dios es el que vive. Satán tiene una vida efímera que los hombres podría aniquilar en un instante, si quisieran pensar solo en el pensamiento de Dios. El mal no durará siempre, mientras que Dios existirá eternamente. El mal, esa contrapartida de la luz, pierde su fuerza a medida que las humanidades avanzan hacia su integración en Dios.
Un mundo que llega a esta fusión de unidad con lo divino, no conoce ya el mal, ni la presencia de ese ser que fue su símbolo. Todo eso se disuelve, no tiene poder, no tiene vida. Pero el mal subsiste en los mundos jóvenes. Reina no solo en la tierra, sino en otros mundos, en cantidad de mundos. La tierra no está entre los mundos más evolucionados: la tierra es joven, camina hacia la liberación del mal.
Se habrá observado la altura del estilo y del pensamiento. Mamá italiana típica, Lucie solo tenía un conocimiento medio y corriente de nuestra lengua. Ciega, su mental no estaba recargado de lecturas. En otra circunstancia, pronunció una frase que se encontraba en las cartas de Pierre. Como no tenía estudios, esta popolana no tenía ningún recuerdo teológico, filosófico o literario. ¿Qué representaban para ella las Dominaciones y las Potencias?
Como lo que ella me decía no coincidía con mis ideas de entonces, le dije:
― Pero el hombre no puede ser el autor del mal, puesto que las Dominaciones y las Potencias son anteriores a él.
Las Dominaciones y las Potencias son creaciones del mental humano. No pueden ser anteriores al hombre. Es el mental humano el que da forma y nacimiento a esos egregores. ¡Los hombres creen ser víctimas de Satán!
― ¿Y cómo hay que entender el infierno?
Es una clase de espíritus echados del mundo para ir a un mundo inferior.
Si Dios lo quiere, se volverá a hablar de esto. Esta tarde, ya no puedo seguir. Recuerda que solo hay una realidad de vida, es Dios. Todo lo demás es solo una apariencia efímera, temporal y destinada a disolverse.
Así se disipaba la pesadilla maniquea que opone dos Seres independientes, eternos, de un poder igual, el uno bueno, el otro malo por esencia, el uno Principio de luz que reina sobre el espíritu, el otro Principio de las tinieblas que reina sobre la materia, la naturaleza y los cuerpos.
Ahora bien, era justo aquí donde estaba el fallo: ¿con qué derecho equiparar la materia con el mal, esa materia que Teilhard de Chardin tan justamente rehabilitó? Esos cuerpos santificados para siempre por la Encarnación.
La materia, lo mismo que la humanidad actual, decía el maniqueísmo, han sido creadas por el dios malo… ¡Qué liberación aprender que el propio mal es justamente incapaz de crear!







¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?


Sin embargo, la persona de Cristo seguía planteándome problemas. Entre todos los arquetipos que veinte siglos han propuesto o impuesto a nuestra adoración, ¿cuál era el bueno? ¿cuál era el verdadero? Era demasiado claro que cada época se hace un Cristo a su imagen, a su medida. Esto se manifiesta hasta la evidencia en la iconografía.
Los cristianos de finales de la Antigüedad lo representaban, sobre las paredes de sus catacumbas, como a un joven Orfeo lampiño, con túnica corta, con cabellos cortos. En este último punto, son ellos los que deben tener razón, si no Pablo no habría escrito nunca que era vergonzoso para un hombre llevar los cabellos largos.
Los bizantinos hicieron aparecer sobre sus mosaicos suntuosos al Cristo barbudo, cuya cabellera cae sobre su espalda, modelo que ha prevalecido hasta hoy.  ¡Qué distancia entre este Pantocrátor, emperador celeste con su trono sobre fondo de oro, y el mártir cadavérico, sanguinolento de nuestra Edad Media, inclinada siempre a lo macabro!
¿Y qué imagen podían hacerse del Salvador los Judios, los Musulmanes, los Protestantes y los Indios de América quemados en su honor por la Santa Inquisición?
En los siglos XVII y XVIII, prevalece un Cristo jesuita, joven seductor que habita iglesias blancas, rosadas y contorneadas como merengues: esta vez se trata de hacer amable la religión; es el primer intento de apertura al mundo, pero en esta época se trata solo del mundo hermoso: princesas, duquesas, financieros, clases propietarias.
En el siglo XIX y al principio del XX, aparece el Cristo soso, dulzón, un tanto equívoco de los santos sulpicios y de las imágenes de primera comunión.
Hoy, todo ha cambiado: algunas películas y cierta prensa nos presentan a un hippie hirsuto, contestatario malhumorado que engulle al burgués, una especie de Espartaco, pionero de la lucha de clases. ¡Extraño Espartaco que, en su tiempo, no condenó ni una sola vez la esclavitud!
Por tanto, después de tantos siglos, la cuestión sigue abierta: ¿Quién eres?
A lo que El responde hoy como antaño:
― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
En ese momento, no hay necesidad de dar muestras de originalidad, basta con aportar la respuesta de Pedro: «Tú eres el Hijo de Dios vivo», y la respuesta de Pablo: «Hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo: hombre que se entregó a sí mismo en rescate por todos». (I Tim. 2, 5).
Estas palabras no se encuentran en las cartas a los Corintios, sino en la primera a Timoteo. Es de destacar que, en esta carta, el gran inspirado vuelve varias veces sobre el tema de la trascendencia y de la magnificencia de Dios.
Al principio de su carta, rinde honor y gloria al Rey de los siglos, inmortal, invisible, Dios único.
Al final de este misma carta, lo nombra: «Bendito y único Soberano, Rey de reyes, Señor de señores, el único que posee la inmortalidad[10], el que habita en una luz inaccesible, que nadie ha visto ni puede ver.» (I Tim. 6, 16).
Esta primera epistula ad Timotheum es el penúltimo texto de Pablo; ahora bien, lo que cuenta por encima de todo, es lo que escribe un hombre en plena posesión de sus facultades, al final de su carrera, en el último acto de su evolución, al final y en la cima de su pensamiento.


[1] . Ejemplo: la reencarnación.
[2] . Pascal.
[3] . He explicado este proceso en «El Apocalipsis, revelación sobre la vida futura».
[4] . Ver el último capítulo del IV Evangelio.
[5] . El número de naciones presentes en la ONU, número que varía continuamente, está en torno a las 150.
[6] . «No añoro nada», cuando se encontraba perfectamente a gusto en este mundo, cuando había logrado todo lo que un hombre joven puede desear: una salud excelente, una buena relación con su madre, una situación interesante y bien remunerada, las mujeres, los coches, los grandes viajes…
[7] . «Los Testigos de lo Invisible», inédito en aquella época. Lucie ignoraba su existencia.
[8] . Cosa que se hizo.
[9] . Esto no coincidía en absoluto con lo que yo pensaba.
[10] .- Algunas sectas se han apoyado en este pasaje para negar la inmortalidad humana. Es cierto que la inmortalidad, que hay que distinguir de la supervivencia, no es inherente a nuestra naturaleza como ocurre con la naturaleza divina; para la raza humana, es condicional. No es ni fatal, ni obligatoria. Es un don, pero es necesario que este don sea deseado y merecido (Ver el capítulo 1 de este libro: La inmoralidad y el Dios vivo).




















JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (y 24)

abril 13, 2012 in Ese más allá que nos espera
Terminamos ya la traducción de este hermoso libro de Jean Prieur. Lo que me animó a traducirlo fue el venir recomendado por un ser del Más allá que era un niño cuando murió en 1989 y que se llamaba Arnaud Gourvennec. Dijo que esta obra era una de las que mejor reflejaban el Más allá.
Jean Prieur comienza su libro señalando cuatro puntos esenciales: “La inmortalidad y el Dios vivo”, “El Espíritu y los espíritus”, “Las tres substancias” y “El cuerpo metafísico y las auras”. Habla luego de lo sobrenatural en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Después, describe lo que él denomina el mundo intermedio o Hades. Y finalmente alude a las muchas moradas existentes en el Abismo y en la Casa del Padre. En resumen, una de las síntesis más fieles sobre el Más allá.
Y a pesar de todo, lo mejor tal vez es lo que el libro nos dice sobre Dios y la Revelación. Dios es Uno y Único, Universal. Y a este Dios universal corresponde la Revelación universal. Al comienzo de la epístola a los Hebreos dice su autor: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres…»  Pues a estos modos de hablar se refiere Prieur cuando habla de revelación primitiva y de revelación intuitiva
Una vez más debemos agradecer a este sabio francés su ciencia, su claridad al exponerla y su voluntad en hacérnosla compartir. Ojalá que podamos seguir contando con él, 97 años ya, mucho tiempo más.
Gracias, maestro y amigo.
¡Buen día!


VII– LA CASA DEL PADRE (final)
28. UNO, ÚNICO, UNIVERSAL O EL CAMINO DE CORINTO (4ª parte y última)
IV
LOGOS, AMOR, LUZ
No sin melancolía vuelvo a pensar en este instante qué fue de la naturaleza del fuego, en este instante que justifica toda una vida. Y me digo: «¿Por qué son tan raras las señales de esta calidad?»
Y la evidencia interior me responde:
Si fueran diarias, ya no serían señales. En este caso concreto, era más que una señal para ti, era una señal para todos. Así debes trasmitirlo.
― Lo comprendo, pero había personas más cualificadas…
Dios se sirve de los medios de a bordo. Se te ha dado un tema: Dios es uno, único, universal. ¡A ti el desarrollarlo! ¡A ti el sacar las consecuencias!
De ese Dios uno, único, universal, sabemos tres cosas: es Logos, es Amor, es Luz.
Logos, es decir, Lógica. No nos pide el sacrificio de la razón que nos ha dado. El hombre no está obligado a aceptar un dogma que lo trastorna intelectualmente. Tiene derecho a comprender las enseñanzas que se proponen a su creencia; no tiene por qué desconfiar, en esta materia, de su inteligencia. La fe no es creer en lo que es absurdo: la fe en las cosas imposibles es imposible. Algunos dirán: nada es imposible para Dios. ¡Sí! el absurdo es imposible para él.
Logos, es decir Ley, que esta ley esté inscrita en el cosmos, bajo el nombre de ley científica; o en el corazón del hombre bajo el nombre de religión natural, de revelación intuitiva; o en los textos sagrados bajo el nombre de Palabra y de mandamientos.
Amor, porque es una persona y no un principio. Si no fuera una persona, no sería nadie, no sería nada. Porque él es Amor, consiente en la unión; por eso se le da el nombre de Padre. Padre de todos los seres: animales, humanos encarnados, humanos desencarnados o espíritus, ángeles y arcángeles.
Amor porque quiere que seamos felices, en este mundo y en el otro. No rindamos al sufrimiento un culto que no se le debe. Pero vivamos sin ilusión: una filosofía de la felicidad no será seria y tendrá poca audiencia. A los hombres les gusta tener miedo. Las filosofías de la desesperación tienen asegurado el mismo éxito que las películas de terror y las religiones de sangre derramada.
Luz: una doctrina siniestra, confusa, o contradictoria no puede venir de él.
Luz: porque en el plano físico, lo mismo que en el metafísico, la luz es idéntica a la vida.
DIOS ES UNO
A la unidad de Dios corresponde la unidad de la humanidad. Sin embargo, si bien la humanidad es una, no es única. Hay otras humanidades, hay otras Tierras.
A la unidad de Dios corresponde la unidad del cosmos. Porque hay unidad en el universo (como su nombre indica), el universo es inteligible. «Lo que está abajo es como lo que está arriba», dice el segundo versículo de la Tabla de Esmeralda. Se puede entender de dos maneras y las dos son verdaderas:
― el mundo físico es a imagen del mundo espiritual. Toda forma natural es la manifestación de una forma espiritual.
― el mundo terrestre está hecho de la misma sustancia que los planetas y las estrellas. Esta unidad física del universo se ha demostrado por el análisis espectral.
Esta unidad del cosmos se muestra en esta fórmula en la que se resume la enseñanza de Pitágoras: todo es número. La ciencia de hoy ha confirmado las intuiciones del Iniciado. En efecto, todo ser vivo tiene su número, su número exacto de cromosomas. He aquí algunos ejemplos: el maíz: 20; la rana: 26; la gallina: 32; la rata: 42; el hombre: 46; el tabaco: 48; el cordero: 54; el perro: 78; el helecho más de 100.
Esto no significa que el perro y el helecho estén en la cima de la evolución, significa que la unidad fundamental de la naturaleza, que enseñaba la tradición, es una realidad científica. Este principio de unidad-correspodencia, este sistema universal que Dios ha puesto en práctica en todo tiempo, en todo lugar, nos lo recuerdan continuamente los mensajeros que vienen de las esferas crísticas. Así Pierre: «Encontraréis este sistema siempre idéntico a sí mismo en la constitución de los metales, en la vida protozoaria o de la planta, lo mismo que en el cosmos humano… Llegaréis a acercaros a conocimiento cosmológicos, ellos os mostrarán la unidad de Dios y de su creación.»
La creación divina tiene sus números: asimismo, toda creación del hombre debe tener sus números: música, arquitectura, poesía.
Allí donde ya no reina el número, existe el desorden, la fealdad, las cacofonías, las cacomorfosis: muchos ejemplos en nuestra época. Allí donde ya no reina el número, es decir la justa proporción, está el cáncer. ¿Qué es el cáncer, sino una proliferación anárquica, un ritmo roto?
Si el desorden y la fealdad, que reinan en tal o cual mental contemporáneo, reinasen frecuentemente en el cosmos, éste último no duraría ni un día más.
DIOS ES ÚNICO

Solo hay un Dios, pero este Dios no está solo. Dios actúa directamente sobre nuestro mundo cuando actúa por Cristo. Pero actúa también a través de las cusas segundas: ángeles, santos, espíritus benéficos.
Antes del Cristianismo, actuó por los elohim y los ángeles del Antiguo Testamento, los devas de Oriente y los daïmones de los griegos. Los espíritus benéficos se llamaban Athena, Vesta, Demetrio, Esculapio, Indra, Mithra; los maléficos: Marte, Baal, Moloch, Siva, Bhaïrava, Ahriman.
Los seres intermedios no deben recibir la adoración; si no, se cae en el politeísmo.


DIOS ES UNIVERSAL


No está vinculado a un pueblo, a un santuario, a una ciudad. El Apocalipsis, donde se encuentran las bases de una religión planetaria, nos dice que las puertas de la ciudad celeste están continuamente abiertas[1], que están abiertas hacia las cuatro direcciones del espacio, que la salvación es para todos los hombres de toda raza, de toda lengua, de toda nación. La fórmula se repite como un leitmotiv.
A este Dios universal responde y corresponde la revelación universal que se presenta bajo dos formas: revelación primitiva y revelación intuitiva.


LA REVELACIÓN PRIMITIVA[2]


Se encuentran restos en las mitologías, los símbolos, las lenguas, las Escrituras de las distintas civilizaciones: Dios ha hablado en todos los siglos a todos los pueblos.
Para encontrar esta tradición, hay que hacer un trabajo de arqueología, descubrir el sentido oculto de los mitos, raspar en los símbolos, limpiar las palabras. Hay que hacer brotar bajo la costra de los distintos términos la realidad idéntica.
Esta revelación primitiva o, digamos mejor, esta revelación primera se sitúa en la edad protohistórica, es decir en el período anterior a los primeros documentos escritos; estos documentos existieron, pero se han perdido. Esta primera revelación dejó huellas en las religiones egipcia, persa, védica, griega (orfismo y pitagorismo), celta (druidismo al que tan mal conocemos, porque era una tradición oral).
Las diversas religiones son fragmentos del espejo roto y cada una refleja una parte de lo real.



LA REVELACIÓN INTUITIVA

La revelación primera existe también en cada uno de nosotros: es la revelación intuitiva. Hay en todo hombre, sea neolítico o contemporáneo, ciertos conceptos arraigados y difícilmente extirpables, como Dios, creación, supervivencia, distinción entre el bien y el mal, necesidad de elegir el bien.
Hay en nuestro espíritu constantes, concordancias, un cierto stock de ideas, un patrimonio común, en los que todos los pueblos están de acuerdo, a pesar de las diferencias de lenguas, de razas, de religiones.
La revelación ituitiva forma parte de esas nociones fundamentales que se revelan por sí mismas a la inteligencia, nociones que se conciben sin definición y que forman uno de los elementos del sentido común.
A este pequeño capital de ideas-fuerzas, se pueden añadir bien los sofismas, es decir oscurecerlo todo y cuestionar todo, bien verdades complementarias, que se desarrollan entonces por medio de la experiencia y del razonamiento.
Nuestro pensamiento necesita una base inquebrantable para fijarse y construirse. Esta base debe ser universal como la geometría y el sistema métrico.
Que existe un mínimo de revelación en cada uno de nosotros, los más grandes están de acuerdo en afirmarlo. Sócrates, que enseñaba que la verdad es interior al hombre y que basta dar a luz a los espíritus, se une con Descartes y su cogito, con Bergson y su intuición, con Husserl y sus esencias directamente comunicadas a la Wesenschau. Éste último planteó muy bien el problema cuando escribe: «Toda intuición que nos da su objeto de manera inmediata y original, es fuente de conocimiento legítimo.»
A este Dios uno, único, universal, a este Dios de la revelación primera e intuitiva, todo hombre, incluso el ateo, lo ha invocado al menos una vez en la vida: «Si existes, no permitas que muera mi hijo… si existes, sálvame de este peligro.»  Es el Dios del último minuto, el que se invoca en la catástrofe, momentos antes de que el barco sea engullido o de que el avión explote.



EL SACERDOCIO UNIVERSAL


Todas las tradiciones han comparado la revelación divina a un río de agua viva: excelente metáfora. El agua es por todas partes idéntica a sí misma, el agua tiene en todas partes las mismas propiedades. En China, como en Europa, en las Indias como en las Américas, el agua es siempre H2O, es siempre pureza, gratuidad, trasparencia.
Desgraciadamente, el río se llena de arena poco a poco por demasiados aluviones. Además, hay personas que vienen a echar en él inmundicias, pesticidas, colorantes. Lo mismo que hace siglos que se vierten doctrinas envenenadas. Para estar seguro de encontrar agua potable, hay que remontarse muy arriba, hay que ir hasta la fuente.
Y la fuente está en el Corazón, el Suyo.
Y la fuente está en el corazón, el nuestro.
Existen ya para el que cree dos clases de peligros en guirnalda:
El peligro interior, llamado apostasía: llegan clérigos, más o menos abiertamente, a poner en duda los milagros, la eficacia de la oración y de los sacramentos, la existencia de seres espirituales, la segunda vida, la existencia histórica de Cristo e incluso la existencia de Dios.
El peligro exterior: un régimen autoritario instala oficialmente el materialismo: las biblias son destruidas lo mismo que los libros que se inspiran en ellas, los hombres de Dios son reducidos al silencio, los santuarios son cerrados por orden de la policía, el culto es prohibido, los sacramentos dejan de celebrarse.
Una joven mujer católica, asqueada, exasperada por las enormidades cercanas a la blasfemia que ella oía cada domingo en su iglesia, me dice un día:
― ¡Ah! ¡si no hubiera sacramentos! ¡Cómo vería yo irse todo a paseo!
Yo le respondí:
― Los sacramentos, en casos de urgencia, ¿no es posible administrárselos?
Y le cité el caso de aquella deportada que, en un campo de muerte, bautizó personalmente a un niño que acababa de traer al mundo. Y también el caso de esos jóvenes pastores luteranos que, en Rumania, en una Iglesia decapitada por la persecución, se reunieron en torno a la tumba de su obispo para pedirle que los ordenase.
Suponiendo que el peligro interior se intensifica y que el peligro exterior se realiza, ¿quién podrá impedir a un hombre hablar directamente a su Padre, presentarle en el secreto su vida, sus preocupaciones y sus alegrías, pedirle Su inspiración y Su fuerza? ¿Quién lo reducirá al silencio?
Puesto que todo cuerpo puede y debe ser un templo, ¿quién logrará cerrar el santuario que constituye una invocación? ¿Quién prohibirá ese culto a la vez individual y universal? ¿Quién impedirá al corazón dirigirse directamente al Corazón?


[1] . Las puertas están abiertas, pero hay gente que no quiere entrar.
[2] . Ver capítulo 5 de este libro