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POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

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José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


lunes, 6 de junio de 2016





JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (16)
Una de las cosas que más me llamó la atención cuando comencé a traducir “Las cartas de Pierre” fue lo que dice sobre los animales. Sobre todo, lo que le dice a su madre el 11 de septiembre de 1919: «el simpático perrito… se encuentra ya a mi lado, todo contento». Se refiere a un perrito a cuya muerte había asistido junto a su madre y al que vuelve a encontrar al Otro lado cuando él muere.
Tengo que reconocer una cosa: ni en mi infancia ni en mi juventud conocí a nadie que me enseñara a amar a los animales. Todo lo contrario. Y es ahora Jean Prieur,en este capítulo de su libro “Ese Más allá que nos espera”, quién me llama a la atención sobre ello, sobre todo, por las oscuras y profundas razones filosóficas y religiosas a que se refiere. En este capítulo comprendo la equivocada influencia de Descartes y los cartesianos, sobre todo, del filósofo cristiano Maurice Blondel . Es como descubrir las raíces de una cara filosófica siniestra…
Pero la cara religiosa es aún más fea. Nunca me habían enseñado, con tanta claridad como en este capítulo, a criticar lo que había detrás de los sacrificios religiosos de animales, de los “chivos expiatorios”, de la iniciación desde niños a la crueldad con los animales… Por eso este hermoso capítulo de Prieur sobre el alma de los animales es como aire fresco…
¡Buen día!
V– ANINAL EST ANIMA
22. ANIMAL EST ANIMA
Si el hombre es un espíritu, no se sigue de ello que los animales sean criaturas sin importancia con los que uno puede permitirse todo. Tenemos deberes hacia ellos: si el hombre es nuestro prójimo más cercano, ellos son también nuestro prójimo. El mal causado a un animal, criatura esencialmente indefensa, es muy grave: habrá que dar cuenta de ello.
Hoy, y es uno de los aspectos positivos de nuestra época, que cuenta también con algunos otros, muchos se dan cuenta de la importancia del mundo de los animales. Conocemos ya suficientemente su anatomía y su fisiología (han sido perfectamente clasificados y catalogados en los dos últimos siglos) y, gracias al teleobjetivo, el cine permite conocerlos en su intimidad. Pero el aspecto psíquico y metafísico de su personalidad se nos escapa en gran parte.
Si el animal se encuentra, sobre todo en los países latinos, en una situación precaria, es por oscuras y profundas razones filosóficas y religiosas.
Veamos en primer lugar las razones filosóficas:
El gran maestro del pensamiento de la nación francesa fue hasta ahora Descartes, menos cartesiano sin embargo que los que se proclaman seguidores suyos. Descartes era la ley y los profetas… Ahora bien, su teoría mecanicista reduce la actividad psicológica del animal a un automatismo de máquina: los animales serían solo mecanismos que actúan bajo el único impulso del instinto. Su existencia sería solo una sucesión de fenómenos fisicoquímicos.
En la línea de Descartes, el filósofo M. Blondel escribe: «El animal solo se pone en movimiento por incentivos que actúan sobre sus apetitos; sus sensaciones solo se relacionan con las necesidades orgánicas y se reducen a intereses limitados por las exigencias vitales de la especie». Todo el lado afectivo de la persona animal: amor, odio, envidia, agradecimiento, placer por los juegos, desaparece completamente. El animal solo se pone en movimiento por incentivos que actúan sobre sus apetitos; sus sensaciones solo se refieren a sus necesidades orgánicas… pero todo esto solo en parte los caracteriza y se aplicaría perfectamente a muchos humanos.
Los racionalistas reprochan por tanto al animal el que no pueda desprenderse de su fisiología, el verse privado rigurosamente de espiritualidad; pero esta espiritualidad, cuando la encuentran en el hombre los enfurece, la rechazan y la niegan.
Cuando un animal hace el sacrificio de su vida, dicen, el sacrificio solo existe en nuestro espíritu, el animal ignora la angustia que precede a la muerte; no comprende lo que significa la muerte.
Que los que defienden esto, que vayan a dar una vuelta por los mataderos. El animal presiente la muerte, la suya y la de los demás. Presiente la muerte, con frecuencia mejor que nosotros; la teme, exactamente igual que nosotros. Sabe, siente que es algo muy grave.
«El amor materno de los animales, dicen sabios y filósofos materialistas, es solo un instinto relacionado con un estado fisiológico: el estado de maternidad.» Lo de siempre: el opio hace dormir porque tiene una fuerza dormitiva. «El amor materno de los animales está determinado por una hormona, la prolactina, que segrega la hipófisis.»
¡Esto es lo perfecto! Pero los pájaros que no aletean, que yo sepa, ¿se puede explicar su amor materno por la prolactina? No, el amor materno, sea en el mamífero, en el pájaro o en el hombre, es distinto de una historia de hormona o de prolactina. Todavía no se ha encontrado, no se está cerca de encontrar la fórmula química del amor materno.
El animal enfermo o herido soporta el dolor que le imponemos para curarlo. Si sólo se moviera por reacciones fisiológicas, si solo fuera una máquina orgánica, debería huir de nosotros o mordernos, cuando lo hacemos sufrir por venir en su ayuda. Pero, muy al contrario, sufre los tratamientos más desagradables con un extraño estoicismo. Y él manifiesta su gratitud, lame la mano que le ha infligido el dolor saludable.
Para explicar los misterios del mundo animal, se ha encontrado una palabra cómoda: instinto. Misterio de las migraciones de pájaros y de peces: instinto. Misterio de lo cobertizos y de las presas construidas por los castores: instinto. ¡Y el misterio de las anguilas! Estos peces habitan en el curso de las aguas de Europa y de América del Norte. Sin embargo, su lugar de postura está situado en el Atlántico, en la región de las Bermudas. Las anguilas adultas dejan los cursos de aguas de Europa y de América para dirigirse a los alrededores de este archipiélago. Una vez depositadas sus huevas, mueren. Cuando tienen un año, las jóvenes anguilas de origen americano vuelven a los ríos de agua de donde sus padres habían venido. Las jóvenes anguilas de origen europeo hacen lo mismo, cuando tienen dos años. ¿Cómo conocen el lugar de donde venían sus padres, puesto que estos últimos murieron antes de su nacimiento?
Una vez más, salen con palabras en ción: instinto de migración en las anguilas, instinto de melificación en la abeja, instinto de nidificación en el pájaro. De todas formas, no conviene hablar ya de nidos, sino de biotipos.
He aquí algunas definiciones del instinto escritas en los tratados de psicología: «Una actividad finalizada, pero sin consciencia del fin al que tiende». ¡Sin conciencia! ¿Qué se sabe de ésta? «Una actividad ciega y sin embargo adaptada… Una actividad innata, pero capaz sin embargo de cambiar dentro de ciertos límites… Una actividad estereotipada que comporta sin embargo en el detalle cierto poder de adaptación a las nuevas situaciones…»
Se intuye hasta qué punto estas definiciones son embarazosas; sus autores chapotean en los, pero, los, sin embargo, los, no obstante, los empero.
Toso esto está bien, pero no explica de ninguna manera fenómenos metafísicos que se encuentran en los animales. Estos fenómenos se constatan ya en el hombre, con mayor razón lo serán en ellos.
Las religiones que han habituado a la humanidad a hacer penitencia sobre el lomo de las pobres bestias, tienen gran parte de responsabilidad en estos milenios de sufrimiento animal.  ¿Qué idea se hacían de la Divinidad para ofrecerle esas angustias, esos estertores, esas agonías? Los templos antiguos, incluido el de Jerusalén, eran repugnantes carnicerías.
Todos conocen la suerte reservada al chivo expiatorio: en la fiesta de las Expiaciones, se llevaba un chivo expiatorio al gran sacerdote. El sacrificador extendía sus manos sobre la cabeza del animal, le cargaba con un montón de maldiciones y trasfería al inocente los pecados de los hebreos. Después de esta ceremonia, la multitud cazaba aullando a pedradas al chivo expiatorio, lo empujaba hacia el desierto donde, herido, molido a palos, sediento, hambriento, sanguinolento, agonizaba miserablemente, mientras el pueblo de Israel, descargado sin gran costo de sus miserias, volvía hipócritamente a sus hogares.
En general, las religiones no dan reglas a seguir frente a los animales. Las únicas excepciones son el Jainismo y el Budismo. Sí, el Antiguo Testamento, tan duro, tan implacable con los humanos[1], tiene con los animales extrañas piedades.
«Si el buey de de tu enemigo o su asno está perdido y tú encuentras a ese animal, te encargarás de devolvérselo. Si ves que el burro de aquel a quien odias está sucumbiendo bajo una carga pesada, cuídate de no abandonarlo. Ayuda a tu enemigo a descargarlo» (Éx. 23, 4-5). «El séptimo día descansarás para que tu buey y tu asno tengan también descanso» (Éx. 23, 12). Se dice incluso en Isaías 66, 3: «El que degüella a un buey es como el que mata a un hombre.»
Sobre los deberes hacia los animales, el Cristianismo calla; cierto, está Lucas que dice en 12, 6: «Ninguno de ellos es olvidado ante Dios», pero ¿quién se fija en esto? El Cristianismo pone el acento en el amor, pero este amor no se extiende ni a los animales, ni a las plantas. Francisco de Asís casi es único. Para muchos cristianos, el problema animal no se plantea, ni existe.
Solo en los grupos espirituales marginales se atreven a abordar esta cuestión, entre las demás gentes se considera como secundaria, y se mira con cierto desprecio a los que se interesan por ella.
Las personas que aman a los animales caen con frecuencia en complejos[2], como si retirasen de los demás[3] el amor que dedican a nuestros hermanos llamados inferiores. Sin ningún motivo, porque el amor a los animales va siembre unido a la bondad, al brillo espiritual, a grandes cualidades humanas.
Cuanto más evolucionado está un humano, más ama y respeta al mundo animal. Y más lo reconoce y lo ama el mundo animal. No hay auténtica espiritualidad sin contacto con el tercer reino.
Cierto, el hombre es superior al animal, lo creemos porque estamos convencidos de la jerarquía. Pero justo la superioridad crea un deber de protección, toda superioridad crea un deber complementario. Jerarquía obliga.
Los cristianos, sobre todo los protestantes, tienden demasiado a limitar el amor de Dios a la especie humana únicamente. Hay mucho orgullo e ingenuidad en este antropocentrismo. Por otra parte, todas nuestras concepciones religiosas y filosóficas son increíblemente antropocéntricas. Aunque la tierra no es ya el centro del universo, el hombre lo sigue siendo para muchos espíritus.
Pero un amor que se limita no es verdadero amor. El amor de Dios es como el amor materno, cada uno tiene su parte y todo los tienen todo. El amor de Dios no se limita a la sola y preciosa raza humana. Hay otras especies, hay otros espacios, hay otros mundos.
No hace mucho tiempo, el cardenal-arzobispo de Toledo, primado de España, decía a apropósito de los concursos de belleza femenina: «No rebajemos a estas mujeres jóvenes al nivel de los animales que, en los concursos agrícolas, son juzgados solo por sus cuerpos, pues ellos están privados de alma.»
¡Privados de alma! Este es el meollo de la cuestión. Si, en el Occidente llamado cristiano, la situación de los animales ha sido durante siglos, tan miserable y tan trágica, es porque las Iglesias habían decretado, de una vez por todas, que están privados de alma, sancionando sin quererlo la ridícula teoría de los animales-máquinas.
A partir de ahí todo era posible, todo era lícito: las corridas de toros, las peleas de gallos, el cebar a los gansos, las lechuzas crucificadas sobre la puerta de los garajes, los pequeños pájaros a los que se les reventaban los ojos para hacerles cantar mejor. Reduzcamos la lista de las atrocidades humanas[4]Examinemos más bien el problema del alma animal.
Es fácil constatar que los animales experimentan todos nuestros sentimientos: simpatía, antipatía, alegría, tristeza, miedo, ira, venganza, orgullo, emulación, curiosidad, solidaridad, ayuda mutua y naturalmente amor: el amor conyugal a veces, el maternal siempre, y sobre todo el amor hacia su amo: el hombre, divinidad terrible y antojadiza.
El animal, por el hecho de que está dominado por sus instintos, es un ser esencialmente emotivo. Los sentimientos están mucho más desarrollados en los animales superiores que en los demás: cuanto más elevado está un ser en la escala de los vivos, mayor es su subjetividad, por tanto, el poder de amor. Cuanto más cerca vive del hombre un animal, más compleja es su vida afectiva. A veces incluso acomplejada. Si los animales tienen las mismas emociones, las mismas pasiones que nosotros, hay que deducir lógicamente que tienen un alma.
El nombre mismo de animal les concede eso que nosotros les negamos, el alma: anima. Las experiencias de laboratorio se hacen «in anima vili».
Pero, se dirá, si las Iglesias cristianas no quieren admitir el alma de los animales, es por la sencilla razón de que no se habla de ella en las Escrituras.
Eso creía yo, hasta el día en que para escribir «el Apocalipsis, revelación sobre la vida futura», necesité traducir por mi cuenta ese libro que deja de ser oscuro cuando deja de aplicarse a la tierra. Allí, en el texto griego, me esperaban sorpresas interesantes. Ésta, entre otras, en el capítulo 8, versículos 8 y 9:
«Entonces el segundo ángel tocó la trompeta: una masa enorme e incandescente, una especie de montaña fue arrojada al mar.»
«La tercera parte del mar se transformó en sangre, la tercera parte de las criaturas, que viven en el mar y tienen almas, murió, y la tercera parte de los barcos fue destruida.»
¡La tercera parte de las criaturas que estaban en el mar y tienen almas!
Esta alma de los animales cuestiona todo hasta tal punto que el católico Crampon traduce:
«La tercera parte de las criaturas vivas que estaban en el mar murió.»
Y el protestante Segond:
«La tercera parte de las criaturas que tenían soplo de vida murió.»
San Jerónimo es fiel: «Creaturae quae habent animas» lo que coincide exactamente con el original griego.
Se argumenta, en general, que la misma palabra griega psique significa a la vez alma y vida, y se juega con esto para negar esa alma animal que molesta a tanta gente.
Pues bien, hay en el Apocalipsis (16, 3) otro pasaje que completa y aclara lo anterior: «El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, el mar se convirtió en sangre como la sangre de un muerto y toda alma viva murió en el mar.»
Esta vez, no hay equívoco posible, se trata de almas, puesto que las dos palabras: alma y vida están al lado, por tanto, en el pensamiento de san Juan, psique significa alma.
¿Cómo van a salir de ésta los teólogos? Second traduce: «Todos los seres vivos murieron» pero reconoce honestamente al pie de página que, literalmente, aparece «Toda alma viva murió».
Crampon: «Todo lo que tenía vida pereció en el mar». Deja fríamente de lado la palabra que le molesta, la palabra más importante: alma.
No se trata de dedicarse a la exégesis erudita, de discutir sobre las palabras, pero el vocabulario tiene una importancia esencial. Una palabra olvidada, una palabra mal traducida y se sigue una doctrina falseada, un comportamiento falso.
No hay ninguna duda de que, para Juan, que fue el apóstol más cercano al corazón de Cristo, el más inspirado de todos, los animales tienen un alma.
En otro texto del siglo primero: el Evangelio de la vida perfecta, se distingue una cuarentena de pasajes a favor de los animales. Este Evangelio de la vida perfecta, escrito en arameo, fue traducido al inglés, por el Reverendo Ouseley, en 1881.
«En verdad os digo: Esta es la razón de que yo esté en el mundo, para que todos los sacrificios de sangre y el consumo de la carne de los animales y de los pájaros sean abolidos.»
«No debéis suprimir la vida de ningún ser para vuestro disfrute. Os lo repito una vez más: el que trata de apropiarse del cuerpo de cualquier ser para su alimento, para su placer, o para sacar de él una ganancia, se convierte por ello mismo en impuro.»
Los sacrificios de sangre, esa plaga de las religiones antiguas, son condenados con energía. Se lanzan maldiciones contra los que hieren a criaturas de Dios. «¡Ay del fuerte que abusa de su fuerza! ¡Ay de los cazadores! Porque ellos serán a su vez cazados.» En el Hades sufrirán las angustias que sufrieron las pobres bestias acosadas, cazadas, torturadas, masacradas.
«Bendecidos serán todos los que se abstienen de todas las cosas que se obtienen por la sangre derramada y por la mortandad.»[5]
¡El Evangelio de la Vida perfecta es un apócrifo, pero no existe confusión sobre esta palabra! Apócrifo no significa desprovisto de autenticidad, sino simplemente oculto, secreto. En la antigüedad se llamaban apócrifos distintos escritos hurtados al conocimiento del público: así en Roma, los libros de las Sibilas, en Egipto y en Tiro los Anales. Los sacerdotes eran los únicos depositarios y solo permitían la lectura a quienes juzgaban dignos.
Asimismo, para los judíos y los primeros cristianos, había libros que no se leían públicamente en las sinagogas y en las asambleas, pero que se podían consultar en casa, para su edificación personal. Estos libros que, en la época de su composición, pasaron por inspirados, no fueron mantenidos como tales en el canon de las distintas Iglesias. Lo que no les impide contener revelaciones y enseñanzas igualmente preciosas.
«El Pastor», ese libro escrito por Hermas, que fue sin duda el hermano del papa Pío I, reconocía la existencia del alma animal. Desgraciadamente el Pastor de Hermas no figura en el canon del Nuevo Testamento, del que fue definitivamente rechazado por el papa Gelasio, en el siglo V. Considerado mucho tiempo como inspirado por las primeras generaciones cristianas que lo leyeron, lo veneraron y lo difundieron, fue tenido en gran estima por hombres como Ireneo, Orígenes y Clemente de Alejandría.
Cosa paradójica: la cristianísima Edad Media, que negaba el alma a las bestias, les atribuía la responsabilidad. Hubo, en esta época sorprendente, destacados procesos de animales. Algunos ejemplos: Un asno se equivoca; en lugar de beber en un abrevadero, bebe en una pila de agua bendita; es juzgado y ahorcado. Si el crimen se comete en viernes, se agrava la pena: será quemado, tendría que haber sabido que en viernes no se come carne.
Pero eran las ratas las que daban más problemas a la justicia. Citadas ante los tribunales, cometían la imprudencia de no presentarse a la audiencia.
El más allá, que se preocupa mucho del mundo natural, nos enseña también que el animal tiene un alma y que el alma sobrevive.
Pierre: «A todas las criaturas les ha dado Dios un alma. Pero solo el hombre podía hacer que fructificase esta alma».
Philip: «Los pájaros tienen pequeñas almas que pueden evolucionar».
Paqui: «Los animales no son solo materia».
Max Getting: «Las almas de los animales evolucionan en las esferas inferiores… La mirada de ciertos animales demuestra hasta qué punto su alma ha llegado a la perfección en su raza».
Quien dice alma dice supervivencia, quien dice supervivencia dice cuerpo etéreo. Como el animal no ha recibido el espíritu, es imposible hablar de cuerpo espiritual. Ese cuerpo etéreo, ese doble es el soporte de su supervivencia consciente y dotada de memoria. Ese cuerpo etéreo puede ser visto por algunos videntes e incluso ser fotografiado.
Los animales no llegan a esferas espirituales muy altas, pero tienen acceso a las esferas cercanas en la medida en que tratan de encontrar a la persona que los amó en la tierra[6]. El afecto de esta persona ha hecho acceder a la pequeña alma a un plano superior de vida y de conciencia. Una vez más, el amor ha hecho su milagro. «¡Cierto, dice Pierre, sus sucesivas evoluciones los mantienen siempre en un segundo plano, pero el hecho de poder comunicar sus pensamientos supone para ellos una felicidad incomparable!»
A propósito de animales, Pierre había pronunciado la palabra pensamiento. Vuelve sobre este tema afirmando que los animales piensan mucho más de lo que nosotros imaginamos en la tierra. Pero les falta la expresión de sus ideas. Llegados al otro lado, puede por fin comunicar por transmisión directa.
«Ellos rodean a nuestra sociedad con su afecto sencillo lo mismo que en la tierra. Evolucionan también y se dan cuenta de que el amor es la meta esencial a conseguir. En este lado, conocen nuevas satisfacciones y viven un poco como niños pequeños cuya conversación es elemental. Nos aportan su modesto amor como una ofrenda.»
Sin embargo, rechaza la doctrina según la cual el alma pensante, inmortal, puede animar sucesivamente cuerpos animales y después cuerpos humanos. Hay una frontera entre el reino animal y el reino humano. El animal no alcanzará nunca nuestra semejanza con Dios. El perro, por ejemplo, que es el más evolucionado de todos los animales, sigue siendo un animal[7] incluso en los planos invisibles.
En cuanto a Christopher, el joven mensajero inglés, se entusiasma al descubrir que los pájaros tienen alma, constata que son siempre pequeñas almas y concluye que la metempsicosis no existe.
Con la doctrina de la transmigración ciertos espiritualistas suprimen en el otro mundo la frontera entre humanos y animales, frontera que los materialistas han abolido en este mundo negando el alma a los primeros y, con mayor razón, a los segundos.
Los animales superiores poseen dones paranormales, de los que raramente disfrutan los humanos. Así los pájaros presienten con varias horas de antelación los temblores de tierra, las erupciones volcánicas, y huyen antes de las primeras sacudidas. En este caso, se puede decir que perciben vibraciones que nosotros no percibimos. De la misma manera, el perro, que abandona una casa unas horas antes o unos días antes de la agonía de uno muy enfermo, ha percibido vibraciones existentes, vibraciones de muerte.
Pero he aquí un hecho distinto, que no puede explicarse por vibraciones naturales, telúricas o humanas: una familia se dispone a partir el fin de semana… en el último momento, el perro de los niños que, habitualmente, hacía una fiesta de este tipo de salidas, se niega obstinadamente a subir al coche. Finalmente se van sin él. Ocurre un accidente: toda la familia muere.
Aquí no se trata de vibraciones de muerte: todas estas personas son jóvenes y con salud perfecta. Tratemos de comprender: ¿Ha previsto el animal el accidente y la muerte? Es difícil de admitir. A nuestro juicio, ha sucedido lo siguiente: un miembro (fallecido) de esta familia, conociendo la inminencia de la catástrofe, ha hecho lo imposible por advertir a los suyos. Al no conseguir advertirlos con señales y sueños (¿cómo saber lo que sucedió en los días que precedieron al drama?), se sirvió del perro como de un médium.
Los desaparecidos, en sus menajes, nos dicen que los animales los ven. Algunos de nosotros han podido constatar en los perros, los gatos y los caballos actitudes inaplicables, paradas bruscas ante presencias invisibles para nosotros.
Si los animales desencarnados pueden unirse a nosotros tanto en este mundo, como en el otro, es por una razón muy sencilla: el amor. Desde el otro lado, nos siguen buscando… y con frecuencia nos encuentran. Entre el mundo animal y el mundo humano, allá arriba como aquí abajo, el amor es el que tiende puentes. En nuestros hermanos llamados interiores, lo mismo que entre nosotros, el amor es la raíz de la inmortalidad.
Pierre: «Dios no permite nunca la desaparición absoluta de la chispa del amor. Un alma evolucionada o no (es decir humana o animal) que comporta la esencia inmortal: el amor, no perecerá.»
Por supuesto, los mensajeros se rebelan con todas sus fuerzas contra la vivisección. Nada puede justificar la vivisección, dicen. No podéis justificar el mal. La vivisección bloquea el progreso tanto para el mundo humano como para el mundo animal.
«El progreso del mundo animal, responden los vivisectores, ¿de qué habláis? En cuanto al progreso del mundo humano, se trata sin duda del progreso espiritual. Una vez más, ¿de qué habláis? Lo que nos interesan son los progresos físicos y psicológicos del hombre.»
Pero hay algo peor que los vivisectores, los que desuellan a los animales vivos, para que el abrigo sea más hermoso.
Agonías terribles de bestias escaldadas vivas por cocineros, bestias cazadas en trampas que nunca son levantadas, bestias envenenadas con cebos y que pasan días y días hasta morir, bestias heridas por cazadores torpes, los peores de todos y los más numerosos. Masa gigantesca de sufrimiento inocente que forma como una nube de tinieblas por encima de la tierra de los hombres y refleja sobre ellos los dolores horribles que ellos mismos desencadenaron.
Cuando se protesta contra las atrocidades cometidas sobre la persona animal, se protesta a la vez contra las que no dejarán de alcanzar a la persona humana. No olvidemos que los torturadores de toda laña comienzan ejercitándose en los gatos, los perros y los pájaros. El verdugo de animales no tarda en transformarse en verdugo de niños. En las escuelas de las S.S., se enseñaba a los jóvenes a ejercitarse con los gatos[8].
Para caer en la cuenta de la importancia del mundo animal, imaginemos durante unos instantes un mundo del que hubieran desaparecido los animales salvajes. Decimos salvajes, porque los animales domésticos serán conservados como máquinas de carne, como máquinas de leche, como máquinas de huevos.
Imaginemos jardines sin pájaros, ni mariposas: bosques sin zorros, ni faisanes, ni cervatillos. Imaginemos (pero aquí imaginar es ya constatar) un mundo de hormigón y de acero donde el hombre y sus maquinarias ruidosas y hediondas triunfasen en exclusiva… Un mundo así tendría todas las características del infierno. Todo lo que forma la alegría y la belleza de la tierra habría desaparecido. Tal mundo es posible, en parte se ha realizado. Ya está aquí ese mundo que deshumaniza, justo porque se desanimaliza. Este neologismo que acabamos de arriesgar, es tan horroroso como la cosa que significa.
«Ninguno de ellos es olvidado a los ojos de Dios». Dicho de otro modo, El los conoce. El conoce a esa madre animal que se ofrece deliberadamente a los tiros de los cazadores, encaminándose por su propia voluntad hacia el sufrimiento y hacia la muerte para apartar a los asesinos de sus pequeños… que, privados de sus cuidados, acabarán muriendo. El conoce su sacrificio y sin duda lo admira.
Allí donde se encuentra el sacrificio, hay libertad de elegir; allí donde se encuentra la libertad se encuentra la inteligencia y el amor; allí donde se encuentra la inteligencia, el amor y la libertad se encuentra el alma.
Allí donde se encuentra el alma está la resurrección. La madre animal reunirá a sus pequeños en las zonas de la inocencia feliz donde la pantera juega con el cabrito, y el oso con el ternero, y el lobezno con el cordero.
Ellos vivirán en un más allá a su medida, en un mundo donde ya no habrá trampas, ni venenos, ni cazadores.
A propósito, ¿dónde están los que, para pasar el tiempo, transmitían la muerte? ¿Son cazados a su vez como dice el Evangelio de la Vida perfecta? ¿Viven en alguna parte las angustias que causaron jugando?
Dios conoce a los animales, pero la reciprocidad no se da mientras ellos están en la tierra. Aquí, no saben que existe un Dios. Solo el hombre lo sabe, aunque rechaza con frecuencia este privilegio. Los animales lo saben en la otra vida.
Es entonces cuando se ve toda la creación[9], esta creación que el hombre somete a las cosas inútiles, esta creación que gime por los dolores de un parto que ya no termina, se ve esta creación que aspira a la epifanía de los hijos de Dios: manifestación que ve el final de su miseria y de su esclavitud, el final de nuestra barbarie y de su miedo permanente. Entonces el sol espiritual, el sol de justicia se eleva también en el mundo espiritual para esas almas oprimidas y cautivas, por fin liberadas del miedo, por fin liberadas de sus torturadores.
Entonces se realiza lo que vio san Juan (Apoc. 5, 13): el mundo animal reunido, transportado con su hermano el mundo humano, en un movimiento universal de agradecimiento y de adoración. Para adorar, hace falta un alma…

[1] . Éxodo 22, 18: «No dejarás vivir a la bruja». En este caso, París se transformaría en Ravensbrück.
[2] . En general, se les ridiculiza con el nombre de «almas sensibles».
[3] . Hay un argumento tópico que se oye con frecuencia: ¿por qué ocuparse de los animales, cuando hay tantos niños desgraciados? Buen pretexto para no hacer nada, ni por los unos, ni por los otros.
[4] . Y si, un día, seres venidos de otra parte y superiores a nosotros se apoderasen de la tierra y nos tratasen como nosotros tratamos a los animales…
[5] . Mensaje recibido por el autor: «¡Benditos, oh sí, benditos todos los que, en todos los campos, actúan en defensa de las pequeñas almas!»
[6] . Son muchos los que esperan a sus amos en el mundo de la llegada.
[7] . El perro ha logrado superar su ferocidad original, el hombre todavía no.
[8] . Ver de Jean Prieur: Hitles et la guerre luciférienne, J’ai lu.
[9] . Cf. Romanos 8, 18-23, en las innumerables versiones de la Biblia, el irritante problema de las mayúsculas añadidas después y que lo cuestionan todo. La versión del cardenal Lienard traduce así el versículo 20: «Sometida a la vanidad, no por su voluntad, sino por la autoridad de Aquel que la ha sometido». Esta A mayúscula basta para hacer de Dios el autor de esta degradación y de esta miseria que constatamos en el mundo natural. Otro ejemplo de mayúscula intempestiva y sacrílega en Sinodal, Mt. 10, 28: «¡Temed más bien a Aquel que puede hacer perecer el alma y el cuerpo en la gehenna!»


























JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (17)
enero 19, 2012 in Ese más allá que nos espera
Ayer asistí a la presentación de un libro de nuestra amiga Tinita, de Burgos, “Diario de una mujer madura”. ¡Curioso libro! Al escuchar la charla, tuve el privilegio de conocer la vida dura de esta gran mujer y el temple con que ha sabido siempre enfrentarse a ella.  
Pero lo que me encantó fue que suscitara el diálogo a través de unas preguntas interesantes y profundas: ¿Qué es lo más positivo que encuentras en tu vida? ¿Qué te gustaría hacer? ¿Cuál es tu mayor aspiración?… Como movido por un resorte, hice esta reflexión: «Todos los que aquí estamos somos mayores. Antes o después, viajaremos a un País que se llama “Más allá”. Habitualmente, cuando hacemos un viaje leemos antes cosas sobre el país, sus costumbres, su lengua, etc. ¿Por qué no nos informamos también de ese País al que todos viajaremos y que se llama: “Más allá”?»
Esta pequeña reflexión suscitó interés. Varios, siguiendo el juego, preguntaron: –¿Cómo saber de ese País? ¿Por qué no nos hablas tú de él, si sabes cómo es?…
Aquí, nos dice Jean Prieur varias cosas sobre ese País, comparado con este mundo. ¿Por qué no difundir lo que se nos dice sobre Ese más allá que nos espera? ¿Por qué no suscitar reuniones para informar sobre ese País al que iremos y que se llama «Más allá»?
¡Buen día!
VI– EL ABISMO (inicio)
23. LOS PRÍNCIPES DE ESTE MUNDO
El infierno es la voluntad deliberada de hacer el mal, de rechazar las leyes de Dios y de separarse de Él.  Su divisa podría ser esta frase oída: «Si Dios existiera, habría que suprimirlo».
El infierno comienza a nacer en la tierra, es mantenido y alimentado por la tierra: los diabólicos viven su mal a través de nosotros, extraen de nuestro mal fuerzas para su vida. Esto no es válido para todos los infernales, sino solo para los que están cercanos a nosotros.
Si nuestro planeta alimenta al infierno, éste le retribuye generosamente. Se lo devuelve en proyecciones; unas veces abstractas: filosofía y literatura de lo absurdo, espectáculos de crueldad y de basura; otras concretas: guerras, torturas, campos de concentración, violencias para el placer.
Los poderes del mal que están en los aires son tanto más activos como el hombre moderno, gigante técnico y enano espiritual, es metafísicamente más ignorante y más insuficiente. Las sociedades infernales conocen tiempos fantásticos en esta época hiperbólica, ingenuamente embriagada de sí misma.
Si la evolución en la tierra, luego en el Hades, ha sido negativa, si el hombre-espíritu, con pleno conocimiento de causa, se ha hundido en el mal, descenderá a esos lugares donde los crueles son perseguidos por visiones horribles.
Cuando las leyes del orden, los mandamientos divinos son violados, el sufrimiento surge inexorable. Su duración y su intensidad. Su duración y su intensidad son proporcionales a la violación de estas leyes. El castigo es inherente al acto malo, proviene de él, es inseparable de él. Procede de la violación de las leyes divinas de la misma manera que la felicidad resulta de la obediencia a esas leyes. Todos no son castigados de la misma manera, sino que, en cada caso, como el sufrimiento procede del mal, es exactamente proporcional a él.
Existe una ley que es válida para todos los mundos espirituales: lo que rodea a un ser responde exactamente a su mental. Los habitantes de las tinieblas exteriores y del abismo viven así en esas cavernas, en esos agujeros, en esas cloacas, en medio de esas ciénagas y esas ruinas que vislumbraron los místicos.
Los que optaron por el mal se han vuelto monstruosos porque cada uno es la forma de su propia maldad. Su necesidad de hacer daño con palabras o con actos, su envidia, su crueldad crean espectros que pueblan su ambiente, dan vueltas en torno a ellos y los horrorizan. Como sus sentidos son más sutiles que los nuestros, sus sufrimientos, al igual que su poder y su perversidad crecen en proporción.
No hay que esperar que los jóvenes mensajeros nos informen sobre los infiernos, ellos solo los conocen de oídas. Por otra parte, para hacerse una idea de esas zonas, tampoco se necesita gran imaginación, no es cuestión de recurrir a los círculos subterráneos de Dante, basta con releer la historia, acordarse… puesto que este planeta es una de las estancias más bajas del universo.
No busquemos bajo la tierra lo que está encima, no busquemos en otra parte lo que está en medio de nosotros. El mundo tal como lo conocemos, tanto por la historia como por la actualidad, nos da una primera impresión bastante concreta del Abismo. En este texto, «mundo» se toma en el sentido de grandes colectividades humanas: sociedades, partidos, naciones, imperios. Reservamos el nombre de «Cosmos» al universo físico tal como salió del pensamiento del Creador.
 El cosmos (nomos) está determinado por la armonía, lo mismo que el mundo está determinado por el desorden (anomia). El hombre puede elegir entre la armonía y el desorden. Es libre.
Dios gobierna totalmente el cosmos, accidentalmente al hombre, jamás gobierna al mundo. El dios de este mundo es Satán: Cristo y los suyos no ha dejado de repetirlo.
En el cosmos, nada es feo, sucio, ridículo, absurdo. Lo feo, lo sucio, lo ridículo, lo absurdo son fenómenos sociales y su reino es de este mundo. El cosmos es ciclo, número, ritmo, ley, estilo, medida, pensamientos es decir logos. «Al principio estaba el Logos, y todo fue hecho por El. Al principio, estaba el Espíritu».
Aunque, en estos últimos años, se ha intentado convencernos de lo contrario, hay entre el campo del mundo y el del espíritu una antinomia difícilmente reducible.
El mundo repite estas palabras mágicas: rendimiento, reivindicación, vulgarización, publicidad, velocidad.
El Espíritu responde: gratuidad, aceptación, secreto, silencio, lentitud. El Espíritu habla casi siempre el lenguaje del cosmos.
El mundo continúa: inédito, inaudito, moderno, joven, futuro, actual, nuevo, nunca visto, sensacional, original…
El Espíritu responde: tradicional, permanente, original.
El mundo aspira a la unidad, sueña con imperios donde los hombres en las ciudades sean mudos, parecidos e indiferentes, como los mejillones en las rocas. Quiere ser el único que reine en los corazones y los continentes, es siempre totalitario. El pide también un solo pastor, un solo rebaño. Pero la unidad del mundo es uniformidad.
El Espíritu es unidad, uni-diversidad. En él, todas las esferas de nuestro espíritu vibran al unísono.
El mundo es división: la política rechaza la ética, la ética rechaza la estética, la ciencia ignora el arte y se ríe de la tradición esotérica que se lo devuelve también; la religión, que desconfiaba del arte y de la ciencia, desconfía también del esoterismo.
El mismo caos se encuentra en el interior de cada hombre cuyas cuatro fuerzas: afectiva, espiritual, intelectual y carnal («con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu pensamiento, con toda tu fuerza»), no dejan de combatirse.
El mundo dice: ley del número, mayoría aplastante, manifestación monstruo, gran concentración, unión de las federaciones de asociaciones; ligas, grupos, comités, partidos, sociedades, compañías, cárteles, venid todos, entrad todos…
El Espíritu dice: ley de números sagrados, todos inferiores a 12. Tú, sígueme. Allí donde algunos…
La palabra predilecta del mundo es: masa. El diccionario, biblia del mundo, concreta: masa: conjunto compacto e informe. Milagro de nuestra lengua: ¿qué palabra responde mejor a la realidad que evoca? Masa: pesadez, densidad, inercia. Masa: una cosa informe, amorfa, enorme, bruta, desorganizada.
Sin embargo, las montañas, es decir las masas, todavía podrían ser trasladadas por la creencia.
El mundo nos impone una máscara, un prototipo, la confección.
El Espíritu nos propone nuestros rostros, nuestro arquetipo, nuestra perfección.
El mundo dice: hombre estándar.
El Espíritu dice: vocaciones diversas, tantas vocaciones como hombres.
Los héroes del mundo son boxeadores, criminales, actores, sádicos, cantantes, políticos inscritos en el libro de oro de la ignominia, escritores en el galimatías estercolero.
El héroe del Espíritu es Cristo. Entre Barrabás y Cristo, el mundo hace cada día su elección.
El mundo dice: hay que aullar como los lobos, babear como los sapos, morder como los perros, rebuznar como los burros, gesticular como los monos, en resumen, hacer el bestia con las bestias humanas.
El Espíritu dice: Hay que hablar según tu corazón (y esto es peligroso) porque tu corazón es mi templo.
El mundo no hace nada gratis. En todo momento, presenta la cuenta. El mundo alquila y vende. El mundo «hace dinero» lo mismo que «hace» niños, lo mismo que «hace» el amor.
El Espíritu dice también: no es bueno que el hombre esté solo. Tampoco es bueno que el hombre viva en rebaño. Entre la soledad y la multitud, igualmente peligrosas, están los dos o tres que se reúnen en Su nombre.
El mundo habla como la prostituta que pesca, o como el charlatán sobre el tablado de la barraca forastera.
El Espíritu dice: puerta estrecha, grano de mostaza, sal, levadura, pocos elegidos.
Pocos elegidos no significan pocas plazas sino pocas candidaturas.








JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (18)
febrero 4, 2012 in Ese más allá que nos espera
El estudio de Jean Prieur sobre el Infierno resulta interesante. Le dedica 20 páginas, mientras en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), de 1992, se le dedican solo 2. Comienza rastreando los nombres que se dan al infierno en la Escritura y en la tradición, porque el análisis de los nombres nos informa sobre la naturaleza de lo que se estudia.
Otro punto original en el estudio de Prieur: el de los nombres que se dan al Enemigo para deducir las actividades de los espíritus demoníacos. Atención a esto: los nombres del Enemigo se refieren a sociedades infernales. En este estudio de Prieur, hay una lógica ilustrada que sintetiza todo su estudio sobre Ese más allá que nos espera.
Puedes estar o no de acuerdo con lo que dice, pero quedan claras en él varias ideas. Una, que la existencia de los infiernos y de sus múltiples moradas responde a una lógica. Dos, que el combate de la Historia no es entre un dios del mal y un dios del bien, sino entre dos libertades antagónicas: la voluntad del mundo y la voluntad de Espíritu. Tres, el hecho de admitir el Infierno y el testimonio de la mística polaca Sor Faustina, no le exime de hacer una crítica del riguroso mensaje de esta mística. Hay que leer muy despacio este capítulo.
¡Buen día!
VI– EL ABISMO (final)
24. MUCHAS MORADAS EN LOS INFERI
Para intentar una aproximación sobre el infierno, basta con reflexionar sobre los nombres que le dan la Escritura y la tradición, porque todo análisis del nombre nos informa sobre la naturaleza del ser o de la cosa.
Inferi, los lugares inferiores, porque en el mal se está abajo, se está en lo pesado, en lo opaco, en lo agobiante.
Abismo, lo que no tiene fondo. Quo non descendam? ¿Hasta dónde no descenderé? ¿Dónde está ese fondo del mal que se cree tocar y que no se alcanza nunca?
Tánatos. Esta es también una palabra que oculta dos realidades muy distintas: la una es la muerte física; proceso natural, necesario, inevitable, universal, que no es un castigo, sino muchas veces una aparición benévola, una liberación; la otra es la muerte espiritual: aparición inquietante, salario de las acciones y de los pensamientos malos; esta segunda muerte no es inevitable, ni más universal.
En el Apocalipsis, Thanatos es presentado claramente como un lugar inferior que forma pareja con el Hades, lugar espiritual intermedio. En cuatro ocasiones, se los nombra juntos. «Yo tengo las llaves del Thanatos y del Hades», dice Cristo al comienzo de la revelación más larga que se ha hecho sobre el más allá. Si hay llaves, es porque hay lugares. Por otra parte, el artículo tiene aquí su importancia, nos confirma que se trata de lugares y no de personajes. Existe un esbozo de personificación en el momento de la apertura del cuarto sello: «Vi un caballo verdusco, el que lo montaba tenía por nombre (el) Thanatos y el Hades lo acompañaba». Varias versiones han puesto el artículo entre paréntesis.
Al final de la revelación, Juan ve al Thanatos y al Hades devolver a los muertos que estaban en ellos, antes de ser lanzados al estanque incandescente. Infierno y purgatorio, lo mismo que el mal, no existirán para siempre. Si Satán es dueño durante la vida dura, él no tiene la vida eterna.
Estanque de fuego y de azufre: algunos han traducido lago de fuego y de azufre, pero un lago es de agua viva, mientras que el estanque, como su nombre indica, es algo que se estanca, por oposición a lo que corre y se renueva como el río de la vida.
En estos lugares-estados de inercia y de marasmo, en estas inmersiones espirituales, el hombre del rechazo perderá poco a poco toda vitalidad, matará en él lentamente el querer-vivir. Pasará de la supervivencia a la segunda muerte, que es la verdadera muerte, la que no es seguida de resurrección.
El Estanque de fuego y de azufre, es la estagnación que precede a la aniquilación.
Tártaro designa según Platón un infierno cerrado, donde se habían precipitado todos los que habían cometido crímenes atroces, como el asesinato o el sacrilegio. Este término mitológico se encuentra en el Nuevo Testamento: «… Dios no protegió a los ángeles que habían pecado, sino que los situó en el Tártaro y los entregó a los abismos de las tinieblas donde son retenidos para el juicio.»
Este pasaje de la segunda epístola de Pedro presenta también al Tártaro como un lugar del que no se sale.
Todos los infiernos, desgraciadamente, no están cerrados y sus habitantes, esas potencias de maldad que viven en los aires, circulan libremente en torno a nuestro globo a la búsqueda de sus corresponsales.
Gehenna, era en su origen Ge-Hinnom, el valle de los hijos de Hinnom, donde los israelitas, entregados al culto a Baal, sacrificaron a sus hijos por el fuego. En la época de Cristo, era solo un vertedero, un muladar, un lugar hediondo y de descomposición. De cuando en cuando, como en nuestros modernos y numerosos vertederos, se encendían grandes fuegos para acabar con todas aquellas inmundicias.
En nuestros días, la gehenna sigue siendo el gran estanque de fango y de basuras, el maremoto infecto que se estrella en la tierra.
Inferi, Abismo, Tánatos, Estanque de Fuego y de Azufre, Tártaro, Gehenna: nombres distintos para una misma realidad.
De la misma manera, los nombres del Enemigo nos ilustrarán sobre las actividades, tan intensas y tan variadas de los espíritus demoníacos. Los nombres del Enemigo son los de las sociedades infernales.
La antigua Serpiente llamada Satán, el que se insinúa, el que adula, el que dice: Seréis como dioses. Pronto la serpiente suprime el «como». Enseguida el futuro pasa a presente, y el plural a singular. Concreta entonces: Tú eres Dios. El único Dios que existe eres tú. Everybody God, como una secta ha proclamado. Se llega, como en ciertas formas místicas, a una confusión sacrílega de las personas. El hombre, en lo secreto de su corazón, se erige en divinidad y se adora a sí mismo.
El Dragón, es la serpiente alada, es el intelecto que se desarrolla de manera anárquica y tiende a dominar a lo espiritual. Es la creencia nefasta de que lo espiritual es un subproducto de lo intelectual. Es la voluntad de abandonar todo lo que procede de lo sagrado, de lo sobrenatural y de lo invisible. Las propias Iglesias cortan sus raíces en torno a su fin.
Diabolos, el delator, el acusador, el calumniador. Calumnia a Dios ante los hombres y a los hombres ante Dios. Diabolos, el que desune. Separa unos con otros a los hombres, separa a los hombres de su Creador, separa al hombre en el interior de sí mismo: la inteligencia desprecia al corazón, lo racional desconfía de lo espiritual, lo espiritual desconoce lo místico.
Legión, porque actúa, preferentemente en masa, sobre los hombres. «Legión es mi nombre, porque somos muchos.» Como son muchos, pueden desplegar una estrategia todos juntos. Como son muchos, quieren ser más; hay un proselitismo infernal: el condenado quiere condenar a su vez. Hay en los infiernos un gran deseo de número: «Cuando más locos, más se ríen.»
Por otra parte, este deseo del número existe también en los cielos: «Cuanto más santos, más perfectos.»
Belzebú, o mejor Ball-Zeboul, cuyo nombre significa Baal el príncipe. Príncipe del mal, príncipe del mal por el mal. Si se piensa en todo lo que hay detrás de la espantosa figura de Baal-Moloch: prostitución, mutilaciones, sadismo, crueldad; si se hace la comparación que se impone entre las palestras romanas: esos music-halls de la tortura, los autos de fe de la Inquisición, las cámaras de gas y los hornos crematorios de los nazis, se observará que, en ciertas épocas, en ciertos lugares, el infierno hizo concreta y físicamente irrupción en la tierra.
En el segundo libro de los Reyes, Baal-Zeboul es llamado Baal-Zeboub, el dios de las moscas. Este título irrisorio nos informa sobre un aspecto del personaje y de sus defensores. Lo mismo que las moscas se precipitan sobre las heces, las gentes de Baal-Zeboul, desencarnados o encarnados, poco importa, se lanzan con entusiasmo sobre los pensamientos, las palabras y los espectáculos excrementosos. Cuando Baal-Zeboul parece alejarse, es Baal-Zeboub el que toma el relevo.
Entre 1939 y 1945, vimos en acción a Baal-Zeboul. Después de algún tiempo, fue Baal-Zeboub el que funcionó. A veces reinan simultáneamente en la humanidad incorregible.
Lucifer, es Satán disfrazado de ángel de luz. Es lo racional que viene en ayuda del mal justificándolo, haciéndolo pasar por un bien.
Las gentes de Lucifer, de este mundo o del otro, practican con entusiasmo la inversión de los valores: lo falso lo llaman verdadero, lo feo lo llaman bello.
Las gentes de Lucifer son los profetas de las verdades convertidas en locuras, de doctrinas que parten de premisas justas y generosas para llegar a conclusiones aberrantes.
Bajo su aspecto de portaluz es como las sociedades infernales, y sus delegaciones terrestres, son las más peligrosas, porque utilizan ideas humanitarias para fines desastrosos.
Abaddon-Apolyon, las actividades de estas sociedades demoníacas están claramente descritas en el capítulo 9 del Apocalipsis. Este pasaje es mucho más claro para nuestra generación que para las anteriores, es apenas alegórico y la tarea del comentador resulta cada año más fácil.
Una estrella caída, dicho de otro modo, un poder que dirige una sociedad demoníaca, abre el pozo del Abismo. De él sale un humo denso que oscurece el aire y el sol.
En el plano natural, basta evocar las grandes concentraciones, los «polígonos» industriales del norte de Francia, del Rin, del Japón y de los Estados Unidos, donde el aire está tan cargado de impurezas y de polvo que el sol ha perdido un tercio de su claridad.
En el plano espiritual, pensemos en las doctrinas confusas que niegan la forma, la sustancia, la persona, la realidad existencial del mundo invisible y que están tan cargadas de equívocos (¿he dicho que Dios no existe? ¿he dicho que Dios existe?), tan confusas y tan contradictorias que ya no se percibe el sol de los espíritus.
Esta desaparición progresiva de los paisajes vivos en favor del hormigón y del acero, este sabotaje de toda belleza producida bien por la naturaleza, bien por el genio del hombre, esta propagación de doctrinas opuestas solamente en apariencia: unas negando el espíritu, otras la sustancia y la persona, llevan a los hombres al desánimo, al nihilismo, cuando no al suicidio. «En aquellos días, los hombres buscarán la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá lejos de ellos.»
Si esos enjambres maléficos son llamados langostas, es porque son innumerables, como esos insectos que, en Oriente, devastan todo a su paso.
Si esas langostas tienen rostros de hombres y de cabellos de mujeres, es porque se presentan como ideologías humanistas y humanitarias, alabando la alegría de vivir.
Si tienen corazas de hierro, es porque surgen en la edad del hierro, la edad dura, rompiendo, hurañas, la de los fines de ciclos.
Si sus alas provocan el ruido de los carros de combate, es porque esas doctrinas de odio conducen a la guerra con tanta seguridad como el río al mar. Aquí, la interpretación puede y debe volver retrospectivamente al plano material, porque es la irrupción en un cielo de pánico, de escuadrillas de bombardeo.
Si su picadura es parecida a la del escorpión, es porque es muy dolorosa y puede resultar mortal.
Si el nombre de este enjambre es Abaddon-Apolión, es porque estas palabras significan destrucción; destrucción en todos los planos.
Destrucción en el plano espiritual por la difusión de doctrinas que niegan la existencia de Dios (cosa que no es nueva) por la acción de las teologías del ateísmo (esto sí es nuevo); que niegan por supuesto el alma y su inmortalidad personal (como si fuera un mito griego).
Destrucción en el plano mental por la exaltación de lo irracional y de lo absurdo, por la difusión de eslóganes, de imágenes y de textos que se creerían producidos por retrasados para retrasados, paso que lleva hasta el premio Nobel de literatura.
Destrucción en el plano artístico por el pulular de producciones molestas, repugnantes, repelentes, irrisorias, caricaturescas. Un pintor rompe la figura humana, imagen del Rostro divino que cinco milenios de civilización habían enaltecido. Se divierten representando cuerpos con las manos aplicadas directamente a los hombros: algunos años después aparece la Talidomida y los niños sin brazos. Hay profetas que se ignoran, incluso entre los de aquí abajo.
Destrucción en el plano internacional e interior por la proliferación de guerras extrañas y civiles, por la exaltación de la violencia presentada como la única manera de hacerse oír.
Destrucción en el plano biológico sin el que los otros no existirían, destrucción de la infraestructura vital por la propaganda a favor del aborto, por la inyección de productos químicos a los animales jóvenes destinados a nuestra alimentación, por el envenenamiento de las fuentes, de los ríos, de los mares, de la atmósfera, por la exterminación de las especies más raras de animales.
Cierto, hubo épocas que no tenían más valor que la nuestra: en el siglo I por ejemplo y en el XVIII el nivel espiritual era incluso más bajo, porque existe en nuestros días una extraordinaria efervescencia metafísica: todos aquellos a quienes las iglesias han decepcionado se precipitan hacia el ocultismo, las religiones orientales… y hacia sectas extravagantes.
En el siglo I y en el XVIII, tres planos esenciales quedaban preservados: la filosofía y la poesía eran grandes, aunque los perfiles no lo eran; la lengua, la música y las obras plásticas eran hermosas, aunque las mentes no lo eran; las aguas y los aires eran puros, aunque los corazones no lo eran.
En el siglo I y en el XVIII, el pueblo estaba intacto, el antiguo depósito de todas las virtudes no estaba todavía contaminado, la corrupción era solo una especie de escoria que reinaba en Roma y en París, pero en nuestros días, gracias (si se puede decir) a la difusión demencial de publicaciones y de espectáculos «los vicios de unos pocos se han puesto al alcance del mayor número»[1].
En las peores épocas, y Satán sabe si «las peores épocas» fueron numerosas, la base biológica y fisiológica del planeta estaba intacta. Se masacraba a cuál más, pero la generación siguiente se mantenía indemne: todo eso cambió después de Hiroshima.
En las peores épocas, la rama sobre la que el hombre hacía la señal solo estaba aún serrada. ¿Cuánto tiempo se mantendrá aún esta rama cuyo corte es tan profundo?
Sin embargo, estas plagas serán limitadas en el tiempo: el texto sagrado habla de cinco meses que, evidentemente, no hay que tomar al pie de la letra. Estas plagas, al menos cuando sean de tipo intelectual y espiritual, no podrán nada contra los que tengan en su frente el sello del Señor, contra los que hayan orientado su pensamiento, sea cual sea su religión, a la contemplación de los tres esenciales: existencia y soberanía de Dios-Creador, existencia e inmortalidad del alma, existencia y necesidad del bien: amor en actos. Porque hay que salvar ahora ese mínimo vital para este mundo, mínimo supervital para el mundo de los espíritus.
Sería inexacto e ingenuo poner el mal que reina aquí abajo en la cuenta de las sociedades surgidas del Abismo y de las sociedades oscuras venidas de las tinieblas exteriores. Si las unas y las otras son tan activas en nuestro plano, es porque encuentran entre nosotros seguidores. Si atacan en todos los frentes, es porque disponen en la tierra de una eficaz quinta columna. Estos termiteros de lo invisible se alimentan de la crueldad, de la necedad, de la locura, de la arrogancia humana, porque les resulta más agradable actuar en nuestro plano de materia densa que en los planos sutiles del ultra-mundo.
Dios creó al hombre libre, y el hombre libre se ha apresurado a crear el mal y sus obras de esclavo. El combate de la historia, que se diría surgido de una alucinación de Satán, no se desarrolla entre un dios del mal y un dios del bien, sino entre dos libertades antagónicas, entre dos fuerzas autónomas: la voluntad del mundo y la voluntad del Espíritu.
Donde están los cadáveres, allí se reúnen los buitres.
Serpiente, Satán, Dragón, Diablos, Legión, Baal-zebul, Lucifer, Abaddon-Apolyon, esta enumeración no es limitativa, existe allá lejos en las esferas Leviatán, en las esferas Armagedón, pobladas de demonios y de espíritus que son semejantes a ellos.
En un texto post mortem, William James nos pone en guardia contra estos batallones a los que la oración pone en fuga.
«Odio, ambición, codicia, miedo, villanía constituyen su bagaje mental. Estaban dotados de inteligencia, algo absolutamente indispensable para los criminales de grandes éxitos. El estado en que vienen aquí constituyen la presa natural de entidades que son semejantes a ellos y los cazan en bandadas y en rebaños.»
Donde están los cadáveres, allí se reúnen las rapaces… Por donde quiera que haya corrupción, aquí o allá, acuden los malignos.
«El individuo que solo funciona en y por la inteligencia divorciada del corazón es para vosotros, los hombres, un peligrosísimo enemigo y estáis expuestos a millones de estos espíritus.»
Las inteligencias divorciadas del corazón son los dragones.
«Ellos suponen una grave amenaza para los humanos, porque la falta de cimientos y de certeza de estos últimos los pone a merced de las fuerzas del mal que se parecen a ellos y los empujan como reses y los utilizan para realizar sus designios.»
Cada una de estas sociedades infernales está gobernada por uno de sus miembros que trata de saciar su voluntad de poder. El deseo de dominación, que los atenaza, los empuja a continuos complots, a insurrecciones, a un proceso de violencias y de represalias, a imagen de esas revoluciones, de esas dictaduras que se devoran entre sí.
Los habitantes de estas esferas son dominados por el temor y la coacción, estos son los únicos móviles que les convienen, pues ya no hay en ellos el menor germen de amor, ni tierra para depositar esta semilla que tendría que haber sido sembrada en la tierra.
Un solo deseo realmente sincero de conocer la verdad y de adecuar a ella su vida haría que se abrieran de par en par las puertas del infierno. Si lo sintieran, serían librados de su prisión. Pero tal deseo raramente se manifiesta en estas moradas.
No sienten ni vergüenza ni remordimiento, ningún deseo de mejorar, ninguna nostalgia del Dios que perdieron. Sus malas acciones en este mundo y en el otro no les producen ningún remordimiento, más bien se glorían de ellas. No se lamentan del pasado, deploran únicamente no poder saciar en el presente eterno algunas de sus pasiones.
Toda su naturaleza es homogénea, ya no hay en ellos ni tensión, ni luchas. Les agrada el mal que habita en ellos y solo creen en sus mentiras que responden a este mal. Ya no se sienten atraídos, como nosotros en la tierra o como los del Hades, entre el bien y el mal.
Swedenborg concluye de esto que no son completamente desgraciados, que tienen sus satisfacciones y sus placeres como los malhechores y los murmuradores en nuestro mundo: «Las puertas que llevan a los infiernos solo son visibles para los que deben entrar en él; ellas se les abren, y a partir de ahí, aparecen antros sombríos y como cubiertos de hollín, conduciendo oblicuamente hacia abajo en un abismo donde se encuentran de nuevo varias puertas. De estos antros salen vapores negros y fétidos de los que huyen los buenos espíritus, porque sienten aversión hacia ellos, pero que buscan los malos espíritus, porque les agradan. En efecto, en la medida en que cada uno en el mundo disfrutó en su mal, en esa medida, después de la muerte, se goza en la infección con la que ese mal se corresponde.»
El infierno de la ortodoxia católica es por supuesto menos atractivo. Una mística polaca, Sor Faustina, que lo visitó acompañada de un ángel, cuenta lo siguiente:
«Es un lugar de grandes suplicios y de gran amplitud. De todos los tormentos que vi, el más terrible es la pérdida de Dios… Me habría muerto contemplando estas torturas, si la Omnipotencia no me hubiera sostenido. Que sepa el pecador que sufrirá por aquello que ha pecado, y esto eternamente.»
Sor Faustina parece no darse cuenta de que esos grades suplicios, son los mismos infernales los que se los infligen unos a otros.
«Lo escribo por orden de Dios, continúa, para que nadie se excuse diciendo que nadie ha estado allí y que nadie sabe lo que es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en el Abismo para dar testimonio de que el Infierno existe. Aún no tengo derecho a hablar de él, pero debo hacerlo constar por escrito… Ahora bien, me he dado cuenta de que el infierno está poblado de almas que, aquí abajo, no creían en el infierno.»
Este relato suscita dos graves objeciones; no es exacto que para estas almas el tormento más terrible es la pérdida de Dios, puesto que es justo esta aversión a Él es la que constituye el infierno. En cambio, esto es verdad para el Hades en el que, incluso entre los seres caídos, puede existir el deseo de volver al Padre. Sor Faustina, cuya experiencia presenta todos los caracteres de autenticidad, parece haber confundido estas dos estancias tan diferentes.
«El pecador sufrirá por aquello que ha pecado» … de acuerdo. «Y esto eternamente» … no de acuerdo. Cierto, varios pasajes de las Escrituras lo dicen, pero otros pasajes afirman también que el mal y los malos no podrán ser eternos: solo Dios es eterno. Por otra parte, la sensatez (y la sensatez tiene también su palabra en estas materias), la sensatez nos sugiere que puede quedar uno situado provisionalmente en un lugar garantizado de perennidad. Permanecemos durante algunos decenios en una tierra con una edad de algunos miles de millones de primaveras. El fuego no se apaga nunca, de acuerdo, pero lo que él consume es consumido.
En este campo como en tantos otros, se encuentra uno situado entre dos extremos: por una parte, los que hablan como Sor Faustina, y por otra, los que dicen: «El infierno existe, por supuesto, pero Dios es tan bueno que el infierno está vacío: todo el mundo es muy pecador, todo el mundo es perdonado. El buen Dios perdona siempre, por otra parte, él está ahí para eso.,»
En el plano teológico esto se llama apocatástasis: al final de los tiempos, Satán y los demonios se echan a los pies de Dios y se convierten, este es el abrazo universal. Todo ocurre como al final de esos melodramas en los que el traidor, en medio de las víctimas a las que agarra fraternalmente de la mano, saluda con una hermosa sonrisa a un público maravillado. Si así fuera, la historia del mundo no sería realmente seria. ¿Qué significaría la venida de Cristo?
Gracias a Dios, las cosas tienen más de trágico y de grandeza. Hay en lo invisible batallas gigantescas, ofensivas cósmicas, cuyas repercusiones se hacen sentir en nuestro globo; nuestro globo, hombre enfermo del universo.
Como no pueden atacar al cielo, ni arrebatarlo por la fuerza, las potencias espirituales de maldad, que están en los espacios subcelestes, se vengan en la tierra que ellas envidian, que ellas odian, cuya aniquilación desean e inician.

[1] . Flaubert. Un ejemplo que el escritor no había previsto: la droga reservada antiguamente a algunos estetas afortunados, a algunos poetas poco inspirados, es ahora accesible a todas las clases y a todos los bolsillos. El aprendiz de los suburbios lo mismo que los alumnos de enseñanza secundaria de los barrios elegantes tienen derecho y acceso al «viaje».








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