mostrar detalles 17:05 (Hace 10 minutos)
POETA EN LA LUNA DE CUBA

LINDEN LANE PRESS Issue 2:

A book of poetry by René Dayre Abella, Cuban poet living in San Diego, California. /Un libro de poemas de René Dayre Abella, poeta cubano residente en San Diego, California.

Cita de Jorge Luis Borges

"Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad más abominable es el hecho de que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes de un escritor".
Jorge Luis Borges.

EL BLOG DEL POETA RENÉ DAYRE

Se ha producido un error en este gadget.

http://www.viadeo.com/invite/rene-dayre.abella-hernandez

José Lezama Lima: La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,
ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,
un redoble de cortejos y tritones reinando.


martes, 7 de junio de 2016




JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (19)
febrero 9, 2012 in Ese más allá que nos espera
Nos metemos a veces los cristianos en unos “jardines” que se convierten en laberintos. Por ejemplo, «sabemos que la fe cristiana no puede aceptar “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación de la que Cristo es la plenitud». Esto que pertenece al Catecismo de la Iglesia Católica (nº 67), nos hace olvidar otra cosa que dice el mismo Catecismo en el nº 66: «Aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada». Es lo que dice J. Prieur: «La revelación… no se detiene en las edades apostólicas».
Hay otro “jardín” en el que nos metemos también con frecuencia. Cuando oímos o leemos cosas que, supuestamente, han sido trasmitidas desde el Más allá por Pierre, Roland u otros, nos resulta difícil admitir algunas porque utilizan un lenguaje demasiado simple. Como si éste hubiera de ser «sublime, misterioso, incomprensible». Sin embargo, Prieur cita con razón este párrafo de Roland: «Cuando Dios se da a vosotros, lo hace a vuestra medida».
Hay otro “jardín”, que aquí describe Prieur y del que a muchos nos resultó difícil encontrar una “salida”: los Ángeles en el cielo. ¡Nos dijeron tantas veces teólogos «avanzados» que los ángeles eran los buenos pensamientos que, a veces, nos resulta difícil creer que los ángeles son verdaderas entidades espirituales! Hay cosas que solo se aprenden siendo niños.
¡Buen día!
VII– LA CASA DEL PADRE (inicio)
25. MUCHAS MORADAS EN LOS CIELOS 
El Cielo, que comienza a nacer también en la tierra, es en primer lugar una disposición del corazón, un estado del alma; es el reino interior, se llama Aquí y Ahora. El más allá comienza siendo un dentro.
El cielo es sobre todo la reunión, en miríadas de miríadas, de todos los que llevan tienen esta disposición y este estado; es el reino exterior, el que se llama Allá Arriba y Siglo futuro.
Para entrar en este reino, no es necesario hacer un fantástico viaje espacial, sino llevar a cabo la propia regeneración, de comprender los principios divinos y vivirlos. No hay reino exterior para el que no ejecute el reino interior. No podemos entrar en el cielo, antes de que el cielo haya entrado en nosotros. El cielo es el país donde no siempre se llega… algunos se quedan en el camino.
El paso del Hades al mundo celeste se llama segundo nacimiento. Entonces, los que quieren beben en el río de la vida: lo que se ha adquirido en la tierra y en el Hades, ya no lo perderán. Entonces reciben una túnica blanca (por ser el blanco la suma de todos los colores) y un nombre nuevo que nadie conoce en la tierra.
El cielo no es un espacio vacío, sino un lugar donde hay montañas, lagos, árboles, plantas, animales. El cielo no es la negación de la vida, sino la vida en su plenitud, en su superabundancia, en su pleroma.
El cielo no es abstracto, no está poblado por los que la antigua filosofía llamaba seres de razón.
El Espíritu desafía lo abstracto que seca todo lo que toca. Así el Apocalipsis no dice: la verdad, sino lo verdadero. El Evangelio es el libro del pan, del olivo, de la viña, de las ovejas y de los pájaros. Se le habría puesto a Jesús en un aprieto preguntándole la diferencia entre la transubstanciación y la consubstanciación.
No se encuentran en el cielo alegorías que se llamen la Fe, la Caridad, la Esperanza, sino seres que conocen los que creyeron, que aman allá arriba lo que amaron aquí abajo, que siguen esperando, aunque ya se realice la parte más hermosa de su esperanza.
Los seres que están en los cielos se parecen a los de la tierra, pero con la diferencia de que ellos son mejores, infinitamente más hermosos y más felices. Tienen sentidos más finos y más sutiles. Su mirada, más penetrante que la del águila, contempla colores más brillantes. Su oído, más delicado, oye esas sinfonías que algunos de entre nosotros, ya en la tierra, han tenido el privilegio de captar.
Las cosas que hay en los cielos se parecen a las de la tierra, pero sería más exacto decir que el mundo natural, cuando llega a la belleza, se parece al mundo celeste que es su arquetipo.
Las cosas que hay en los cielos son más hermosas y más variadas, la luz que las ilumina es más intensa, la atmósfera que las rodea es como el polvo de diamantes.
El cielo no es el anonadamiento en Dios, sino la plenitud de la persona y de sus conocimientos. Es el reino de las vocaciones realizadas; ahora bien, toda vocación es llamada del Divino; así, el verdadero poeta detenta una parcela del Verbo, todo gran compositor oye y traslada la música de las esferas.
En la tierra, se da con frecuencia dicotomía y conflicto entre la función y la vocación: uno es empleado de oficina cuando, en realidad, es un pintor. En el cielo, como por otra parte en las zonas dichosas del Hades, la vocación se ha convertido en la función. Allá arriba, con convertimos en lo que somos y la eternidad nos transforma en nosotros mismos.
Las vocaciones que pertenecen al canto, a la música, a la pintura, a la poesía se continúan y se realizan con gamas de sonidos y de colores mucho más variados y con formas de las que no tenemos idea en la tierra.
Lejos de agotar estas alegrías, la eternidad aumenta su variedad y su perfección. Lejos de conducir a la uniformidad, la armonía que reina en cada uno de los innumerables cielos, desarrolla en cada uno de los isaggeloï[1] una personalidad cada vez más diferente.
Allá arriba, como aquí abajo, las facultades y los dones se desarrollan con el ejercicio, crecen en eficacia y en fuerza. Descubrirse más inteligente, más activo, más útil, sentir crecer dentro de sí el amor y el conocimiento, esta es la felicidad de los ángeles y de los que se parecen a ellos.
La palabra más vuelve con frecuencia en este texto: el cielo es, en efecto, un ser-más.
Las vocaciones son tan diversas como los espíritus. Muchas de ellas responden a los carismas: don de curación, milagros, interpretación de los misterios, revelaciones sobre el mundo invisible.
Los santos
Es así como los santos, esos desaparecidos ejemplares, prolongan en el Más allá la obra beneficiosa que realizaron en la tierra. «Los santos, dice A.B. a Mary Bruce Wallace, son la perfección de la humanidad».
Pierre descubre y hace descubrir a su madre la experiencia de estos Perfectos: «Una Teresa de Ávila por ejemplo y su hermanita Teresa, que, al venir entre nosotros, recoge las rosas de su jardín místico para devolverlas a la tierra en inspiración, en ayudas, en intervenciones, en oraciones… ya te he hablado de ella.»
Otra vez, se irrita contra la falta de inteligencia de los cristianos y les pregunta con fuerza qué caso hacen de las revelaciones que Dios les envía, no solo por la naturaleza, por Cristo y por los ángeles, sino también por los santos.
«¿De qué os sirven las revelaciones de los inspirados: los profetas y los que llamáis santos… ¿un Francisco de Asís, un Agustín, una Teresa, una Catalina de Sena con las manos agujereadas por agradecimiento a su Salvador?»
San Agustín y san Francisco de Asís, que tuvieron una extraordinaria presciencia de las realidades invisibles son, en el otro mundo como en éste, maestros a quienes hay que seguir. Roland compara al primero con un pionero que avanza por los caminos celestes, después de haber enterrado el mal hasta que brotasen estrellas.
En cuanto al segundo, recomienda su lectura: «imprégnate de sus inspiraciones, te serán beneficiosas.»
En las esferas blancas, san Juan, el discípulo predilecto, ocupa un lugar importante, si no el primero. El Águila, que supo extender su mirada más allá del año 2000 y establecer el sol divino, había volado, ya en la tierra, hasta el pie del Trono.
Pierre: «Juan Evangelista fue, entre todos los apóstoles, el que más amó, y, por ello, el que mejor comprendió los secretos divinos del Amor-Cristo. Queridos míos, llenad vuestro corazón de la enseñanza íntima y profunda que anima al Evangelio de Juan. Lo repito, nadie refleja mejor la persona y la misión trascendental de Cristo, porque, por la fuerza de su ternura, solo Juan sintió instintivamente la verdadera calidad sustancial del Mesías.»
La Sra. Monnier, al preguntar a su hijo si se había encontrado con los Apóstoles, él respondió que veía a veces a Cristo rodeado de los Doce «el mayor de todos es Johannes, (al que vosotros llamáis Juan), porque es el que más amó».
Y como ella se extrañaba de este vocablo, añadió él al día siguiente: «Así es como le llamamos aquí. Muchos de nosotros eligen un nombre. El prefirió ese, me dicen, porque es con este nombre de Johannes como su obra dio frutos celestes.»
Entre su nombre griego y su nombre hebreo, el que trabajó en Patmos y en Éfeso, eligió el nombre griego.
Los grandes iniciados
Sin embargo, el séptimo Reino no es una proyección del cristianismo sobre una pantalla celeste. La comunión de los santos es en realidad la comunión de los creyentes. Las grandes religiones se funden en el cielo en la religión única, mientras que, en el Hades, mantienen sus diversas individualidades.
Pierre: «Existieron las misiones de los grandes inspirados: Moisés, Isaías, Mahoma… un Juan Bautista, un san Juan, un san Pablo… Los grandes profetas de la Antigua Alianza, del Islam y del Budismo, eran hombres inundados por el Espíritu de Dios.»
Inspirado, en efecto, fue Mahoma que oyó decir a la voz divina: «Mi misericordia precede a mi ira». Inspirado Çakya-Mouni[2] que dejó a la humanidad sobre una cima que no era sin embargo la más elevada.
Pierre: «Çakya Mouni brilla como una luz en medio de las tinieblas del Brahamanismo, que mantenía sin embargo en medio del recuerdo confuso de las tradiciones védicas, pero Jesús fue la luz permanente.»
La Virgen
Una obra sobre el otro lado del velo sería incompleta, por tanto, engañosa, si silenciara a la que, cuando vivía, recibió dos veces al Espíritu Santo. La primera vez, fue cubierta con su sombra; la segunda, en Pentecostés, fue cubierta con su luz. ¿Cómo ignorar a la Virgen quien, después de comenzar la revolución industrial, se manifestó tantas veces y que, en Fátima, en nuestra época de religión activista y comprometida, nos invita, de manera urgente, a creer en lo natural?
Ella se aparecía en 1830, el año en que Auguste Compte inaugura su curso de filosofía positivista, el año de la primera revolución de ese siglo que vio tantas.
Ella se aparecía en 1846, dos años antes del «Manifiesto comunista», dos años antes de la ola de revoluciones en Europa, dos años antes de «el Futuro de la Ciencia», donde Renán se felicita de que de todo el conjunto de las ciencias modernas sale este inmenso resultado: no existe lo sobrenatural. Afirmación recuperada por Berthelot: «El mundo ya no tiene misterio».
Ella se aparecía en 1917, el año de la revolución soviética, el año en que se construye un Estado basado en la negación de lo divino.
«No existe lo natural, jamás lo ha habido», proclamaban los epígonos del Renán de 1848. «No hay sobrenatural», proclaman hoy muchos cristianos.
En realidad, nunca ha habido tanto sobrenatural como en nuestra época; y el siglo XX vio tantas señales en el cielo como nunca se vieron anteriormente. ¡Por ejemplo la danza del sol! La revelación y los milagros no se detienen en las edades apostólicas. Dios aún sigue hablando. Uno se puede extrañar de que lo haga por la Virgen más que por Cristo, pero, después de todo, ¡El tiene también su libre albedrío! Si la Virgen da testimonio es, sin duda, porque su hijo se ha cansado del endurecimiento de los terrestres.
María, cuando vivía, tuvo un papel impreciso; pareció incluso al principio no haber captado el verdadero sentido de la misión de su hijo. Esta incomprensión explicaría las duras palabras que le dirigió Jesús, sobre todo en Caná. Estas duras palabras alarmaron a más de un creyente y por eso la Sra. Monnier expuso su turbación a Pierre, quien le respondió:
«María había sido advertida, desde antes de la concepción, de la misión extraordinaria y gloriosa que tenía. Sabía por tanto que no debía ser un obstáculo en la vida del que nacía de su seno, puesto que ella solo había sido un instrumento en las manos de Dios, y que esta gloria debía bastarle para ser llamada bienaventurada entre todas las mujeres.»
La que se definió como la sierva del Señor realizó, desde su cielo, las grandes cosas que no le fue dado realizar en la Tierra. Su segunda vida es más destacada que su vida antemortem. Su apostolado es más intenso y más glorioso en el siglo XX que en el siglo I.
Como lectores de Roland estaban extrañados de que aludiera tan raramente a la madre de Cristo, la Sra. Jouvenel le transmitió el reproche:
Roland, me piden que te haga esta pregunta: ¿Por qué me has hablado tan poco de la Santísima Virgen?
— San Luís reinó en Francia. ¿Es esta una razón para que todos los franceses lo hayan conocido? Aunque nosotros estamos en el reino de Dios y de la Santísima Virgen, raramente accedemos a su luz. Hay entre nosotros leyes muy complicadas.
Respuesta llena de sentido común. El sentido común es también uno de los dones del Espíritu. Sin embargo, Roland dictó muy hermosas páginas sobre la Madre de Cristo:
«¡Ama a Dios, aprende a venerar a la Virgen! Mamá, ella es mi madre eterna, es suave como el alba… Oh maravillosas invocaciones de las letanías de la Virgen: torre de marfil… puerta del cielo… estrella de la mañana… ¿Por qué no has pensado antes en el sentido de esta súplica en las letanías: rosa mística? ¿No es este el sentido de todo lo que te he enseñado sobre las flores?»
«Mira a la Virgen. Ella entregó a su hijo para salvar al mundo, no tuvo ningún instinto de propiedad hacia su hijo.»
Y Roland explica que las apariciones de la Virgen tienen una importancia fundamental, porque demuestran que Dios ha roto la pantalla opaca que impedía al hombre ver: «Lo creado es una muralla; al otro lado, está nuestro reino. Si le agrada a Dios, el muro cae; y vosotros os encontráis, no en el cielo, sino cada a cara con vuestro propio cielo. Me explico: si la Virgen de la Saleta lleva una cofia, es porque Melanie se imaginaba así ataviada a la Virgen. Lo que significa que cuando Dios se entrega a vosotros, lo hace a vuestra medida.»
En efecto, la hermosa Dama habló a los pastorcillos de lo que ellos podían comprender: las nueces que se ponen malas, el racimo que se pudre, la cosecha que se echa a perder.
Lo que Roland dice de La Saleta se aplica también a Lourdes y a Fátima, lugares en los que Dios, por medio de María, y según las propias palabras de su sierva en su Magnificat, desplegó con energía la fuerza de su brazo.
Si Roland no contempló a la Virgen, Sor María-Gabriela vio a un ser de luz que ella identificó con la Madre de Cristo:
«Yo estoy en el segundo Purgatorio desde el día de la Anunciación… Ese día, vi también por primera vez a la Santísima Virgen, porque en el primer Purgatorio no se la ve.»
El 15 de agosto de 1875, dicta esto: «Sí, hemos visto a la Santísima Virgen. Ella subió al Cielo con muchas almas; yo, me quedé.»
Asimismo, santa Francisca Romana contemplando la Asunción de María comprendió que las almas, hasta entonces retenidas en el Purgatorio, avanzaban a continuación hacia los umbrales celestes. Ana-Catalina Emmerich asistió también, en espíritu, a la Asunción. Vio a la Virgen entrar en el cielo, en su cuerpo espiritual, seguida por un gran número de almas liberadas. Y añade que, el 15 de agosto, ve a muchas almas subir al paraíso.
La descripción de la muerte de la Virgen por Ana-Catalina Emmerich es muy interesante para el que quiere comprender la metamorfosis que se lleva a cabo durante una agonía espiritual: «Vi, a partir de María, como una montaña luminosa que se eleva hasta la Jerusalén celeste. Ella tendió los brazos desde este lado con un deseo infinito, y vi a su cuerpo elevado en el aire y planeando por encima de su cama, de la manera que podía verse desde debajo.»
Este cuerpo que tiende los brazos hacia la ciudad del cielo, este cuerpo que flota por encima del cuerpo físico, es el cuerpo espiritual que la visionaria llama también alma: «Vi su alma, como una pequeña figura brillante infinitamente pura, salir de su cuerpo, con los brazos extendidos, y elevarse por el camino de luz que subía hasta el cielo. Los dos coros de ángeles que estaban en las nubes se reunieron por debajo de su alma y la separaron del cuerpo que, en el momento de esta separación, volvió a caer sobre el lecho, con los brazos cruzados sobre el pecho».
Separar el cuerpo espiritual del cuerpo físico es en efecto obra de los ángeles y de los que, entre los desaparecidos, son semejantes a ellos.
Que los mensajeros católicos como Roland, Paqui y Sor María-Gabriela, hablen de la Virgen no sorprende a nadie, pero lo que deja estupefacto es que algunos protestantes no se queden a la zaga.
Bertha: «Que vuestra alma cante el Magnificat, el gran poema místico, el canto del alma en la comunión más santa con la Divinidad».
Christopher, que vio a María, muestra su admiración y su sorpresa:
«Ahora sé que era ella. Pero en aquel momento, estuve solo deslumbrado por su luz y bastante perplejo…»
Perpleja, la Sra. Monnier dice que lo estuvo más de una vez releyendo los textos que recibía, porque de todos los mensajeros, es Pierre el que habla más ampliamente de la Virgen. No nombre nunca a la Madre de Dios, pero, tampoco ella, en las palabras que pronunció durante sus apariciones esenciales, se dio este título.
Desde la Anunciación a la Asunción, «Las Cartas de Pierre» contienen un verdadero florilegio mariano:
«¡Qué gracia le otorgó Dios a la Virgen de Israel que dio nacimiento al Amor divino en la Tierra!
«No olvidéis nunca el saludo consagrador de Gabriel. De manera que, con toda evidencia, la Virgen de Israel ocupa un lugar eminente en la Reino. Digo esto para los cristianos que relegan a la Aquella que dio a luz al Verbo.»
A los cristianos que relegan en la sombra a la Virgen, él los repite:
«Entre los puestos preparados por Cristo en la casa de su Padre, había uno muy hermoso, reservado al alma maternal de María.»
«María, madre de Jesús, está viva puesto que todos lo estamos. Ella reza por vosotros, puesto que nosotros rezamos por todos. Ella consuela a las madres que lloran, puesto que nuestra misión es una misión de consuelo.
«El instrumento humano más adorable aquí, en nuestra hermosa esfera blanca, es el dulce rostro de María.»
Los Ángeles
Son muchos los hombres que no creen en los ángeles. Serían imaginables, en cambio, ángeles que no creen en los hombres. La hipótesis no es inverosímil, puesto que hay entidades que nunca han estado en contacto con la Tierra. Las razones de su duda serían inversas y totalmente fundadas. Se podrían imaginar arcángeles que, por no haber visto nunca a un hombre, no llegan a concebir esta horrible mezcla de huesos, de carne y de espíritu, y tendrían tantas dificultades para creer en el cuerpo perecedero como nosotros en el alma imperecedera. Estos inmortales no llegarían a comprender la muerte y se preguntarían con escepticismo: ¿Cómo se puede ser y dejar de ser? ¿No hay contradicción en los términos? La muerte: ¡hipótesis absurda!
Los ángeles no son hombres superiores o alegorías de nuestros buenos pensamientos como el rumor después de algún tiempo. Los Ángeles existen en cuerpo de gloria, son invisibles para nosotros, pero no más invisibles que ciertos rayos bien conocidos por los sabios.
Llegados a las esferas blancas, los siete cielos del séptimo Reino, los Mensajeros crísticos vieron la gloria de los ángeles:
Thomas Downing: «Esas elevadas y santas sustancias son de naturaleza espiritual. No pertenecen sin embargo al reino de las ilusiones. Yo apenas me atrevo a contemplarlas».
Albert Pauchard, que habla bastante poco de los ángeles, observa con humor: «Es mejor como los católicos, y también los ingleses, viven Aquí mucho más en relación con los ángeles, que un frío protestante como yo».
A.B. explica a Mary Bruce Wallace que los Ángeles se sitúan muy lejos de la tierra e incluso de las esferas blancas: «Ellos tuvieron su evolución en otra jerarquía de planetas y vienen simplemente a nuestra esfera para ayudarnos a progresar. No residen con nosotros. Los Ángeles son visitantes venidos de los reinos superiores.»
El antiguo hombre de leyes hace a Elsa Barker la descripción de un ángel. Ve en una extraordinaria atmósfera de calma al Ser de belleza y de perfección radiante en su propia luz: «Imaginad a la juventud convertida en inmortal y al fugitivo hecho eterno. Imaginad la flor de un rostro de niño y los ojos de siglos de conocimiento. Imaginad el brillo de mil vidas concentrado en esos ojos y la sonrisa en esos labios de un amor tan puro que no pide a cambio ningún amor a los que sonríe. Los que contemplan al Ser de Belleza ya no serán nunca lo que fueron antes. Podrán olvidar por un tiempo y perder, en los asuntos de la vida, la magia de esta presencia, pero cada vez que se acuerden, serán llevados de nuevo sobre las alas de su antiguo arrobamiento. Esto puede sucederle al que permanece en la tierra, esto puede sucederle al que vive en los espacios entre las estrellas.»
Roland y los que lo rodean saben que aún están lejos de Dios, tan lejos como el sol lo está de la Tierra: «Nosotros solo estamos, dice, en el reino de los Ángeles». En este pasaje, hay que entender ángel en el sentido restringido del término: se trata de espíritus celestes de la primera jerarquía. En cuanto a los espíritus humanos desencarnados, sienten el calor divino, pero no pueden mirar la luz de frente, aún no han accedido a la visión directa.
Pierre: «El Paraíso, en el sentido que lo entiende la Iglesia, no se alcanza inmediatamente después de la muerte, sino cuando la evolución del alma es completa. Es lo que aquí llamamos: el cara a cara con Dios.»
Los Mensajeros, lo mismo que las Escrituras, mantienen la noción de jerarquías angélicas. Cierto, la clasificación de Dionisio Areopagita no se encuentra en los textos dictados, pero parece que tienen tres funciones esenciales: aportar ayuda a la humanidad terrestre, así como a las humanidades del espacio, adoración, gobierno del cosmos.
A la jerarquía mineral–vegetal–pez–reptil–pájaro–mamífero–hombre, se superpone la jerarquía angélica igualmente diversa.
Old Lawer: «Lo que un hombre es a una roca, un ángel lo es a un hombre en intensidad de vida. Si vivimos en otro tiempo la experiencia de este estado de alegría etérica, la hemos perdido por una asociación con la materia. ¿Podremos un día reconquistarla? ¡Tal vez! La eventualidad está a nuestro alcance.»
En el mismo pasaje, define al ángel como un ser espiritual que nunca ha vivido en la tierra como hombre.
Pierre confirma lo del antiguo jurista: «Los ángeles y los hombres no son de la misma raza. Pero la raza de los ángeles, como la de los hombres, está sometida a la evolución y a los peligros del libre albedrío.
«En lo que se refiere a los ángeles, es una raza especial que evoluciona también, que puede estar sometida al pecado, puesto que, vosotros lo sabéis, hay ángeles que permanecen atados con cadenas de oscuridad y esperan el Juicio.»
Los ángeles y los hombres no son de la misma raza. Esto parece una evidencia cuando se trata de hombres encarnados, sin embargo, ni siquiera los hombres de las esferas blancas son ángeles, aunque pueden hacerse como ellos.
Ellos son «como» ángeles[3], enseña Cristo. La piedad popular tiene demasiada tendencia a confundir a los desaparecidos con los ángeles. Pero ni los propios desaparecidos, sobre todo en las esferas del Hades, hacen muy bien la distinción entre el Umbral y el Reino. Recordemos que no son omniscientes y que deben liberarse poco a poco de las concepciones aprendidas aquí abajo.
Con mucha frecuencia equipara Paqui a los ángeles con sus compañeros y con ella misma. He aquí un pasaje característico: «Yo me esfuerzo por avanzar, por crecer, por iniciaros mejor, por ver y gustar mejor lo que me rodea, por tener fuerzas que transmitiros… Los ángeles tienen que trabajar si quieren avanzar y comprender pronto lo que Dios espera de ellos. La ciencia y la bienaventuranza se ganan y se adquieren como en la tierra por el trabajo, la renuncia y la sumisión; pero aquí todo es delicia, nosotros obedecemos con alegría y cumplimos con amor nuestra misión. Los ángeles están, por permisión divina, al servicio de los humanos para ayudarlos a escalar el duro camino de la vida. Pero la cadena solo se une si los eslabones se tocan, y para que vuestros amigos celestes puedan ayudaros, es necesario que vuestras almas se presten a ello, que tengáis confianza en ellos.»
No, los ángeles no están al servicio de los humanos, sino al servicio de Dos. El superior no puede estar sometido al inferior, la ley de jerarquía no puede ser violada. Los «ángeles», de los que aquí se trata, son espíritus del bien, desaparecidos en marcha hacia la perfección, isaggeloï.
La noción de jerarquía en el mundo celeste está claramente explicada en Pierre: «Los ángeles son directamente los mensajeros de Dios, los servidores de Dios, lo que vosotros podríais llamar “la corte de Dios” con su jerarquía, sus dignatarios, su organización».
También en J. Heslop: «A los ángeles y a los arcángeles les son entregados los mandamientos del Padre Divino. Estos mandamientos son transmitidos de una Inteligencia a otra hasta que llegan a nosotros en la esfera crística. Nosotros los comunicamos a los distintos mundos de evolución inferior.»
La Tierra figura entre estos mundos inferiores.
Lo mismo que Daniel y el Apocalipsis hablan de miríadas de miríadas, A.B. enseña a Mary Bruce Wallace que existen miles de jerarquías angélicas:
«Vuestro mental es demasiado estrecho para comprender la magnitud del Universo. Ampliadlo para que podáis captar algunos de los misterios del ser, algunas de las variedades de la vida revelada. Vuestras categorías de la vida sensible en la tierra son muy limitadas. Son como los cinco dedos de la mano comparados con el número de estrellas. No tenéis ni idea de las miríadas de razas, de las miríadas de inteligencias y de espíritus distintos del hombre que abundan en la inmensidad de los espacios y que se encuentran en el entorno de cada planeta lo mismo que en los cielos más elevados y en todas las regiones intermedias[4]. No hay nada vacío, nada privado de ser.»
Los ángeles son encargados por Dios de asistir a los humanos en circunstancias graves y de concederles las fuerzas espirituales.
A.B. a Mary Bruce Wallace: «No se deja que ninguna vida descienda por el sendero hasta el precipicio sin ser rescatada. Cuando se producen accidentes por parte del hombre, por su libre albedrío o su ignorancia, auxiliares angélicos están siempre presentes para aprovechar la ocasión, para curar las heridas, para volver a poner al peregrino en su camino. Pronto o tarde, él adquiere conciencia de esta ayuda bien en la tierra, bien después de la muerte»[5].
No es cuestión de pedirles cosas materiales o de darles órdenes.
«Es insensato por vuestra parte, se indigna Roland, suponer que tenéis el poder de movilizar a las jerarquías celestes y que, a vuestro antojo, los hacéis intervenir en vuestros asuntos. ¿Quiénes creéis que sois para tener tanta audacia?»
«Con demasiada frecuencia os creéis unidos a los ángeles, porque vuestra sensibilidad está hipertensa. Enseguida pedís entonces favores y la mayoría de las veces no obtenéis nada. ¿Por qué? Porque los ángeles solo obedecen a Dios: el solo puede mandarlos[6]. Y esta es la razón de que la gracia os llegue por sorpresa, al margen de vuestra búsqueda, en el momento que menos lo esperáis.»
Lo que hace que a veces se obtenga otra cosa distinta de la que se ha pedido. Puede, por tanto, en ciertos casos, producirse una ósmosis entre el mundo angélico y el mundo humano.  Verdades ocultas pueden así ser desveladas. Sin embargo, tengamos cuidado de que lo consciente no sea un obstáculo para estas revelaciones.
Roland: «Cuanto más vacío se hace en vosotros, más os acercáis a los ángeles. Un ángel puede expresarse por vosotros, cuando vuestro entendimiento no confunde ya lo que él dice.»
Los Espíritus–Custodios
Albert Pauchard nos recomienda confiar en nuestro compañero invisible: «Confiad siempre en vuestro ángel custodio en vuestra miseria».
Pierre confirma esta misteriosa y benéfica presencia a nuestro lado: «Tenéis junto a vosotros a Cristo, para ayudaros, para sosteneros, para guiaros y enseñaros el amor de nuestro Dios, pero también al ángel al que el Maestro os ha confiado, espíritu luminoso siempre atento a vuestras llamadas, a vuestras necesidades.
Jesús habló de vuestros ángeles y vosotros tenéis que creer al Hijo de Dios, o dejar de llamaros sus discípulos. Cada una de las almas en la tierra está rodeada por la tierna solicitud de un ángel… ¡sí, un espíritu de luz contempla vuestra vida!»
Sin embargo, más que un ser celeste que nunca ha estado en la tierra, el ángel parece un ser de raza humana que nos ha conocido, que nos ha amado. Así es como Pierre comunica a su madre que en adelante será su ángel custodio, sucediendo a otra Inteligencia que recibirá otra misión:
«El hermosísimo espíritu que te seguía hasta ahora, te ha puesto bajo mi custodia, cosa que sucede con frecuencia. Él esperará la vuelta de un espíritu momentáneamente encarnado, o será destinado a ejercer una mayor influencia en ciertas almas.»
Igualmente, informa al Sr. Monnier que este último está, desde su infancia, bajo la custodia de su madre. Los vínculos de familia no se pierden nunca y todos los desaparecidos de las esferas blancas realizan funciones de ángeles custodios.
«Cada uno de nosotros cuida especialmente del jardín de un alma encarnada. Vuestro espíritu protector hace esto. Pero la gran nube[7] trabaja en la obra de Dios sobre todos vosotros, en todos vosotros.»
La noción de ángel guardián es completamente bíblica. Se apoya en estas palabras: «Guardaos de despreciar a ninguno de estos pequeños, porque os aseguro que sus ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de mi Padre».
Pero lo que es también bíblica es la prohibición de adorar a los ángeles, tanto si se trata de espíritus custodios de la raza humana como de espíritus de raza divina. El ser de luz, que mostró a san Juan las cosas futuras, se declara su compañero de servicio y le ordena no postrarse ante él.
Asimismo, san Pablo pone en guardia a los colosenses contra los excesos de la angelolatría: «No os dejéis arrebatar el precio del combate por esa gente que, so pretexto de humildad, pretender rendir culto a los ángeles. Abandonándose a sus propias visiones, hinchados de vano orgullo por su sentido carnal, no permanecen unidos al jefe».
Jefe tiene aquí el doble sentido de mandamiento y de cabeza. Más allá de los santos, la Virgen y los ángeles, los mensajeros nos ordenan permanecer unidos a Cristo, puesto que solo él es el Señor.
Las Inteligencias cósmicas
Sin embargo, los ángeles no están preocupados únicamente por la salvación de los humanos que no son, mal que les pese, el ombligo del mundo. Los ángeles tienen tareas más grandiosas, dirigidas a la conservación y a la expansión del universo.
John Heslop describe el nacimiento de las estrellas proyectadas como átomos fuera de la matriz de los soles, comenzando inmediatamente sus evoluciones en el espacio y atrayendo hacia ellas las sustancias que necesitan. Ve en la cosmogonía la intervención de las Inteligencias.
«Ángeles ayudan al nacimiento y a la evolución de esos mundos nuevos. Construyen las condiciones necesarias para la aparición final de la vida, aunque este proceso pueda suponer millones de años.»
Los ángeles estuvieron manos a la obra en el comienzo de los tiempos. Lo están todavía, lo estarán siempre en el eterno presente. Sus misiones no son solo espirituales y se extienden con alegría a los orígenes cósmicos. «¿Dónde estabas tú, pregunta Dios a Job, cuando creé la tierra… cuando cantaban a coro las estrellas de la mañana, y cuando todos los hijos de Dios lanzaban gritos de alegría?»
Los que subieron al cielo no han vuelto a bajar de él. Entre los encarnados, los que de él descendieron fueron discretos. No se le permitió al apóstol san Pablo trasmitir las palabras indecibles que había escuchado en el Paraíso. Habló de tres cielos, san Juan habló de doce asientos de piedras preciosas, brillantes como los cuerpos de gloria. Habló también del arco iris que rodea el trono de Dios, arco iris que representa la totalidad de las esferas de alegría, el esplendor del mundo incorruptible, la multiplicidad de los resplandores que alcanzar su mayor exuberancia en los mundos celestes y divinos.
Ahora bien, el arco iris, la cifra 7, son los siete grupos de jerarquías angélicas que contemplan al Señor. Para señalarlos, para presentirlos, retengamos lo que, en el mundo físico, es lo más hermoso, lo más puro, lo más resistente, lo más incorruptible: las piedras preciosas. Ellas no son luz, pero reflejan la luz. Ellas han captado esos colores intensos que abundan allá arriba, colores de los que algunos pájaros, algunas flores han recibido toques.
No pensemos: violeta, añil, azul, verde, amarillo, anaranjado, rojo, porque son los colores opacos de la tierra. Pensemos en vibraciones, brillo, resplandor y veamos desplegarse en torno al Trono los cielos de amatista, los cielos de zafiro[8], los cielos de berilo, los cielos de esmeralda que están en el centro, como en el espectro del color verde, los cielos de topacio, los cielos de sardonyx[9],  los cielos de sardios[10] que deben tener la más alta dignidad, puesto que Aquel que está sentado sobre el Trono tiene el resplandor de esta piedra.
Entre los diversos cielos, no hay fronteras rígidas, sino continuidades, pasos insensibles que se parecen a los degradados del arco iris.
Tres, siete, nueve, doce: un número sagrado significa un orden, una ley, una armonía. Expresa una calidad tanto, si no más, que una cantidad. Tres, siete, nueve, doce: es verdad que estas cifras sagradas no deben tomarse al pie de la letra, expresan distintas funciones de lo divino actuando a través de las sociedades celestes.
Lo mismo ocurre con los nombres de arcángel: los anunciadores tienen por nombre y por jefe a Gabriel; los combatientes a Miguel; los terapeutas a Rafael; los directores de almas a Azraël.
Juan vio también a siete espíritus ante el Trono y a siete estrellas en la mano de Cristo: las siete estrellas son los siete cielos: se trata en este caso de las más altas jerarquías angélicas. De una manera general, una estrella representa una esfera, una sociedad espiritual; y las sociedades espirituales son tan numerosas como las estrellas.
Juan, nuestro guía en el universo metafísico, evocó cientos de ellas: la estrella León, es el poder del Verbo, es la verdad que lucha contra el mal y lo agarra por la garganta; la estrella Águila, estrella que influye en el apóstol, es la inteligencia mística; la estrella de la Mañana es el mismo Cristo, el que es la estrella da acceso a la estrella.
Estos signos del Zodíaco, estos planetas, estas casas que, según la astrología, influyen en nuestro carácter y en nuestros actos, no son otros que las sociedades angélicas o demoníacas que influyen en nuestro mental, según su receptividad.
En efecto, si existe una Estrella de la Mañana, existe también una Estrella Absenta. Allí por donde pasa Absenthos, las aguas se hacen amargas, envenenan a los que las beben, el bien se llama mal y, recíprocamente, todos los valores son invertidos y pervertidos.
Si existe una Estrella de la Virgen, existe también una Estrella Dragón, esfera de inteligencias negativas y negadoras, que vienen en ayuda de la incredulidad, armadas con sus sofismas.
Estas constelaciones demoníacas son las potencias de maldad que, como hemos visto, se desencadenan en espacios subcelestes. Pero no tienen acceso al espacio de los ángeles, no tienen acceso a esos lugares libres para siempre del mal.
Hay muchos lugares, hay muchos cielos… y todos los cielos de todas las espiritualidades se reúnen ante Aquél que es el Alfa y el Omega, el comienzo y la realización. «Después de esto, apareció ante mis ojos una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las naciones, de todas las razas, de todos los pueblos, de todas las lenguas, de pie ante el Trono y ante el Cordero…» (Ap. 7, 9).
El paraíso del Apocalipsis, como el paraíso del Edén, es permanente, como es inmutable el juicio último sobre los hombres. Si se intenta situarlos en el tiempo de la historia, se acumulan las imposibilidades y las fuentes de incredulidad.
Lo que no comprendemos, lo situamos en otro tiempo: sea antes, sea después. En realidad, esto se sitúa en otro espacio: el de los valores permanentes, el de los arquetipos, el del bien en sí, el de lo verdadero en sí, el de lo bueno en sí. Los cielos son otras tantas manifestaciones, otras tantas epifanías de lo absoluto. En los cielos, el bien, lo verdadero, lo bello se presentan en resplandor y se llaman gloria. La gloria es la luz celeste que llena una forma.
Algunos se han preguntado sobre el número de ángeles. Una vez más, la respuesta está en el Apocalipsis. San Juan habla de miles de miles, de miríadas de miríadas, dicho de otro modo, de millones, de miles de millones.
La grandeza ilimitada del mundo espiritual es idéntica a la grandeza ilimitada del mundo físico. Existen miles de millones de ángeles y de arcángeles como existen miles de millones de planetas y de estrellas.

[1] . Isaggeloï: los «ángeles», de los que aquí se trata, son espíritus del bien, desaparecidos de camino hacia la perfección, asaggeloï. (NdT).
 [2] .  La figura de Çakya-Mouni está envuelta en la bruma de la leyenda, y son muchas y variadas las voces que hablan de él, bajo diversas figuras y épocas. Algunas se refieren a él como el mismísimo Gautama Budda (623-543 a.C.), pues éste era hijo del jefe de la clase guerrera Skya, de Kapila bastu. Buda nació con el nombre de Siddhartha pero, después de su iluminación, fue conocido también con el nombre de Sakyamuni (sabio de los Sakyas) (NdT.)
 [3] . Lc. 20, 36, isaggeloï gar eisi.
[4] . Los Hades: cada planeta tiene su Hades.
[5] . En el mundo de los espíritus.
[6] . Ver el capítulo primero de la Epístola a los Hebreos que Roland no había leído cuando vivía.
[7] . De testigos.
[8] . El zafiro oriental es azul añil.
[9] . El sardonyx es una piedra de un amarillo anaranjado.
[10] . El sardio se corresponde con la coralina, variedad roja de calcedonia.




















JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (20)
febrero 18, 2012 in Ese más allá que nos espera
Cuando a través de Amalia “entrevisté” a mi madre y a la Hª Concha, me llamó la atención una cosa: llamaban Espacio al “lugar” donde vivían. ¿Cómo lo pueden llamar Espacio si están fuera del espacio y el tiempo? El texto de Jean Prieur explica: «El tiempo es un presente eterno… El espacio es una propiedad del ser, porque «lo que no está en alguna parte, no está en ninguna parte, y lo que no está en ninguna parte no es nada
Cuando estuve en Estambul, me impresionó el Pantocrator de la iglesia de Santa Sofía, por encontrarse en lo que hoy ya no es iglesia sino mezquita. Me encanta lo que dice Prieur en el capítulo titulado: “Cristo Pantocrator”. Sobre todo, algunas frases: «La vida misma de Cristo, para el que está atento, es una parábola de la vida eterna» … «La segunda parte de las frases de las Bienaventuranzas, la que comienza por “porque” alude a la vida futura» … «La Transfiguración es prefiguración del siglo futuro» … etc…
Cristo–parábola de la Vida Eterna es tan importante que, en la oración que algunos seguimos haciendo reunidos dos veces al mes, nos asomaremos al Evangelio para descubrir esta maravillosa “parábola en acción”. Contemplando a Jesús, iremos descubriendo la prefiguración en Él de la Vida Eterna a la que estamos llamados y que tanto importó en el origen del Cristianismo.
¡Buen día!
VII– LA CASA DEL PADRE (continuación)
26. LA VIDA ETERNA
Como la evolución ha sido positiva y el hombre-espíritu se ha orientado deliberadamente hacia el amor, el bien, lo verdadero, y hacia lo hermoso que es su forma, ha entrado en los cielos, ha pasado de la supervivencia a la vida eterna.
Ha llegado a la orilla del mar de cristal: bajo las miradas divinas, el conjunto de las miríadas angélicas constituye una inmensidad de transparencia, de incorrupción y de luz blanca atravesada por fosforescencias, por fulguraciones y por centelleos coloreados.
La promesa por fin se ha realizado. El hombre-espíritu ha entrado en los espacios de alegría, en la Casa del Padre. Ha llegado la hora de ese nuevo nacimiento que, en la Tierra, fue presentida y deseada.
Aquí, la felicidad es un resultado, no un fin, porque ha sido alcanzada por el olvido de sí, por la voluntad de servir, por la fusión (sin confusión) en un grupo místico. La persona es tanto más amplia cuanto que se incorpora a la miríada que le corresponde.
Aquí, el corazón y su tesoro están en lugar seguro. Por fin el mal ya no se atreve, no puede tomar en nada la iniciativa; las tentaciones son abolidas, no tienen ya nada que ofrecer. La memoria subsiste purificada, todo recuerdo envilecedor queda borrado. Todos los proyectos del bien son al momento posibles. Toda la existencia se ha convertido en pensamiento-acto.
Aquí, el orden y el amor constituyen la naturaleza de los seres.
Se ha producido un gran cambio que tiene por nombre vida eterna. Pero ¿qué es la vida eterna? Es muy difícil hacerse una idea, porque casi todos los mensajes proceden, no de los cielos, sino de ese Hades, que ofrece tantas analogías con la tierra; Hades todavía muy humano, demasiado humano. La vida eterna es algo muy distinto que la supervivencia, prolongación de la vida terrestre, supervivencia que afecta tanto a los injustos como a los justos.
Para definirla, hay que evitar enseguida la trampa de los muertos; si «eterna» se toma al pie de la letra, significa «que no tiene ni principio ni fin». Ahora bien, esta vida, aunque no tiene un fin, tiene para todo hombre un comienzo. No somos eternos, somos inmortales. Inmortales en potencia, inmorales no por naturaleza, sino por gracia.
Esta vida que no puede morir, comenzó un día, para nosotros, en un punto del tiempo. Se acerca indefinidamente a Dios, sin poder nunca tocarlo: la vida eterna es una asíntota[1].
Esta vida divina que promete y da Cristo es, por tanto:
La vida esencial por oposición a la vida terrestre que es existencial. Esencial, porque está fuera del tiempo y del espacio, más exactamente fuera de nuestro tiempo y de nuestro espacio[2]. No imaginemos en efecto que quedan abolidas estas dos categorías en los cielos. El tiempo es evolución y pedagogía, el tiempo es el tejido de nuestras vidas y esto en los cuatro mundos: Tierra, Hades, Infiernos y Cielos.
La vida eterna es un presente eterno, es la vida permanente y divina que anima y sostiene, como en filigrana, nuestra vida transitoria. En cuanto al espacio, es una de las propiedades fundamentales del ser, porque lo que no está en alguna parte no está en ninguna parte, y lo que no está en ninguna parte no es nada.
La vida irreversible es una noción más accesible a nuestro entendimiento. Los fenómenos biológicos son irreversibles. Los fenómenos psíquicos y espirituales también lo son en virtud del principio de unidad del universo. Irreversible significa que, bajo todos los aspectos: biológico, psíquico, espiritual, eterno, la vida tiene un sentido, tomando esta palabra en su doble acepción de significación y de dirección. Irreversible significa que no puede haber en ella regresión.
La vida en todos los planos es esencialmente finalizada, la vida es una flecha, un vector: el que existió un día puede existir siempre.
La vida incorruptible, la vida indestructible que ignora todo lo que disminuye y todo lo que se debilita. Ya en esta tierra, existen cosas que no se descomponen, por ejemplo, el oro.
Mientras los mundos materiales, como el nuestro, cambian constantemente y se disuelven, ninguna señal de degradación se percibe en los mundos celestes que dominan la vida como la vida domina la materia.
La vida sobreabundante, la vida multiplicada: realización y superación de nuestra vida, la vida de pleroma y de plenitud: la de las miríadas.
La vida que conoce, que percibe la razón en la creación y la razón de toda creación. La vida eterna, es el conocimiento. Sin embargo, conocer sin amar, no es conocer, lo mismo que amar sin conocer no es amar.
Sería un error y una ingenuidad creer que, allá arriba, el hombre podrá comprender los misterios. El conocimiento será eternamente progresivo: nosotros no llegaremos nunca al conocimiento perfecto, pero tenderemos a él. Si alcanzásemos el conocimiento total, seríamos el mismo Dios.
La vida amorosa, porque el amor es comunión y comunicación de las conciencias, a través de todos los planos, a través de todas las edades. El amor es búsqueda y descubrimiento en otro de lo que tiene de único y de más hermoso. El amor es el que dice el bien, el que hace el bien, el que ve el bien. El amor es el camino de la vida eterna.
La vida feliz, porque la esperanza se ha convertido en certeza, porque la soledad[3] ha desaparecido para todos.
Como la muerte y el Más allá, la felicidad forma parte de esos temas en los que siempre se piensa y de los que es inoportuno hablar. Una filosofía de la angustia y de la nada resulta, por otra parte, más seria que una filosofía de la felicidad. Los hombres que siempre han besado la mano que los castiga, despreciarán la segunda para ofrecer a la primera los mismos honores que a los grandes demoledores de la historia.
Sin embargo, la fuerza que pone a la humanidad en marcha, el instinto oculto en todas las razas, en todas las condiciones, el gran denominador común, es la felicidad. La humanidad es menos grosera de lo que ella se cree. Lo que la dirige, en fin, de cuentas, no es no el dinero, ni el deseo de desempeñar un papel, ni siquiera el sexo, no es tanto el deseo de disfrutar como el deseo de felicidad.
El deseo de felicidad es sagrado. Es la primera forma que toma la aspiración hacia Dios. Si la felicidad no fuera de naturaleza trascendente, ¿cómo explicar que, sin ella, uno se sienta incompleto, indigno? ¿Cómo explicar sobre todo que una vez satisfecha, no pueda satisfacernos? La felicidad desea siempre un complemento, un más allá de sí misma. Siente que solo puede realizarse en el infinito.
Esta ansia de felicidad a la que nada satisface, a la que nada limita, puede considerarse como una de las pruebas de que no moriremos. El deseo de felicidad es la señal de nuestra dignidad. Da menor testimonio de nuestro egoísmo que de nuestro deseo de perfección, de armonía, de perennidad, de realización. Todas estas virtudes son atributos divinos.
Querer la felicidad, es querer ser semejantes a Dios. Se nos ha repetido que El es bueno, que El es justo y todopoderoso; no se nos ha dicho que El es feliz. Feliz porque no está limitado y porque, al no estar limitado, no podría odiar. Feliz porque posee la plenitud de la existencia, plenitud que El quiere ofrecernos.
Hay que querer toda la felicidad y enseguida. Una felicidad que no puede comenzar hoy no comenzará nunca. El que no puede ser feliz en este momento concreto no lo será ya, pues la felicidad, como el reino de los cielos, es un estado del corazón.
Se llega a ser bienaventurado de la misma manera que se llega a ser feliz: lo más rápidamente posible. Si la vida eterna no comienza desde ahora, puede parecer un señuelo.
«Somos ciudadanos de los cielos», escribe san Pablo, empleando una vez más, no el futuro, sino el presente.
La vida eterna comienza desde ahora por la alegría. Seamos felices para que seamos bienaventurados y fecundos. Bebamos el vino de la felicidad terrestre: si él reanima nuestro corazón sin embriagarlo, beberemos también el vino del Reino.
Desde el fondo de su Purgatorio, sor María-Gabriela, recordando el Cielo, habla de felicidad, de torrentes de alegría. Para definirla, encuentra esta fórmula: «El Cielo es Dios, sobre todo, Dios amado, gustado, saboreado. Es en una palabra la saciedad de Dios, sin hartarse sin embargo de él.»
Roland: «Solo en Dios hay total felicidad.»
La alegría es uno de los nombres de la vida eterna. El Evangelio es una noticia de felicidad, cuando nos enseña que la creación es buena, que ella no es una trampa, que Dios es un Padre y no un déspota, que la verdad se ofrece a todos, y no se reserva a algunos como en la iniciación, que la vida eterna es ofrecida a los hombres, a todos los hombres.
27. EL CRISTO PANTOCRATOR
Cristo es justamente el que tiene y el que da las palabras de la vida eterna, y el que, siendo el camino y la vida, nos pone en el camino del Árbol de la vida. Primogénito entre los muertos, es el que nos precede en el Reino y prepara un lugar para los suyos: ¡adonde yo voy, dice, que ellos estén conmigo!
El es el que nos dice lo que vio junto a su Padre. Sus parábolas son alegorías de la vida eterna: el Hijo pródigo, los Talentos, las Vírgenes, el Banquete de Bodas, el Rico y Lázaro, el grano, todas las parábolas del Reino. En varias parábolas, se trata de un señor que se aleja y que vuelve a pedir cuentas: la vuelta del Señor es la hora de nuestra muerte[4].
La vida misma de Cristo, para el que está atento, es una parábola de la vida eterna. El es el que dijo: «Mi reino no es de este mundo», lo que significa claramente que su reino es del otro mundo. La segunda parte de las Bienaventuranzas, la que comienza por la pequeña palabra porque se sitúa en la vida futura. «Dichosos los que tienen puro el corazón, porque ellos verán a Dios». Tendrán acceso a las esferas más altas.
La Transfiguración es la prefiguración del siglo futuro, término neo-testamentario que se refiere al otro mundo. La salvación, la redención que El nos obtiene es el acceso a la vida eterna.
El bautismo es un sacramento de vida eterna. Baptizein significa sumergir: en la Iglesia primitiva, el neófito era totalmente sumergido, sepultado. Cuando salía de las aguas, era semejante al Resucitado.
La Cena, acto de comer el pan de vida y de beber el vino de vida, es una afirmación de la inmortalidad con el mismo título que la muerte de Cristo, esa muerte sobre la que los textos sagrados se apoyan con tanta precisión, con tanto realismo, para que no pueda nadie pretender que José de Arimatea y Juan habían desclavado y descolgado a un Jesús desvanecido, en síncope. Era necesario que fuera puesta de relieve, que fue indudable la Resurrección. La Ascensión, su última epifanía terrestre, es la más rápida de las elevaciones de gloria en gloria.
A través de los mensajes, Cristo aparece tal como nos lo presenta el Apocalipsis: bajo los rasgos del Señor de majestad, bajo la forma Pantocrátor. A Él le decimos: ¿A quién iremos? ¿A quién otro iríamos, en efecto, sino a quien tiene las llaves de la Muerte y de la Vida? Los nombres de Cristo son los nombres de la vida eterna:
— El es la luz, él es la puerta que abre hacia la luz; luz a la vez visible y espiritual, natural y sobre natural.
— El es la cepa que lleva la viña, que da el vino, símbolo de fuerza y de sabor. El es la viña, El es el vino. El es también el vendimiador. El es el trigo, El es el pan, El es también el segador, El es el agua viva, El es también el que da, gratuitamente, agua viva.
— El es el Astro de la Mañana y ofrece el Astro de la Mañana, mensajero del día que no conocerá el ocaso.
— El es el Vencedor, el caballero Logos que da la victoria.
Christophe alude a esos ejércitos blancos de que se habla en el Apocalipsis: «Cristo significa para mí mucho más de lo que yo creía. Me he dado cuenta de que estaba alistado en el gran ejército de Sus discípulos, todos en El y trabajando bajo Sus órdenes. Tengo la intención de ser un miembro de Su cuerpo. El es nuestra Cabeza, nuestra Corona y nuestra Vida. El es la fuerza con la que luchamos. Cristo es nuestra vida misma. No tenía de esto ninguna idea antes de morir, por eso me ha llevado un poco de tiempo el asimilarlo. Pero ahora, he prestado juramento de fidelidad, y estou comprometido con el ejército de luz. Soy feliz de que comprendáis tan bien las palabras que utilizo, y que expresan tan mal la llamada a la que he respondido.
Mi madre querida, ahora soy adulto y he elegido mi carrera: servir en el ejército de luz que es Su Cuerpo.»
Tengo la intención… he respondido a una llamada… he elegido mi carrera: estas expresiones traducen bien lo que ya sabemos: en el otro lado hay que hacer también una elección, hay que aprender y comprender todavía.
A.B. a Mary Bruce Wallace: «Muchos de entre nosotros bajan a la tierra para realizar más plenamente nuestras metas, porque tenemos que rasgar el velo comunicando los unos con los otros, estando rodeado cada uno por su propio grupo de discípulos. El resultado será un desarrollo muy rápido de la raza humana, en un salto hacia delante desde la oscuridad hacia la luz, puesto que estamos a las órdenes del Señor Cristo.»
Cristo desciende a las almas por medio de los desaparecidos, esos que Pierre llama los recién nacidos del mundo espiritual. Aunque no se produzcan fenómenos excepcionales, los espíritus terrestres sienten el contacto de los espíritus que han dejado la carne. Porque Cristo se acordó de las lágrimas de su madre es por lo que permitió a jóvenes desaparecidos volver a los hogares de los que habían sido sacados. «Esta es la razón de que, cada vez más, mensajeros todavía torpes, pero inspirados por Dios, guiados por su Salvador, instruidos por espíritus de luz, llenan con su ternura recuperada los lugares que la tormenta había dejado vacíos. Hay entre vosotros quienes comienzan a comprenderlo, a sentir nuestra presencia, a oír nuestras voces, a vernos incluso a veces.»
Los Mensajeros nos hablan mucho menos del Cristo humillado y agonizante que del Cristo glorioso y resucitado: al que ellos ven o verán; ellos nos invitan a contemplarlo desde ahora en espíritu.
Roland: «Que todos los que quieren encontrar a sus muertos pongan toda su fe en la idea de la resurrección. La certeza debe incrementarse oración tras oración, comunión tras comunión; así despertáis a la inmortalidad y sobrevivís. Vosotros que habéis sido habitados por el cielo, antes de entrar en él, permaneced en la contemplación de Cristo resucitado.»
Bertha: «No miréis atrás, sino arriba y adelante, llenos de ánimo. Construid con vuestro pensamiento y vuestra imaginación lo que debe ser.  Tomad las fuerzas de vida a vuestra disposición y reconstruid, piedra a piedra, el Templo Universal, que tendrá una sola cimentación, el Cristo Universal.»
Cristo Universal: Señor del Espacio. Cristo eterno: Señor del Tiempo. Cristo es el hombre que nosotros debemos ser, que seremos más tarde, mucho más tarde.
Pierre: «Cristo es nuestro precursor, nuestra primicia.»
El ha hecho lo que nosotros haremos, y El es lo que nosotros seremos… si optamos por El. El es alfa y omega, cimiento y clave de bóveda del edificio espiritual. Nadie podría colocar otra base distinta de Él.
Un mensajero anónimo, citado por Denis Saurat, dice: «La oración, toda verdadera oración, llega al centro, a Dios, a Cristo. Entonces nosotros podemos ayudar, tenemos la autorización de Cristo… Toda oración llega a Cristo, toda ayuda viene de Cristo. Rezad directamente a Cristo y nosotros os ayudaremos. Estamos siempre dispuestos, con su permiso.» Este con su permiso se une al permiso divino de Paquí.
Y concluye magníficamente:
«Cristo es el centro del Espacio lo mismo que del Tiempo.»
Ahora, en los cielos, todas sus palabras son realizadas y actualizadas, en el doble sentido de traducidas a actos y a lo actual. Los que confiaron en El, tanto en la tierra, como en el Hades, se han hecho semejantes, pero no idénticos a Él.
Porque El es espíritu, ellos son espíritus.
Porque El es luz, ellos se han convertido en cuerpos de luz.
Porque El es amor, ellos son resplandor de amor.
Porque Él es el Hijo, ellos son también los hijos de Dios.
Porque Él es el rey de los ángeles, ellos han llegado a ser como los ángeles.
Porque El vuelve espiritualmente a la Tierra, ellos pueden a veces, volver también espiritualmente a ella.
Porque El está vivo, ellos viven para siempre.


[1] . Asíntota: no coincidente; recta tangente a una curva en el infinito (NdT).
[2] . Fuera del tiempo de los relojes y del espacio métrico.
[3] . Pierre: «La soledad es una prueba desconocida en nuestras esferas. Sin embargo, una cualidad de soledad, la que es un descanso, nos permite como a vosotros la comunión con nuestro Padre de los Cielos.»
[4] . Lo que no quiere decir que cada uno vea al Señor a la hora de su muerte. 























JEAN PRIEUR – “ESE MÁS ALLÁ QUE NOS ESPERA” (21)
febrero 23, 2012 in Ese más allá que nos espera
¡No! No es nada fácil respetar el ritmo místico de esta primera parte del capítulo 28 de Jean Prieur. Temo profanar esta maravillosa experiencia que aquí cuenta, describiendo “ideas” y olvidando los sentimientos en este relato. Al leerlo, es como si levantara un velo y fuera sonando una sinfonía de notas y colores. Se acerca uno con respeto: ¡Es el Espíritu!
El Espíritu –dice nuestro amigo Jean– habla cuando, donde, como y a quien quiere. A él le habló el 15 de agosto de 1957. Cuenta su crisis, con pelos y señales. Con valentía. Es como un desgarrón que nos descubre su alma. En un momento dado, se encuentra vacío. Tiene fe, pero «fe en un Dios indigno de Dios». Y la Vida eterna a que le ha llevado su Iglesia es vaga, vaporosa. ¡No le dice nada!…
¡Y grita interiormente! «Es más un ultimátum que una plegaria» … Y descubre los mensajes crísticos. Y escucha una voz interior, la voz interior de los místicos que todos podemos oír si estamos atentos: «No hay otro Dios distinto de Dios». Y termina: «Me sentía inundado por esta afirmación… Ésta era la verdad única, devoradora, evidente, resplandeciente como el sol de agosto»…
¡Buen día!
VII– LA CASA DEL PADRE (continuación)
28. UNO, ÚNICO, UNIVERSAL O EL CAMINO DE CORINTO (1ª parte)
I
EL 15 DE AGOSTO DE 1957
El Espíritu, como es sabido, sopla donde quiere: al aire libre, o en un edificio sagrado; por una vía por donde se camina a paso rítmico, o en una biblioteca abarrotada de libros donde uno escribe.
Puede soplar bajo un cielo gris y aborregado, en la tierra empapada de lluvia, entre los álamos y los sauces de Normandía.
Puede soplar bajo el cielo de cristal azul, en la tierra seca y mineral, entre los laureles-rosa, los olivos y las viñas de Grecia.
El Espíritu sopla cuando quiere: en el umbral de una mañana optimista, en medio del bullicio del día, en la mayor de las preocupaciones de la tarde que cae.
Sopla tanto en la lucidez cartesiana del estado de vigilia que en entre los fantasmas del sueño. Tanto en la agitación de vacaciones de mediados de agosto como en el recogimiento de los tres primeros días de noviembre. Tanto en el grisáceo pragmático de un siglo de hierro como en la gloria de un siglo de oro.
El Espíritu sopla como quiere, elige entre el trueno y el murmullo, entre la trompeta y el soplo del alba, entre la manifestación clamorosa y la manifestación discreta, entre la voz exterior y la voz interior.
El Espíritu dice lo que quiere; a veces aporta una verdad nueva, otras una verdad conocida, pero olvidada; a veces un monólogo bastante amplio, otra trasmite una información breve.
El Espíritu se dirige a quien quiere. Habla tanto a un laico como a una persona consagrada, lo mismo a un periodista que a un hombre de ciencia, tanto a un desconocido como a un personaje célebre, lo mismo al que duda que al que cree.
Ahora bien, el Espíritu, una hermosa mañana, elige un camino de Grecia; elige el 15 de agosto de 1947; elige la información breve. Habló por la voz interior, voz muy clara, muy tranquila y perfectamente articulada. Habló a un desconocido que dudaba, que se rebelaba, que sufría por la ausencia de Dios en el mundo y en su vida.
Ocurrió que aquel desconocido en el camino de Corinto, era yo.
Es difícil explicar un fenómeno así; fenómeno entendido en el sentido original de lo que aparece en la luz. Teme uno hacer exhibicionismo espiritual y traicionar la gracia que se le ha concedido. Si hoy me decido, es porque creo que esta narración puede ayudar a los que están en búsqueda.
La experiencia espontánea, de la que me siento autorizado a hablar por fin, no surgió en la profundidad de una noche tranquila, con el cuerpo físico tendido, los ojos físicos cerrados y el mental racional doblegado, sino en pleno día, durante una marcha, con los ojos abiertos de par en par, en plena lucidez.
No tuvo lugar en una habitación, sino en una carretera, concretamente en la carretera que une Patras con Corinto, bordeando el golfo del mismo nombre.
No pudo tener lugar en el momento en que yo lo habría esperado, en la melancolía, el medio tono y la meditación de noviembre, sino en el resplandor de una mañana de agosto, la mañana del 15 de agosto de 1957.
Caminaba a buen paso en dirección a Sicyone y Corinto. En aquella época, en Grecia, había bastante poca circulación y podía uno darse el lujo de caminar por una carretera por el único placer de caminar.
El resplandor del sol helénico no era ni cegador, ni agobiante. A mi izquierda, el golfo y sus pinos marinos retorcidos en todas las actitudes, como un ballet mal organizado que un orden brutal hubiera paralizado bruscamente. A mi derecha, olivos, adelfas, cipreses en forma de signos de exclamación, y de casas aisladas de las que escapaba a veces un simpático: «¡Kali mera!». Por todas partes, cigarras: perpetuas cotillas.
Corinto: solo este nombre me fascinaba. De momento, solo me traía recuerdos clásicos: Corinto Amfitalasios, la ciudad de los dos mares, la ciudad de los dos puertos, uno abierto hacia Asia y el otro hacia Europa; la capital de Afrodita, que poseía en la cima del Acrocorinto, un templo inmenso en el que más de mil cortesanos ofrecían sus servicios, los más caros del mundo antiguo. Todos los dioses tenían allí su santuario o al menos su estatua: Zeus, Poseidón, Hermes, Demetrio, Artemisa, Eros, pero también Esculapio, la Fuerza, la Necesidad, las Parcas, el caballo Pegaso, e incluso Perséfone, la diosa de los Infiernos. Todo este hermoso mundo cohabitaba en medio de un lujo insensato, como las divas en el Holywood de los años locos.
Un canasto sobre una tumba
Pero Corinto, era sobre todo el recuerdo de una muchacha joven de hace veintiséis siglos, encontrada por azar en una versión latina. Había muerto la víspera de su boda. La mujer que la había educado depositó sobre su tumba un canasto, en el que había reunido sus chucherías favoritas, para que se sirviera de ellas en el otro mundo. Tradición que se remonta al hombre del Neandertal, que ya enterraba a sus muertos con sus objetos personales.
Con el fin de proteger este canasto frente a las inclemencias, el ama de cría la cubrió con un tul plateado. En la primavera siguiente, un raigón de acanto, que se encontraba allí, echó tallos y hojas que abrazaron y decoraron este exvoto de cariño. Las extremidades de las hojas de acanto al chocar con los bordes del tul de plata se vieron obligadas a encorvarse en forma de espirales.
El arquitecto y escultor Calimaco, al pasar por delante de esta tumba se quedó maravillado por la originalidad y la belleza del motivo: había nacido el capitel corintio.
Los misterios bien guardados
Entre Megara y Atenas, se encuentra Lefsina, situada en una carretera de mucho tráfico. Muy industrializada, muy de la periferia, Lefsina no permite recordar en modo alguno a la antigua Eleusis. Y uno puede preguntarse: ¿el alma de una ciudad o de una nación sobrevive siempre en el suelo en que habita? En el caso de Eleusis, uno se siente movido a responder: no. Eleusis-Lefsina, demasiado cercana de una capital que la devora, Eleusis es solo una nostalgia. Ya no es sino una ciudad mental que, mal que bien, hay que reconstruir, inventar, porque los misterios que ella celebraba han sido bien guardados.
En Eleusis, estaban el culto de Demetrio, misterios del pan, y el culto de Dionisio, misterios del vino.
Eleusis era la religión órfica que ponía el acento en la pureza de la vida, el conocimiento, la inmortalidad. Orfeo que se decía que introdujo en Grecia las artes del ritmo: poesía y música, personificaba la armonía universal. Al igual que Pitágoras podía resumir su enseñanza en tres palabras: Todo es número, Orfeo habría podido condensar la suya en este aforismo: Todo es vibración; lo que es exactamente la misma cosa.
El viejo Homero presentaba sobre la vida futura la misma visión siniestra que la primera parte del Antiguo Testamento. Según él, los muertos llevaban bajo tierra una vida de larvas y pasaban su tiempo echando de menos la luz del día; Aquiles dice que le gustaría más ser un pastor miserable que un rey de los lugares inferiores y el Eclesiastés afirma que un perro vive mejor que un león muerto.
Los misterios de Eleusis enseñaban todo lo contrario: el alma, liberada de la muerte, no descendía a las profundidades del planeta, sino que se elevaba en un vuelo feliz hacia el éter libre. Las doctrinas de Eleusis debían que ser útiles no solo para este mundo, sino sobre todo para el otro. Uno se iniciaba para adquirir aquí abajo el conocimiento y, en el más allá, la felicidad.
Sin embargo, estas certezas de inmortalidad quedaban reservadas solo a los iniciados, los demás no se preocupaban. ¡Fuera los profanos! Los misterios habían confiscado la verdad: habían cedido a esta tentación que reaparece constantemente: interceptar la luz divina.
El gran mérito del Cristianismo fue justamente entregar estas verdades a todo el mundo, difundirlas a todos los vientos. Cristo pone fin al esoterismo de los misterios cuando dice a sus discípulos, en el momento en que los envía en misión: «Nada hay oculto que no deba ser descubierto, ni nada secreto que no deba ser conocido. ¡Lo que os digo en la oscuridad, proclamadlo a pleno día! ¡Lo que escucháis al oído, predicadlo sobre los tejados!»
Esta realidad de la vida futura, existía antes; él la actualidad. Las nociones que se podían tener sobre ella eran confusas; él las abre a la luz. Estos conocimientos estaban reservados a una élite; él los ofrece a todos.
«Pone en evidencia la vida y la inmortalidad.»
¡De acuerdo! ¡Existe! ¡Habla! ¿Te manifiestas?
De todos modos, en este mes de agosto de 1957, estaban lejos los recuerdos del Nuevo Testamento. Yo estaba de vacaciones; esta permanencia en Grecia era la realización de un deseo casi de la misma edad que yo; yo era joven todavía, y el futuro dirá si estaba a mitad del camino de la vida. A falta de amor, tenía aventuras. Por una vez, en cuatro años, ni duelo, ni pena. Mi cielo personal era, provisionalmente, tan claro como aquel cielo de la Asunción, mi existencia era tan apacible como, en aquel día, el golfo de Corinto.
Por una vez, había logrado reunir todos los elementos de felicidad y, a pesar de esto, no era feliz. Había en mí algo muerto. Algunas doctrinas cristianas y, todavía más, algunos cristianos, me habían precipitado en la duda y la rebelión y, sin ningún motivo, le hacía a Dios responsable de su fracaso. Yo no había perdido realmente la fe, pero una fe en un Dios indigno de Dios. Había intentado seguir sus cuatro mandamientos: amad lo que os repugna, haced lo que es contrario a vosotros, creed en lo que no pensáis, considerad sospechoso todo lo que viene de la mística, del simbolismo, de la estética, del esoterismo y del milagro. Había intentado creer en ese Dios enemigo de lo que él había creado, que ordena matar las pasiones, la inteligencia, la voluntad, el sexo. Me había contradicho y vejado sin resultado. Pero, sobre todo, no era feliz porque, más allá de mí, no había nada. La vida futura se me presentaba como una cosa tanto más vaga cuanto que la Iglesia a la que pertenecía no decía de ella una palabra.
Si la existencia no tiene otra meta que nosotros mismos, deja de tener sabor y sentido. Aún no había descubierto los mensajes venidos de las esferas crísticas y vivía como los que ya no tienen esperanza. Sin embargo, quería por encima de todo salir de aquello. Me sentía como un hombre medio ahogado que lanza un puñetazo sobre un cristal para que entre el aire de fuera.
Hice lo que no había hecho desde hacía mucho tiempo: invoqué a Dios. No le pedí nada para mí, puesto que estaba satisfecho. Le grité simplemente: «¡Vale, vale, existes!  ¡pero que se vea que existes!» Era más un ultimátum que una plegaria.
Después de cierto duelo, después de cierta noche de noviembre, después de una muerte que yo había juzgado injusta, absurda y escandalosa, porque sucedía a una vida martirizada por la enfermedad y la decepción, yo ya no podía ni quería rezar. Había en mí un bloqueo de ira.
Gritaba pues: «¡Habla, habla, manifiéstate!»
La respuesta vino enseguida; algo, alguien a su vez susurraba en mí: «No hay otro Dios distinto de Dios.»
A aquel imperativo lanzado sin amor, el mismo Amor se había dignado responder.
Era una voz interior, la voz interior, la voiceless voice de los místicos anglosajones. Se escucha una cosa y sin embargo no resuena en los oídos. Esto no viene del cerebro sino de la región del plexus.
Solo muy raras veces en mi vida he recordado este fenómeno. Cada vez me sentí lleno de paz.
«No hay otro Dios distinto de Dios.» Me sentía inundado por esta afirmación. No había manera de pensar, de creer, de decir otra cosa. Esta verdad era única, devoradora, evidente, resplandeciente como este sol de agosto.
La alegría, señal de verdad, me llenaba. Desde entonces todo resultaría claro. La verdadera solución de un problema siempre es sencilla. La existencia volvía a ser agradable y deseable. Tenía confianza en ella. Ninguna otra cosa tenía importancia, no siquiera yo.
Carisma gratuito, inesperado, inmerecido. Fantástica felicidad, extraordinario bienestar, indescriptible ser-más… invasión de amor, a condición de poner en este término el conjunto de los valores positivos: agradecimiento, apego, admiración, confianza, certeza de que la vida es buena, de que su autor es bueno, deseo de prolongar la exaltación de este fragmento de duración hasta la vida eterna.
Todo esto era completamente objetivo; sin embargo, nada físico, nada material, nada espectacular. Todo había sucedido simultáneamente en los tres planos: intelectual, espiritual y afectivo. De golpe, todo en mí había sido colmado: el mental, el espíritu y el corazón. Y todo había sido recibido, no en un estado anormal, sino en un estado de superlucidez.

¿Cómo calificar esos instantes puros que se desearía grabar en el presente eterno? ¿Con qué palabras designar esos instantes imborrables, excepcionales: fogonazos, meteoros, diamantes? Sí, diamantes, porque esos instantes son rarísimos: en una vida se cuentan con los dedos de una mano; porque son tan preciosos que uno daría todo para poder revivirlos; porque nunca sufrirán la corrupción del olvido. Diamantes, porque el diamante es cortante y duro como lo real, porque el diamante es manifiesto, manifiesto que significa lo que se puede tocar y coger con la mano; porque el diamante irradia esa forma de luz que es a la vez una y múltiple, blanca y multicolor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario